El Sepulturero Cubano

El viejo, la mujer y el paraguayo

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Llegó de improviso, como una exhalación, me abracó con sus huesudos brazos, se retiró un poco: “Estás igualito, cabrón”

Y él era el mismo, sí, sin duda, era Hipólito, el epidemiólogo del policlínico donde laboré por más de diez años, en la Víbora. Aunque con unos añitos más. No lo veía desde mi partida de Cuba, hace siete años.

Por qué se había venido a España con su edad, y sus problemas, barruntaba yo, mientras él no dejaba de darme palmaditas en la espalda. Pero no hizo falta que lo sometiera a un exhaustivo interrogatorio. Él mismo fue desgranando su historia. Descargó la pesada carga de un tirón, en el bar que está en la esquina de mi casa, frente a mi y a un par de jarras de cervezas de medio litro.

Su único ojo — el izquierdo— coronado por una espesa ceja se achicaba entre los pelillos, atisbaba mis reacciones mientras hablaba:

“Todo fue embullo de Migdalia, se le metió en la cabeza que viniéramos para acá … Tú sabes como son las mujeres, cuando se les mete algo entre tarro y tarro tienen la fuerza de un tractor. Me dieron la ciudadanía española con 70 años, por mi padre, me embullé tarde, y allá me dijeron que aquí, al llegar, nos daban una ayudita como emigrante retornado, y que ella podía trabajar en lo suyo …. Es arquitecta. Le llenaron la cabeza de pajaritos y maripositas … ¡Arquitecta! Los únicos edificios que ve son los que limpia todos los días, con eso se busca algo para ir tirando. Llegamos con una mano alante y otra atrás. Con lo puesto. Y el hijo de ella que está enfermo … ¿Enfermo? Le pregunté. Sí, enfermo, tiene una intranquilidad del carajo. Nació a sí, tú sabes que él es hijo de un primer matrimonio de ella con un tipo de allá, de por Santiago de Cuba y que está medio loco y toma cualquier carburante. Ese hombre es un embudo. Mete pa`bajo lo que no te puedes imaginar, se toma hasta los perfumes, las colonias, el vino seco, cualquier cosa.. Y el chama nació con un problema de hiperactividad. Allá en Cuba lo trataba un médico del Infantil, del Pedro Borrás, en el Vedado y aquí queremos encaminarlo con los especialistas. Tiene siete años, pero es una bola de humo. Ella tiene cuarenta años y fuerzas para soportarlo, pero te juro que yo no puedo más, mi socio. Ese chama va a acabar conmigo, llego de las guardias mataó y no puedo descnasar, siempre quiere jugar a lago y sino lo complazco le da las quejas a ella y ahí empiexza tremenda guerra … Ah, porque se me olvidaba decirte que estoy trabajando en la clínica esa que está en la calle Estrada. Pagan poco porque es privada, pero no puedo hacer otra cosa. Mira, mira, como estoy …”

La mano derecha le temblaba muchísimo, para llevarse la jarra de cerveza a los labios tenía que sostenerla con ambas manos.

“El Parkinson me lleva de la mano y corriendo y el único ojo está dando sus últimos coletazos, a tres metros no veo nada. Yo necesito descansar, pero no puedo, las guardias se suceden una tras otras, casi sin interrupciones. Necesito dinero y ése no cae del cielo”

Conversamos mucho, me invitó a su casa y por no hacerle un desaire le dije que sí, que iría. Que mi mujer me acompañaría. Su único ojo brilló en la penumbra del bar.

Se disculpó porque tenía que dejarme. Se marchó renqueante. Entonces recordé que su pierna izquierda era más corta que la derecha. Una poliomielitis en la infancia, mal curada.

Sentí lástima y respeto por él, aquel hombre lo merecía. Aventurarse por estas latitudes con setenta y pico de años, un solo ojo, con un Parkinson galopante y una Polio mal tratada, no es jamón. Hay que admitirlo.

Para recompensarle decidí que mi esposa y yo le haríamos esa visita. Que se sintiera arropado. ES el mejor remedio para un anciano en el exilio. Y en efecto, al cabo de dos días recibí una llamada suya donde nos invitaba a un almuerzo en su casa. No había problema, Hipólito, allá estaríamos ambos, mi esposa y yo.

Compramos algo de jamón, cervezas, una botella de vino y unos presentes para él, su esposa, y el chama ¡qué menos!

