El Sepulturero Cubano

El argentino

*Que no se me ofendan los argentinos, porque bien pudo ser otro turista cualquiera, ¿ok?

Nora había conocido a un argentino en uno de sus habituales- casi diarios- paseos por el malecón. Usaba un atuendo propicio para atraer la atención de los “ pepes”. No llevaba mucho tiempo en ello, sólo unos meses, y hasta ahora lo único que tenía resuelto era una carta de invitación para Suecia, pero no estaba muy convencida en marcharse a un lugar tan lejano, con inviernos largos y veranos cortos. Eso le contaban los pocos cubanos, casi todos marineros, que en alguna ocasión habían visitado ese país. Lo de ella era el trópico y mientras pudiera resolver sus cosas en él, no tenía porque meterse en la boca del lobo, yéndose a un país tan diferente al suyo. El novio de Nora, Ribaldo, era tan mulato como ella. Alto y vigoroso, con los ojos verdes. Ella los tenía azules. Ambos hacían una bonita pareja.

Ella, culona y de caderas anchas, zalamera, era la comidilla diaria del barrio. Todos hablaban de lo ligera que era de cascos. De risa fácil y mirada seductora. Ningún hombre se le resistía. Conquistó a Ribaldo con sus armas, pero él era otra buena pieza que no se quedaba atrás. Codiciado por todas las pepillas de su cuadra y barrios adyacentes, era el prototipo del macho cubano: de voz fuerte y tonos graves, con los dientes inmaculadamente blancos. Su fuerza era proverbial. Tenía una constitución vigorosa y su cuerpo apolíneo era deseado por las hembras que se daban la vuelta cuando el mulato paseaba su osamenta envuelta en músculos por el barrio. Sólo atinaban a decir, con la boca abierta, babeantes: << Eh, tú, mira a éste haciéndose el importancioso...>> Pero era envidia. Todas ansiaban tocar su cuerpo y ser estrechadas entre sus poderosos brazos. Ser prensadas por ellos.

Pues Nora conoció al argentino en uno de sus paseítos vespertinos por el malecón. La tarde caía lentamente y cuando ya se disponía abordar un carro de alquiler para irse a su casa, sintió que alguien le palmeaba débilmente la espalda. Fue un toque suave, tímido.

Cuando se dio la vuelta tenía ante sí lo que su mente clasificó rápidamente como un pigmeo blancuzco y enclenque. Un hombre de un metro y medio de estatura, desgarbado, encogido sobre sí, con un rostro ratonil. Sus ojillos se movían nerviosamente tras unos gruesos cristales fondo de botella. Era como si un pez te observara desde el fondo de una pecera. Esa fue la primera impresión.

-Por favor señorita , ¿¡VOS SOS DE POR AQUÍ!?-su voz era chillona.

Ella cerró la puerta del viejo auto americano de alquiler, en un susurro le comunicó al chofer que se marchara, y rápidamente cogió al vuelo el mensaje del extranjero. Su cerebro procesó la información a la velocidad de la luz: “Este comepinga es argentino. A este me lo singo yo. Hoy hice el pan.>>

-Bueno ya me iba a casa, pero si puedo servirle, estoy a su disposición.

-Es que soy argentino. Llegué hoy y no me oriento con el mapa, ¿ podés indicarme dónde está este museo?

Un dedo flaco, blanco y anémico señalaba un sitio en el mapa. Ella no le prestó mucha atención.

-Ay, si niño, ese museo queda cerquitica de aquí, pero déjate de museos ahora, y vamos a sentarnos ahí en el muro que estoy cansadísima. Vengo de las clases de piano y me duelen los hombros cantidá.

-¿Y vos sabés tocar el piano?

-Ay sí,niño, yo toco la tumbadora y hasta la flauta si tengo que hacerlo.

Y soltó una carcajada. El argentino no comprendió el mensaje. El doble sentido.

Se sentaron en el muro del malecón con los pies hacia el mar. Hablaron de muchas cosas. Él le contó de allá y ella de acá. De vez en cuando, para entrar en confianza, ella le metía un empujoncito y como buena observadora que era notó que el argentino se excitaba. Lo trabajó bien. Luego de estar un rato sentados, decidieron caminar un poco para estirar las piernas.

