Aunque quiera olvidarte..

El viejo

Siempre que se hace una historia, se habla de un viejo, de un niño o de si, pero mi historia es difícil, no voy a hablarles de un hombre común. (Silvio Rodríguez)

Siempre me había llamado la atención aquel formidable tronco de ébano, con la cabeza poblada de copos de nieve. Últimamente tenía una sensación rara, como de necesidad de acercarme al portal donde diariamente se sentaba. Sentía ganas de detener mi andar juguetón de regreso de la escuela, para admirar su gran figura, dignamente sentada en un taburete de piel de chivo, y con la vista en un lugar donde el pensamiento de los seres humanos parecía no llegar. Se llamaba Quintín y era todo un caballero, no se le conocía mujer y la única persona que entraba a su casa era una señora entrada en años, aun hermosa, que no se supo nunca si era un familiar, una amante o una enfermera privada. Se decía que había llegado al barrio con una fortuna la cual había desaparecido en manos de quien necesitó de su ayuda. Las malas lenguas decían que estaba solo porque había matado a su mujer o que su familia entera lo había abandonado por insoportable: conjeturas. Nadie sabía nada sobre su pasado, ni siquiera sabían si tenía pasado. Lo cierto era que era un caballero, a la antigua además, había vivido muchos años y lo demostraba continuamente pero sin darse cuenta.

Ese día me detuve. Lo había estado pensando los días anteriores y me acerqué sigilosamente, como los ninjas. Me acerqué tanto que podía sentir los latidos de su corazón.

-¿Quién anda ahí?- estaba totalmente ciego.

-Abuelo soy.....-

-¡Ah!, eres tú, al fin has venido......te esperaba-

-¿Sabe quién soy?-

-Si, Renecito, el hijo de la china-

-¿Y cómo lo sabe?-

-Porque sé muchas cosas, muchísimas, he vivido más de cien años y eso es mucho tiempo para aprender y el que aprende sabe- sonrió con fuerza, sus ojos llamearon, había una vitalidad inusitada en su semblante.

-Pasa, siéntate aquí a mi lado-Pasé rápidamente al portal y me senté en un pequeño banco que arrastré, a su lado.

-¿Qué tal la escuela?-

-Bien, abuelo, bien-

-Cuídala, es nuestro salvoconducto para no ser siempre una sombra en este mundo, es nuestra única arma aunque no lo parezca-

-Si abuelo despreocúpese que la cuido mucho- sonreí tímidamente. Su presencia llenaba todo el espacio, me sentía pequeñiiito, casi invisible.

-Bueno, cuéntame algo-

-Abuelo...es que yo......, no sé.....-

-¿No tienes nada que contarme? pues yo si, y mucho además-

-Sobre su tierra-

-Si de mi tierra quiero hablarte, pero no me preguntes como llegué aquí, es una triste historia y te dolería y hasta es posible que comenzaras a odiar y el odio no es bueno, envilece, y la vileza mata la inteligencia: la verdadera inteligencia. ¿Quieres saber de dónde vengo?

-Sí-"Pues soy un negro de nación. Nací en la tribu efor, un pueblo de hombres valientes y sacrificados que vivían pendientes de las bondades del río Oddan en las llanuras de El Calabar en Nigeria.

"Sabes, la tribu efor creó el tambor Ekwe que quiere decir leopardo y era nuestro tótem. Primero fue un secreto muy bien guardado por nuestra tribu; luego fue descubierto por los efik, una tribu cercana y tuvimos que compartirlo para evitar la guerra. Después vinieron los ekoi, los ibibio, los ibo, y otros y así Ekwe se convirtió en el tambor secreto y tótem de todas las tribus de las llanuras de El Calabar.

Terminó de hablar y se quedó en silencio unos minutos para sentir el efecto que me había causado, sonrío complacido, yo estaba totalmente embobado, mirándolo".

