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El patico feo

La familia Pérez-Díaz es una “típica” familia habanera, compuesta por el matrimonio de José con María, y sus cuatro hijos varones. Afortunadamente, María es la que se apellida Díaz, porque si no, serían los del chiste, aunque en Cuba volar de verdad no es nada típico en 1990.

María está embarazada de nuevo, porque entre los apagones, lo caro de los bancos de video clandestinos, y lo pésima que está la televisión oficial, los esposos han tenido que entretenerse como las parejas de antaño, cuando no había televisión ni luz eléctrica, es decir, como en el medioevo, pero sin comida.

A los nueve meses exactos, prueba ello una vez más de la “normalidad” de la pareja, a María le han dado los dolores de parto, y, a falta de taxi o ambulancia, es llevada a Maternidad de Línea en un carretón halado por un burro, que hacía en ese momento el recorrido de la ruta 27 desde el túnel hasta el Malecón, donde da a luz un robusto varón de 9 libras, a pesar de la alimentación tan “especial” que ha sufrido la madre durante su embarazo y gran parte de su vida.

El niño es tan hermoso, que una enfermera llamada María Félix, que cuida la sala de recién nacidos, tía de uno de los niños que allí se encuentra, decide cambiar a su esmirriado y enclenque sobrino por el bebé de María y de José, aprovechando un apagón de 15 minutos inexplicable en cualquier hospital, pero no en uno cubano.

María Félix ha visto tantas telenovelas mexicanas, alquiladas en el banco de videos de su barrio antes que lo sacaran del aire, siguiendo la tradición de su madre, Flor Silvestre, fanática del cine mexicano de la época de oro, que lo que acaba de hacer no le parece una monstruosidad, sino algo recurrente en los argumentos de dichas novelas y películas.

María Díaz, a su vez, tan normalita, y José Pérez, tan normalón, no se dan cuenta del cambio, porque para ellos todos los niños recién nacidos son “iguales de feos”, y se llevan la criatura ajena para su casa como propia.

Al crecer, la fealdad no se le quitó al pobre niño, nombrado por sus “padres” Jesús, y para colmo, el infante demostró desde temprano una gran sensibilidad para la música, el baile y la pintura, por lo que María y José, que detestaban el ballet y la ópera, así como la música clásica, por ser cosas de “pájaros, chernas, pargos y patos”, en fin, de todo el argot con que en Cuba se denomina indistintamente a los varones diferentes, pusieron el grito en el cielo.

Por supuesto que los vecinos no se quedaron atrás:

-¿Viste, Yeya, como el hijo de María y José les ha salido pato, y de contra, tan feo, que si cuando crezca se viste de mujer se parecerá a la bruja de Blancanieves?

-Sí, niña, no me digas nada, que ese niño es afeminado, porque a mis negritos nunca les ha dado por querer tocar piano ni ninguna de esas cosas que hace Jesusito, le respondía Yeya a Leocadia, siempre que tocaban el punto en la cola del pan o en la de los mandados en la bodega.

En fin, que Jesusito no pudo estudiar piano en la Casa de la Cultura del Vedado, como era su deseo, porque sus padres se lo prohibieron, sobre todo José, que le dijo a todo el barrio que si el niño le salía maricón, lo mataba, y que el piano no era para los machos remachos.

Remachando aún más el clavo, el pequeño Jesús tampoco quería jugar pelota ni quimbumbia; sólo estudiar, leer libros de cuentos infantiles, cuyo preferido era “El Patico Feo”, de Andersen, con el que se identificaba en silencio, pintar y ver televisión, sobre todo programas musicales.

Sus cuatro hermanos no lo entendían tampoco, y a partir de los 7 años, comenzaron a rechazarlo por ser tan “diferente”.

En la escuela, la mayoría de los varones se burlaban de él por su poca afición a los deportes, que en Cuba es como un pecado, pero algunas de las niñas se hicieron sus amigas, y esto lo ayudaba a sobrellevar el rechazo de aquéllos.

