De Cuba traigo un cantar

Mensajero Valdés

Mi mensajero Valdés se paseaba por el edificio llenando los vacíos, como la esperanza esa que llena el agua con azúcar. Siempre lo esperé como cosa buena, y cada vuelta que nos daba era como ver un cielo donde sólo hay días de lluvia.

¡Qué lástima!, Valdés está solo en el mundo, pero no es huérfano por hacer honor a su apellido o viceversa sino por la poca suerte de perder de niño a sus padres, en un accidente de tráfico en la carretera de Santiago de Las Vegas. Desde aquel entonces, pasó de llamarse Eduardito Ramos a Valdés, a secas. Se quedó sin familia y hasta sin nombre.

Mi abuela se acuerda de cuando eran una familia feliz, gente común y corriente. La madre se dedicaba a coser para la calle y casi todos en la cuadra llevaban algo de vestir que llevaba su sello. Era muy meticulosa y limpia - pulcritud heredada de su madre -, una mujer de finas maneras. Venían de sangre holandesa, de ahí que el segundo apellido de Valdés fuera Van de Valle. Se acumulaban los nombres con “V”, simulando matices victoriosos, pero el infortunado no tenía en su currículum más que penas y desórdenes. Siempre soñó con tener el pelo colorado y el rostro colmado de pecas pero esa herencia de los holandeses no le tocó jamás.

El padre era así mismo como el hijo, introvertido y juicioso. Creció dentro de una charanga pues en su reparto se hacían los carnavales más divertidos de hace unos años, pero después, ya de mayor, trabajó en una funeraria; él mismo hacía las cajas de los muertos sin saber que haría hasta la suya propia. De pequeño, Valdés creció inmerso en el arte floral de las coronas funerarias; mientras el padre hacía los arcos, él y la madre decoraban los cercos, allá en unos locales próximos al Cementerio de Colón.

Se hizo un hombre de silencios como el papá. Era un ser cariñoso, movido en el fondo por la ilusión de cruzar el charco, jugando cada día algunos pesos a la bolita con la intención de sacarse el precio de lo que costaba una cigarreta. No quería relaciones amorosas, ni casarse, ni tener hijos; evitaba dejar lazos familiares sueltos: cuando se marchara no quería sentir remordimientos. Nadie sabía de sus intenciones, nadie lo calibraba, porque su mutismo parecía ser generalizado en su vida cotidiana, pero en su cabeza viajaban ideas de volar como Matías Pérez cualquier anochecer de estos.

Vivía en un cuarto cerca de La Quinta Canaria, tan chico que cuando se entraba había que hacerlo de lado, porque la silla de zinc que le regaló el bodeguero y la cama de un solo cuerpo, ya eran bastantes para aquellas cuatro paredes. El baño era comunitario y la cocina por turnos: un viejo fogón que les estaba resolviendo el papelón a tres familias; sin el fogón, el almuerzo de los tres cuartos se iba pa´l carajo, ¡yo no sé que sería de ellos! No tenían lazos de consanguinidad, pero familia al fin y al cabo, el cariño ése que da el roce y la escasez...

Si le mirabas las manos, verías ese callo apreciable en el dedo corazón, dedo que deja la pluma y el tiempo. Un buen sicoanalista diría que era escritor, y no se equivocaría mucho, pues en sus noches de insomnio, que eran muchas, encendía la lamparita de noche, y en el papel que le regalaba la hija de Mercedes, escribía sus recuerdos de niño. Esas memorias escritas es lo único que quería llevarse el día de su partida, dentro de un nylon, custodiando su propio pasado.

Pocos saben que Valdés era licenciado en derecho. Estudió la carrera por la libre, estudiando en las bibliotecas, en su casa y en la de un pariente de su mamá que era notario. Los sábados y domingos acudía a la universidad para presentarse a los exámenes; de esto hace ya varios años. Se distinguía de los otros mensajeros por su afán de superación, su ansia de estudio y ese espíritu constructivo que se le advertía al dialogar.

La doliente realidad es que sacaba más partido a sus horas de mensajero que a su licenciatura de abogado y en eso estaba. Era común oír a aquellos que lo saben, indagarle por gestiones y procesos, le pedían consejos y él se sentaba como si tuviera todo el tiempo del mundo y daba su parecer. Era un loco enamorado de la palabra, a pesar de que ella no era su fuerte; su timidez le impedía romper la pena, como aquel que en vez de darle un beso al amor, se la pasa deshojando margaritas.

Saliendo del apartamento ocho le cortaba el paso Maylin, con sus rolos bien acabaditos de poner y su lycra azul de las mañanas, (se secaba las uñas soplando en ellas como un ventilador):

- Ven acá Valdés, ¿qué tú crees de mi divorcio? ¿lo presento por rebeldía o hablo con Alberto?... buena estoy yo para darme ahora un viajecito a Santiago, eso me pasa a mi por casarme con un guajiro, si todo el mundo me lo decía, y yo de comemierda me casé.. total pa ná, pa quebraderos de cabeza...

Casi al bajar la escalera, lo reclamaba entonces María, la malos ojos; así la habían puesto en el edificio: La espirituana llegó con un camión de muebles, y la muy boba tuvo que vender la mitad: era como querer meter La Habana en Guanabacoa. Venían de una casa grande para un apartamentico de un solo cuarto y escasos metros . Ella a pesar de que conocía poco al mensajero, lo llevaba cazando hacía días, pero no para pedirle que se hiciera cargo de su libreta, sino loca de ganas por aconsejarse con Valdés y resolver su permuta. De guapa se fue para la capital sin que le hubieran concedido la permuta y a todos los efectos seguía viviendo en Cabaiguán. Su libreta estaba por allá y Suna vez al mes, se daban el viaje a recoger los mandados que su hermana le iba acopiando, no sin la consiguiente tacita que le iba sisando en el peso a todos los mandados de la bodega.

- Dime niño, ¿qué yo hago con la permuta?, no terminan de cambiarnos la dirección de Sancti Spíritus para La Habana, y parece que el proceso demora. ¿Tú no tendrás algún conecto en Vivienda? Sin la dirección en el carné mi hijo no encuentra trabajo y estoy al irme a vivir debajo del puente Almendares. ¿Tú no crees que tocando con alguito a esa gente lo mío camine? A mí me dijeron que por allá por la Zona Franca vive un notario que está en eso...

Mi mensajero Valdés, se encogía de hombros, cavilando la manera de dar el salto y salir de su implacable miseria; soñar no cuesta nada, es gratuito y saludable.

Hace dos semanas que mi mensajero salió con un destino sin libreta, con sus escritos en un nylon y veinte dólares.

No hay noticias.

“ A mi cuñado y a esos años arrastrando un carretón.”

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