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La buena muerte

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Dolores desperto sudorosa a la misma hora de costumbre, las seis de la mañana, atormentada por el espíritu de Monona. Se sento en la cama y bebió un poco del vaso de agua que dejaba todas las noches en la mesilla. El espíritu de Monona había logrado sobrevivir en el tiempo incluso a la generación posterior a ella, su propio hijo, que había muerto hacía diez años en su casa de Centro Habana de un infarto mientras leía el periódico.

_ ¿ Habrá existido Monona o solo era uno de los inventos de mi abuelo ?.

La cafetera comenzó a colar en la cocina y su abuelo reapareció entre el aroma del café abriendo la cortina de sus recuerdos engalanado con su guayabera blanca de hilo almidonada, los pantalones de lino recién planchados y el sombrero de paja encajado hasta las orejas caminando de un lado para otro por el patio de la casa, el puro remascado asomandole por una esquinita de los labios llevando un manojo de hierbas en una mano y el machetín en la otra. Mi abuelo si que sabía entenderse con el monte, era muy listo, pensó y el recuerdo del rostro alargado cuajado de arrugas de su abuelo la hizo sonrreir con nostalgia. De haber nacido en América del sur hubiera sido chamán, pero le tocó nacer en Batabanó y en su lugar fue curandero, entre otras cosas. No se quejará, tuvo una vida larga y feliz, hasta que en su noventa y dos cumpleaños su corazón se cansó de latir.

Dolores se sirbió un poco de café en un viejo y aboyado jarrito de metal, accediendo al patio por la puerta lateral de la cocina. Se sentó bajo el limonero y se preguntó con serenidad cuando la muerte vendría a buscarla. Bebió el café lentamente, a sorbos y al terminar se sacó el paquete de cigarrilos popular del sujetador y encendió uno. _ Nunca conseguí dejar este maldito vicio_ , dijo en voz alta exhalando el humo por la nariz mientras observaba como la ceniza se hacía cada vez más larga y el cigarro se consumía con lentitud entre sus arrugados dedos. Lo curiosa que es la vida, pensó en voz alta, contra más la vives aprendes que no es tan mala como te la imaginabas. Las cosas que en un pasado fueron demasiado importantes dejan de serlo cuando te haces vieja.

Y tu cuerpo lucha contra la fuerza de gravedad hasta el cansancio sin conseguir vencerla por que al final la carne se vuelve más flexible que una goma. Entonces los recuerdos son lo más importante y te acompañan a todas partes. Recogió el jarro y tiró la colilla bajo el limonero entrando otra vez en la cocina y mientras enjuagaba el jarro bajo la pila alguien la tocó por detrás con suavidad en el hombro derecho.

_ Dejame en paz, que tu ya estas muerta, metetelo en la cabeza mamá.

Según fueron pasando los años Dolores desarrolló el extraño don de sentir y ver a los difuntos de su familia y a veces hablaba con ellos como si estuvieran de cuerpo presentes. Solo el abuelo, una persona importante dentro de su árbol genealógico se resistía a mostrarse ante ella y el día que asomara las narices por allí sería por que al final la muerte había deecidido mandar un emisario en su busca.

_ Nadie, oyeme bien, nadie, dijo de pie ante el retrato ajado y amarillento de su abuelo rodeado de vasos de agua y velas blancas, a sido capaz de luchar contra el tiempo. El es quién manda en este juego, el teje y maneja a sus anchas. Mirame, me siento como una chiquilla de veinte. Solo se que tengo ciento dos años cuando me meto en el cuarto de baño y me desnudo ante el espejo para bañarme. Entonces caigo en la cuenta que he vivido un siglo, y mira tú que contradicción, a pesar de eso no he necesitado hasta ahora la ayuda de nadie, me valgo por mi misma, dijo levantando las dos manos poniendolas cara al retrato. Hecho a andar hacia la cocina con paso lento y de inmediato se dió la vuelta como si se hubiera olvidado algún detalle de la anterior conversación con su difunto abuelo.

