Crónicas de una yuma en Cuba

Bertica, ¡que fenómeno, caballero!

"Cuando no somos capaces de comprender la vida, no merecemos estar en ninguna parte"

Amanda se quedó estupefacta cuando le anuncié que pensaba llevar a Bertica a Inglaterra. Le expliqué los trámites que había que realizar, de los cuales ya había llevado a cabo el primero justo el día anterior, la carta de invitación. Entonces todavía pensaba que mi viaje por Latinoamérica iba a proseguir, aunque me faltaban pocas horas para decidir lo contrario.

Lo mismo pensaba, claro está, unos días antes de ir con Bertica a Pinar del Río a hacer la carta legal, o sea, formalizarla ante notario. Es que si no, no vale. Quería, antes de mi partida, dejar constancia de que mi propuesta, mi promesa, era firme, y no existía un modo mejor que llevar a cabo esta gestión. Habíamos barajado otras posibilidades, como hacer la invitación por medio de la Casa de la Música, de la cual Berti es empleada. Sin embargo, después de analizar ésa y otras, decidimos que sería menos complicado hacerlo por los medios habituales. Con lo que no habíamos contado era con el hecho de que a mí no me quedaba suficiente dinero para este trámite, porque yo había llegado a Viñales hacía un mes con el dinero justo. Todo fue solucionado en el último momento, pagando la propia Bertica más de la mitad del importe de la carta.

Al oir las noticias, Amanda estaba casi tan eufórica como yo, imaginando el día que regresara a Inglaterra, a casa , y encontrandose allí a Bertica, parte de Cuba. Cuba en carne y hueso. Me pidió todos los detalles: cómo se lo ofrecí, por qué, cuándo, de qué modo, qué pasaba después.

Qué pasaba después. Lo que pasaba después era que Bertica tenía que esperar a que, después de andar dando la vuelta a las Américas, a mí me apeteciese volver a Inglaterra, buscase un trabajo para poder continuar con los trámites y que la embajada británica "nos" concediese el visado. Fue después de conversar con Amanda, cuando yo comencé a darle vueltas al asunto de si volver o no a Cuba. Era tan evidente que lo que deseaba era sacar a Berti de la isla cuanto antes, y me sentía tan entusiasmada con ello, que fue la razón principal por la que decidí volver. Para quedarme allá durante el “resto del dinero” , que entonces pensaba serían unos dos o tres meses como máximo. Pero conseguí ir estirando y estirando el tiempo que me quedaba como el chicle.

El día que llegué me enteré por medio de Zenaida, -esta mujer lo sabe todo-, de que Bertica y Made estaban en Sanguilý. Así que, ni corta ni perezosa, no demasiado temprano a la mañana siguiente alquilé una moto para ir en su busca. Estaba segura de que recordaría el camino. Estaba eufórica y exaltada. Sólo quería ver la reacción de Bertica al verme allí de nuevo, tan sólo cinco días después de que ella, Migelito y Made me acompañasen al aeropuerto de La Habana para despedirme, hasta no se sabía cuándo. Conduje más despacio de lo normal, pues hacía tiempo que no manejaba una moto, no conocía bien el camino y la carretera está de pinga. Encima Omar me aconsejó tomar un atajo, por el entronque de Chile, que te ahorra un par de kilometros, pero añade más de media hora al trayecto por culpa de los socavones. De modo que, en total, tardé como unas dos horas y media en llegar, deteniéndome un par de veces en el camino para admirar el paisaje, primero de Los Hoyos, y después de los alrededores de Sanguilý. Este trayecto de treinta y pico kilómetros se convirtió con el tiempo en algo tan habitual, que ahora tardo como mucho cuarenta minutos. Como un rayo, voy. Siempre que viajo sola en la moto, me detengo en los puntos y donde quiera que vea gente haciendo botella, aunque a veces quienes se dirigen hacia donde yo voy, son madres con niños, o gente que va en grupo y por tanto no les puedo llevar.

