Cuba es un cuento, compay

Un día regresarán las golondrinas

Varios remolinos adornan la calle principal, enormes bocanadas de polvo los alimentan desde las bocacalles. Olas de hojas resecas y basura danzan dulcemente al compás de una armónica ventisca obligando a cerrar los ojos. No sé si algún instante los tuve abiertos. Sentía que avanzaba desesperadamente, como esperando el asalto de cualquier bache. Esquivaba con genial maestría raíces fugitivas de la prisión a la cuales durante mucho tiempo las sometiera el suelo. Las aceras eran discontinuas, aún así, presentí que aquel paisaje fuera conocido por mí y nada me detuvo. Buscaba entre muros y columnas destruidas el origen de muchos sueños, el aleteo y sonrisa fresca de muchas golondrinas. Puede que el ensordecedor ruido producido por el viento opacara aquellas risas que una vez existieron.

Nada detuvo mis pasos y me defendía de una densa bruma cargada de polvorienta angustia, imágenes vagas que se van borrando entre gigantes helechos. El flamboyán se encuentra allí, pero no está vivo, continúa siendo el faro de entrada al pueblo. Muestra con vergüenza todo su esqueleto, conserva en su tronco el eco de tantas espaldas que una vez se acomodaron a su sombra. Me acerco y veo varios corazones grabados a punta de cuchillas, reconozco algunas firmas, otras sangran todavía. Cae una flor a mis pies, busco en todo su universo y no encuentro otra, pronto se desvanece entre amorosos susurros. ¿Habrán pasado por aquí? Una lágrima corre por mi mejilla, supongo que provocada por algún cuerpo extraño, no puedo hacer nada, tengo las manos y el alma sucia.

Va pasando la tormenta, poco a poco se disipa aquella sinfonía infernal y mi vista se levanta en busca del parque. El único parque de mi pueblo, y dentro de ese parque busco un viejo banco. Veo que existe también, algo inclinado, le faltan tablas, anciana figura testigo de pocas palabras y una promesa incumplida. Ella está allí sentada, la pureza de su palidez contrasta con el bosque lúgubre de su entorno. Aquellos ojos azules como el cielo en el ocaso me miró inquisidoramente, y un fuerte temblor recorrió cada rincón de mi cuerpo. No pude apartarme de ella, vestía de escolar, como la última vez que la vi, con la misma edad, yo no había envejecido. Ella se esfumó con una ráfaga de viento. Me acerqué al banco y junto a él encontré una boleta de pasaje, supe entonces cuan tarde había llegado.

Desconcertado, mi vista trató de encontrar una vieja estación de trenes. Solo el esqueleto de acero oxidado perteneciente a una vieja fortaleza. Un vagón detenido junto al andén no pudo partir en su último viaje. El fantasma de un perro descendió por la escalerilla delantera, inclinó su cabeza hacia el cielo, no me llegaron huellas de su aullido. Los álamos del parque reposaban su eterna siesta junto a la fuente, giré mis pasos nuevamente hacia la calle principal hoy convertida en guardarraya.

Se calmaba el viento y aparecían ante mi vista portales apuntalados por los años. Rostros mutilados de rasgos humanos ocuparon en monótonos movimientos sus asientos, se disponían a esperar como siempre hicieron a la sombra de sus promiscuos espacios.

Luisito se encontraba balanceándose al lado de su madre, hoy resultaba más bajo de estatura, tuvo que ser la obesidad manifiesta. Parecía una vieja morsa encanecida, su cara conservaba ese brillo sucio del trópico, el del cuerpo que ha vencido días sin contacto con el agua. Llegué a saludarlo con la esperanza de que me reconociera y se levantó ayudado de un bastón al verme. Me ofreció aquella mano tan sucia como la mía y de su boca me llegó un hálito mortecino, hubiera sido preferible que hablara por señas. Salió a la luz todo el alcohol ingerido por siglos y el olor de su cuerpo era rancio, como el de cualquier producto vencido. No podía distinguirse si se encontraba vivo, era asquerosa y repulsiva su presencia, pero tan amistoso y jodedor como siempre. Su madre continuó sentada en otro sillón, conservaba los mismos espejuelos con cristales fondo de botella de los ochenta, pero estaba totalmente cubierta de polvo. La mujer de Luisito la sacudía con un plumero de la misma manera que hiciera con cualquier mueble, parece que nunca la movían de allí cuando llegaban esas tormentas. Su aspecto era repugnante, costras agrietadas de tierra cubrían toda su cara, era mucho más baja que Luisito y sus pies no llegaban al suelo. Conservaba el mismo vientre inflamado de siempre y aquella mirada escurridiza cargada de rencor. La mujer de Luisito le limpiaba con un trapo los anteojos. Su primer movimiento fue similar al de un cuervo, se detuvo por segundos vigilando los portales vecinos, luego repetía aquellos breves recorridos infinitamente.

-¿Esa es la pura?- Fue una pregunta formal, Luisito me dio la espalda y la observó de pies a cabeza.

-La misma que viste y calza, manón, ¿Todavía te acuerdas de ella?