El hombre la paseó por toda la ciudad y ella le presentó a Ribaldo como su primo. Un primo que tenía un grave problema que ya ella le contaría más adelante, pues era una mujer muy reservada para sus cosas.

El argentino, intrigado, pensaba en el hipotético problema que podría tener aquél hombre enorme y fuerte como un caballo criado en plena Pampa.

El gaucho regresó dos o tres veces más a la isla, cargado de regalos: para ella, para la familia y para el primo con “problemas”

Por supuesto, el argentino se la llevaba a una casa particular que alquilaba para ambos. Era un pobre diablo. Con un pene de siete centímetros en estado de erección poco podía hacer. Ella acudió al truco de intentar aumentarlo con su boca, pero alcanzó dos milímetros más.

Cuando el argentino regresaba a su país, ella acudía a su Ribaldo que la penetraba con un calibre de veinticinco centímetros y la dejaba exhausta.

Nora fue cansándose del argentino, de sus visitas periódicas a la isla y de los esfuerzos que debía hacer para mostrarse agradecida con él. Entonces decidió que debía ir solamente una vez al año, y el resto del dinero enviárselo, pues su primito, Ribaldo, estaba atravesando un problema difícil. Lo que ella nunca le había contado a Perpiñán que era el nombre del gaucho, era que Ribaldo padecía una leucemia crónica y estaba en período de ser transplantado¡ Pobrecito Ribaldo!

El argentino, buena persona, incrementó las remesas. Trabajaba en una fábrica de zapatos. Comenzó a doblar turnos. Los fines de semana trabajaba también: horas extras. Todo por Nora, su novia, de la cual estaba enamorado locamente. Y por el primito de ésta, enfermo.

Sus apasionadas cartas iban acompañadas de dinero, ropa, zapatos, perfumes, ajuares, de todo.

Ella agradecida le escribía largas epístolas cargadas de frases amorosas,¡qué menos podía hacer! Perpiñán enviaba oxígeno, dólares del enemigo.

Ella se aprovechó, vio que la cosa daba resultado y agravaba el cuadro del primo. Le escribía cosas como ésta: “Ay, Perpi( así le llamaba, cariñosamente), mi primo se ha puesto peor, ahora hizo una insuficiencia renal y le van trasplantar el riñón derecho porque ya no le funciona. ¡Es horrible!, está muy deteriorado. Mándame 750 dólares que ya me buscaré lo otro yo>>

Él, Perpiñán, hombre bueno como pocos quedan, le contestaba: << No busqués nada, yo me encargo. La semana próxima te mando 1000 dólares.>>

A ella se le fue la mano. El extranjero se volvió loco en su país. Trabajaba toda la semana. Tres turnos diarios. Salía de la fábrica de zapatos sólo a lo imprescindible. Vivía allí. Virtualmente. Era un zapato más, casi. Sin color, ojeroso. Destruido. Machucado por Nora, por el jefe, por el ruido de las máquinas, en fin, machucado por la vida.

Entonces, atribulado y preocupado, porque ella le había mencionado en una carta, que se quitaría la vida, decidió hacer un viaje relámpago a la isla. Para darle una sorpresa.

Estaba hecho polvo, si antes pesaba 128 libras, ahora estaba en 110 y estaba más bajito, más blanco, más anémico, más débil.

En Cuba, Ribaldo, había abandonado su trabajo como panadero y se pasaba el tiempo en la calle, en medio de la acera, frente a su casa, jugando dominó. Nora traía para todos los jugadores, cuatro o cinco socios del barrio, buen Havana Club, Siete años. Sabroso.

El argentino llegó silencioso, en un auto de alquiler. Cargado de paquetes. Ella estaba sentada encima de las piernas de su primo.

Lo vio apearse del carro y no hizo nada por levantarse. Mantuvo la compostura. Todos sabíamos el cuento con el argentino.