Llegué a la puerta de casa de Berta, la mamá de Bertica, hacia la una o dos de la tarde. Berta casi siempre tiene la puerta de la calle cerrada, cosa extraña en Cuba, pero es por culpa del tierrero de Sanguilý. Este pueblo me recuerda a uno del Oeste americano, con la diferencia de que la Central (En realidad se llama Central Manuel Sanguilý. Fue fundado como una central de caña de azúcar.) cuenta con edificios de viviendas y además no se ven caballos al trote con vaqueros hincándoles las espuelas. Pero el viento arrastrando la tierra, el aspecto desolado, la nube de polvo al final del camino, le dan al pueblo un aspecto muy similar a la conocida escena final de "Sólo ante el peligro".

Y sola ante el tierrero se encuentra la pobre Berta, una fanática de la higiene y la limpieza, que ha ido a parar, precisamente, donde el polvo es compañero fiel, amigo inseparable, amante devoto. La puerta del frente se encuentra a unos diez metros de un camino de tierra, por el cual no circulan demasiados carros, camiones y tractores, pero que en época de zafra Cosecha. (La zafra en Sanguilý tiene lugar durante los meses de enero a marzo aproximadamente.) , se convierte en un infierno, sobre todo para Berta. Los tractores, durante estos meses, no cesan de circular por toda la Central, transportando el producto de la cosecha, y tirando de no uno, sino dos e incluso hasta tres, gigantescos remolques repletos de caña. Qué duda cabe que esta época del año es la que Berta más detesta. En fin, que por lo general no deja la puerta del frente abierta, que es a lo que yo iba.

Después de llamar con los nudillos, miré a través del agujerillo de la puerta para ver aproximarse a Berta, aunque lo cierto es que yo tenía la esperanza de poder atisbar algún movimiento dentro de la casa, de Bertica, de Made. Escuchar un rasgueo de guitarra, una voz angelical, tierna, inmaculada. U otra, la desgarrada, herida, siempre viva. Sin embargo, todo parecía estar en completo silencio, como si nadie hubiese en ella aparte de la mamá de Berti, que ya se acercaba hacia mí, sin saberlo.

Como si el suspiro más suave la hubiese desunido de su marco, la puerta se abrió. En ese instante inicial, esa primera décima de segundo nada más verme, la expresión de Berta reflejó sobresalto, más que sorpresa, y a la vez que lanzaba un ¡ay!, se llevaba las manos a la boca en un gesto de incredulidad. Claro, ella me hacía a miles de kilómetros de distancia. Cuando ya pareció recompuesta del susto, me transmitió su alegría mediante una sonrisa y una tierna mirada, que son características inconfundibles de Berta. Claro, de algún sitio lo tenía que haber sacado Bertica.

Según entrabamos hacia la sala, Berta me anunció que Made y Bertica habían salido esa misma mañana de vuelta hacia Viñales. Mira tú que casualidad. Siempre me pasan estas cosas. Las casas de mis amigos siempre están en lo alto de una loma, los restaurantes chinos desaparecen, siempre se me chafan las sorpresas… En fin. Por lo menos no me ha pasado todavía lo que a alguien de Viñales, que le dió a la viuda la enhorabuena, en lugar del pésame. ¡Qué fenómeno, caballero!

Durante el invierno en Cuba, anochece antes de las seis de la tarde, así que decidi salir de Sanguilý sobre las cuatro, para que no me cogiese la noche en el camino, a pesar de la insistencia de Berta en que me quedase a comer, ya que estaba allí. Llegué cuando todavía había luz. Fue aquel el día que describo al principio del libro, cuando me topé con Michel a mitad de la loma del Bosteso y me dijo que las muchachas no se encontraban en el barrio. Así pues, di media vuelta y después de pasar por el bar y por casa de Barby, encontré a Bertica y Made en el parque de la calle Adela Azcúy. No me dejaron ni bajar de la moto. Se avalanzaron sobre mí, haciéndome perder el equilibrio hasta el punto que casi terminamos las tres en el piso. Bertica me tocaba como si creyese que era una aparición y Made se quedó sin habla. Alguien les había dicho que yo había vuelto, pero ellas no lo habían creido. ¿Cómo iba a haber regresado, si tan sólo hacía cinco días que me habían llevado al aeropuerto? Pero por si acaso era verdad, decidieron sentarse un rato en "nuestro parque" a ver si aparecía.

