Jinetero,... ¿y qué?

Mamá engaña a Papá

Desde que tengo uso de razón ha sido siempre así:

Mi papá empieza en las guaguas a las 5 de la mañana. Mamá corre pa´la escuela primaria a fajarse con las “fieras” de cuarto grado. Me toca a mí por ser el mayor llevar a mis hermanos de la mano y entregarlos a su maestra. ¡Toda la cabrona semana pa´la escuela!

- ¡Yoyo ya tú estás grande y debes llevar a tus hermanos a la escuela!

Eso me han dicho en la reunión familiar. Y al yoyo que quería ser grande le han encasquetado los chamas por la cabeza. Así que a partir de hoy tengo que salir más temprano y llevarlos a ellos primero. ¡Ay de mí si llegan tarde!

Eso es entre semana, los sábados son algo distintos. Papá se va a sus guaguas y mamá se arregla muy bien. Se perfuma como para ir un a un baile y se pierde Dios sabe donde hasta más allá del mediodía.

¿Y el yoyo? Pues el yoyo a joderse de nuevo con sus hermanos, recoger el cuarto y lavar los uniformes de la semana. A la vieja no hay quien le coja la baja. ¡Aquí en cuanto eres un poco más grande que la escoba tienes que morder!

A mis hermanos no hay que ponerles mucha atención pues no son muchos más pequeños que yo. Nos llevamos de uno al otro exactamente 10 meses. (¡El viejo no perdía un minuto!). Pero me jode tener que estar llevando a mi hermano cada dos sábados a pelar o correr a la bodega porque llegó el pollo.

¡Cómo me gustaría dormir la mañana! Soy dormilón, que le voy a hacer, me gustaría quedarme hasta media mañana en la cama. Pero ya viene la vieja a despertarme.

- Yoyo, arriba, mijo que ya me voy. No despiertes a tus hermanos. Les dejé el desayuno en la cocina. No te olvides de llevar a pelar a tu hermano. Entra el cubo de la basura y pon a llenar los tanques.

- Sí mamá.

Fue siempre así. Semana tras semana hasta que un sábado, justo cuando sonó la puerta tras mamá, mi hermano sacó la cabeza de debajo de la almohada y preguntó:

- ¿A donde va mamá todas las semanas tan tempranito y tan elegante, con esos perfumones?

- Y yo qué carajo sé

- Pero es raro, siempre sale sola y cuando papá no está.

- ¿¡Qué insinúas que se ha buscado un gallego!?

- No coño, estamos en 1978 y Sol Meliá no llega hasta dentro de 10 años por lo menos.

- ¿Sol qué? De qué estás hablando tú comemierda, qué gallegos son esos. ¡No jodas! Mira ya que estás despierto, levántate, lávate, desayunamos y nos vamos a pelar.

- ¡No! coño si…

- ¡Oye dale!

Mi hermano no es malo. Un poco remolón como lo soy yo, pero siempre ha tenido fantasías. Dice que los gallegos van a adueñarse de nuevo de Cuba y que los cubanos van a irse en masa en el 80, que la URSS desaparecerá dentro de poco, que vamos a pagar con dólares y no se cuentas mierdas mas. A veces tengo que pararlo porque si repite eso por ahí, nos buscamos una jodienda.

Pero pensándolo bien. ¿A dónde se va mamá tan acicalada? ¿Sabrá papá que ella sale cuando él no está? ¡No coño si la vieja es una persona seria! Pero verdad que cuando pasa por delante de la carnicería del gallego con los trapos arriba al gallego se le cae la baba. No es por ná pero la vieja es una negra de salir. Pero na´ mi vieja no entra en eso. Mi hermano con su “comemierdería” me ha metido el diablo en el cuerpo. Ahora estoy atento. Es verdad que cada sábado se pierde y nadie sabe a donde va.

Le he dejado caer el comentario al viejo pero el muy comemierda está en sus guaguas, en la pelota, en la Aragón y más ná. ¡Será tarrú este comemierda! No coño, el viejo es el viejo y es hombre a tó.

Es más la semana el sábado que viene yo mismo voy a averiguar que es lo que está pasando.

El sábado siguiente había dormido con la ropa puesta, esperando a que mi madre me levantase. Tan pronto se cerró la puerta de la calle salí disparado de debajo de la sábana. Les hice una nota a mis hermanos de que venía enseguida y que si se portaban bien este día no nos pelábamos. Me puse los zapatos y salí corriendo tras la vieja.

No era difícil seguir la estela de perfume que iba dejando a su paso. Desde la punta del pasillo la vi llegar a la esquina y detenerse a conversar con el gallego, el carnicero. Ella soltó una carcajada sonora y siguió su curso.

