El Sepulturero Cubano

Pamela Anderson se va al Caribe

Cuco llegó a España a principios de los años noventa. Tuvo aquí unas cuantas aventuras amorosas muy decepcionantes. Nunca me contó si las mujeres se alejaban de él por su culpa o por la de ellas. Ni yo tampoco insistí para que me dijese nada al respecto.

Lo conocí un día en el Centro Médico donde hacía sustituciones.

La primera vez, cuando nos conocimos, intercambiamos el saludo de rigor entre médico y paciente y dos o tres palabras, supo por mi acento que era cubano al igual que él. La mirada se le encendió. Se puso contentísimo. Vino por un dolor de cabeza, pero después de dos o tres revisiones más y unos análisis llegué a la conclusión que todo era de los nervios. Pues no sólo era el dolor de cabeza, como me confesó después, con más confianza. Tenía muchísimo stress. Más que en Cuba , según él. ¿Cómo podía ser eso? Un hombre que tenía un buen salario, vivía solo y que tenía sus hijos ( todos adultos) y nietos en Cuba.

— La soledad. Eso me está matando— me dijo.

— ¡Búscate una mujer!

— He tratado, pero con sesenta años no puedo echarme una de treinta o de cuarenta, ninguna se fija en mí y si lo hacen es por interés.

— Pues arrímate a una de tu edad— le dije.

Estábamos en su casa. En la sala. Sentados en un amplio sofá. El salón estaba decorado sobriamente, pero con buen gusto. Todo muy ordenado. Limpio. Bebíamos unas Coca Colas.

— ¡Qué va! ¡Ni loco! Están llenas de resabios y malas costumbres. Mejor sigo solo y así me alcanza el dinero para ayudar al familión que tengo del otro lado del charco, allá en Cuba.

Me incliné y puse mi vaso encima de la mesita de centro, sobre el cristal, al lado de un perro de cerámica.

— Bueno, ves, ahí tienes una motivación que puede aliviar la tensión que sufres.

Estaba sentado al otro extremo del sofá, frunció el ceño e hizo una mueca despectiva con la boca, luego dijo:

— ¿Y el sexo? Tengo sesenta años, soy feo con cojones, pero todavía funciono. Eso es lo que más me golpea. La que era mi mujer en Cuba no quiere saber nada de mí, se casó con un tipo de Matanzas y se fue a vivir con él. Es de la única mujer de la cual he estado verdaderamente enamorado en mi vida. Las otras que he tenido han sido aventuras. Sólo eso.

No lo entendía.

— Pues aquí es fácil, te vas para la calle y le pagas a una chica en un sitio de “esos”— le dije, remarcando el final de la frase.

— Tampoco, compadre. No me gusta meterla donde otros la han metido antes que yo.

— Pues mi socio, no sé cómo arreglar el lío que tienes en el moroco. ¡Búscate a la virgen María! No sé— me santigüé.

— Eh, ¿ eres creyente? Lo digo porque te persignaste— preguntó.

— Más o menos. Me gusta respetar. Perdona por lo que te dije, lo de la virgen.

— No, dijiste lo que pensabas. Yo encontré la solución, algo que no me has mencionado y que pasaste por alto.

— ¿Cuál?— pregunté.

— Mañana me traen a Pamela.

— ¿¡ El qué!? Aclárame eso, sino puedes conseguirte una niña de veinte o de treinta, ¿ cómo cuadraste con Pamela? ¡Es una chica Playboy! No entiendo ni papa.

3

El tipo se echó a reír. Era muy flaco y la mandíbula parecía que iba a desprendérsele de un momento a otro. Se doblaba de la risa en el sofá. Se aguantaba el estómago con las dos manos.¡Qué hijoeputa!

Lo dejé que terminara de reírse para que pudiera continuar contándome su aventura amorosa. Seguro no era más que una fabulación de su mente calenturienta. Pero no. Me dejó en esa. En el aire.

— Mañana pásate por aquí. Te la voy a presentar— dijo.

— Como quieras— respondí. No insistí porque me gusta no ir más allá de los límites que trazan los demás, si era cierto o no lo que me decía ya me enteraría al día siguiente. La vida me ha enseñado que tampoco se pueden forzar las cosas, hay que dejarlas fluir. Si era un delirio, pues le pondría tratamiento y mejoraría, sin dudas.

La conversación derivó hacia otros temas menos cruciales y al rato languideció. Nos despedimos. Me marché, pero con la curiosidad clavada en mi cerebro. Cuando llegué a mi casa y le conté a mi mujer la conversación que había tenido con Cuco, se echó a reír. Se rió más que el socio. Se partía de la risa. Se revolcó y hasta se orinó, literalmente, sólo repetía: ¡Cuco con Pamela! ¡Pamela con Cuco! Jajajajaja ….

La dejé por incorregible.

Al otro día fui a casa de Cuco, sobre las cuatro de la tarde. Me abrió con una sonrisa de oreja a oreja que remarcaba aún más las arrugas de su enjuto rostro.

— Pasa— me invitó, cuando me abrió la puerta.

Traspasé el umbral y me quedé de pie, junto a un enorme jarrón chino. Las cortinas del salón estaban descorridas y el sol entraba a raudales. Muy luminoso.

— ¡Ahí está! Por quinientos euros Thagson ha resuelto mi compañía femenina— dijo, señalándome hacia un lugar en medio de la sala.

