Cuba es un cuento, compay

Aquel arbolito de Navidad

Realmente no corrían tiempos difíciles, lo adecuado es decir que el tiempo se detuvo desde hacía muchos años, no soplaba brisa alguna que refrescara el ambiente. Es como si nuestra tierra hubiera elegido el mismo destino de Macondo, no para desaparecer, pero si para transformarlo en un gigante parque temático.

Hoy cualquiera es creyente, cientos de picaros se han vestido de babalaos, y las iglesias, hay que ver como se llena de gente. Antes no era así, lo fue hasta hace muy poco, todo estaba prohibido, todo. Se requería ser muy valiente para declararse maricón, ¡vamos a dejarnos de boberías y llamar las cosas por su nombre! Maricón siempre les han llamado y para ellos así se morirán. ¿Gay, homosexual? Demasiado finas esas palabras para nuestro clima o isla, eso es ahora que tratan de embarajar y dormir a unos cuantos idiotas. No digo yo si se requería valor para declararse abiertamente chernita, todo era meticulosamente vigilado cuando existía alguna duda. Como se sentaban, como agarraban el cigarrillo, como caminaban, todo era determinante. ¡Y que no se les ocurriera hablar torcido o pestañear mucho! ¡Qué tiempos! Por eso hay tantos de ellos que hoy son padres y abuelos. No es porque fueran bisexuales, nada de eso. Los maricones valientes no tienen descendencia.

¡Miren eso! Ahora están autorizados a celebrar la Navidad, ¿quién lo diría? Con arbolito y todo, con Santa Claus, su eterna sonrisa y barba tan blanca como la nieve por donde tira su trineo. Viejo cabrón que abandonó la isla y dejó a nuestros niños sin juguetes. Hasta el nacimiento del niño Jesús ponen en algunas casas, no es muy difícil armarlos, cualquiera posee un pesebre en su cuarto. En aquellos tiempos difíciles no estábamos autorizados a celebrar otra fecha que no fuera la de ellos, no son muchas tampoco, muy revolucionarias.

Fue durante uno de los inviernos más crueles registrados en toda Europa por la década de los ochenta, terriblemente frio. No teníamos para dónde tirar, bajabas del buque y solo existía una fábrica de azúcar. A escasos metros de ella la vista se perdía dentro de un tupido bosque que luchaba por engañarnos, ocultaba maliciosamente la nieva caída, nos trataba como tontos que no éramos.

El nombre de la fábrica pudo ser Suomen Sokeri y poseía su muelle privado para una sola embarcación. Todas sus dependencias se encontraban sumamente limpias, no sentías esos olores a miel que despedían los centrales cubanos. Tampoco escuchabas ruidos de motores o los escapes de vapores que se producen en esa industria. Caminabas a su lado y no podías identificar que se tratara de una fábrica de azúcar. El muelle estaba situado en un estrecho canalito y de la orilla contraria existía una casa. De vez en cuando disfrutábamos de un espectáculo único, un hombre y una mujer salían corriendo de la casa totalmente desnudos y se daban un baño de nieve. Es probable que estuvieran borrachos y acabados de salir de una sauna, casi todos la poseían en sus hogares, me contó un día el Capitán del puerto, unos días más tarde me mostró la de su casa.

Allí permanecimos más de una semana descargando nuestra azúcar cruda y tratábamos de sobrevivir a ese pesado tiempo donde a las tres de la tarde es totalmente de noche, deprimente. En otros viajes realizados en verano era distinto, debía cubrir muy bien la portilla del camarote para poder dormir o imaginar fuera de noche, así es Finlandia. Su gente era muy pausada, algo simpática, sociable y muy bebedora. Su idioma, vaya sonidos extraños e incomprensibles, me caían bien y era un buen mercado para vender ron.

