Largando por mi boca, asere

El loco de la Habana Vieja

Había quedado en verme con una amiga cibernética afincada en España, quería conocerla, habían sido muchos los correos electrónicos y posteriores conversaciones mantenidas telefónicamente como para desaprovechar la ocasión de coincidir en La Habana y perderme ese deseado encuentro (ella es muy cubana)

Estaré tal día en la capital, ten la dirección y numero de teléfono. Efectivamente así hice le dije a mi botero ¡Dale! Tira para La Habana vieja a esta dirección la referencia era el viejo y destartalado Convento de Belén.

Allí nos dirigimos sin oír las quejas del botero ¡menos mal que son las 14 horas! ¡Aquí vienes de noche y sales to ripiao! Ese era el temor del botero más los comentarios que de esa zona se oyen. Yo quería traerme historias de Cuba y que mejor lugar que vivirlas en directo en la Habana Vieja.

Yo iba alucinando en colores de ver los personajes que por allí habían, se notaba como se movían, como pez en el agua, allí la conducción era libre igual venía uno en cualquier dirección con un tareco lo mismo al derecho que al revés. El aspecto de la Habana vieja es como el Bronx norte americano versión “habanera”.

En todo el trayecto de la dirección que yo buscaba los números de las cuadras llegaban fácilmente al número 400, 500, o más.

El aspecto de las casas, solares, es de lo que a mí me gustaría palpar si no “cantara tanto”. Se me nota mucho que soy gallego. A mí me gustaría pisar palmo a palmo, calle por calle, toda esa zona para sacarle él autentico sabor habanero. Me recomiendan que hoy por hoy más vale que no lo intente no vaya a ser que me lleve alguna sorpresa. Por cierto, en todo el trayecto solo vi a un poli.

Por fin llegamos a la dirección donde la persona amiga se alojaba. Tras presentarme a su familia comenzamos a tener una charla de lo más distendida.

Frente a la casa al estar la puerta abierta, se veían dos contenedores de basura de esos que no tienen tapadera y junto a estos por todo su alrededor había javitas y desperdicios por el piso, dando la sensación que allí se había escarbado la basura por alguien.

Junto a los dos contenedores de basura estaba un hombre de unos 50 años con barba y aspecto desaliñado, su vestimenta era un mono de esos que usan los mecánicos y de su cara salían expresiones de ser un ser feliz, sonriendo todo el tiempo y hablando solo, diciendo frases como esta. ¡La cantidad de tortillas mejicanas que dejé aquí!

De las muchas frases que salían de su boca, todas eran incoherentes, sin sentido.

Al principio no hice mucho caso, pues toda mi atención giraba en la persona que acababa de conocer y su familia.

Yo de vez en cuando dirigía la mirada a la calle y el loco jugaba, se entretenía recogiendo la basura esparcida por el piso y la metía en javitas como si de regalos se tratarán, lo hacía con meticulosidad y sonriendo todo el rato.

La curiosidad me hizo preguntar a los de la casa— ¿Y a ese que le pasa?

¿Mami quien es el loco ese?— Dijo mi amiga.

Mi amiga estaba recién llegada a la capital, al igual que yo y oímos con atención la historia de aquel loco contada por su mamá—Se llama Alfredo, creo que era de Oriente, estaba preso por falsificación de documentos. Salió por el Mariel con su hermano, fueron obligados por el gobierno cubano si no les doblaban la condena, al llegar estuvo preso en los Estados Unidos.

¡Dime tú!, esta gente llevaba más de 10 años en el talego, que sabían hacer, sino robar, mentir, asesinar, etc, y allí lo siguieron haciéndo, ese fue el caso de Alfredo, que tuvo que sufrir la cárcel allí también. Lo torturaron quedó tocado.

Saltó al mundo lo que Fidel hizo, no tuvo más remedio que aceptar que devolvieran a Cuba a los indocumentados, pues en aquel tiempo no estaba la ley pies secos.

La mayoría de esa gente vinieron locos ya, los que no, los volvieron locos, para que no hablaran.

Alfredo sabe un montón de carros y de piezas de recambio, de todos los carros, modelos etc. De vez en cuando se pone en esa esquina a gritar y se caga en todo, hay veces que dice gritando ¡me cago en el corazón de la madre de Fidel, ¡ me cago en Raúl, me cago en Fidel! Y como esta loco no se le hace caso. El hermano tomaba mucho, pero un buen día como si el tornillo que tenía flojo se le arreglase se metió en los testigos de Jehová dejó de tomar y anda por ahí de lo más bien.

Alfredo estuvo en Mazorra, cuando vieron que era un inútil, inofensivo, lo soltaron a la calle, tiene momentos de lucidez, lo ví en uno de esos momentos, cuando conversaba con una vecina, le preguntaba por sus hijos, nietos, se sabia el nombre de todos, y donde vivían.

El trabajo de Alfredo consiste en llevar la basura de un contenedor a otro, creo que es su forma de sentirse seguro, de hacerse el loco para que nadie le haga daño, por las noches desaparece, le tiene miedo a la oscuridad, y no le culpo.

Alfredo es inofensivo, un día le dije que me ayudara a llevar unos paquetes al ferrocarril y la gente me decía...

¿Que tu haces? Contesté, ¡haber quien se mete conmigo llevando a este a mi lado!

Así nos relató la historia de Alfredo el loco; La mamá de mi amiga. Historia que oímos ambos con verdadero asombro.

En la puerta del destartalado convento de Belén, nos hicimos unas fotografías como los amigos que deseaban y acababan de conocerse. A cierta distancia junto a los contenedores de basura le hice una al loco de Alfredo como recuerdo.

A mí las horas en la Isla se iban acortando por la cantidad de cosas que aún quería hacer, me fui con la sensación de no haber podido saber más cosas, de más personajes de la Habana vieja. Esa era la sensación que me quedó en mi visita por la zona donde a mí me hubiera gustado pasar desapercibido y haberme mezclado con él autentico sabor habanero y traerme autenticas historias de ese filón llamado la Habana vieja.

De echo, por allí pasaron tres chicas prietas y una de ellas llevaba un gran escote dejando casi al aire sus abundantes pechos y a una mirada mía con sonrisa incluida como diciendo— ¡vas bien servida chica! A ella solo le falto restregármelas por la cara, se vino derecho a mí diciéndome— ¿te gustan papi?

Aquí no te aburres, decía mi amiga en la esquina hay una santera y cuando intento filmarla no me deja. Cuando está a pleno rendimiento no hay forma humana de hacerlo, después de varios intentos no lo he conseguido.

A veces se le ve llegar limpiecito, pero al poco tiempo ya ve como va! Así concluyó la mamá de mi amiga la historia de Alfredo el loco.

El “loco” no es ni será el más limpiecito de la Habana vieja, pero es totalmente inofensivo, los muchachos pasan por su lado como si tal cosa, la sonrisa perenne, la felicidad que se dibujaba en su cara, embelesado con sus “juguetes” aunque sean los fétidos contenedores de basura y los detritos allí depositados, que a él le hacen sentirse como pez en el agua y contento.

Él está feliz, sus gestos son como los del muchacho entretenido “disfrutando con sus juguetes”.

Aquellos juguetes si que los puede utilizar a capricho y voluntad. Son de las pocas cosas que a nadie le van a despertar interés ni envidia... ¡cómo para querer quitárselos al loco de la Habana vieja!

Marzo de 2006

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