Jinetero,... ¿y qué?

Guajira, negra y puta

(…) ese instinto de conservación bien desarrollado es una de las caras de la pobreza. Pero la pobreza tiene muchas caras. Quizás su cara más visible es que te despoja de la grandeza de espíritu. Te convierte en un tipo ruin, miserable, calculador. La necesidad única es sobrevivir. Y al carajo la generosidad, la solidaridad, la amabilidad y el pacifismo.
Trilogía sucia de La Habana. Pedro Juan Gutiérrez.

- Si niño, yo soy guajira. Nací en un pueblito llamado Magarabomba que está… ¡Ah te ríes! ¡Claro que existe! Imagínate, eso está en la carretera que va de Florida a Mamanantuabo… ¡Oye chico! ¿Me vas a dejar hacer el cabrón cuento o qué? ¡No te rías más coño! Vaya, si te ríes otra vez me levanto y me voy… Como te dije, soy guajira de por allá, lejos, donde el diablo dio las tres voces y a ti te causa tanta risa, pero que da cualquier cosa menos risa. Aquello es fango y subdesarrollo pa´ donde quiera que te vires. A pesar de eso tú sabes como son los niños que en su bobería se conforman con cualquier cosa. Puedo decir que tuve una infancia feliz. Aunque mi mamá me llevaba de la mano y corriendo, por ser la única hembra de sus siete hijos y pa´ colmo la más chiquita. Nunca tuve noviecitos ni pintura de uñas ni na´ de esas cosas que tienen las niñas de hoy. Aún cuando tú sabes que a los guajiros no nos queda otra manera de estudiar que estar becados, ni siquiera allí en la beca, lejos de mi mamá yo me atreví siquiera a darme un besito con ningún chiquito de la escuela. Yo era medio bobalicona sí, a pesar de que no faltaba quien me diera vueltas y me tirara piropos cochinos yo me mantuve ahí, en la raya. Y aunque no me lo creas cuando me fui a la Universidad Central a estudiar licenciatura en lengua inglesa seguía siendo señorita por todos los huecos. Pero allí se torció mi camino.