Le anuncié a Bertica que había vuelto para llevarmela, en tres meses. Si Amanda se había quedado a cuadros , como se quedaría Bertica al saber que iba a suceder tan pronto. Qué ilusa y soñadora estaba siendo en aquellos momentos. Las cosas se complicaron y se recomplicaron y se requetecomplicaron un poco más. Sacar a un cubano de Cuba no es fácil.

Cuando cierro los ojos e imagino a Bertica, veo una sonrisa dulce a la vez que una mirada melancólica, que me inspiran una gran ternura. Todos sus movimientos y gestos reflejan dulzura y afabilidad. Recuerdo que una vez le expliqué a Bertica cómo me enamoro yo. Le expliqué que, aparte de enamorarme, lo que se dice enamorarme, también me "enamoro" de mucha gente y de muchas cosas, aunque no sea en el sentido estricto de la palabra, o casi debería decir en el sentido en el que se define en los diccionarios. Para mí, esta palabra tiene un sentido tan amplio, que esas definiciones, verdaderamente, no me sirven. Yo me refería a quedarme embelesada, prendada, fascinada con algo o con alguien. Hablaba de encariñarme, pero usé otro término, que para mí, es más valido. Le decía que me enamoro de todas esas cosas o personas, generalmente porque me inspiran una gran ternura, a la vez que admiración y afecto. Y le expliqué que es así como yo me siento con respecto a la mayoría de mis amigos, o respecto a Cuba, o respecto a un cuadro de Lempika. En ese sentido, le expliqué que cuando por primera vez la oí cantar, su voz me cautivó. Y cuando la fuí conociendo a ella, me enamoró. Igual que me fascinó Made. Igual que me embelesó Cuba, igual que me enamoraron todos mis buenos amigos.

Ya lo he dicho en numerosas ocasiones. Bertica, cuando canta, no sólo da su voz, sino que se da a sí misma, en cada canción, en cada verso, en cada nota. Esto no es solamente el resultado de una combinación impecable de cuerdas vocales con cuerdas de guitarra. No es solamente el producto de una formidable conexión entre una vocación verdadera y un talento genuino. No es solamente una consecuencia fortuíta de la unión de lo físico y lo intangible. Es que, aparte de todo lo anterior, esta mujer, cuando canta, y cuando no, se entrega por completo. Y yo, que rápidamente me enamoro, ¿cómo no me iba a enamorar? Al poco de conocer a Bertica, yo me preguntaba cómo una persona podía darlo todo sin pedir nada a cambio. Pensaba que tenía que tener algo muy grande dentro, para poder dar tanto.