-¡Claro! ¿Quién pudiera olvidarla con tus cuentos? Sonrió con malicia, sabía que la gente disfrutaba mucho con sus pícaras narraciones y cualquiera podía ser blanco de ellas.

-¿Cuáles?, ¿de cuando era chivata? Aún lo es. Aquí permanece las veinticuatro horas del día, en ese sillón come y caga. Siempre habló así de la vieja.

-¡Ya! Recuerdo perfectamente todos los líos de cuando era presidenta del comité.

-¿Era? Te equivocas manón, la vieja lo sigue siendo. A ésta la van a arrastrar cuando caiga esto.

-Pero si esto ya cayó Luisón, mira a tu alrededor.

-¡Ni se te ocurra decirle eso! ¡Mira! Mejor habla bajito, habla de pelota.

-¿Qué es de la vida de tus hijas?

-¡Escaparon, asere! ¡Libraron!

-No lo sabía! ¿Para dónde?

-Una vive en México y la otra en España.

-¡Qué lejos, ¿y la vieja que dice de todo esto?

-Lo de siempre, que son gusanas. Pero luego se calla cuando le digo que las chamas son las que mandan el dinero y por eso ella está viva.

-¿Y qué puede chivatear ahora? No veo razones por ninguna parte. Todo es destrucción.

-Quién sabe, puede que por oír, porque de hablar, eso no lo hace nadie. ¡Mira el silencio que hay! Justo en ese instante comenzó a oírse fuertes martillazos en una de las casas de la acera contraria. Involuntariamente desvié la mirada hacia aquel punto y me encontré con una anciana sentada en su portal.

-Parece que están reparando algo los vecinos, esa es buena señal. Dije por simple cumplido.

-Allí no reparan nada, esos martillazos se repiten desde hace veinte años. Me explicó con mucha tranquilidad.

-¿Y aquella vieja quién es? Razones me sobraban para expresarme así de aquella triste figura. Eran los residuos de lo que un día fuera una mujer, aún persistían rasgos en su cuerpo que delataran fuera bien formado mucho antes.

-¿Vieja? Esa mujer es muchísimo menor que tú. Aún no me explico cómo te conservas tan joven.

-¿Quién es?

-Es la hija de Ramoncito, ¿te acuerdas de ella? Luisito me obligó a un esfuerzo sobrehumano, el nombre del padre resultaba familiar a mis oídos.

-¿Ramoncito el del bote?

-¡Exacto! El mismo que viste y calza, veo que tienes buena memoria.

-Pero la hija es un desastre, ¿ésta es aquella rubia riquísima?

-Teñida manón, teñida, que de rubios no tienen ni una comilla.

-¿Y Ramoncito está vivo?

-¿Pero no te enteraste?

-No sé nada de él desde hace mucho tiempo.

-Pues esa es la causa de esos martillazos, el chamaco de él se volvió loco y con mucha razón, ¿te acuerdas de la lancha que él tenía?

-¡Claro que me acuerdo perfectamente!

-Yo lo sabía, muchas veces que se fueron a pescar juntos. Pues un día lo chivatearon y le decomisaron la embarcación.

-¿Y qué relación guarda con el chama?

-Pues Ramoncito hizo una balsa con un socio y un día volaron por el espigoncito, ¿te acuerdas de él?, ya no existe, ya nada existe, solo lo que puedes ver.

-Entonces el chama se volvió loco porque el padre lo dejó.-

-Nada de eso que imaginas, embarcaron los tres. Cuando ya se encontraban fuera del alcance de la costa fueron sorprendidos por un temporal. En ese mal tiempo cayó Ramoncito al mar y fue devorado por los tiburones ante la mirada impotente de su hijo. Más tarde cayó su amigo y corrió la misma suerte. Después, el mal tiempo regresó la balsa a la costa con el chama de Ramoncito a bordo, ya debes imaginar el trauma. Desde entonces se encuentra construyendo otra balsa, pero si te llegas al patio comprobarás que solo posee cuatro tablas. Mucha gente se largó después, pero nadie quiso cargar con el fiñe. Ya sabes, mala suerte.

Un largo silencio acompaño la terminación de aquel breve relato, viajé con los años y me senté con Ramoncito en la sala de mi casa para ver la novela brasileña antes de salir a pescar. Una botella de ron sobre la mesa, no se podía sugerir partir antes. La novela era sagrada para los hombres vencidos por aquella batalla contra el machismo. Al principio me encabroné, pero luego, con aquella acción repetida tantos días y años, me convertí en novelero más. Después de terminado aquel sagrado horario, solo violado por un discurso del dueño de la isla, era que salíamos caminando cargados de avíos a lo largo de la acera del vivero. Cruzábamos el río y burlábamos mangles hasta llegar a su embarcación de Ramoncito. La arrancada era todo un homenaje a la desconfianza, vencer la telaraña de cadenas y candados tomaba su tiempo, y luego, ¡quién pudiera explicarlo!, no podíamos alejarnos del alcance del reflector del cuartel. En el área de oscuridad podían dispararnos. Casi siempre llevábamos a nuestros hijos, al mío y al que hoy martillaba esquizofrénicamente. Aquella noticia me partía el alma. A Ramoncito se le escapaban los ojos frente a mi televisor a color, casi nadie los tenía en la isla. La puerta del balcón abierta y la botella de ron sobre la mesa.

