Historia (no autorizada) de Cuba

De ciudades y amores 1965

Las historias de amores ideales forman parte de lo peor del arte y la literatura porque, conocido es por cualquiera, toda historia de amor tiene sus días grises y pretender idealizaciones a ultranza es, además de mentiroso, insostenible.

Ahora relataremos algo acerca de la historia de amor entre dos de los pilares de la cultura revolucionaria cubana. De una parte la Habana Vieja, que algunos años más tarde sería declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO, cuya sede está en París; y del otro lado Alejo Carpentier, uno de nuestros más reconocidos escritores; quien, como dirían las malas lenguas, escribía en español, hablaba en francés y cobraba en inglés. Aquí se podría incluir la suspicacia de que entre esta ciudad, que luego sería patrimonio de humanidad y aquella, que es sede de la UNESCO, Alejo prefirió vivir en aquella. Pero vamos, que esa suspicacia no la vamos a incluir por pura cortesía.

El caso es que entre el afamado escritor y la hermosa ciudad de La Habana existía una apasionada historia de amor, a pesar de la distancia física que casi todo el tiempo mediaba entre los amantes.

El romance entre ambos, escritor y ciudad, tenía su eje en la belleza arquitectónica, de la cual Alejo fue siempre un sincero admirador y un profundo conocedor; además del ambiente cálido y la vitalidad que siempre han caracterizado a esta última. Y era la arquitectura la razón fundamental por la cual el reconocido autor tenía entre sus costumbres invitar a muchos amigos europeos a recorrer, a pie, las estrechas calles de la vieja ciudad, que todavía en aquellos tiempos no era un objeto turístico tan devorable y mantenía el sello de una autenticidad conseguida en más de cuatro siglos desde su fundación.

Cualquiera se moriría de envidia por aquellos que tuvieron la oportunidad de hacer un “tour” en el cual el guía era el mismísimo Alejo Carpentier. Y cuentan los que tuvieron esa oportunidad, que el afamado escritor se prodigaba en elogios hacia la Habana Vieja y su belleza. De lo que nadie dice nunca una palabra es de una muy particular mañana de sol en la cual Alejo paseaba con una comitiva de amigos franceses y en el justo momento en que pasaban frente a un solar, alguien lanzó a la calle una palangana de agua sucia que empapó al destacado novelista. Y nunca cuentan, además, que indignado, no pudo contener la frase: “Habana Vieja de mierda”. Y tampoco relatan, por supuesto, que al decir la palabra “mierda” su sempiterno defecto de pronunciación fue tan marcado que nadie habría dudado de que la expresión la había proferido alguno de los otros franceses que lo acompañaban y no precisamente el devoto y cubanísimo amante.

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