Jinetero,... ¿y qué?

La muerte si pagas

Fui Catcher en la liga de beisball infantil. Mi último juego en la liga fue el decisivo para decidir el campeonato. Aunque no vi el final supe que habíamos ganado. El tiro llegó desde tercera a tiempo, me cuadré en Home pa´ evitar una carrera, en ese momento no se piensa mucho las cosas ni sus consecuencias. El corredor entró con los spikes por delante, demasiado altos y directo a mi rodilla. No supe si fue out o quieto, porque el dolor me nubló la vista. A él lo expulsaron del juego, pero yo pare en el hospital.

De eso hace una pila de años. La juventud lo cura todo, no tuve muchos problemas con la rodilla. Sólo a veces, cuando “hacía frío en La Habana” y la humedad aumentaba se resentía un poco. Pero un poco de calor y ejercicios me ponían de nuevo en talla. Así fui tirando, un día bien, otro mejor.

Con el período especial la cosa se puso difícil. La polineuritis se afiló las garras y las hincó nuevamente en mi rodilla. Estuve varias semanas en cama y luego haciendo terapia en el Fructuoso Rodríguez, láser, electricidad, fisioterapia, hidromasajes y hasta una consulta en el Frank País. Todo eso duró un par de años hasta que interrumpí el tratamiento porque… bueno, porque otras tierras del mundo reclamaron el concurso de mis modestos esfuerzos.

Aquí la cosa cambia. Tuve la suerte de poder pagar un seguro médico a prueba de balas, me hacían nuevo si hacía falta. Más de una vez tuve que poner freno a los médicos porque cuando leían mi tarjeta del seguro, les entraba tal alegría que me recetaban una trepanación del cráneo aún cuando sólo había ido con cagaleras debido a las comelatas de fin de año.

Pero las cosas cambian. Por una complicadísima explicación acerca de impuestos que no he logrado entender, convino que pasara los primeros 6 meses del año del seguro privado al seguro estatal.

-No hay lío si yo nunca me enfermo.

Eso pensaba yo, pero mi rodilla “piensa” diferente, pues en los primeros días de enero hizo un frío del carajo. La temperatura estuvo siempre por debajo de los -15 grados.

Salgo a trabajar como siempre temprano, hielo en la acera, un resbalón, mi cuerpo se balancea, no llego al piso, me sostiene un falso equilibrio por segundos, segundos que parecen años. Alarma, no me puedo sostener por más tiempo sin que…. ¡AY! algo traquea en mi rodilla y finalmente caigo como si un rayo hubiera hecho blanco en mi rodilla. Me veo sentado en el hielo. Llamo a alguien pero nada. A esta hora no pasa nadie por la calle y los que pasan me evitan. De casa me separan apenas 50 metros. Un par de niños se me acercan curiosos y no dicen nada. Su madre los aparta presurosa de mí, ella hace también oídos sordos a mi llamada de auxilio.

- ¡Mi móvil, mi móvil!

Llamo a casa antes que el frío devore la batería. ¡Cojan el teléfono, cojan el teléfono coño! - Sí, estoy aquí a menos de 50 metros de casa. Antes que el teléfono quede mudo debido al frío me da tiempo a decir que llamen una ambulancia.

Un hospital, no es un hotel. Eso está claro. Pero las sonrisas que nos brindan en el Hotel se agradecen mejor cuando estamos enfermos. Pero pedir una sonrisa aquí es pedir demasiado. Parece que es mi culpa, los médicos me tratan como si… bueno qué se le va a hacer.

La primera y única pregunta desde que llegué es:

- ¿Tiene su tarjeta de seguro?

Nadie pregunta como fue o si necesito un calmante a nadie le interesa si me duele o está hinchado. Eso es secundario. Lo importante es si pago, cómo y cuanto pago. Tomaron mi modesta tarjeta de seguro público casi con asco y han puesto mi camilla a un lado del pasillo. Allí llego a acostumbrarme al dolor después de esperar dos horas. Han pasado a la vieja que tenía taquicardias y al señor que se enterró una astilla en el dedo, pero ellos tienen seguro privado.

Al mediodía me ha llegado mi turno. La rodilla no da más. Lo que sigue es lo usual: rayos X, inyecciones contra el dolor, pastillas…

Hoy después de una semana, me han dado el alta del hospital. Debo ir a hacer terapia. Me recibe el mismo médico que me ha atendido durante años. El mismo que ha atendido a mi esposa y sus embarazos. Como siempre con una sonrisa.

- Pasa. Vamos a ver esa rodilla. Lo mejor en estos casos es una terapia en un Fitness Studio para fortalecer la zona.

- Doctor tengo que decirle que me cambié a seguro público.

La sonrisa desapareció de su cara como por arte de magia. Dejó caer el lápiz, se acomodó sus espejuelos y preguntó.

- ¿Desde cuando?

- Desde principios de enero.

- Hhmm, entonces tenemos un problema aquí porque el estado no paga ese tratamiento que es el único que verdaderamente te ayudará en estos casos. Lo demás es perder el tiempo. Esa rodilla necesita ser fortalecida.

- ¿Y cuanto cuesta eso de forma privada?

- Mínimo 20 sesiones. Es realmente un tratamiento nuevo. Por encima de los 7000 euros. Lo siento.

Volvió a tomar el lápiz y escribió una sola frase: Gimnasia recuperativa.

Me extendió la receta diciendo buenas tardes. Eso fue todo, la sonrisa de siempre había desaparecido y por supuesto no me acompañó a la puerta como otras veces, pues eso tampoco lo paga el seguro estatal.

Estoy en la calle, una menuda nieve cae sobre mi rostro. En mi mano la receta. Una receta que no dice nada ni soluciona mi problema. Todo es dinero. El seguro, el tratamiento, la sonrisa del médico… Mientras acomodo la muleta que me acompañará quien sabe si por el resto de mis días, me viene a la mente el día del juego por le campeonato Nacional cuando llegué al Hospital y el doctor mientras inspeccionaba mi rodilla vio mi cara asustada y me dijo:

- Eso lo arreglamos nosotros como sea, pero lo más importante es que lo sacaste OUT coño- mientras me regalaba la más hermosa de las sonrisas.

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