_ ¡ Ay abuelo, lo tuyo si que fue la gota que colmó el vaso !. Ni fumabas, ni bebías, ni trasnochabas, una vida ejemplar. Y sin embargo mira como acabaste, con alzeilmer, dijo en voz alta asintiendo con la cabeza y la mirada a pocos centímetros del retrato con los ojos saltones, así es como lo llaman ahora. En mis tiempos decían, "está chocheando", pero ahora se sabe que nadie pierde la memoria ni se olvida de quien es de la noche a la mañana así por que sí, una tragedia. Que mayor desgracia que perder uno a uno todos los recuerdos de tu vida, tu identidad. _ SHHH abuelo, dijo cuchicheandole al retrato, ¿ no crees que ya va siendo hora de que me muera, eh?. ¿Que por que no me mato?. Pues por que no tengo el valor suficiente, se contestó ella misma, si no, otro gallo cantaría. Cuando Juan murió sufrí tanto, que creí que me iría detrás de el. Lo de mi hijo se veía venir de un momento a otro, estaba enfermo del corazón y no se cuidaba lo suficiente, pero lo de mi marido Juan, eso sí que fue un golpe bajo. A los cincuenta y cinco años uno todavía esta en la flor de la vida como aquel que dice. Yo todavía lo quiero. Deseé morir una y mil veces, pero esa condenada de la muerte se hizo la sorda y aquí estoy todavía. Abuelo, esta noche he soñado con Monona, ¿ te acuerdas de ella ?.La guajira aquella que murió mientras dormía, según tu, y que se convirtió en un espíritu que asustaba a los guajiros de noche en el monte. A decir verdad, me gustaría morirme como ella, en sueños, creo que no es mucho pedir. Estan tocando la puerta, a ver quién es. Enseguida vuelvo.

Ahí estan esas dos locas de mis bisnietas con la misma cantaleta de siempre, -_" abuela, eres muy vieja para vivir sola, un día de estos te mueres y ni nos enteramos"_. Ay, siempre con la misma canción. ¿Y que pinto yo en "El Vedado", pues nada. Me gusta mi barrio, aunque mis bisnietas digan que hay delincuencia y robo y de todo. ¿ Quién me va a robar a mi que cosa?, si a mi me conoce todo el mundo, hasta me he vuelto famosa. No en todos los barrios vive una centenaria._ ¡ Abuela abre, sabemos que estas ahí!. Continuaron llamando las dos mujeres. ¡ Abuela por dios, no seas cabezona !.Dolores permaneció recostada a la puerta mientras sus bisnietas continuaron llamando con insistencia hasta que se marcharon..

El año pasado bajó la temperatura a tres grados, cosa rarisima en Cuba. Se habló a sí misma camino de su cuarto. Esa noche dije que iba a morirme aunque la muerte no quisiera. A las diez en punto de la noche dejé todas las ventanas de la casa abiertas y me tendí en mi cama en ropa interior, ni siquiera me moleste en taparme, estaba segura que moriría de frío, con la edad que tengo habían muchas posibilidades de que mis deseos se cumplieran de una maldita vez, pero desperté al otro día a las seis de la mañanana como una rosa. Loli y conchita, mis bisnietas, dijeron que estaba loca de atar cuando se lo conté y desde entonces no dejan de darme la lata para que me mude a vivir con una de ellas. Yo no estoy loca, solo quiero irme de este mundo, que ya me toca. Ellas no lo entienden. No puedo abandonar mi casa. Nací en esta misma cama, Dolores estiró la sabana de un blanco impecable por una de las esquinas repitiendo la operación hasta que la cama quedó más lisa que una pista de patinaje. Aquí pasó mi madre los dolores de parto y ayudada por las expertas manos de Fefa la comadrona un veintiuno de junio de 1902 llegué a este mundo.Me bautizaron con el nombre que aparece en mi carnet de identidad, Dolores Sierra Peñalver. Fefa y mi madre se asombraron mucho por que aún estaba envuelta en el zurrón, si eso, la bolsa donde estan los niños en el vientre de su madre. Según le dijo Fefa a mi madre los bebitos que nacen bajo este signo les alumbra por siempre la estrella de la buena suerte. Sinceramente hablando, creo que Fefa la engañó como una tonta.