María y José estaban tan desesperados con su Jesús, que lo llevaron a que lo viera un sicólogo, que no le encontró nada anormal, ya que, en realidad, Jesusito no tenía “plumas”, es decir , no era amanerado ni afeminado, a pesar del convencimiento de la pareja de que su hijo era un “bicho extraño”.

No obstante, a los doce años, en el 2002, José decidió becarlo a la fuerza en una escuela especial de deportes, “para que se hiciera hombre”, y Jesusito optó por el atletismo, dedicándose con ahínco a entrenar, y logrando en dos años un físico envidiable, con una mejoría de sus facciones, que sin que llegar a ser bello, al menos lo hacían ver muy interesante.

Da la casualidad que el verdadero hijo de María y José, el cambiado por María Félix, criado por la hermana de ésta, Dolores del Arroyo, y por su esposo, Pedro Infante Negrón, cuya familia tenía la misma patología por el cine mexicano que Flor Silvestre, de ahí su entusiasmo por el enlace y el nombre del niño: José Alfredo Negrón del Arroyo, había sido desde chiquito un niño fanático y practicante de casi todos los deportes, y por ello, también había conseguido una beca en la misma escuela a que había sido enviado Jesusito a instancias de su padre, y gracias a las conexiones de éste en el Partido Provincial.

De más está decirles que la familia aztecinéfila, salvo María Félix, que era la única que conocía el secreto, nunca pudo entender la excesiva afición a los deportes de José Alfredo, ni su negativa a ver esos viejos filmes mexicanos ni las telenovelas de Televisa alquiladas clandestinamente, ya que Pedro Infante no iba al Latinomericano ni para comer pizza.

En fin, que el destino enfrentó a los dos adolescentes intercambiados en el mismo terreno, como si fueran conejillos de indias para los sicólogos, sociólogos y sexólogos que se enteraran algún día del experimento desencadenado por María Félix.

Los dos jóvenes se hicieron amigos, incluso practicaban atletismo juntos, y el tiempo fue pasando.

A los 15 años, en el 2005, ya a punto de graduarse de licenciados en deporte, cuando salían de pase y paseaban por la Rampa, comentaban acerca de la cantidad de pingueros que abordaban a los extranjeros para ofertarles sus favores sexuales, aunque ellos en realidad, todavía a esa edad no habían pasado de hacerse la paja en solitario.

Una vez graduados, fueron invitados por la escuela a participar en una competencia juvenil de atletismo en España, ya que el Partido los recomendó, pues aparte de que eran muchachos muy sanos, al punto de que no eran jineteros ni negociantes en un medio tan adverso, el padre de Jesús seguía teniendo buenos contactos con el Partido Provincial.

Y de esta manera los adolescentes intercambiados aterrizaron en la madre patria, en pleno gobierno de Zapatero, con la aprobación de los matrimonios del mismo sexo y toda la revolución sexual que esto implicaba.

José Alfredo y Jesús, que dicho sea de paso, ya no era feo, sino todo lo contrario, despertaban a su paso, valga la redundancia, rediez, muchos requiebros, y en sus primeras visitas a las discotecas gays, y luego a las saunas, descubrieron que su sexualidad iba por ese camino, aunque Jesusito nunca lo había querido aceptar para no darle la razón a sus padres y a los vecinos con lo del piano.

José Alfredo, por su parte, había aprendido en el mundo del deporte, del que ya sabemos que era fanático desde pequeño, que no hacen falta plumas para ser maricón, y se lanzó a vivir su sexualidad sin complejos.

Los dos jóvenes se enamoraron, y decidieron pedir asilo en España para no regresar a su aislada isla, donde el doctor Castro recetaba frustación y desesperanza por doquier.

Tuvieron la grandísisma suerte de que un millonario de origen cubano, de apellido Cisneros, los conociera en el teatro y les tomara afecto desinteresadamente, adoptándolos prácticamente, pues se conformaba con que le adornaran la vida, su casa y su piscina, dándoles siempre para sus gastos sin pedirles favores sexuales a cambio.

