Trabajo y economía

Ser empresario en Cuba

¿Cuánto cuesta abrir una cafetería o un restaurante? ¿Quiénes financian estas inversiones?

Si alguien preguntara en las calles de Cuba por la iniciativa privada en la isla, la mayoría respondería poniendo ejemplos de aquellos negocios y “cuentapropistas” que más la representan.

Algunos pocos hablarán del transporte, la construcción o la agricultura; en cambio, casi todos harán referencia al sector gastronómico.

Pero, ¿cuánto cuesta abrir una cafetería o un restaurante en Cuba? ¿Son las instituciones bancarias estatales las que financian estas inversiones? ¿Puede un ciudadano sin ayuda económica del exterior convertirse en propietario de un negocio de elaboración y venta de comidas?

Se pudiera decir que casi el total de estos negocios han sido financiados desde el exterior, es lo que opina Dinorah, propietaria de una concurrida cafetería en el municipio Playa:

“No es posible acudir a un banco y solicitar un crédito por la cantidad que se necesita para abrir un negocio, ni siquiera pequeño como este. No existen créditos por esas cantidades. (…) Te hablo de más de 10 mil dólares para adquirir lo esencial para comenzar, mesas, sillas, equipos de cocina, los carteles, la decoración, platos, vasos (…). Faltaría el alquiler del local, el pago a los empleados, la compra de los productos a precio normal (no mayorista) y todo lo que pasa cuando el negocio no es estatal (…), ya sabes, inspectores todos los días, las quejas de los vecinos”.

Medardo, también propietario de una “paladar” tipo ranchón en el municipio Cotorro, al igual que Dinorah, dice haber necesitado la ayuda económica de su familia, radicada en los Estados Unidos, para fundar su restaurante:

“Gracias a mi hermano que me trajo las cosas. Entre él y mi ahijado también pusieron el dinero para levantar el ranchón y la cocina. Con eso compramos los muebles, las lámparas y los aires del reservado, más toda la bebida, las neveras, mandamos a hacer los uniformes (de los meseros) (…). Yo vendí un carro para completar (dinero) (…). Por supuesto que después he tenido que ir pagando lo que me prestaron, pero eso no se recupera en un par de días (…). Los bancos no te dan préstamos para estas cosas. ¿Qué hago yo con 20 mil pesos (unos 800 dólares)? Nada. Para abrir una paladar tienes que echarle más de 20 mil dólares y te quedarías corto”, opina Medardo.

Según Pablo Sánchez, funcionario de la ONAT (Oficina Nacional de Administración Tributaria) que trabaja en la fiscalización de varios establecimientos gastronómicos de La Habana, hasta los negocios más sencillos necesitan inversiones que los bancos cubanos no pueden o no se arriesgan a respaldar.

Incluso es de la teoría de que buena parte del dinero que se recauda no pasa por los bancos cubanos sino que sale directamente al exterior, donde viven los verdaderos dueños de los negocios:

“Hay paladares (restaurantes) que tan solo por la zona donde están y por la magnitud de la inversión te indican que no son negocios hechos con lo que alguien ahorró. Son inversiones a veces de hasta medio millón de dólares, quizás más, algo que para cualquiera aquí (en Cuba) es inimaginable. Inversiones que nadie hace porque es familia tuya o porque le caíste bien, y son negocios que sin dudas rinden porque si no ya hubiesen cerrado. (…) ¿Entonces, cuánto recaudan a diario o al año? ¿Recuperan la inversión? Solo los dueños, los verdaderos, lo saben porque en la ONAT se declara tan solo esa parte a la que están obligados por la ley. (…) Supongo que más de la mitad de ese dinero no pasa por los bancos cubanos. Pero tampoco tendría que pasar porque no fue de ahí que salió el capital”, comenta Sánchez.

Dentro de los miles de negocios gastronómicos privados contabilizados hasta la fecha, habría que considerar, además, que la mayoría no requirieron tanto capital inicial, de modo que no clasificarían en otros países como verdaderas “empresas” sino como “puestecitos” de venta callejera.

Son esas parodias de “cafeterías” que cualquiera puede abrir a la puerta de la casa, en medio de la sala, con solo colocar una tablilla de ofertas y un cartel. No obstante, a diferencia de lo que sucede en otros lugares del mundo, en el contexto cubano hasta un puesto callejero supone una inversión costosísima que puede superar cientos de veces los ingresos mensuales por concepto de salario estatal.

Marta ha convertido la entrada de su casa en una pequeña cafetería. Un carpintero le hizo el mueble de madera y cristal donde exhibe los productos. El horno y la cocina donde se elaboran los alimentos los compró de segunda mano, así como los vasos y platos:

“Entre la vitrina, los vasos y el horno se fueron cerca de mil pesos (dólares). Tuve que modificar la entrada de la casa para poner el mostrador. El anuncio lumínico me salió en 60 pesos (dólares), en total fueron unos 3 mil dólares. (…) Eso lo fui ahorrando del dinero que me manda mi hija (desde Italia) y que antes yo vendía café y cigarros (…). Pero el grueso lo mandó mi hija (…). No he recuperado aun lo que invertí pero creo que sí lo haré en un año o dos”, comenta Marta.

Miguel Ángel, por el contrario, tuvo que renunciar a su aventura de empresario al no recuperar el dinero invertido en una pequeña cafetería en Playa:

“Me pasé tres años tratando de sacarle los 5 mil dólares que invertí y nada. Al final le saqué más provecho convirtiendo el local en un taller (de reparación de celulares). Ahora solo vendo café y refrescos, pero la ganancia mayor viene del arrendamiento (…). ¿Pedirle dinero al banco? Ningún banco te presta esa cantidad. Para abrir un negocio en Cuba tienes que tener a alguien fuera que te mande los fulas si no estás embarcado”, concluye Miguel Ángel.

En los últimos cinco años, miles de paladares, cafeterías y clubes nocturnos han abierto tan solo en la capital del país, con lo cual se pudiera proyectar una imagen de prosperidad económica no reflejada en las más recientes cifras de crecimiento, de carácter negativo.

Se afirma, de acuerdo con las estadísticas oficiales, que cerca de un ochenta por ciento de los también llamados “emprendedores”, deciden apostar por la elaboración y expendio de bebidas y comidas, una tendencia que analizada superficialmente pudiera interpretarse como resultado de una política de estímulo por parte de las entidades financieras o tributarias del Estado, lo cual sería tan errado como imaginar que las empresas gastronómicas demandan menos inversión y garantizan mayor seguridad que las pertenecientes a otros sectores de la iniciativa privada.

Ernesto Pérez Chang

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