"Bueno ya sabes un poquito mas de África, la tierra de tus antepasados. Es tarde vete para la casa, tu mama se va a preocupar. Mañana te hago más cuentos. Me sé muchos, me los contaba mi padre, cuando era niño"- me dijo dándome una palmadita en la mejilla.

Me fui a casa y no pude pegar ojo; estaba impresionado. Al otro día salí despavorido de la escuela y me acomodé a su lado a oír otro cuento, y así transcurrieron treinta días: cada día un cuento, y cada cuento era más bello. Contaré los más bonitos algún día.

Cuando iba a comenzar la trigésimo primera historia, me miró fijamente y noté algo en su mirada, distinto, alarmante, después de mirarme: -no sólo se mira con los ojos-, me dijo:

-Renecito, voy a contarte hoy, mi mejor historia; no es una leyenda:

"En el poblado efor se convivía en total armonía. Era un pueblo próspero y apacible. En la placita los jóvenes guerreros que iban a realizar un periodo de entrenamiento se reunían con sus novias para irse despidiendo. Había uno llamado Obomo que, sentado en el suelo, le comentaba a su novia, tomando sus pequeñas manos:

-Quiero hacerte un regalo, pero tienes que esperar al atardecer. Tengo que irlo a buscar al bosque.

-Es peligroso, no te quiero perder, ahora.

Nabila era una negra, vigorosa, temperamental y llena de vida. Quería con locura a su hombre; admiraba su erguido andar y sus músculos tensos como los de un leopardo en el momento de saltar a por una presa. Pero, sobre todo, sabía que él la quería y eso la llenaba de goce y no se equivocaba, él la quería.

-No iré lejos; queda muy poco para irnos al entrenamiento.

La tarde estaba desapacible. Las nubes parecían estar cargadas de malos presagios, parecían desaconsejar el salir de casa. El aire quieto trasmitía inquietud, pero Obomo era un valiente guerrero. Tomó sus armas y se aprestó a salir.

-No vayas, tengo miedo. Él sólo le dio un beso y se alejó perdiéndose en la espesura del bosque. Al caer la noche sobre la aldea, Nabila ya sabía que él no regresaría. A la mañana siguiente todos sabían qué había pasado. Una vez más lloraban madres, hermanas y esposas la pérdida de un ser querido. Los hombres no podían llorar, tenían que permanecer fuertes para aguantar cualquier ataque. Los efor eran un pueblo de paz y sólo podían defender su aldea mientras que los cazadores de mercancía humana campeaban por su respeto en los alrededores, desmembrando lentamente su unidad.

Nabila reprimió su ira, necesitaba pensar. Quería estar al lado de su hombre aunque fuera en el infierno. Preparó la fuga minuciosamente y partió con el primer rayo de sol. Con rumbo azaroso, el cielo la guiaría. No tuvo que andar mucho. Fue capturada, encadenada y metida en una inmensa canoa con hombres y mujeres en las mismas condiciones que ella. La nave iba tripulada por bestias blancas y negras totalmente ebrias. Al fin se iba a enterar donde iban sus hermanos cuando se los tragaba la noche. No entendía nada; sólo sabía que estaba corriendo la misma suerte que su amado. Y así llegó a Biafra y apenas tuvo tiempo de ver el mar. Nunca antes lo había visto; estaba muy lejos y lleno de peligros. En el pueblo se decía que estaba habitado por demonios y era verdad, no leyenda.

Fue introducida a empujones y patadas por otros hombres, igual de salvajes, en una canoa aún más grande que partió hacía el infinito.¿Qué pensamientos pasarían por su cabeza en esos momentos? Sólo ella lo sabe. Es absurdo contarte el viaje; es demasiado triste. Lo importante fue que llegó sana y salva a esta tierra y fue comprada por un hacendado vasco que tenía sus propiedades en los llanos de Camagüey. Nunca supo de su amado, pero su instinto le decía que estaba cerca y estaba en lo cierto.