-¡Ohh, por Dios, qué bueno Nora! ¡Cómo ha mejorado tu primo! Pero,¡qué bueno ché!

Ella se levantó y le espantó un beso en la boca. Un beso sonoro, espontáneo. Él sonrió.

-Echa pa`cá consorte, juegue un poco con nosotros al dominó-invitó Ribaldo, Generoso. Explosivo.

El argentino, obediente, se sentó junto a él, en una silla que le trajeron de la casa vecina, y jugaron un poco.

-¿Cómo te sentís? Te veo muy bien. Pero ¡qué buenos médicos tenés acá! Este hombre parece más saludable que yo.¡Qué bueno, ché!

-Es la medicina cubana. Muy buena.

-¿Y mi ayuda, le ha servido de algo? -preguntó el argentino, tímidamente. Recordaba a Woody Allen cuando joven.

-Su ayuda ha sido provechosa, pero quien me ha salvado ha sido Fidel. Sí señor.

-Ah, bueno. Si vos lo decís¡¡Pero qué bien está este hombre!!

No se cansaba de exclamar.

Y como una buena familia, unida en el dolor,la enfermedad y la desgracia, continuaron jugando lo que restaba de día.

II

Perpiñán estaba fascinado por la mejoría tan rápida del primo de su prometida. Y sin recato palpaba cada músculo del mulato, sus brazos y torso;la firmeza de los mismos le dejada boquiabierto. A pesar de que Nora le advertía que era sólo agua bajo la piel, edemas. Los riñones del pobrecito Ribaldo funcionaban a media máquina. Claro, uno solamente, el que debía ser trasplantado en los próximos meses, cuando encontraran un donante.

El argentino, en aquel viaje, compró de todo lo necesario, pero se esmeró con el enfermo, según indicaciones de la mulata. Adquirió carne magra, Coca Cola sin azúcar, jugos, cereales, leche desnatada, etcétera. Todo en el mercado de Tercera y 70. En Miramar.

Alquiló un carro y pasearon los tres por la ciudad. Lo que más extrañaba a Perpiñán era la cantidad de cervezas que se tomaba Ribaldo a lo largo del día.

-¿Hará eso bien a vos, a tus riñones?-preguntaba Perpiñán con voz débil.

-Claro consorte, esto es bueno para orinar. El láguer, la cerveza, te hace mear mucho y es bueno para los riñones-aclaraba el mulato. Mientras, se arrellanaba en el asiento trasero del auto y miraba por la ventanilla abierta, hacia la ciudad.

-El riñón, mi primo, el riñón. Recuerda que sólo tienes un riñón.

-Ah, es verdá compadre. No me acordaba.-Y le pegaba un manotazo en la pierna al argentino, que iba en el asiento, a su lado. Nora iba en el otro extremo. Controlando. Atenta, enmendando cada desliz. Cuando Ribaldo se metía dos o tres litros de cerveza entre pecho y espalda, se olvidaba hasta de su nombre.

Nora, los tres primeros días, durmió con el argentino en una casa alquilada. Al tercer día no pudo más. Aquel tipejo la sacaba de sus casillas. le rompía su rutina. Además, estaba asqueada.

-Perpiñán, papito de mi alma, voy a casa de mi primito y voy a estar dos o tres días por allá. Es que nos criamos juntos y cuando me deja de ver se deprime. Tú quédate o sal por ahí a dar un paseo que yo regreso el miércoles. Hoy es domingo, ¿ me vas a dejar, mi chinito lindo?

-Si, ve con él. Vos sos una buena persona, Nora. Nos vamos a casar.

- Sí, está bien. El año que viene nos casamos, y tú me consigues una pinchita en la fábrica esa de zapatos.

-No, si te casás conmigo me consigo otro trabajo, pero tu no trabajas.

- Está bien. Como quieras, mi chinito.¿Y nos podríamos llevar con nosotros a Ribaldo?

-Claro, Ribaldito va con nosotros. Veo un cariño de hermano y en mi país se pierde eso cada día. ¡La familia es muy importante! Vos sos una santa.