Hipólito vivía en un edificio en la parte antigua de la ciudad, en una callejuela estrecha, en un sexto piso, al cual llegamos arrastrándonos por unas oscuras escaleras, pestilentes, húmedas y pegajosas. Como si infinidad de chicles se pegaran a las suelas de nuestros zapatos. Mi mujer, quejosa por naturaleza, no paraba de maldecir. Yo guardaba silencio. Llevaba razón, pero teníamos que cumplir con ese anciano. Hubiera sido un golpe para él echarse atrás a última hora.

Nos abrió la esposa, una mulata alta, fuerte, musculosa y con voz ronca. Nos besó e invitó a que pasáramos, ¡ por Dios, qué panorama se abrió ante mis ojos!

La sala tenía un aspecto desangelado. Escasos muebles maltrechos, vetustos. Las paredes desconchadas, agujereadas, como si alguien hubiese descargado con furia un fusil automático contra ellas. No quedaba un sitio indemne.

Nos sentamos en un sofá que se hundía en el centro por lo que optamos por huir, mi esposa y yo, hacia los extremos. La mujer dijo que prepararía un poco de café, aunque antes conversamos de cosas sin trascendencia, simple plática de educación formal. Tenía modales muy bruscos, lo notamos, ella se dio cuenta de que se mostraba demasiado ruda y se justificó con la enfermedad del hijo: “Me tiene hasta el último pelo … Estoy muy mal de los nervios” Repetía a cada instante, metía esa frase en medio de la conversación nada más que tenía una oportunidad para hacerlo. El niño, estaba ausente y le pregunté dónde se encontraba; la casa sumida en el silencio y la ruina no presagiaba la tormenta que se avecinaba. Nos contestó que estaba para el cuarto con Hipólito, jugando a los indios y a los vaqueros. El viejo era el vaquero atrapado en un pueblo del lejano Oeste y el infante un indio infame, rebelde y vengativo que se tomaba la justicia por su mano, eso nos dijo.

Ella pegó cuatro gritos y llamó al anciano. Por el pasillo, en pijama, vimos aparecer como un espectro al viejo seguido de un mulato vestido a la vieja usanza de los pieles rojas. Más bien desvestido, pues cubría sólo su pubis con un trozo de sábana, y en la cabeza, atadas con una cinta, unas plumas de paloma o de tiñosa, coronaban su escueto atuendo de indio rebelde. En la diestra esgrimía un hacha filosa, de grueso cabo, y venía pegándole a las paredes con verdadero frenesí. ¿Siete años, aquella bestia? No, me pareció que tenía como quince. Era alto, tan alto como la madre, musculoso, de brazos como barras de un gimnasio.

El viejo se sentó frente a nosotros e invitó al niño a que nos saludara, pero como si con él no fuera. Nos ignoró. Saltaba apoyado en un solo pie y ahora como por arte de magia había desaparecido el hacha, tenía un arco, un potente arco, que según nos explicó el anfitrión, había sido comprado en una tienda de rebajas. No supe cuando sucedió, no puedo asegurarlo, pero en un momento en que me despisté, una flecha me pegó duro en una oreja. Le pedí a mi esposa que me revisara la posible herida, el viejo le restó importancia, se levantó la camisa, mostró un torso blancuzco y huesudo: “Esto fue un hachazo el año pasado, lo tuyo no es nada, un colorado que te hizo ahí …” Siguió mostrando heridas, magulladuras, como trofeos.

“Coño, Hipólito, tienes más heridas en el cuerpo que Maceo … Perdóname que te lo diga, compadre, pero ese chama va a parar en un correccional sino lo paras. Llévalo a un especialista y rápido. A un buen psiquiatra” Le dije

Me respondió que tenía que hacerlo, que ya habría tiempo.

Almorzamos en un puro sobresalto. Entre flechas, fogonazos y gritos de guerra— al rato sacó, el chaval, una escopeta de aire comprimido, de un armario— y en medio de aquella cacería tragué mi comida para no hacer el desaire al pobre anciano, desvalido y asediado por las dificultades familiares. Luego nos dimos cuenta que la concubina lo trataba desdeñosamente … “No te ocupas de nada … Soy yo sola con todo … Luchando el día entero con Robertico ( el niño), eres un desconsiderado, chico …”

Salimos ilesos de la contienda y me prometí nunca más volver a su casa. Ah, antes de despedirnos, el “niño” tocó en una trompeta “al degüello …” Bajé los escalones hacia la calle de dos en dos arrastrado por mi mujer que murmuraba: “ Corre, corre, antes que saque el Paraguayo* del cuarto, tiene uno, me lo enseñó hace un rato, ha liquidado a todos los gatos del vecindario, los decapita, corre …”

*Paraguayo: es un tipo de machete con el que los insurrectos ( mambises) hacían sus cargas al machete.

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