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Vocaciòn de locos

-¿Pero quién carajo eres tú?, vociferó con sorpresa y hasta cierta furia que da el extrañamiento, y su voz rebotó contra el cristal de la ventana y fue a parar dentro del lavamanos del baño, cuya gotera intermitente y lasciva era una de las tantas terapias psicológicas de Andrés en los días de soledad y abulia cuando no podía hilvanar ni una oración decorosa delante de la muda pantalla de computadora.

-- Soy un payaso y colecciono máscaras para cada segundo de la vida. Ahora mismo- tú no te das cuenta- pero traigo puesta la del hombre que quiere conversar y hacer nuevos amigos. Aunque por tu cara de pocos amigos me parece que no lo voy a conseguir. No temas...

--La gente de bien no entra por las ventanas abiertas, ni los balcones.¿No te lo han dicho en el psiquiátrico de donde te escapaste?

-- ¿Cómo te diste cuenta? ¿Acaso pudiste leer mi pensamiento o alcanzaste a oler el fondo de mis tripas que destilan cierto tufillo a psicofármacos permanentemente? Es lo único que me dan allá- dijo y señaló con el dedo en dirección a la calle Amargura, desde donde sólo se escuchaba el ronronear intermitente de los agónicos carros y el griterío de los niños que jugaban a la pelota, en medio de la calzada.

--No, sólo me di cuenta por tu mirada. Los que son como tú siempre tienen la vista extraviada en un más allá que no existe y hablan demasiado, sin importarle mucho a quienes hieren, si son escuchados o las consecuencias de sus palabras.

--Las palabras, exclamó con voz cansada y lenta. Siempre esas malditas hijas de puta con coloretes en las nalgas. Nos pasamos la vida rindiendo culto a esas prostitutas que venden sus esencias con olor a canela en las esquinas y en ocasiones alteran el orden de todo el universo, sentenció el intruso.

En ese momento, Andrés le tuvo frente a frente y alcanzó a verle más allá de la silueta, recortada a contraluz del cristal de la ventana. Vestía todo de negro. Un traje antiquísimo y descolorido por el uso. Las frecuentes lavadas con detergentes químicos le habían gastado la tela en los hombros y las rodillas. Su cara estaba surcada por vulgares arrugas y quizás por ello aparentaba más edad. Sólo llamaba la atención en aquel rostro común, unos ojillos verdeazules que destilaban intranquilidad y cierta mirada inquisitiva de quiero saberlo todo. En el bolsillo de la chaqueta llevaba unos espejuelos sin cristales pintados de verde y un girasol marchito, que cada cierto tiempo, intentaba revivir, en vano, con las caricias de sus manos.

El intruso se sentó en el único sillón del cuarto y apenas rozó con su cuerpo el asiento cayó al suelo provocando la destrucción de las carcomidas tablas del mueble. Del susto rió sorprendidamente y una lágrima ácida de hombre grande se dibujó en el hueco de sus ojos. Entonces puso cara de máscara triste y miró a su alrededor como queriendo reconocer todo el espacio.

--A ese paso me vas a acabar con el cuarto, le gritó desconsoladamente y miró con desconsuelo los restos del viejo sillón que ya no serviría para más nada. Andrés no sentía temor del desconocido. Los locos, sus desvaríos y capacidad para contar historias siempre le atrajeron. Tan solo estaba un poco asombrado de cómo el viejo enclenque había podido escalar las rejas de hierro de los dos primeros pisos y llegar a su habitación con la ayuda de aquellas manos delgadas y finas y aquellos músculos de perro hambreado.

--Tienes manos de príncipe o de escritor famoso, le dijo Andrés para provocarle y sacarle del mutismo en que se había sumido.

--Desciendo de reyes, pero decir esto ya está demodee pues hay por ahí tantos descendientes de la monarquía, incluso hijos bastardos. Mis padres nacieron en Europa y estuvieron emparentados con una reina que perdió su cabeza porque quiso a dos hombres a la misma vez y un mal día descubrieron al amante escalando la ventana de sus habitaciones privadas.