Obomo también desembarcó en las costas cubanas y también fue a dar con sus huesos a una hacienda de la provincia de Matanzas. Su propietario era un criollo oriundo de La Habana y enemigo de la corona. Debido a su gran figura y su capacidad de mimetizarse, Obomo se convirtió en el favorito de su amo y aprendió a leer, escribir y el oficio de herrero.

Hizo todo lo que le correspondía como esclavo que era, pero en su interior bullía su tierra efor. Un día, con varios compañeros de nación, en secreto, recrearon su tierra, sus creencias. Para ello buscaron una Ceiba, hicieron un tambor emplumado con la piel de un chivo y evocando a todos sus antepasados y a las fuerzas de la madre naturaleza volvió a nacer Ekwe. Volvió a rugir en las noches cubanas como el leopardo y los cantos efor llenaron el silencio de las madrugadas matanceras. Nacía una nueva tierra: tierra africana, en tierra cubana; una identidad tan potente que ¡no se dejó ganar la pelea!.

En la guerra del 95, Obomo siguió a su amo a engrosar las filas de los mambises y fue bravo. Lo sorprendió la capitulación de España en el 98, en la provincia de Camagüey. Licenciado del ejercito mambí, se fue a buscar trabajo en los bateyes. Se necesitaban brazos para la zafra y él era un negro valioso, era fuerte y además sabia leer, escribir y tenía oficio. Se instaló en el batey del central Pina-Morón y trabajó duro.

Un día, paseando por las calles del batey, vio a un mulato joven, fuerte y vigoroso, avivando las llamas de una fragua, y el impacto fue tal que se dedicó todas las tardes a merodear la herrería. Aquel joven le recordaba algo perdido. Pero le chocaba algo, quizás su color aceituna. Buscó en los confines de su memoria y no halló nada. Decidió entonces acercarse y se dirigió amablemente a el"

-¿Eres de aquí?

-No, vengo de Vertientes- le contestó el joven sin dejar de avivar el fuego.

-Me recuerdas a alguien, aunque no he tenido amigos mulatos ¿tu padre es negro de nación? El joven hizo un mohín de disgusto, se notaba que no le agradaba el tema.

-No, de nación era mi madre, que en paz descanse. -Ha muerto, lo siento mucho- un escalofrío recorrió el cuerpo de Obomo. No se atrevió a preguntar por su padre, el joven era mulato. Comenzó a embargarlo una inquietud inusual en él.

-¿Eres libre?

-Sí- el joven contestaba de mala gana, no entendía el proceder de aquel desconocido.

-¿A qué familia servía tu madre?

-¿Para qué lo quiere saber? déjeme trabajar en paz.

-Dímelo hijo, por favor y será lo último que te pida :El joven lo miró profundamente y algo vio en sus ojos porque respondió

-Mi madre se llamaba Venancia, la familia a la que servíamos eran los Bengochea y tienen lo que queda de la hacienda en el extremo sur del pueblo, por el camino que va al central. El amo es mi padre y nos liberó a mi y a mi madre cuando ella me dio a luz. Mi madre no se quiso ir de casa; vivía como esperando algo que nunca llegó. Lo demás no le interesaba.

-¡Gracias, hijo, no sabes cuánto te lo agradezco- estrecho fuertemente su mano y se despidió.

Al traspasar el umbral de la puerta, le dijo el joven herrero:

-Oiga, pregunte por Mayeya, era muy amiga de mi madre. Todavía sirve en la casa pero vive en el batey.

Lo miró y sonrió. Salió hundido en un mar de dudas. Por un lado estaba loco por saber de dónde provenía el recuerdo que le traía aquel muchacho y, por el otro, le aterraba el encontrar un recuerdo muerto.

Localizó rápidamente a Mayeya: en un batey todos los negros se conocen; son como una familia. Le pidió que le hablara de Venancio pero la descripción no aportó nada pues era la de cualquier esclava doméstica.

-¿No tiene usted nada, un cuadro, una foto?

-Ay mi hijo, a los negros no nos hacen fotos, rompemos la cámara ¿y cuadros?, menos que menos ¡son muy caros!- se rió de buena gana, él también.