El día que fuimos de excursión por varias localidades de Pinar del Río, el mismo día de la Cueva del Ché, del ponche y de las ocho croquetas de yuca, primero fuimos a visitar el lugar donde ella se había criado, muy cerquita de Sanguilý. Me mostró el sitio exacto donde había vivido, que ahora, después de tantos años, se encontraba en un estado lamentable. Pero yo lo imaginaba tal y como ella me lo describía, los pisos recien edificados, el pinar prácticamente virgen, y el resto de las instalaciones que rodeaban al edificio, totalmente nuevas. La gente del lugar nos observaba con gran descaro, quizá pensando que éramos tres turistas que se habían perdido en el monte por haber tomado el desvío incorrecto. La carretera que lleva hasta Cajárvana, termina aquí. En el punto más alto de toda la zona, desde donde se puede ver el mar. Incluso se ve Cayo Levisa desde aquí arriba. Cajárvana es una especie de ciudad dormitorio en miniatura. Allí, en medio de la nada, puro monte, se construyó una universidad para estudiantes forestales, rodeada de una serie de edificios cuyo fin era hospedar a los escolares, pero que finalmente terminaron por convertirse en viviendas. La pequeña localidad ahora cuenta con dos torres de cuatro alturas, a uno de los cuales está pegado el Círculo Infantil , y una mole de edificaciones cuya finalidad sigue siendo educativa. Colegio, biblioteca, gimnasio. A medida que íbamos recorriendo las instalaciones, Bertica se ocupaba de explicarnos cuidadosamente el fin de cada una de ellas cuando ella vivía allí. Yo la observaba y me daba cuenta de que estaba entusiasmada, pues no había vuelto allí desde hacía catorce años y esta corta visita le trajo muy buenos recuerdos.

Lo mismo ocurrió cuando llegamos al parque de La Güira, donde, a pesar de sus consejos, me comí dos raciones de croquetas de yuca. En el parque que se divisaba claramente desde el bar, al igual que más tarde en la Cueva del Ché y anteriormente en Cajárvana, me di cuenta de que estábamos haciendo un recorrido "histórico" para Bertica. Ese día, Bertica exudaba felicidad. Al final de la jornada, me dijo que hacía tiempo que no había disfrutado tanto como aquel día. Creo que lo que estaba intentando en ese momento era darme las gracias, con esa dulzura que la caracteriza y que a mí me estremece.

No se si será debido a algún hechizo del cosmos, o de la biología, pero qué coincidencia que Bertica sea diabética y que una de sus cualidades más notables sea su dulzura. Además de trabajar como trovadora en Cayo Levisa, Bertica asiste a clases de solfeo todos los lunes en Pinar del Río. Durante los quince días que pasa en el cayo, solamente sale los domingos para poder asistir a clase el lunes. El martes, en la mañana, regresa al cayo. A Pinar siempre va acompañada por Made, y últimamente algunas veces por mí. Nosotras nos encargamos de que no se le pase la hora del almuerzo, algo de suma importancia debido a su enfermedad. En cuanto se salta alguna comida, le da una hipoglucemia, es decir, un bajón tremendo del nivel de azúcar en la sangre. Estas, en más de una ocasión, han estado al borde de llevársela al otro barrio, pues pierde el conocimiento y no hay manera de equilibrarle el nivel de azúcar en este estado. Verdaderamente, en Cuba no es fácil ser diabetico, pues es prácticamente imposible llevar la dieta alimenticia necesaria, hay grandes dificultades para conseguir insulina a no ser que tengas "contactos", y no hay métodos adelantados para poder comprobar el nivel de azúcar. Si Bertica necesita averiguarlo, porque se siente "descompensada", tiene que presentarse en el policlínico más cercano para que le extraigan una considerable cantidad de sangre. Mientras que en Europa es tan sencillo como pincharse en un dedo y colocar un papelito en un lector del tamaño de una calculadora. El alcohol es el enemigo número uno de los diabéticos y a Bertica le encanta tomarse unos buchitos de ron, únicamente cuando está descargando. El 30 de diciembre estábamos celebrando su cumpleaños en Sanguilý y nadie advirtió que, además de estar tomando, Berti no estaba comiendo lo suficiente. En ningún momento pareció sentirse mal durante la velada y sin embargo, a las tres de la madrugada, Made notó que la hipoglucemia estaba atacando de nuevo y Bertica ni siquiera se había dado cuenta. Si Made no llega a estar con ella en ese momento, la trovadora habría entrado en coma, como poco. Por esto Made siempre está pendiente de Bertica, e insiste en que no tome. Cuando no está en el cayo, es Made quien se encarga de inyectarla. Todos los días, a las ocho de la mañana y a las diez de la noche, diez milímetros cúbicos de insulina recorren, gozando, las dulces venas de Bertica.