--¿De veras te crees todo eso que te inventas ? Tienes una capacidad de fabulación mayor que la de García Márquez, replicó Andrés.

-- A ese le enseñé las primeras letras y le hice los primeros cuentos de su vida. Yo le cuidaba, allá en Aracataca, y recuerdo que hablábamos de Macondo, un pueblito que inventé; porque yo cuando quiero ser feliz me invento cosas. Después este señor creció y escribió sobre el pueblo de mi fantasía, pero nunca ha contado que fui yo quien primero le habló de ese sitio perdido entre el polvo y la resolana que, después, le hizo famoso y aún le da mucho dinero.

El hombre se acomodó, sin pedir permiso, sobre el piso, en una esquina oscura de la habitación y adoptó una posición de meditación zen que le hacía parecer más alienado de lo que estaba. Súbitamente se puso de pie y fue directo a pararse frente a la cama. Extendió sus manos para tocar, con delicadeza, las muletas y las heridas sanguinolentas de un pequeño santito de yeso, que estaba sobre la mesa de luz. Después acarició a los perros callejeros, también de yeso, que intentaban con su lengua restañar las heridas del icono religioso y comentó:

-- Cuando niño era muy devoto de San Lázaro, dijo señalando para la mesita. Sabías que este es el santo de los pobres y los enfermos. En mi pueblo hizo muchos milagros entre los leprosos y hasta se le erigió una capilla en su memoria en un caserío llamado El Rincón. A mi hermano tuvieron que hacerle un transplante de corazón y mis padres le rezaban mucho al santo milagroso. La operación transcurrió sin contratiempos y todavía sigue vivito y coleando. Recuerdo que todas las mañanas la madre del donante se aparecía en el hospital y se recostaba sobre el pecho de mi hermano para escuchar el viril latido del corazón de su hijo de quince años, desaparecido en un choque de trenes. La señora solía decir que el hacer esto le mantenía aún con fuerzas en el mundo de los vivos.

A Andrés se le encendió el rostro al escuchar la nueva anécdota que salía de la imaginación de su interlocutor y hasta sintió envidia por la capacidad de fabulación de aquel tipo que cada diez segundos podía hilvanar una historia sin muchos esfuerzos, tan solo dando riendas sueltas a su innata vocación de loco.

Entonces intentó proponerle un cambio que les resolviera de una vez y por todas a ambos los principales dilemas existenciales. La transacción consistiría en intercambiar todo su razonamiento de hombre cuerdo y equilibrado por cierta dosis de fabulación e imaginación patológica del orate. Andrés precisaba tanto de estas cualidades para dejar de sufrir ante la pantalla virgen. Siempre que hacía un balance de su vida terminaba reprochándose no haber podido ser más feliz por la excesiva cordura que llevaba ceñida al cuerpo como camisa de fuerza.

Cuando andaba metidos en esos desvaríos un repicar de campanas le trajo a la realidad nuevamente. Miró a su alrededor y no encontró a nadie en la habitación. Solo la apacible pantalla muda de su computadora emitía cierto cono de luz sobre la oscuridad del cuarto. De su boca pendía un hilillo de fría saliva con sabor a sueños pasados, olvidados en los laberintos de la mente. Se levantó y miró por la enrejada ventana; en la vereda de enfrente un grupo de personas se arremolinaba a la entrada de la iglesia, donde un viejo enclenque de traje negro y con un girasol en la solapa acaparaba la atención con sus sermones de párroco juicioso y mesurado.

Andrés río escandalosamente como sólo lo saben hacer los locos , mientras ocupaba su lugar frente a la computadora, dispuesto a no olvidar ni un detalle de la anécdota que tenía en la cabeza. Por ello se dispuso a no perder ni un minuto y colocó en la pantalla el título de la historia revelada en sueños: Vocación de locos.

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