Jinetero,... ¿y qué?

Correos de Cuba

Cuando uno de nosotros sale para Cuba, es como cuando sale el correo del Zar. Lleva consigo cartas, fotos, dinero pa´los familiares de los que comparten tu isla como Robinson Crusoe.

La noche antes fui a casa de un buen amigo a recoger lo suyo. Me invitó a tomarme una cerveza mientras sellaba la carta ante mí para que viera que no había ninguna "moña" dentro.

Yo llevaba la cámara digital y le hice un par de fotos mientras escribía y a manera de jodedera le dije: "Vaya dile unas palabras a la vieja" y comencé a grabarlo. El dijo unas cuantas palabras y terminó de cerrar las cartas y me las entregó. Yo apuré mi cerveza y dije adios.

El siguiente fin de semana llegué a "su casa en Mantilla". Me abrió la puerta una señora blanca en canas que se identificó como la madre de mi amigo:

- Yo vengo de parte de su hijo, vivo cerca de él.

- ¿Y cómo está?, ¿Pasó algo? y mil preguntas más mientras me invitaba a entrar.

- Siéntate mijito que te hago café, tengo un paquete de Cubita pa´ las situaciones especiales. !Puedes seguir hablando que yo te escucho desde la cocina!

Mientras el olor del café inundaba aquella maltrecha casucha me acomodé en uno de los dos viejos sillones de la sala. Frente a mi un sofá con los muelles colgando por debajo. Lo otro eran fotos, la mayoría en blanco y negro, sobre las paredes, sobre la mesa de centro y algunas fotos en blanco y negro sobre un TV ruso, también en blanco y negro.

Cuando llegó el café la señora se sentó al lado mío. Tuve que contarle, hasta el más mínimo detalle: ¿qué hacía su hijo? ¿donde y como vivía?

- ¿Y come suficiente?

- Si señora.

- ¿Y cómo lo lleva el asma?

- !Su hijo está hecho un toro señora! !Las mujeres no lo dejan vivir!.

- Bueno aquí siempre tenía las muchachitas "a retortero".

Le entregué las cartas y las fotos, que tuve que comentar una por una.

Casi me marchaba cuando recordé que tenía el vídeo en la cámara fotográfica. La buena mujer miraba por encima de sus gafas a la pequeña pantalla, el vídeo de 2 minutos. Cuando termninó lo vimos otra vez, hasta que ella empezó a llorar.

- !Ay mijito perdona! Soy una estúpida, perdóname- dijo tratando de detener unas lágrimas que no cesaban.

El llanto es algo contagioso cuando viene del corazón. A mí se me hacía un nudo en la garganta que no me dejaba hablar. Imaginaba cuantas lágrimas había vertido esa buena mujer en la soledad de su recuerdo. Imaginaba a mi propia madre con iguales canas ¿cuantas veces habrá estallado en lágrimas?

Cuando me fuí me dió la mano con una ternura increible...

- Gracias, gracias mijito no importa que haya llorado, me has dado una alagría inmensa. No te fíes de esas lágrimas eran de alegría.

- Yo la entiendo señora.

- Una sola cosa más. ¿Puedo abrazarte?

- Mi madre, claro que sí.

La anciana se asió a mi cuello y pude sentir cerca de mi oido un sollozo contenido.

Me fuí sin volver la cabeza. No quería que ella viera que el que iba llorando era yo.

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