Nunca he sido una persona de dinero, mi situación económica a sido siempre con una mano delante y la otra detrás, así conseguí criar a mi hijo Alberto, el único que tuve y que también nació en esta miasma cama. Creo que fue el último nacimiento que asistió Fefa, en paz descanse. La considero una cama con historia propia y es en ella donde he decidido irme al otro barrio . En las paredes de esta casa están guardadas cada una de las risas de mis nietos y también las de mis bisnietas. De aquí salí vestida de blanco del brazo de mi abuelo camino de la iglesia donde me casé, mi padre había muerto, así que fue el quién hizo los honores de llevarme hasta el altar para entregarme a Alberto. Yo no sabría vivir en otra casa que no fuera esta. Quiero morir aquí. Rodeada de mis cosas y de mis recuerdos.

Dolores rebuscó en las gavetas de su escaparate y continuó con la pesquiza por los de su mesilla de noche y en los del pequeño tocador. - Será posible que esas malditas llaves no aparezcan. Es lógico. Desde que el abuelo murió mi madre cerró el cuarto a cal y canto y desde entonces nadie a vuelto a poner un pie en ella.

_ Mamá, mamá, necesito saber donde estan las llaves del abuelo. Tu eres la única que lo sabe.

Dolores continuó buscando por todos los rincones posibles donde ella imaginaba que pudieran estar.

_ Que mujercita esta, toda la mañana rondandome y ahora que de verdad la necesito ni mu. Y otra vez llaman a la puerta. Será posible, ..., parece que hoy es el día de las visitas.

Dolores se asomó a la mirilla. - Son Loli y Conchita otra vez. ¿ Pero es que no piensan dejarme en paz ?. Ah no, ahora no tengo tiempo para estas cosas. ¿ Que estarán tramando esas dos con tanta visita ?. Se preguntó mientras observaba a Conchita que rebuscaba nerviosa en su bolso con cara de preocupación.

_ Tengo que encontrar esas llaves, algo me dice que es preciso que lo haga, cuestión de vida o muerte. Tengo que entrar en ese cuarto.

Regresó a su cuarto y continuó buscando en una bolsa que contenía algo de ropa de su madre y encontró un mazo de llaves. La más antigua del conjunto era distinta de las otras. No solo por su antiguedad sino también por su color dorado opaco envejecido y su particular forma de flor, _ típico del abuelo son estas _ , afirmó.

_ Ahí, ahí, en mi bata de dormir.

_ Ni falta que hace mamá, ya las tengo.

¡ Uf, con esa manía tuya de venir cuando no se te llama, igualito que cuando vivías.

Se dirigió hacia el cuarto del abuelo mientras fuera en el portal se escuchaban voces. Alguien golpeaba la puerta y la empujaba con fuerza con la pretensión de entrar en su casa sin su consentimiento.

_ Loli, Conchita, no se lo que están intentando hacer pero cuando termine de hacer lo que tengo que hacer se van a enterar de lo que es una vieja brava, y estoy hablando en serio. Gritó furiosa mientras atravesaba la puerta contigua a su cuarto y caminaba por un estrecho pasillo casi a oscuras. Al final estaba la puerta del cuarto de su abuelo José Peñalver, el curandero del barrio. Introdujo la llave en la cerradura que se resistía todo a la vuelta necesaria para su apertura.

_ Mamá, no me apures. No entiendo por que tienes que esperar que yo abra para entrar, tu eres un espíritu y puedes atravesar las paredes, dijo volviéndose sin encontrarla.

La puerta se abrió lentamente con un chirrido oxidado y un fuerte olor a hierba fresca y a flores de lo profundo del monte salieron a su encuentro recordándole la fuerte presencia de su abuelo en aquella casa. Luego escuchó un estruendo que provenía de la sala, parecía como si hubieran derribado la puerta principal y las voces de Loli y Conchita llamándola desde dentro de la casa precedidas por la voz grave de un hombre joven que les preguntaba cuando había sido la última vez que habían visto a su abuela. Hizo oídos zordos al revuelo en la sala y entró en el cuarto donde no había ni una mota de polvo, ni siquiera telarañas. Todo estaba en orden, exactamente como su abuelo José el curandero, como lo llamaban en el barrio, lo había dejado cuando aún pertenecía al reino de los vivos. Accionó el interruptor de la luz y exclamó, _ vaya, o han cortado la corriente o se ha fundido el bombillo.. Será mejor que habra la ventana para que entre el sol. Este cuarto necesita ventilarse. No tengo ni la más remota idea de que busco o por estoy aquí, solo se que tengo que estar_.