A pesar de o quizá debido a los pocos medios que existen en Cuba, y la humildad con la que se vive en general, los cubanos son bastante materialistas. También les encanta alardear, o especular como ellos dicen, de los tenis que han adquirido en la chópin o de su nuevo pulover de marca. Bertica es una de las personas menos materialistas y más generosas que he conocido. La falta de dinero, posesiones o comodidades, que generalmente provoca que todo esto te atraiga más, a Bertica se la trae al fresco. Pónle una guitarra en la mano, que ya es feliz. Si atrae a tres docenas de turistas con su voz, será más feliz todavía y encima jamás les pedirá una contribución, que es lo que allí se hace. Todo lo contrario, como entable una agradable conversación con alguno de ellos, en lugar de intentar venderles un cassette con sus canciones, se las regala. O sea, que no sólo les hace el presente intangible de su compañía y de su voz en directo, sino que además, les regala algo material, que encima ¡a ella le cuesta dinero! Su desinterés por lo material, y sobre todo por el dinero, va más allá. En el cayo, le pagan ciento treinta pesos cubanos al mes, es decir, unos seis dólares. No obstante, al tener la suerte de trabajar en turismo, puede sacarse unos cuantos más durante los quince días, gracias a las contribuciones de los turistas que visitan el complejo. Sin embargo, esto sólo sucede cuando canta con la otra mitad del "Duo Mallorcuba" , pues si por algún motivo su compañero no está, ella nunca jamás pasa la copa ni intenta vender sus cassettes, porque le da pena.

Siempre que la acompaño a Pinar cogiendo botella, es ella quien paga el transporte. Se niega a que lo pague yo. Dice que es una de las pocas cosas a las que ella se puede permitir invitarme. Si tiene dos dólares en el bolsillo, los comparte comprando dos cervezas Cristal, en lugar de esperar a que las pague yo, que para eso soy la yuma. Si alquilo una moto para ir a buscarla o para llevarla a Pinar, Bertica me reprende, pues no le agrada que yo "malgaste" mi dinero cuando ella puede coger botella, y tirarse tres horas esperando para la ida y otras tres para la vuelta. El altruismo no es una práctica muy común en Cuba, pero yo he tenido la suerte de toparme con uno de sus máximos exponentes.

A medida que pasaba el tiempo, íbamos averiguando más y más cosas acerca de la salida de Bertica de Cuba. Lo que en un principio me había parecido más o menos, pan comido, en realidad se transformó en un sinfín de papeleos, requisitos, llamadas de teléfono, formularios y dolores de cabeza. Para colmo, durante este tiempo de incertidumbre, yo fuí súmamente descuidada y olvidé cambiar la fecha de mi billete de regreso a Inglaterra, con lo cual perdí por completo el pasaje, por un despiste estúpido. De modo que no sólo me estaba quedando sin dinero, sino que además iba a tener que pagar una bonita cantidad por el vuelo de vuelta, habiendo tenido uno flexible que era válido por un año. Cuando advertí que debía haber cambiado la fecha del billete hacía siete días, solamente, el empingue, lógicamente, fue colosal. Recuerdo que Bertica estaba en uno de sus descansos de quince días. Cuando le anuncié mi soberana torpeza, la pobre no sabía ni que decir, sólo intentaba calmarme. Después de lograr desahogarme un poco, subimos al Bosteso, donde Made nos esperaba con el almuerzo en la mesa. Made creyó que le estaba corriendo una máquina. Ojala. Lo que sí tenía ahora que decidir era si volvía a México, usando el billete de vuelta que todavía conservaba, o si volaba directamente desde La Habana a Inglaterra, o si prefería pasar unos meses más, quizás trabajando, en la ciudad donde ahora se encontraba Amanda, o si regresaba a Madrid, antes de volver a Inglaterra. Existían tantas y tan diversas posibilidades que si me ponía a pensar en ellas, se podía ver el humo que me salía de la cabeza. Ahora tendría que averiguar precios de billetes de Cubana de Aviación , a lo que se me antojaba un sinfín de destinos. Los de British Airways me imaginaba que serían prohibitivos. Dejé pasar bastante tiempo antes de comenzar estos trámites, pues no me podía permitir a mí misma verme con estrés, en Cuba. Tampoco quería llevarme el disgusto antes de tiempo. Total, no sabía ni cuándo, ni dónde iba a regresar. De modo que esto se añadió a los problemas relacionados con mi objetivo de invitar a Bertica.