-Bueno, muchas gracias, a desandar el camino hecho en vano.

-Y.¿le interesa mucho ver una imagen de Venancia?¿por que tanto empeño?

-No sé, es una corazonada, hasta luego y gracias.

-Espere un momento.

-Dígame.

-En la casa hay un cuadro, sí, hay un cuadro que está toda la familia y los sirvientes y sí, estoy segura que está Venancio.

Las pupilas de Obomo aumentaron de tamaño.

-¿Y...? -Mire, el domingo por la mañana se van los señores a misa. Usted podría......, pero sólo un minuto y ¡que no lo vean entrar en casa!, por favor.

-¡Muchas gracias!- y estrechó sus manos al igual que lo había hecho con el joven herrero.

-¿Por qué hace esto? -Su historia, es mi historia, es la de todos nosotros, venga a las nueve de la mañana, no tarde.

No durmió esa noche. Se revolvía en el camastro haciéndose mil preguntas, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?, pero, sobre todo, una prevalecía insistentemente sobre las demás, ¿por qué quería encontrar algo ya muerto?¿para qué le servía?".

A las nueve en punto estaba ya en la puerta de los sirvientes, no lo había visto nadie. Los negros son especialistas en entrar en casa de los blancos sin que nadie los vea, pero no para cometer ningún delito, como comúnmente se piensa; no. Es para que nadie vea que los dejan entrar, para que no se piense nadie que se toman la confianza de entrar sin tomar precauciones, sin sigilo.

Mayeya lo guió hasta el salón. Por el camino el corazón se le quería salir; al llegar al salón, levantó la vista hacía el cuadro que dominaba toda la pared y el corazón se le paró una décima de segundo. ¡Allí estaba!, junto a toda la familia: sus dueños, con el perro de la casa tirado a sus pies. ¡Era ella, NABILA!, no cabía duda. Ya no era aquella negra hermosa, llena de vida, cuyo recuerdo lo había seguido toda una vida, pero se le notaba enérgica y vigorosa. Quiso tocar el cuadro, acariciar su rostro a través de aquel lienzo, pero lo detuvo la voz de Mayeya.

-Por favor, tiene que irse, puede llegar alguien. Obomo se encaminó a la puerta. Un escalofrío lo recorrió cuando oyó a sus espaldas.

-Obomo, lo siento, ella siempre le espero. Al volverse vió los ojos anegados en lagrimas de Mayeya y no pudo impedir pasarse el dorso de la mano por los suyos.

- Váyase ahora, venga al caer el sol a mi casa, ya sabe el camino.

Allí estaba en el pequeño porche viendo enrojecer el cielo, con la mirada perdida quien sabe donde, cuando sintió una mano en su hombro.

- Pase y siéntese mientras le preparo un cafecito. Su mirada se posó en la de ella. No hacían falta palabras, hablaban siglos de historia. Tomó asiento en un pequeño taburete y entretuvo sus ojos en recorrer la modesta y limpia salita; no quería pensar.

-Yo fui su mejor amiga, más bien su única amiga- le sorprendió la voz de Mayeya que regresaba con una bandeja con dos humeantes tazas de café recién hecho.

-Cuénteme por favor, hábleme de ella- dijo él, mientras sorbía cuidadosamente de la pequeña y carcomida tacita.

-Fuimos capturadas juntas, embarcadas en Biafra y vendidas al mismo amo. Ella era hermosa, muy hermosa, y el amo quedo prendado de ella en cuanto la vio, la llevó al servicio domestico y la convirtió en su preferida. El amo no era malvado, pero no podía ser distinto: era blanco al fin. Ella utilizó todas sus influencias para que yo también pasara al servicio domestico y nos hicimos inseparables, imprescindibles la una a la otra. Y así, noche tras noche, durante toda su sagrada existencia, le oí hablar de usted y de aquel fatídico día.