Dolores abrió la portezuela de madera con esfuerzo a causa del oxido de los goznes y un haz de luz penetró de repente en el cuarto. Un potente reflector que transportaba dentro de sí montones de pétalos de margarita que gravitaban con lentitud en círculos ocupando toda la trayectoria del rayo formando un camino acolchado en diagonal que comenzaba en la pequeña ventana de madera y terminaba posado encima de la cama sobre el cuerpo de su abuelo, tendido en el centro boca arriba, vestido con la guayabera blanca de hilo, los pantalones de lino y el sombrero de paja encajado hasta las orejas, tal y como ella lo recordaba siempre que su memoria evocaba su imagen. La piel de las manos ásperas y grandes aún curtidas por el sol descanzaban cruzadas encima del pecho haciéndo parecer que dormía. El rostro de José Peñalver atestiguaba sin duda que ya estaba muerto, sin embargo el tiempo no había logrado descomponer la carne que se mostraba ante los ojos de Dolores libre de putrefacción, dura y recia como cuando su abuelo aún respiraba.

_ ¡ Santo dios, bendito sea el santísimo !. Exclamó haciendo temblorosa la señal de la santa cruz sobre el cadaver repetidas veces.

_ ¡ Un milagro !, repitió dando vueltas alrededor de la cama comprobando con sus propios ojos el perfecto estado en el cual se mantenía el cuerpo de su difunto abuelo bañado por la fuerte luz de aquel rayo que entraba por la ventana. En el bolsillo derecho de la guayabera asomaba un trozo de papel. Se acercó al cuerpo apenas sin rozarlo y por un momento dudo en meter la mano en el bolsillo, extendió la mano.

_ Dolores, eso es robarle a un muerto.

_ ¡Uy !, que susto me has dado mamá.

Dolores cogió el papel con la punta de los dedos .

Para mi nieta Dolores, leyó en el reversos del doblez. Es una carta para mí y es la letra maltrecha del abuelo, la conozco.

Querida nieta:

Leyó en voz alta.

Siempre fuiste mi preferida entre todas, te quise más que a mis hijos. Nunca te lo dije, perdóname. Mi decisión de permanecer para siempre dentro de este cuarto limita bastante las posibilidades de un espíritu, aunque desde aquí puedo escucharte cada vez que me hablas. No podré acompañarte cuando llegue tu hora en tu último viaje, se que quieres marcharte. Pero Dolores recuerdalo: ¡ Un muerto no se muere dos veces!.

José Peñalver.

_ Que querrá decir con esa última frase. Dolores volvió a doblar la carta y se la guardo en el bolsillo de la bata de casa sobresaltada por los gritos de Loli y Conchita que llegaban desde su habitación y las voces de los vecinos del barrio entrando en la casa.

_ Conchita, Loli. ¿ Que pasa ?. Gritó asustada atravesando el pasillo a toda prisa que la conducía hasta la puerta de su cuarto.

Niñas, pero es que estan sordas o que.

¿Por que no me contestan?.

Las imágenes de la noche anterior saltaron de repente a la memoria de Dolores caminando entre los zollosos entrecortados de sus bisnietas. Y se vió a si misma como si fuera la protagonista de una película proyectada en cámara lenta abriendo el armario y sacando el traje azul marino que usaba para la misa de los domingos. La ocasión debía ser muy especial por que también sacó una caja de cartón con rosas blancas donde guardaba la mantilla que su abuela le había dejado como herencia al morir y que solo usaba cuando debía asistir a un acontecimiento de gran embergadura. Se desnudó, se enfundó el vestido, y se recogió el pelo hacia detrás en un moño bajo, un poco de color en los labios y luego la mantilla.

_ ¿Pero que estoy haciendo?_. Pensó mientras observaba las escenas donde solo intervenía ella sin interrumpir el ruido de fondo de los vecinos del barrio y la imagen afligida de sus bisnietas consolándose la una a la otra. Entonces se vió a si misma tumbarse en la cama con la certeza de que esa noche la muerte vendría a visitarla.

_ ¡ Dios Santo, recordó entonces, esa luz en la ventana !.

_ ¡ Es la luz divina !.

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