El señor Cisneros le propuso a Jesús adoptarlo de verdad para que así se pudiera hacer ciudadano español, y luego, a los dieciocho, que es la mayoría de edad en España, se casara con José Alfredo, y se la trasmitiera a éste de ese modo, y así lo hicieron.

Mientras tanto, en Cuba, el 31 de Julio del 2006, el tirano de la barba rala tuvo que ser operado de urgencia, y su hermano Raúl, apodado “La China” desde jovencito, heredó el trono del rey Midas al revés.

La boda de Jesús y José Alfredo fue por todo lo alto, y se celebró en casa del papá adoptivo de Jesús.

Se casaron el 17 de diciembre del 2008, en homenaje a San Lázaro, del cual los dos eran muy devotos, como una gran parte de los cubanos, y José Alfredo decidió empezar a usar el apellido de su cónyugue para quitarse de arriba el Negrón del Arroyo, que le chocaba tanto desde niño.

A la muerte de Fidel, Raúl se había desencadenado, mejorando las relaciones con la Unión Europea, y en primer lugar con España, y legalizando el matrimonio homosexual en Cuba.

Los recién casados decidieron ir a pasar la luna de miel a Cuba, para así poder ver a sus respectivas familias, y como el señor Cisneros le había dado 8 millones de dólares a Jesús cuando lo adoptó, para que éste no tuviera que esperar a su muerte para ser millonario, los muchachos viajaron en clase ejecutiva de Iberia, decididos a pasarla en grande, y a ayudar a sus familias en todo lo que pudieran.

Cada quien le avisó a su clan para que fuera al aeropuerto a recibirlo, sin detallar nada de su sexualidad, matrimonio y condición millonaria, y las dos familias volvieron a encontrarse, como en Maternidad de Línea, para volver a recibir a su retoño.

María Félix acompañó a Dolores del Arroyo y a Pedro Infante Negrón, loca por ver a su “sobrino” José Alfredo, y de inmediato reconoció a María y a José, palideciendo.

Como la espera se prolongó un poco, las dos familas sacaron conversación, y María Félix por poco se infarta cuando escuchó que su verdadero sobrino también se había ido para España en el 2005, y que también había estudiado deportes en la misma escuela que José Alfredo.

Enseguida pensó que era un castigo de Dios por su imperdonable acción de haber cambiado a los bebés cuando nacieron, pero se dijo que “a lo hecho, pecho”, y que el mismo Dios se encargaría de darle solución al problema.

Cuando al fin el avión aterrizó, ya las dos familias se habían hecho amigas y quedado en visitarse, ante los ojos pasmados de María Félix.

Los dos resplandecientes y esperados muchachos salieron al fin de los trámites de aduana, pero no por la salida normal, junto con los demás pasajeros, sino por la salida V.I.P, como correspondía a su condición de millonarios, y esto le causó una gran extrañeza a sus familiares, que se dieron cuenta enseguida de la diferencia, que era a su vez una deferencia.

Cubanos al fin, la primera pregunta a cada uno, después de los abrazos y besos de rigor, y de las mutuas presentaciones familiares, fue:

-Niño, ¿y eso que tú no has salido por la misma puerta que los demás, y saliste por la de los artistas y los diplomáticos?

Jesús y José Alfredo se miraron significativamente, y respondieron a la vez:

-Sígannos, que les vamos a explicar todo en un salón de protocolo del aeropuerto, donde podremos hablar con comodidad.

La tensión que se creó se podía sentir en el aire, pues un intenso presentimiento surgió en ambas familias, de que algo muy grande iba a serles revelado por sus hijos.

Jesús habló primero:

-Como ya se habrán dado cuenta, nosotros somos muy amigos, es más, mucho más que amigos; somos una pareja, y nos hemos casado en España.

