El Sepulturero Cubano

Sin dinero para un helado

Vagaba por la Calzada de Diez de Octubre, mataba el tiempo. Me acompañaba mi hijo, el varón, que en aquella época tendría unos cinco años, y poco más.

Pasamos frente al Photo Service, el que está cerca de la Plaza Roja, en la misma calzada.

— ¡Papá, papá, cómprame un helado!

Lo miré y palpé con ambas manos los bolsillos de mi pantalón. Dos pesos cubanos tintinearon. Aquello no me alcanzaba para un helado.

— Cuando almuerces te lo compro.

— ¿Y dónde vamos a almorzar?

— En la casa, al regreso. ¿Dónde va a ser?

Se calló. Anduvimos en silencio unas cuadras más. Era sábado y el sol caía a plomo. La una o dos de la tarde. Muchas personas pasaban por nuestro lado, demasiada prisa. La lucha era dura. Algunos muy mal vestidos, casi con harapos; pero también nos cruzábamos con personas muy apuestas, perfumadas y bien vestidas. Eran los menos.

— ¡Papá dame agua! ¡Quiero agua!

— ¡Coño compadre como tú jodes! ¿Por qué no tomaste agua, y de paso measte, antes de salir? Eso me pasa por sacarte. Tu madre cada vez que va a limpiar la pocilga de apartamento que tenemos nos manda para la calle. La próxima vez te dejo jugando a la pelota en los bajos de la casa ¡Qué va! Métete en la cabeza que cuando se sale hay que salir comido, bebido y orinado ¡por si acaso!

El niño no replicó. Me miró fijo y serio.

No soy tonto. Comprendía cuan amargado estaba. Por eso prefería que se fueran delante y después yo inventaría como reunirme con ellos.

A la altura del cruce con Santa Catalina decidí sentarme en unos bancos de un improvisado y diminuto parquecito. ¡Qué calor!

— ¡Quiero agua!- Volvió a pedir el niño.

— ¿Y dónde voy a conseguir agua?

— Vamos a pedirla allí— y señaló con una de sus manitas en dirección a un improvisado puesto de venta ambulante de alimentos.

El vendedor era un negro gordo, bajito y sudoroso. Se afanaba con los clientes. Era su negocio. El solito se ocupaba de freír, despachar y cobrar. Poca variedad. Frituras de maíz, croquetas de pescado y refresco instantáneo de fresa.

Me acerqué, y esperé mi turno en la cola, dos o tres personas delante de mí.

— ¿Puede regalarme un poco de agua? Es para el niño.

Me observó por unos instantes.

— No tengo agua, mi socio. Lo que tengo es refresco de fresa. ¿Te cuadra?

— No, no, quería agua para el muchacho. ¡Está muerto de la sed!

— Mira, llégate hasta la dulcería que está frente al Alameda y cómprale una Coca Cola. Esa sí refresca. Este refresco no te lo aconsejo para el chama. Está hecho con agua estancada. Los grandes asimilamos mejor los bichos, pero los chamaquitos te agarran enseguida una diarrea que te los vira como una cucaracha.

— Sí, ya sé. Soy médico.

— ¿¡Médico!?— Y abrió mucho los ojos, la córnea la tenía casi amarilla.- Sí, soy médico ¿Qué pasa con eso?

— No pasa nada, mi socio. Es que mi hermana es ingeniero industrial y la veo como está, bueno, mejor decirte cómo estaba; porque ahora ha mejorado cantidá.

— ¿Por qué?

— Coño metió pa corredora de permutas, permutera. ¡De pinga, brother! Tiene más varos que un ministro.

— ¡Afloja negro, afloja! Esa gente tiene dinero guardado hasta en la Antártica, ¡pa por si las moscas!

— Tienes razón. Oye ¿dónde trabajas?-me preguntó.

— En un consultorio. ¿Sabes dónde está Pocito y Reyes? Por donde pasa la ruta uno.

— Sí, si, tengo un tío que vive por allá, tiene una casita muy cerca de la farmacia.

— Bueno, yo trabajo en el garaje que adaptaron hace unos años para consulta.

— ¡Cojones! ¿¡Tú trabajas en aquella ratonera!? Lo que pasa es que no te empataste con los primeros. Tengo una prima que le dieron hasta un polaquito.

— Eso fue al principio, como todo en este país-y bajé la voz para decir esto último, por si acaso.

— ¡Caballeros vamos a dejar la conversadera!

Era un hombre de la cola. De aspecto hosco.

— ¡Oye te dejo, no quiero complicarte el negocio!

— Está bien, docto. En cualquier momento te caigo por allá, por la consulta. Cuando le haga una visita a mi tío.

— ¡Cuando quieras! Allí tienes tú madriguera.

— Jajajajaja— Con la risa dejó ver una dentadura muy blanca, envidiable para los tiempos que corrían—. ¡Está bueno eso! Ja, ja, ja

Y se quedó contento, despachando, friendo y cobrando. Los clientes se habían acumulado mientras charlábamos.

¡Gran milagro de Dios! Mi hijo estaba callado a mi lado. No había pedido más agua. Me daba su mano derecha, pero en la izquierda sostenía un billete, y verde. ¡El color de la esperanza!

— ¡Dame acá eso! ¿Quién te lo dio? — Se lo arrebaté. ¡Cinco dólares!

— Una señora. Me dijo que era para que me compraras un helado y un refresco.

— Pero, ¿quién fue? ¿Qué señora?— estaba nervioso, y no podía controlarme.

— Aquella, es aquella.— me señaló hacia una anciana que estaba en la cola de la ruta 37, a pocos metros de nosotros. En ese momento llegó la guagua para cargar. La gente fue moviéndose hacia la puerta delantera. Parecían autómatas.

Me apresuré y llegué casi justo en el momento en que la mujer iba a abordar el ómnibus. Sólo me dio tiempo para preguntar:

— ¿Por qué le dio eso al niño?

La mujer me miró inexpresiva. Su cara era como una máscara. ¿Sería una loca?

— ¡Se parece tanto a mi nieto! Oí parte de su conversación y cuando le dijo al vendedor que usted era médico. Mi hijo también era médico.

— ¿Era?— Pregunté.

— Sí, era. ¿Ve estas flores?— en la mano izquierda sostenía un ramo de príncipes negros— . Son para él. Para ellos.

La cola se detuvo. La gente nos miraba.

— ¿Y dónde están?— pregunté.

— Muertos. Se ahogaron en el mar hace unos años. Una balsa. Imagínese usted. Ahora voy para el malecón.

Me apretó una mano. Suavemente. Luego me dio la espalda y ocupó su puesto en la fila.

Entonces la cola continuó su curso y la mujer abordó la guagua. No la volví a ver nunca más.

0
0
0
s2sdefault

Escribir un comentario

NOTA IMPORTANTE SOBRE EL USO DE LOS COMENTARIOS:
Por favor, recuerde que los comentarios son comentarios no un consultorio, es decir, si usted tiene algún tipo de consulta que realizar, hágalo en nuestros foros, (http://www.conexioncubana.net/foro) allí siempre hay personas dispuestas a ayudar.
Gracias.


Código de seguridad
Refescar