No quisiera aburrirles demasiado con la historia de los trámites y papeleos, así que la resumiré. Me puse en contacto con mi mejor amiga, Elena, que vive en Inglaterra, para que me enviase una serie de documentos que probasen mi solvencia y mi capacidad para mantener a Bertica durante el tiempo que pensase estar en Gran Bretaña. Después de revolver Roma con Santiago para obtener esos papeles, éstos quedaron desfasados, pues la carta blanca no llegaba. Cuando por fin Bertica la recibió, a finales de enero del año 2001, un mes más tarde de haberla solicitado, volví a ponerme en contacto con la embajada británica en La Habana, para asegurarme de que teníamos todos los papeles antes de presentarnos allá. Ya saben que ir a La Habana, no es fásil . Así pues, a mediados del mes de febrero, averigüé que más me valía no presentarme en la embajada, pues uno de los requisitos más importantes es una carta del "empleador" de la persona que invita. Efectivamente, si una persona no puede justificar algún tipo de ingreso mensual, es difícil que expidan el visado. De modo que de nuevo tuve que darle un notición a Bertica, pero esta vez no tan positivo. Deberíamos esperar a que yo estuviese de vuelta en Inglaterra, habiendo conseguido un trabajo, para poder continuar con los trámites. Bertica entendió perfectamente y mostró entereza y generosidad ante la nueva situación, a pesar de que yo sabía que en el fondo, ésto había sido una gran decepción. No obstante, yo no podía hacer nada al respecto, si quería estar segura de que le proporcionarían el visado. Claro que podría haberme arriesgado, presentándome con Bertica en la embajada, portando varios documentos que demuestran mi solvencia, pero pensé que si le denegaban la salida entonces, ¿cuándo podríamos volver a iniciar estos trámites? Era demasiado el riesgo y no quisimos tomarlo.

En todo momento, Berti se mostró comprensiva, paciente y madura respecto a todas nuestras vicisitudes, a pesar de ese deseo ardiente, de ese sueño que ha tenido desde que empezó a cantar. Se que la procesión va por dentro, y que en el fondo de su corazón, cada día, late su desesperación, llora su guitarra; muere la esperanza cada noche, para volver a nacer de nuevo cada mañana. Pero su anhelo por la libertad, su angustia al ver como la espera se alarga, su frustración ante la visión de su sueño, que le ha de parecer más lejano cada día en lugar de más cercano, no desgastan su confianza en mí, ni su esperanza de que un día verá ese sueño realizado.

Por esto, por su entrega, por ser quien es, el título lleva una de las frases que ella más usa. Bertica es todo un fenómeno, caballero.

"Cántame, niña, una guaracha
con esa voz tan dulce y limpia
¡Qué voz, por dios!
Niña, venga, dale caña.
[.] que hay almas generosas
que, sin insulina, su voz desgarran
para el tonto o para el sabio
o para quien sepa escucharlas.
[.] que hay venas tan dulces
que los niveles de azúcar
en su sangre descompensan.
Que yo con sangre
a tus peñas iré, niña,
desde cualquier lugar del mundo
para volver a tu mesa
¡para volver a ese parque!
Para unirme a tu canto con voz de cazalla,
con voz de turista - ¡ostia, tío! - secreta,
con voz de extranjera
secretamente, eternamente cubana".

Amanda García, septiembre 2000

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