María y José se miraron significativamente, y le dijeron:

-Ni prohibiéndote el piano pudimos evitar la maldición de que nos salieras pájaro, o pato, como decían los vecinos, pero a fin de cuentas, eres nuestro hijo, y no creas que los otros cuatro nos han salido muy católicos que digamos, pues en el 2006 nos salvaron de morir de hambre y de necesidad jineteando en el Vedado, y sin discriminar país ni sexo.

Dolores del Arroyo y Pedro Infante Negrón se habían quedado mucho más perplejos, pues José Alfredo nunca había querido estudiar piano ni ballet, sino que adoraba los deportes, y, además, ese tema nunca se había tocado en una película mexicana, y muy poco en las telenovelas, pero, padres al fin, le dijeron a su hijo que iban a tratar de entenderlo, y que en “Y tu mamá también”, al final los chavos acababan dándose un beso, así que, habiendo antecedentes cinematográficos del problema, esto lo hacía un poco menos difícil de asimilar.

Viendo los mancebos aparejados que la cosa había salido mucho mejor de lo que pensaban, decidieron pasar al otro punto, el de su condición de millonarios, pues ambas familias se lo habían ganado, al aceptarlos gays y casados, creyéndolos pobres.

Le tocó ahora hablar a José Alfredo, que les dijo que en España, un millonario de apellido Cisneros había adoptado a Jesús y le había heredado en vida 8 millones de dólares, ya libres de impuestos y de todo.

María, como toda buena madre, no pudo evitar enternecerse, recordando cómo Jesusito se refugiaba leyendo “El Patico Feo”, cuando los demás lo rechazaban por su fealdad y sus gustos “diferentes”, y se lo comentó a los demás, provocando que José Alfredo le respondiera que, gracias a Dios, Jesús era ahora un verdadero cisne, tanto por el apellido como por lo apuesto.

-Esto parece una verdadera película mexicana de la Época de Oro, dijeron, llenos de felicidad, y a coro, la pareja de casi homónimos de estrellas del cine azteca, y luego preguntaron:

¿ Y para qué casa piensan ir a vivir ahora?, ¿para la de ellos o para la de nosotros?, insinuando que fueran para la de ellos, a lo que María y José se opusieron, pero los muchachos les respondieron prontamente:

-Nos vamos todos por una semana para el Hotel Nacional, para la suite presidencial, y después compraremos dos casas pegadas en la zona de Miramar, por la Quinta Avenida, o cerca del Laguito, desde donde podamos ver a los cisnes nadar.

No obstante, ninguna de las dos familias quedó conforme, pues cada una quería conservar la primacía sobre la pareja, creándose una situación bastante incómoda, de celos y presiones ocultas, para que los muchachos escogieran su casa.

María Félix, que lo había escuchado y visto todo en silencio, no pudo más, y rompió su mutismo:

-Yo también tengo que confesarles algo muy difícil, que no tiene perdón.

-No me salgas ahora con que haces tortilla, porque entonces sí que el barrio entero nos va a crucificar, aunque tengamos billete, le dijo Lola del Arroyo a su hermana, en un tono dramático digno de su admirada del Río, pero a lo Celeste Mendoza.

-No, no se trata de eso, hermana querida, se trata de un terrible secreto que he guardado durante todos estos 18 años, le respondió la versión cubana de La Doña, en un tono que recordaba al de la original, pero como pasada de copas.

-Entonces, acaba de una vez y dínos tu secreto, para poder irnos para la piscina del Nacional, le dijeron como en un coro griego los cuatro hermanos de Jesús, los jineteros.

-Yo intercambié a los niños cuando nacieron en Maternidad de Línea, y Jesús es mi verdadero sobrino, no José Afredo.

Un profundo silencio se apoderó del ambiente, para que cada quien pudiera procesar ese golpe tan inesperado.

-¿Entonces es por eso que a Jesús nunca le interesaron los deportes, y nos salió tan artístico?, exclamó el pobre José Pérez, saliendo de su estupor.