Pasó el domingo, el lunes, pero el martes el argentino no pudo más, compró un gran ramo de flores y a media tarde se fue al barrio donde vivía Nora con su primo. No los encontró porque en su casa no había nadie, en la de ella. Entonces dirigió sus pasos hacia la de él, a sólo dos calles más abajo.

Todo estaba cerrado a cal y canto. Era un enorme casón de principios de siglo. Abrió la verja y entró por el pasillo lateral, estrecho y cementado, con moñitos de musgo verde salpicando todo el trayecto . Encontró la puerta trasera abierta y entró en la cocina. Lo primero que vieron sus ojos, luego de acostumbrarse a la oscuridad del interior de la casa, fue una amplia meseta con botellas de cervezas, vacías, y restos de alimentos esparcidos en platos, aquí y allá. Y muchas moscas revoloteando por encima de ellos. Oyó unos quejidos que salían de una habitación que daba a un pasillo que desembocaba en la cocina. . La puerta estaba entornada. Avanzó con cautela, sin hacer ruido. Todavía llevaba las flores en la mano.

Se asomó. Un espejo en la pared del cuarto, le devolvió la imagen de Nora trasteando un enorme vergajo de 25 centímetros, pletórico, lleno de venas. Perpiñán se quedó hipnotizado a la vista del cipote de Ribaldo. Claro, era Ribaldo, no habían dudas: su torso, sus brazos hinchados y deformados por la enfermedad.

Perpiñán era un hombre de campo. Práctico y elemental. Gentil e ingenuo. Pensó: “ Pobre primo de Nora, hasta su miembro se ha hinchado, irritado¡ Mirá eso por Dios!, que pena , menos mal que yo estoy sano y fuerte como un roble. Voy a entrar para ver si necesitan ayuda”

Empujó con brusquedad la puerta entreabierta y se vio en medio de la habitación, frente a la cama donde se encontraban los primos. Ribaldo lo observó, la sorpresa no le dejó reaccionar a tiempo, así que ni se le ocurrió cubrir su desnudez o la de la mujer. Pensó que tendría que acudir a la fuerza bruta para contener al gaucho, pero no fue necesario que pensara eso por mucho tiempo. Nora, con franca agilidad mental, tomó las riendas de la situación.

-¿Qué haces aquí, chico? ¿No ves que estoy poniéndole las sondas a este desgraciado que se muere?

-Por dios, Nora, vos sos la mujer que deseo para mi vida. La que me cuide, la que vele por mi. Te quiero. Una mujer tan sacrificada no se encuentra en toda la Pampa.

Ribaldo, el mulato, con los ojos desorbitados, no daba crédito a lo que estaba pasando. Aquel comepinga se había tragado el cuento de la sonda.

-¿Necesitás ayuda?-preguntó el argentino.

-No hace falta. Quédate en la sala hasta que termine de pasarle la sonda, voy a demorar un poco porque primero hay que desatascarlo y aunque que me duela hacerlo, tengo que hacerle una paja. Tiene priapismo.

-¿Pria qué?-preguntó Perpiñán que permanecía de pie, dos gruesas lágrimas brotaban de sus ojos.

-Chico, que el rabo se para por efecto de un medicamento que toma para el problema de los riñones y hay que pajearlo pa que se baje, ¿ entendiste?

-¿Vos no estás molesta conmigo?

-No, hijo, no. Vete para la sala que en dos horas estoy contigo.

-¿Tanto te demorás?

-¿Y qué quieres, si tiene un atasco de tres pares de cojones?-ya estaba bastante molesta con el imbécil aquel.

Y contra todo pronóstico, ocurrió lo que ni ella ni el mulato esperaban. El argentino agarró entre sus manos el duro, grueso y largo tronco y se puso a bombear.

-¡¡DALE VOS POR ARRIBA QUE YO LE DOY ACÁ ABAJO, CERCA DE LA BASE!!Será más rápido. Vos me recordás a la madre Teresa de Calcuta.¡¡Qué sacrificada sos!!

Allí bombeaban entre los dos. La mulata sorprendida, el argentino sudoroso por el esfuerzo, y Ribaldo en el paraíso.

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