Vivienda y medio ambiente

Vivo en La Habana

Me levanto temprano, un chorro de agua fría atraviesa mi cuerpo y lo despierta. Atravieso mojada la sala y el agua define mi rastro que viaja hasta la cocina, busco las naranjas, las exprimo hasta llenar de jugo una pequeña jarra. Pongo la cafetera italiana sobre el fuego, y mientras abro puertas y ventanas, el aroma de café inunda la casa. Saboreo su profundo sabor, y es como si probara de golpe la realidad, busco el mar desde la terraza, luego el Monte Barreto y, un poco más allá, asoman los edificios que reflejan la ciudad habaneciendo.

¿Tal vez el cartero ha lanzado el periódico de hoy? No, aún no hay noticias en el suelo.

Aquí nada parece haber cambiado. No ha llovido, no hay frío, la humedad sigue nublando los cristales.

Durante la semana pasada recibí muchas llamadas del extranjero preguntando si sabía algo sobre la muerte de Fidel. No, yo nunca supe nada, ese rumor forma parte de nuestra cotidianidad. Todo esto me recuerda aquella sirena de alarma aérea, simulacros de guerra que nunca fueron ciertos pero nos mantuvieron atentos, en guardia permanente.

Me asomo al balcón. En la calle algunos niños corren para no llegar tarde a la escuela, los padres los despiden, se apresuran a buscar la avenida, mientras, allá lejos se inician las colas, el serio juego de localizar algo para comer, la lucha feroz por la supervivencia ha comenzado y aun no son las 7 y 30.

Comienza el vaivén de gente transitando una ciudad donde ya muy pocos creen que se puede vivir de trabajar honestamente.

¿Todo sigue igual? ¿Igual a qué? Nada de esto se parece a mí, a nosotros. ¿Quiénes somos nosotros? Parece que me han dejado sola y que todo esto es una pesadilla.

Suena el teléfono, es la doctora del médico de la familia que necesita sacarme sangre porque he estado de viaje recientemente, son las leyes.

Un vestido de algodón y unas sandalias son el escudo que me enviste para saltar al ruedo. Es importante transcurrir, no llamar la atención si piensas resolver los problemas cotidianos. Bajo las escaleras de mármol, piso la calle y empiezo a traducir mi pensamiento. Debo estar a la viva, comprar las cosas pagando lo que valen y no al valor que me lo quieren vender. ¿Cuánto vale la carne en un país en el que no hay carne? Protesto porque en el mercado siempre alteran los precios. Hago colas que me llevan a otras colas interminables hasta llegar al final de cada cosa y saber que mañana me quedan otras colas para seguir solucionando problemas.

Una gestión te lleva a otra y los gritos, la música alta, y el dolor de la gente minan tu universo de desocupados, mendigos, parqueadores y cuentapropistas con los que hoy pasas el día solucionando tu realidad objetiva.

Encuentras amigos del barrio que, a pesar de las ilusiones de fin de año, te repiten: Aquí nada ha cambiado.

Regreso con las bolsas y las preocupaciones de todo lo que no pude concluir. No pretendo ser un héroe pero debo soportar como un héroe los embates del diario acontecer.

Son las diez de la mañana y ya estoy extenuada, vuelvo a casa e intento escribir lo que ayer dejé a medias en mi computadora. ¿Queda café? No puedo creerlo. No hay café. Reviso el fregadero y veo que otra vez el plomero me estafó, el salidero continúa. ¿A quién puedo quejarme? ¿Quejarme aquí?

Tocan a la puerta, quieren fumigar, hacen la inspección de los tanques y... también, por qué no, la de tu vida privada. Les pido que vengan mañana para terminar mi trabajo, es horario laborable ¿no?. Amenazan con ponerme una multa si no los dejo pasar, las multas van a tu expediente y los expedientes en Cuba engordan tus futuros demonios. Los dejo pasar, inspeccionan, fumigan, preguntan, apuntan, bromean, piden, los despido; y cuando voy a cerrar la puerta la vecina que escucha desde la escalera avisa que ayer me ha pagado la luz, bajo corriendo agradecida a devolverle el dinero.

Por fin me siento en la computadora y cuando estoy resumiendo la idea que dejara inconclusa, suena el teléfono, se escucha muy muy mal. Una voz pregunta por Castro. - Aquí no vive ningún Castro, usted está equivocada. Aquí no vive nadie con ese nombre.

Vuelve a sonar el teléfono. Es una periodista extranjera que quiere saber qué pienso de la muerte de Castro ... se cae la llamada cuando trato de explicarle que Fidel... Timbre y se cae, timbre y se cae la llamada... no hay modo de poder explicarle nada.

Desconecto el teléfono, cierro las ventanas, y me siento a escribir entonces de una realidad que me tiene acorralada y que, al poseerme, me regresa a una gran verdad:

La muerte ya no es la noticia, aquí la verdadera noticia es estar vivo.

Fuente: El Mundo

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