De Cuba traigo un cantar

Orgullosa y guajira

Si yo hubiera nacido en Sagua de Tánamo, no sería más guajira de lo que soy. Me gusta el olor a campo, a tierra mojada, al silencio de un sueñecito bajo un aguacatero, y la compañía de cualquier clase de animal, menos los humanos en algunos casos. Y como me preguntan siempre, por qué prefiero el campo de Cuba a la ciudad que la mayoría ansía habitar, se los voy a explicar de la única forma que sé.

En Alquízar, el domingo había una matanza de puercos, y yo estaba allí pa no perderme na del vacilón. Lo de menos era lo que iba a almorzar; la vieja Luisa, la pobre, sin yo saberlo, buscaba que darme de comer. Ella no sabe que yo no me paro a mirar nada de eso, y lo que me gusta es empaparme de lo verdadero, de la forma de ser del cubano y el corazón con que te da hasta lo que no tiene. Claro que hay hijoeputas, ¿pero de ésos pa que voy a hablar si no saco nada en concreto y me desadornan el cuento?

Nada más llegar a casa de Luisa me descalzo, tengo que sentir la tierra colorada en mis pies: en ese momento levanto la veda al churre que pueda pedir paso. Entre mi pelo rizado y mi plante guajiro, nadie diría de donde soy. Nadie lo pregunta, quien no me conoce, lo obvia, y yo lo agradezco, pues mi gusto es pasar desapercibida, o que alguno se ría de mí, diciendo "miren a la camagüeyana cómo se porta, no puede negar el acento...", y yo diciendo para mí, sí, camagüeyana de bien lejos, ¿oíste? Mi acento canario, tal vez por los tantos y tantos paisanos - hasta de mi propia familia - asentados en Camaguey, lo han confundido más de una vez con ése deje particular.

Al final del día, con la pereza que me da tener que enchancletarme, y ponerme decente para La Habana, jajaj veo como la vieja busca una palangana con agua y jabón para ponérmela delante, con el propósito de que me lave. Viene con una toalla y todo, y me siento derrotar el sentimiento, el corazoncito se me hincha y me recuerda a mi abuela.

- Mire señora Luisa, no se preocupe y olvide esa idea con la que me viene. Busque un trapo viejo inservible para secarme, que yo me voy para el estanque de riego y allá me voy a lavar.

Si ustedes me hubieran visto bañarme en aquel lugar, hubieran dicho, coño, a la gallega le dio fuerte. Pero es que la gallega es feliz con poca cosa.

Al regreso para La Habana, dentro del carro hablan de lo cansadísimos que están, y como fulano y mengano hicieron ésto o lo otro y de cómo tenían el cochiquero aquel, y que por cuánto vivir en el campo, para un día sí, pero no por más tiempo porque una se embrutece, explicaba Adita Perdomo... Y yo me remuerdo por dentro, porque me crié en un campo y se que lo más auténtico que tengo lo aprendí allí de mis abuelos, campo al fin y al cabo, aunque al otro lado del Atlántico, sinónimo de comienzo de vida, y de raíces.

- Mira Adita, no hables boberías que eso de embrutecerte sólo pudo salir de la boca tuya, no seas tan majadera... ¡Vaya, contigo no hay tregua!, en vez de dejar el chisme allá en la cuadra, vienes con él hasta acá, y sigues hablando mierda hasta de la gente que te ha dado de comer.

- Ay gallega, no te fajes conmigo, ya tú sabes...

- Yo no sé nada chica,, fíjate en mi y aprende lo poco que te puedo enseñar, que no lo es todo el dinero ni la pinta de la persona y que a menudo el que presume de lo que tiene, carece en el fondo de ello, y la gente de campo es la más noble de Cuba, le pese a quien le pese. En La Habana hay gente buena pero muchos se han convertido en marañosos con tremenda chispa pa todo. Además, te digo algo, pa que sepas... Arnaldo, para el carro, que yo me vuelvo a Alquizar. Vayan ustedes pa La Habana, que me voy a "embrutecer" acá unos días más.

Me bajé del carro con la única compañía de una jaba de nylon donde llevaba algunas cosas.

- Gallega no seas tan terca y vuelve a subir al carro, ¿pero quién te va a dar una botella con el churre que llevas arriba?

A los diez minutos una rastra cargadita de gente me paró y un hombrón que me doblaba la estatura me subió como se sube a un muchacho, de las dos manos, y hasta arriba, jajaj gracias que yo peso poco; se lo agradeceré toda la vida.

No me importa que mis compañeros de viaje me tacharan de caprichosa: la razón de aquel comportamiento fue en honor a mis abuelos, que desde algún lugar seguro aplaudieron mi jugada.

Sucedió un domingo de mayo de 1989

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