Se detuvo un momento y pasó la esquina de un pequeño pañuelo, por sus ojos, luego continuó.

-Al poco tiempo, nació José, su hijo: era su propia imagen El amo tuvo un gesto de bondad y les dio la libertad a ambos y un poco de dinero a ella, para que pudiera abrirse camino. Pero ella no quiso irse de la hacienda, se hizo construir una casita donde vivió hasta su muerte.

- ¿Por qué no quiso irse?- interrumpió Obomo. -Le esperaba a usted, estaba segura de que usted vendría aquí.

José creció fuerte como la ceiba, era vigoroso, inquieto, aprendió a leer y a escribir y se hizo herrero, poco a poco se hizo querer por todos en la hacienda y hasta el amo lo miraba con admiración. Pero un día se presentó ante Venancia y le preguntó por su padre e insistió hasta que supo toda la verdad, con lo cual montó en cólera y fue a pedirle cuentas a su padre, cosa que un blanco no podía permitir bajo ningún concepto, y por tal insolencia fue azotado y encadenado.

-Logró escapar. Incendió los cañaverales, que eran propiedad del amo, y huyó. Su padre nunca lo persiguió, por una extraña razón le perdonó la vida, algo inusual. No supe nada más de él; Venancia si recibía cartas suyas. Poco tiempo después ella murió en esta misma casa. Yo cerré sus ojos y, cosa curiosa, al poco murió el amo. José vino a enterrar a su madre, pero hizo caso omiso de las peticiones de los hijos legítimos del amo, sus hermanos, para que se encargara de la hacienda ya que ellos eran demasiado débiles y no volvió más.

-Y esa es toda la historia, Obomo.

Quedaron un rato en silencio, estudiándose los rostros.

- Debe usted odiar mucho a los blancos, Obomo-dijo ella.

-No- respondió él- el odio envilece y la vileza mata la inteligencia y además para que voy a odiar cosas muertas, para que voy a odiar el pasado si ya no se puede arreglar.

Volvió a apretar las manos de aquella mujer y salió, nada más salir, rompió a llorar y comenzó a desandar el camino entre lágrimas.

-¿Para que habré venido?- se iba repitiendo. Sin embargo una idea comenzó a revolotear en su cabeza, tomando fuerza, a cada paso que daba.

-Dedicaré mi vida a proteger a su hijo y a todos sus descendientes, me convertiré en su sombra, seré el ángel de su guarda.

A partir de ese momento solo tuvo un objetivo: velar por la seguridad del herrero y su futura familia. Se fue a vivir a una casa alejada del batey y aprendió a conocer la naturaleza y sus poderes. Invocó entonces a todos sus antepasados y les pidió licencia para hacer el bien, la cual le fue concedida.

Y así fue, Obomo se entregó en cuerpo y alma a su misión, estaba detrás de cada movimiento del herrero sin que aquel lo supiera. Y así lo vio hacerse un hombre: lo vio casarse, vio nacer a su hija y la vio crecer. Era nerviosa, intempestiva, vigorosa, como su abuela: era su viva estampa, solo que un poco mas clara de piel. Pero la vida es imprevisible y sucedió algo terrible, Obomo cometió un abominable pecado: no era perfecto. Se enamoró perdidamente de la hija del herrero. Esto irritó a sus antepasados y a las fuerzas de la naturaleza y éstos lo castigaron duramente, pero no en su propia carne, no; lo castigaron donde mas le dolía.

El herrero murió repentinamente de una enfermedad que los médicos no supieron descifrar.

No se lo perdonó nunca y desde entonces vivió completamente en la sombra. Continuó con su misión, pero siempre tuvo la duda de que le habían retirado los poderes. La hija del herrero no lo conoció y nunca supo que tenía un ángel de la guarda, pecador. Ella se casó con negro alto y elegante pero mala cabeza y Obomo no pudo proteger su matrimonio. Un buen día, ella partió con un niño en brazos de cuatro meses de edad hacia rumbo desconocido. Al poco tiempo se supo que se había ido a La Habana, ¡que valor!, ¡el mismo valor de su abuela!, su potencia y fuerza de voluntad, no tenían limites.