- ¡Eeeh, mírala! Sí que la muy puta va riéndose con cuanto macho le sale al encuentro.

Na´yoyo no seas mal pensa´o.

Mi vieja caminaba sin apuro. Ya he dicho que por ese tiempo mi vieja era una negra de salir. Una cintura de avispa y unas… bueno es la vieja, así que hasta ahí. Caminó unas cuantas calles. Llegó a Prado y tomó el paseo central que a esa hora está bajo las sombras de sus árboles. Bajo el calor matinal es una bendición caminar Prado abajo por su paseo. Yo la seguía desde una de las aceras laterales.

Cruzó y se metió por una callejuela. Yo la seguía. A la altura de la calle Colón un hombre muy bien vestido se le sumó. Intercambiaron palabras y continuaron juntos su camino. Pero sólo 100 pasos pues entraron en una de las casas a mitad de la manzana.

- ¡No lo puedo creer!

Esperé allí por unos 10 minutos y na´. No podía aguantarme más y me acerqué a la puerta cerrada. Pegué un oído a ver si oía algo y una voz tras de mí me dijo:

- Si quieres pasa. Eres bienvenido.

- No, no si ya me voy.

- No tengas miedo mira ya empezamos.

Y sin saber cómo ni cuando traspasé el umbral esperando lo peor.

Estaba dentro de un local improvisado en una vieja casona de Centro Habana. Una vieja mansión a la que habían eliminado las paredes que separaban las antiguas habitaciones para hacer un local mayor. Allí se apretaban unas cuantas señoras, todas de avanzada edad en unos bancos viejos. Todos tenían en su mano un libro que reconocí pues lo había visto escondido en las gavetas de mi madre: ¡Una Biblia!

- ¡Entonces, esto es una iglesia! ¡Y mamá viene cada sábado a la iglesia!

Como si me hubiera oído, mi madre se había levantado en aquel momento y se dirigió al improvisado púlpito. Y allí sin más ayuda que la de sus pulmones dejó oír su voz en el recinto. Leía algo acerca del amor a la familia y a los hijos. Y cantó con esa misma voz dulce con la que nos dormía cuando éramos chiquitos. Mis hermanos no se acuerdan, pero yo tuve la oportunidad de oírla cuando dormía a mis hermanos menores. ¡Cómo me gustaba escuchar su voz en aquel pequeño cuarto el solar! Creo que hasta papá se dormía cuando ella cantaba para nosotros.

Ahora se llena la mañana con esa voz que tanto amo y que siempre me pareció como salida de los cuentos.

Mamá había decidido guardar ese secreto. Así que por amor a ella misma no dije nada y me escurrí sin que nadie conocido me hubiera visto.

En la calle no me quedó más remedio que llorar. ¡Ves yoyo yo te lo decía tu mamá es una señora decente!

Han pasado muchos años. Mi hermano se graduó de medicina y mi hermana de Biología. Aunque soy el mayor me gradué el último pues estuve dos años en servicio, luego 3 en el Pre militar y 5 en la Cujae.

He recibido mi titulo y mamá ha anunciado que quiere comunicarnos algo serio. ¡Seguro algún regalo! ¿O será que está pensando en retirarse? No es fácil ser maestra en estos tiempos.

- Mis niños, estoy orgullosa de ustedes. También de mi esposo querido. Durante años, Dios nos ha dado una familia de la que me siento orgullosa y a la vez agradecida. Gracias a Dios veo al último de mis hijos cumplir su sueño. A pesar de correr tiempos convulsos y equívocos que no invitan al sacrificio del estudio. Mis muchachos, sábado tras sábado durante más de 25 años yo he salido sin decirles el por qué. Soy cristiana, creo en Cristo nuestro señor y a él he dedicado mi vida. Y con él he tratado en lo posible de hacerlos a ustedes personas dignas de mi señor. Perdónenme si no compartí con ustedes la fe con la que he sido bendecida. Perdónenme si no les inculqué el mensaje de Dios mi señor. Lo hice para protegerlos, por no verlos perseguidos, maltratados o relegados en una sociedad en la que Cristo está proscrito. Vivimos en una nueva Roma. Aunque un nuevo César hoy se viste de oveja y escribe libros que dicen lo contrario, ustedes saben que no siempre fue así. No quise nunca que les impidieran llegar a la Universidad, no quise verlos en la UMAP o en presidio por abrazar la fe de su madre. Mis niños ya son mayores y saben defenderse por si solos. Gracias a ti mi esposo por ayudarme y comprender que no ha sido fácil para mí. Y pido a Dios mi señor me perdone por privar a mis hijos de esa fe. Lo hice sólo por protegerlos señor mío.

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