El termómetro del alerón del puente registró una temperatura por debajo de los veinte grados centígrados, justificada razón para permanecer quietos, intercambiar algunos casetes y leer mucho, una que otra reunión de mierda. Las aguas de aquel estrecho canalito se congelaron y como los imbornales (orificios practicados en el casco del buque) por donde salían al mar las aguas usadas por los generadores eléctricos y también las albañales, salieron a vomitar un poco a la vista de todos. En la medida que el barco se iba descargando, ellos iban quedando muy por encima del nivel del mar y todo cuanto salía por aquellos huecos, se mostraba sin vergüenza reposando sobre el hielo. Deben imaginar los excrementos de unas treinta y cinco personas disparadas con una frecuencia diaria. Una enorme mancha color ámbar con residuos sólidos, custodiaba toda nuestra banda de estribor desde nuestra superestructura hasta la popa misma. Era un campo minado de mojones el que nos protegía, grandes, pequeños medianos, amarillos, negros, carmelitas, había para escoger.

Uno de aquellos días que anteceden a la Navidad, sería el 22 ó 23 de diciembre, se aparecieron en mi camarote dos misioneros de la organización Stella Maris (Bajo este título, la Virgen María se considera que intercede como guía y protectora de los que viajan o buscar su sustento en la mar.) Ya los conocía de otros puertos, tienen representaciones en muchos países y se dedican a ayudar de diferentes maneras a los marinos sin importar su nacionalidad o credo. Es una organización religiosa que todos conocíamos y sabíamos aprovecharnos de sus bondades, claro, hasta cierto límite. Los invité a pasar y después de ofrecerles café, los conduje hasta el camarote del Capitán. Minutos más tarde, se escuchaba por el sistema de comunicación interna que solicitaban la presencia del secretario del partido al camarote del jefe.

Con aquellas personas se coordinó una excursión a la ciudad de Helsinki, sin dudas, ellos aportarían el medio de transporte y creo que el barco llevaría un refrigerio. No pude asistir por encontrarme de guardia ese día y me alegré por la suerte de los demás, partirían a las nueve y treinta de la mañana exactamente. Los vi descender la escala muy sonrientes y embarcar en el autobús estacionado próximo al buque. Militantes y simples, alegres ante la posibilidad de conocer a la capital de aquel país. Iban a participar en una "actividad", así le llamaban a todo festejo, como si hubiera sido organizada por el partido.

Regresaron eufóricos, satisfechos, orondos, complacidos, ilustrados, habían escapado de la monotonía superlativa que nos imponía el invierno. ¿Y todo? Gracias a esos gentiles religiosos que no los conocían. Uno de ellos cargaba un arbolito de Navidad mientras subía por la escala, detalle que atrapo mi atención. ¿Se habrá adelantado la perestroika en la isla? Los religiosos también subieron y se les ofreció café en el salón de tripulantes. Junto a uno de los mamparos reposaba aquel arbolito, tal vez esperando se cumpliera la promesa de armarlo.

-¡Vayan pa'´la pinga el arbolito, el Niño Jesús y los tres Reyes Magos! Expreso el marinero de cubierta Juan Corales cuando lo lanzaba desde el alerón del puente, lo acompañaba el secretario del partido.

Pensaría estar cumpliendo la misión más importante de su vida, aunque no me creo mucho esta versión. Juan era de aquellos excombatientes de la Sierra que militaban en el partido, no eran muchos los que se sumaron a esta pachanga. Vivian y trataban de explotar sus recuerdos, pero la mayoría de ellos optaron por mantenerse al margen de esa ola. Tampoco comprendí la necesidad de subir hasta el puente para arrojarlo al mar, muy bien pudieron hacerlo desde la cubierta principal. Quizás para mantener en secreto una acción tan sucia como aquella, porque hablando en plata, aquel arbolito fue comprado por los religiosos. No se produjo ruido alguno cuando cayó sobre el hielo, más bien fue un sonido seco casi sordo.

-?Me cago en el año viejo? Me cago en el año nuevo? Me cago en el arbolito y me cago en ti?

Acude caprichosamente a mi mente aquella estrofa de un número musical interpretado por el humorista Álvarez Guedes. Nada tan exacto para esos tiempos turbulentos que se vivían entonces. El dichoso arbolito descansaba avergonzado entre un ejército de mierda, por suerte para él, aquellas infernales temperaturas eran capaces de congelar los olores.

Hoy no es así, todo el mundo es religioso y la mariconería esta autorizada. ¡Claro! Si posees un culo revolucionario eres "homosexual y hasta gay", si tienes problemas ideológicos morirás como lo que siempre has sido para ellos, un simple maricón.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2016-12-15

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