Salió tras ella, tenía dinero ahorrado y sabía hacer de todo y ¿a qué le iba a temer si iba tras su protegida que le había antecedido siendo mujer y con un niño de meses en brazos?. Sólo Dios sabe cuanto anduvo las calles habaneras para encontrarla. Se aprendió de memoria cada rincón de cada calle, de cada barrio, de La Habana. Podía andar con los ojos cerrados por toda ella....,y La Habana es muy grande, imagínate cuantos años necesitó para ello.

Una tarde, iba paseando el malecón, desilusionado, cuestionando lo inútil de su búsqueda, ya estaba viejo y cansado, y al pasar por el parque Maceo, se detuvo a admirar la estatua del legendario general, machete en mano, sobre su caballo y pensó:

¿Por qué sólo hay una estatua de este hombre, el más grande, en toda La Habana, habiendo tantas de Martí?

De repente, al mirar hacia la fuente del pequeño anfiteatro, vio un niño jugando junto a una hermosa mulata, era ella, ¡la hija del herrero!, ¡al fin habían oído sus ruegos! Tembló todo su cuerpo, parecía que las piernas no iban a poder sostenerlo. Volvía la vida al viejo Obomo. Por fin podía proseguir su misión, le habían dado una segunda oportunidad y esta vez no fallaría. La seguridad de la hija del herrero y su descendencia volvía a ser su misión y lo sería por siempre, incluso aún después de muerto."

El abuelo hizo una larga pausa; me miró largamente con el alma, puso su mano en mi cabeza y y atrajo hacia él. Mi mejilla se apoyó sobre su pecho y continuó su relato.

"Obomo se mudó a este barrio y se integró totalmente a él. Veía a la hija del herrero todos los días, hasta el día en que no pudo andar más. Desde entonces la ve pasar de vez en cuando y la saluda con la mirada, desde este portal donde estás sentado, desde este mismo portal...."

Me quedé petrificado y comencé a hacer pucheros.

-E...entonces, abuelo, usted es......-

-Sí, soy yo y no llores, no hay porque llorar. He cumplido mi objetivo y lo seguiré cumpliendo desde mi tumba. Sólo una cosa me entristece: no he podido hacerla feliz en cuestiones de amores. No llores, todavía no he terminado mi historia y el ruido del llanto me corta la palabra.

-Abuelo, ¿me permite una pregunta?-

-Todas las que quieras.

-Ella vive en este barrio, ¿no?-

-Sí-

-¿Y quién es?, ¿yo la conozco?-

-Si hijo, la conoces muy bien, es.....tu madre, la hija del herrero es tu madre y tú eres el niño que jugaba junto a ella, en la fuente-

Di un salto, levanté la cabeza y lo miré con los ojos llenos de lagrimas, me volvió a atraer hacia él. Mis lágrimas humedecían la pulcra pechera de su guayabera, continuó con voz pausada y temblorosa.

-Y aquí está Obomo el gran guerrero, vencido por la maquina implacable del tiempo, ¡ah, una cosa muy importante! Sólo tú sabes mi verdadero nombre, sólo tú sabes quién soy.

Se levantó y bailó como un ireme abakua, un guerrero efor, unos pasos de una danza milenaria, una danza que había quedado en sus genes, indeleble.

-¡¡Ekwe, chabiaka, mokongo ma chebere!!- cantó

Miles de años registraron todo mi cuerpo, me levanté, tomé sus manos y baile con él. Aquella danza me puso los pelos de punta.

-¡¡Ekwe, chabiaka, mokongo ma chebere!!- repetí mientras bailaba y se abrazó a mi.

Permanecimos abrazados siglos, recuperando todos los abrazos perdidos.