En una butaca tenía una de esas muñecas hinchables, pero coño, ¡igualita a Pamela Anderson! ¡Qué perfección! Me acerqué y palpé la turgencia de sus enormes senos, de sus piernas. Estaba desnuda. ¡Qué avance científico!

— ¡Cógela! Revísala, tiene agujeros por todas partes. Es el modelo más avanzado, me costó un tercio de mi salario mensual. ¡Está completa! Me llegó por correo hace como media hora, por poco no la encuentras aquí. No he podido probarla. Ya te contaré.

Estaba muy contento.

— Y lo mejor de todo es que la desinflo y me la llevo pa`la pincha. Como tengo que viajar mucho por mi trabajo de representante comercial, cojo y la meto en la maleta. ¡Un vacilón! Cuando esté solo en mi habitación de hotel la inflo y a gozar, ¡que no hay más ná!

Tenía razón y se lo hice saber. Además, leí la caja donde venía la muñeca y las instrucciones de uso, comprobé que ocupaba el espacio de un libro (desinflada) y que pesaba menos de un kilogramo. Bueno, no estaba ante un paciente delirante, ¡qué alivio! Aquello merecía unas cervecitas y nos las tomamos delante de Pamela, desnuda, observándonos fijamente desde la butaca en que se encontraba sentada, a sus anchas.

Cuco le mandaba a su familia cada dos o tres meses una buena remesa, no sólo dinero, sino que aprovechaba la visita de cualquier socio a la Isla para enviar medicamentos, ropa y cualquier otra cosa que le pedían. Allá tenía no sólo a sus hijos y nietos, sino también a su madre que había enviudado un tiempo atrás. La vieja tenía como ochenta años y no veía bien. Tenía cataratas y estaba sorda como una tapia. Era flaca como él. Bueno, yo creo que todos en la familia de Cuco eran flacos y altos. No conocí un solo gordo. Era un problema genético porque mi socio con sesenta años no perdonaba la jama. Comía como un león. Y ya lo dije antes, no padecía ninguna enfermedad. Ni artrosis. Y era flaquísimo.

Cuando me lo encontraba por la calle o me llamaba por teléfono para consultarme cualquier bobería, le preguntaba por Pamela. Y siempre me respondía lo mismo: “¡En talla, asere, en talla! Ahora mismo anda conmigo, no se separa de mí, la llevo en el bolso de mano. Es inflarla y cuero.¡Completa, es completa!”

“¡Qué bueno, carajo!”Le respondía.

Como al año me enteré de que un paciente mío de confianza viajaba a Cuba y que me había dicho que si quería mandar algo que aprovechara, pues iba con la mujer que era española y podían llevar cierto exceso de equipaje, como yo había enviado hacía un escasamente un mes una maleta llena de cosas a mi suegra, aproveché y llamé a Cuco por teléfono, lo único negativo del asunto es que tenía que decidirse pronto porque la pareja se marchaba a Cuba al día siguiente por la tarde. Tenía menos de 24 horas para decidir qué quería mandarles. Se puso contento, tenía que mandarle a su madre unas medicinas para la presión alta y ropa a los hijos, además de dinero.

— Ahora mismo empiezo a empacar. Dame la dirección de esa gente que mañana antes de las once de la mañana tienen mi paquete en su casa.¡Gracias, compadre!

— No hay de qué, mi socio. Un favor se le hace a cualquiera— y colgué.

En Cuba recibieron el paquete muy emocionados, y necesitados. La vieja que era la cacique de la familia, la que decidía que cómo era la repartición de lo que llegaba empezó a desempacar: “Esto es para Lola, esto otro para fulano …..” Iban 20 kilos de material: ropa, medicinas … etc.

En el apuro por conseguir lo que le mandaban a pedir, Cuco olvidó enviarle algo a Leonardo, el nieto más pequeño, que tenía como diez años. Y le gustaba mucho la playa.

La vieja se irritó:

— ¡Qué cabrón este Cuco! ¡No le mandó nada a Leo!

Había vaciado el maletín y ya había repartido todo, lo tenía sobre las piernas, pero por aquello de insistir o por intuiciones que tienen los viejos, levantó el doble fondo del maletín. ¡Bingo!

— Leo, tu abuelo es el mejor. Mira, ¡un salvavidas! El domingo nos vamos toda la familia en el camión de Gilberto, pa Guanabo, los fulas que mandó Cuquito dan pa eso y pa mucho más.. ¡A la playa, carajo!

Y la familia entera enrumbó temprano hacia la playa. Leo estaba loco de contento con el salvavidas que le había mandado su abuelo. Mientras todos se estaban bañando a pleno sol, la vieja metió mano e insufló el aire de sus pulmones a Pamela.

Cuando estuvo completamente lista , después de media hora de esfuerzos respiratorios por parte de la abuela, el nieto exclamó:

— Abuela, ¡qué lindo! Parece una mujer.

La vieja no veía bien, por las cataratas, pero todo lo que venía de España le parecía bueno.

— Allá se hacen cosas muy buenas, ¡dale, agarra, métete en el agua y no te metas mucho pa dentro! ¡Hay bastante oleaje!

Y el chama se metió en el agua, luego se encaramó sobre Pamela. Unos turistas que pasaban cerca se detuvieron a escasos metros de la orilla, contemplaban el espectáculo. Reían. Eran un hombre y una mujer, rubios, fuertes y altos. El hombre se doblaba de la risa y decía entre carcajadas:

— Oh, my God, is Pamela Anderson in the Caribbean sea! That’s fine!

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