Conocí a “Mandarria” en una práctica de producción. Lo vi y se me quitó toda la majomía que yo tenía. Ese negro fuerte me abarcaba con un solo brazo y me poseía con la fuerza de un toro… ¡ay niño na´ más que recordarlo me da un no se qué! Dicen que todas las negras somos putas, pero quien no va a serlo con un semental como mi Mandarria. Por eso tu ves a las galas esas que viven aquí haciéndose las finas, comprando lo más chic y perfumando el piso por donde caminan pero cuando un animal de esos las encentra se les olvida toda finura y se vuelven tan putas como yo… ¡O peor porque esas pierden la cabeza y les da por hacer cada estupideces! Pero a lo que iba. Mandarria fue mi único hombre en Cuba y creo que me sobraba, me hacía sentir hembra y me gustaba que en la cama me llamara mi negra puta… qué tiempos aquellos. Pa´ no hacerte el cuento largo. Yo tuve buena cabeza pa´ los estudios, todo me entra fácil. Me gradué y con un poco de suerte comencé a trabajar en la Playa de Santa Lucía. Por ese entonces Mandarria trabajaba en un contingente haciendo pedraplenes y allí se metía semanas enteras tirado piedras al mar sin que pudiera venir a visitarme… Aquello se disolvió con el tiempo. A veces nos encontrábamos y saltábamos, nos comíamos uno a otro, pero fuera de la cama ya no había mucho de que hablar. Y cuando él comenzó a tomar me amenazó un día con meterme un pescozón, con tan mala suerte que uno de mis hermanos se enteró y por poco se arma la de San Quintín. Su mundo era cada vez más bestia y el mío se refinaba más y más. Decidí no verlo más. Meses después terminaron el primer Hotel en el cayo, al que precisamente se llegaba por el pedraplén que había terminado mi ex. Empecé de animadora y como siempre he tenido chispa pronto llegué al cargo de relaciones públicas. ¡Antes de que lo pienses! No, no me acosté con nadie, ni pagué. ¡Oye si los guajiros que habían allí eran más brutos que un arado! En ese trabajo aprendí muchísimo y conocía cada vez mejor gente. Todos se deshacían en sonrisas conmigo, me traían regalos, pero lo que más me gustaba era tener que arreglarme cada mañana. Verme bonita frente al espejo me levantaba el ánimo, usar trajes sastre, medias y tacones. Fue una etapa linda, pero nada es perfecto. Sufría al tener una vida por la mañana y otra por la tarde, señorita en el hotel y negra guajira en la casa. Figúrate que cuando llegaba yo a Magarabomba (y dale con la risita), para cruzar el camino que va desde el camino a la casa tenía que quitarme los zapatos y las medias y ponerme un par de tenis viejos que siempre llevaba en la cartera y arremangarme el pantalón del traje pa´ poder llegar a la casa. Niño ¿te imaginas que yo abriera mi cartera muy chic delante de un cliente y viera esos tenis viejos? No quiero ni pensarlo. Después venían los apagones o mejor dicho, los alumbrones porque apagones tenían ustedes en La Habana, pero en el campo nadie se acordaba de conectar la puñetera planta y así pasábamos la vida como el siglo XIX… ¡Hasta que me cansé chico! Me cansé de arar en el mar, de jugar al príncipe y el mendigo, de ver la choza en que vivía caerse a pedazos y a mi madre la pobre consumirse en vida tan pobre o más que cuando vino al mundo y que mis hermanos me miraran con ojos vidriosos y me dijeran, embrutecidos por el alcohol: no hay más na´ mi herma. Un día me di cuenta que yo no nací pa´ estar con el fango al pecho y terminar lavando pañales de niños mocosos en una batea. Na´ mi amor. Cerré el corazón a pretendientes nacionales y puse un cartel en la puerta: No cubans, do not disturb! Me era fácil, yo estaba en la mata y sólo tenía que esperar un buen partido. Yo sabía que mucha gente me sacaba conversación con otras intenciones, los veía babearse, no soy comemierda y les meneaba el culo más pa´ volverlos locos. Pero eso de una noche conmigo y después si te he visto ni me acuerdo no va conmigo monada, no ves que este culo a mi me lo lloran. Hasta que apareció Phillipe. No puedo negar que a pesar de su edad se veía bien, tenía clase, plata y se la quiso gastar conmigo. Ese fue mi día. Con él salí por la puerta ancha, me da todos los gustos que quiero, salí de Magarabomba a La Defense y tenemos otro Chalet en la montaña, tengo a mi madrecita viviendo como una santa, la traigo una vez al año a que se llene del aire parisino… ¿Qué? ¿Yo qué se si soy feliz o si lo amo? Eso a quien le importa. Los pobres no podemos amar mi santo, eso es cosa de ricos… Eso sí, los años no pasan por gusto. A veces, cuando hacemos el amor, pa´ no quedarme dormida traigo a la mente a Mandarria y su recuerdo me hace correrme y de qué manera, ¡Se me va la vida imaginándome que aquella cosa suavecita es el hierro duro y prieto de aquel negro! Y pa´ que veas que la vida tiene unas cosas del carajo, esos son los días en que Phillipe mi marido, me dice que parezco una negra puta y eso es lo que lo vuelve loco…

Deja yo pago, te invito yo mi santo, no todos los días encuentro un cubano para platicar aquí en París… a propósito negrón ¿tú eres soltero?

La ética del pobre es amar a quien tiene dinero y ofrece alguna migaja. La ética del esclavo es amar y admirar a su amo. Así de sencillo. El pobre, o el esclavo, da igual, no puede complicar demasiado su moral, ni ser muy exigente con su dignidad, so pena de morirse de hambre. “Si me da un poco ya es bueno y lo amo” (…)
Trilogía sucia de La Habana. Pedro Juan Gutiérrez.

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