-Anda vete a casa, es tarde-

Me busqué tremenda bronca en casa. Mi madre me vigilaba más que el carajo. Y tenía razón, el barrio era peligroso y había que cuidar los retoños; se los podían comer los depredadores en cualquier descuido. No pude conciliar el sueño y me levanté; miré el viejo despertador ruso que te despertaba de verdad, porque hacía un ruido que te paraba el corazón: eran las 2:13 de la madrugada, el barrio dormía. Salí al pasillo y me quede sin aliento, allí estaba, erguido, semidesnudo y con una lanza en una mano y un escudo emplumado en la otra, era el mismísimo Obomo, olía a su tierra natal, tierra efor.

-¡¡Ekwe, chabiaka- me dijo

-¡¡ mokongo ma chebere!!- le contesté.

Y desapareció. Al momento me di cuenta de lo que había ocurrido. Salí disparado hacía la cama de mi madre y la zarandeé hasta que despertó.

-¡Mima, ha muerto Quintín!- le grité excitado, no me creyó.

-Ssshhhhh...cállate y no jodas más, que vas a despertar a todo el solar- me dijo dándome un cocotazo.

Nos despertó la gritería del barrio, un clamor se extendía de calle en calle, ¡Quintín ha muerto!, ¡ha muerto Quintín!, Don Quintín, un caballero y un amigo para servirles, como decía él cuando se presentaba. Lo había encontrado muerto su eterna compañera, la que religiosamente lo atendía, todos los días. Según los médicos había muerto alrededor de las dos de la madrugada; son imprecisos los dictámenes médicos. Sóllo yo sabía la hora exacta de su muerte; yo y el despertador ruso de mi casa.

Se le veló como sus dioses mandaron, como él se lo merecía. Toda la noche sus ekobios lamentaron su muerte, entonando viejos cantos africanos, con sus vestidos negros de ceremonia. Era la primera vez que veía la cara de África y me quedé impresionado para siempre, para toda la vida. Los íremes tocados de negro, bailaron danzas abakwa y tronaron los tambores diciéndole a La Habana entera que había muerto un guerrero mayor, una leyenda. Fue hermoso, como suelen ser las cosas hechas con el corazón, y además fue hermoso porque cada alma de cada hombre o mujer presente voló miles de kilómetros a buscar en su interior el legado que habían dejado nuestros antepasados con tinta indeleble.

El entierro fue aún más impresionante. Lo enterraron con el rito abakwa, como a un gran guerrero efor. El cortejo recorrió las calles habaneras desde mi barrio hasta el cementerio de Colón. Lo abría el ataúd llevado en hombros por jóvenes compañeros de religión, jóvenes que con sus historias habían aprendido a querer a África y le honraban como al maestro que les había trasmitido la fuerza de su identidad. Seguían los iremes tocados de negro con sus grandes capuchas funerarias bailando hacia delante y hacia detrás según el rito; detrás todos sus hermanos de sangre, organizados por la jerarquía que daban los años y el saber, y por último los tambores seguidos de todo el barrio, de toda La Habana.

En el cementerio retumbaron los tambores, elevando al cielo su clamor, ¡había muerto Quintín! Y el cielo tenía que vestirse de gala para recibirlo, había muerto un hombre con una identidad a prueba de siglos, una identidad que había vencido al tiempo y a los sinsabores de la vida. Cogí una flor de una corona en una mano y tierra en la otra, me asomé al borde de la fosa por donde descendía su cuerpo y le arrojé ambas cosa mientras decía:

-Adiós Obomo, Mokongo Machebere-

Mi madre me observaba, con ese sexto sentido que tienen las madres para saber que algo pasa.

- ¿A ti qué te pasa?-

- Nada mima, nunca odies a nadie, el odio envilece y la vileza mata la inteligencia, la verdadera inteligencia.

Miró hacia la tumba y me miró a mí. Me tomó de la mano y echamos a andar, olía a mañana habanera.

"Lo único que tiene el hombre es su imaginación, lo demás se lo comen los gusanos." Esto no sé quién coño lo ha dicho.

Domingo, 07 de Agosto del 2005

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