-Coño, ahora entiendo por qué a José Alfredo nunca le gustaron el cine mexicano ni las rancheras, no en balde, dijo como para sí misma Lolita del Arroyo.

Y de pronto, todos a coro:

-María Félix, ¿cómo pudiste hacer algo tan espantoso?

María Félix sólo atinó a decir que la culpa era del cine mexicano, pero Jesús le respondió encabronado, que nadie tenía idea de todos los buches de sangre que él había tenido que tragar cuando era niño por la incomprensión de sus padres, y de los vecinos, por ser tan diferente y no gustarle los deportes, y sí el piano, así que con demandar ahora a los Estudios Churubusco y a Televisa no se iba a resolver el problema.

María Félix lloraba sin consuelo, y entonces María Díaz, que había estado callada pensando todo ese tiempo, dijo, ensimismada:

-Entonces somos suegros de nuestro verdadero hijo, y padres falsos de nuestro verdadero yerno. Uno de los “hermanos” de Jesús expresó, gritando:

-Coño, caballeros, esta historia se la podemos vender a Amodóvar allá en España, porque es tan enredada como “La mala educación”, pero sin curas por el medio, y así nos hacemos famosos si Almodóvar se decide a filmarla.

José Afredo, siempre muy práctico, les dijo a todos que, en un final, las cosas no habían salido tan mal, y abrazando a Jesús, le pidió, muy cariñosamente, que perdonara a su tía María Félix, que ahora lo sería de los dos.

Jesús abrazó y besó a la interfecta, perdonándola, y propuso que, antes de ir para el Hotel Nacional a instalarse y a disfrutar de los millones, pasaran por su antigua casa, para saludar a sus vecinos, y que así “vieran la transformación del patico en cisne”, sobre todo Yeya y Leocadia.

María le respondió que sí, que estaba de acuerdo, pero que se preparara para llevarse tremenda sorpresa con los hijos de Yeya, porque ahora uno de ellos era travesti y su nombre artístico era Ninón La Ardilla, el otro era bailarín del Ballet Nacional, con tal de viajar y conseguir pacotilla, y los otros dos se habían hecho santos y le tiraban los caracoles a los turistas.

En fin, le dijo Jesús, que no hay boca que habló que Dios no castigó.

Llegaron al Vedado, y ya la cuadra completa los estaba esperando, siendo Yeya y Leocadia las abanderadas, que exclamaron a coro al ver a Jesusito:

-Niño, qué lindo y bueno te nos has puesto.

Leocadia, por supuesto mucho más bajito, le dijo a Yeya:

- Oye, y no vino vestido de mujer ni nada de eso.

- Me moriré de la pena cuando sepa lo de Ninón, fueron las últimas palabras de Yeya antes de quedar muda de la impresión.

Entonces, luego de los re-encuentros y de las preguntas de rigor, partieron todos para casa de los Negrón del Arroyo para realizar el mismo exorcismo con los vecinos, aunque José Alfredo nunca había sufrido el mismo asedio que Jesús antes de irse para España, y no tenía nada que restregarles o que reivindicar a sus vecinos.

Después de una semana de fiesta y rumba en el “Hotel Nacional”, se mudaron para cuatro mansiones frente al Laguito de Miramar: una para los enamorados, porque el que se casa, casa quiere; otra para María, José y sus cuatro “artistas de la calle”, la tercera para los fans del cine azteca hasta la muerte, los Negrones del Arroyo, y la cuarta, para María Félix, la artífice de todo este enredo mayúsculo, pero con final feliz.

Casi todas la tardes, cuando no están de viaje por el mundo, acostumbran a reunirse en la terraza de los nuevos Cisneros, a contemplar las tranquilas aguas del Laguito, por donde se deslizan, con elegancia y parsimonia, cisnes y patos, en placentera convivencia, porque en el Universo hay cabida para todos, y a cada quien le corresponde su lugar bajo el sol.

Baltasar S.Martín

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