De Cuba traigo un cantar

Ionel

Cuando voy a Cuba, siempre visito a mi familia del campo.

La Habana se hace pequeña para quien ha nacido guajira como nací yo.

En la capital, al igual que todos los que no tienen carro particular, me muevo en guagua, en bicicleta, a pie, en almendrón o en botella.

En mis salidas largas, normalmente a otras provincias, buscaba la fórmula para empatarme con algún chofer de rastra que me dejara lo más cerca posible de mi destino. Esta suerte se consigue, esperando un par de días, con paciencia y alertando de tu necesidad a la gente conocida. Casi siempre me salía la posibilidad y hacía el viaje tarde o temprano.

En casa de mi familia en Placetas, conocí a Ionel. Un hombre que por apariencia parecía mucho más joven de lo que era. Tenía treinta años, aunque como digo, sus pantalones anchos, a la última, su gorra de los Marlins y los pulóvers de marca, lo hacían parecer un nené.

Me faltó decir que tenía un diente de oro.

Estéticamente su presentación me parecía horrible. Lo catalogo como un hombre frustrado en muchos aspectos de su vida, por supuesto esto lo deduje después de conocerlo más a fondo, no me basé sólo en su aspecto.

Venía por la casa todos los días, allí era conocido y respetado. Ionel estaba enamorado de la vecinita de al lado; ella hacía la manicura en el portal de casa de mi familia, con lo que era normal ver al hombre-muchacho casi siempre rondando.

No tenía trabajo conocido, pero manejaba “fulas” como loco.

No tenía carro pero siempre andaba en uno. Alquilaba siempre el mismo, uno de esos de los años setenta con motor de petróleo. El carro y nuestro amigo el maceta estaban niquelados, el chofer que venía incluido en el alquiler del carro ya no tanto. Era un simple mandado.

Estoy hablando del año ochenta y nueve. Y aunque el transporte no estaba tan malo como ahora, era difícil moverse dentro de Cuba, por ello mi familia enseguida me buscó “ pasaje de palabra ” con Ionel. Él iba dos veces a la semana a La Habana en el carro alquilado. El resultado era que me podía llevar y sin cobrarme. ¿Qué mas se podía pedir?

Yo no rechisté, porque la ignorancia por esa época hacía que confiara en mi familia, que bueno al fin y al cabo no es tan cercana. Me dejé llevar, literalmente.

Puedo decir que con Ionel y el chofer he hecho más viajes Habana – Placetas que con nadie en mi vida, no recuerdo el total de veces. Pero noté mucho nerviosismo en aquellos desplazamientos. Caminos secundarios al entrar en La Habana, siempre íbamos directos al mismo lugar y descargaban, ellos, yo miraba.

Tres maletines siempre, goteando agua. Supuse que ahí iba algo congelado.

El destino: una casa de La Habana Vieja. Era terrera, con una escalera exterior, tipo las casitas de Miramar, pero como digo en La Habana Vieja, no recuerdo la calle. Yo me quedaba dentro del carro con el chofer, sin moverme, sólo Ionel se bajaba.

Después de ese proceso rutinario, me dejaban en Marianao y no nos volvíamos a ver hasta la semana siguiente que me recogían para volver a Placetas, aprovechando así, al máximo, mi tiempo de vacaciones.

Ionel no era mala gente.

En aquellos trayectos hablábamos de todo, desde música a libros y hasta beisbol. Las charlas eran distendidas y amenas, Ionel poseía un corazoncito grande, aunque quería aparentar que era un tipo duro. Me sorprendió cuando me dijo que le gustaba leer poesía, la buena poesía de Fayad Jamís. Cerraba los ojos y no me lo imaginaba, pero eso sólo viene a ratificar, una vez mas, que la apariencia no era más que eso, apariencia.

Era muy desprendido con lo que tenía, fue muy amable siempre, y me resolvió la papeleta de los viajes mucho tiempo. Nunca paramos a llevar a nadie, sólo ellos dos y yo detrás.

Reconozco que en algunos pasos de caballitos, mas de una vez se pusieron nerviosos. Yo intuía que lo que iba en aquellos maletines enormes no era legal, pero comemierda al fin y cabo, me daba más miedo quedarme sin transporte a que me pillaran con aquellos en algo ilegal.

Miren si la ignorancia es grande!

En uno de aquellos traslados, yo ya casada, justo en el año noventa y siete, mi marido se sumó al viaje y esa fue la última vez que compartimos viaje con el hombre-muchacho y su chofer.

Mi marido es cubano, no es tonto y enseguida temió por nuestra suerte. Jamás le había contado nada de mis dudas sobre Ionel y su mercancía. Mi marido pocas veces se ha enfadado conmigo pero aquel día, la pelea que tuvo conmigo fue de las gordas, y con razón.

Este año cuando volví a Cuba, me enteré que mis compañeros de viaje están los dos en la cárcel. No me extrañé, ¿para qué voy a mentir?

Reflexiono sobre mi familia y acabo pensando que son unos inconscientes o que en realidad les importé bien poco.

¿Ahora se dan cuentan del peligro que yo corría en aquellos viajes ?

Se lo callaron, pensando que si yo no sabía nada, iría más tranquila.

No quise saber más que lo justo, aunque ya fuera tarde.

Se dedicaban a la venta ilegal de carne de res, para un restaurante de La Habana.

Cuando lo pienso, me dan deseos de hacerme pis.

Al recordar mis largas horas de viaje, mi tranquilidad, mi confianza, siento unos deseos de vomitar que no me puedo aguantar. Fui una subnormal en potencia.

El miedo se apodera de mí. En el fondo creo que era consciente de todo, por lo menos de los últimos viajes, y lo que no quería aceptar ni creer es que mi familia fuera capaz de meterme en semejante riesgo, sin remordimiento ninguno por su parte.

Son cosas que aunque no comento, no les perdono. Me podría haber costado mucho y arriesgué mi pellejo sin comerla ni beberla. Tan sólo porque la falta de transporte en Cuba te hace tener más miedo que el propio miedo.

Terminé llevándole una jabita a Ionel a la cárcel.

Cuando me vio me dijo:

- Gallega, ¿vámos pa La Habana?

Yo le dije: no seas cabrón. Por lo menos tenías que habérmelo dicho, y saber lo que me jugaba. Pero ignoró mis palabras y sólo acertó a decir: “había que inventar, la situación, tú sabes...”

- Gallega, hazme un favor. Cómprame un libro de poesía, algo nuevo, que me sorprenda, necesito ver otro horizonte que los barrotes de esta ventana.

Me fastidió verlo en la cárcel porque aquel hombre - muchacho no era mala persona.

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