-¡Claro! Mala suerte. Se me escaparon esas palabras, puede que haya sido un simple cumplido para ocupar espacio.

-Ya sabes, la gente es muy creyente.

-¿Creyente? Pero si nunca creyeron ni en las madres que los parió.

-Pero los tiempos cambian manón, y el chama podía traer mala suerte.

-¿Y la tuya es buena?

-No tan buena, pero escapo.

-¿Se ha mudado la gente?

-No se han mudado asere, han volado, que no se escribe igual y suena diferente.

-¿Juanito sigue viviendo en la misma casa?

-¿Juanito? Voló detrás de ti, allí vive su chamaca, ¿te acuerdas de ella?, está cargada de hijos.

-Esa fiñe era divina, ¿y la mujer de Juanito?

-Voló también, pero no con él. El socio se olvidó de toda la familia, la mujer se volvió a casar sin divorciar con un ex preso político, y ya ves, es una mujer de éxito. La chamaca sobrevive gracias a eso.

-¿Y Armando, no ha volado?

-No, si supieras, ¿te acuerdas que la mujer estaba loca por irse al carajo?, pues el tipo nunca tuvo huevos de hacerlo, sabes a qué me refiero, a eso de comenzar desde cero.

-¿Y su hija?

-¿Magdalena? Ahí está, hecha una vieja. Me partió el alma oír a Luisito, me picó muy cerca. Me trajo a la memoria la primera discusión con mi hija y mi esposa, ellas estaban acabadas de salir de la isla. Era como si todo se hubiera embrujado por allá, hasta la mente de los seres humanos, ¿pero de millones? Nunca podré olvidar aquella discusión, ocurrió hace muchos años también.

-¿Y qué es de la vida de Magdalena? Pregunté a mi esposa con la misma curiosidad mostrada por todos, nada especial, bueno, sí tenía de especial que era la hija de mi mejor amiga.

-Magdalena está de lo mejor, es novia de un español que la atiende muy bien. Me respondió mi hija sin maldad alguna.

-¿Un español? Cuanto me alegro, ¿y los padres están de acuerdo con esa relación?

-¡Claro que sí pipo! Están escapando. El tipo es chévere y hasta duerme en la casa.

-¿Y que edad tiene el gallego? Insistí nuevamente, no sé, siempre me ha picado la curiosidad.

-¿El gallego? -Hubo un espacio de tiempo antes de recibir la respuesta.- Yo creo que el gallego anda muy cerca de los setenta años, pero si supieras, se conserva muy bien y dice que va a sacar a Magdalena de Cuba. Resultó infantil la respuesta de mi hija. No puedo calcular hasta qué punto me invadió la ira, ellas tampoco se daban cuenta de lo que decían. Les observé tanta ingenuidad al decirme aquellas palabras y no pude contenerme, exploté.

-¡Cojones! Eso es prostitución, Magdalena es jinetera, ¿cómo carajo me van a decir que a una chamaca de diecinueve años le va bien con un viejo de setenta? Ambas enmudecieron y guardaron silencio ante tan repentina y violenta reacción de mi parte.

-Andrés es buena gente pipo. No la dejé terminar, nadie puede imaginar la indignación que se siente al oír aquello. La mentalidad de mi familia se encontraba afectada también por los cambios de tiempo.

-¡Buena gente ni cojones! Ese viejo es un hijo de puta que se está aprovechando de la miseria en que están viviendo, y el padre de Magdalena es un maricón, ¡coño! Métanselo en la cabeza. ¿Cómo carajo voy a permitir que un tipo de esos viva en mi casa con mi hija? Hubo un silencio profundo y ellas nunca se atrevieron a tocar nuevamente el tema en mi presencia. Pasarían dos años cuando el padre de Magdalena se reunió con nosotros en Montreal. Nunca le propuse que desertara porque el que tiene ideas de hacerlo, ya lo ha pensado miles de veces antes de abandonar la isla. Sabía perfectamente que yo le daría albergue y que no pasaría ninguna de las calamidades que me tocó vivir. Pero le faltaron huevos, claro que hay que tener huevos para abandonarlo todo y comenzar desde cero. Me contó con más ingenuidad que la mostrada por mi mujer e hija que, andaba con la foto de Magdalena enseñándosela a los estibadores de los puertos donde atracaron. El padre de Magdalena aspiraba escapar de la isla al precio de la venta de su hija. Sentí verdadero asco con su presencia, y les digo algo, he omitido los nombres de los personajes, pero estoy convencido que en un futuro, su esposa e hija se verán identificadas en este trabajo y me darán toda la razón.

-Magdalena es hoy una vieja. Nunca pudo volar, no tuvo suerte con ninguno de los extranjeros que vivió en su casa. ¡Ya sabes! Esos gallegos se estaban jamando un caramelo, ¿no vas a pasar por su casa? Me expresó Luisito y salí del mutismo que me invadiera con aquellos pensamientos.

-Por supuesto que no Luisito, no tengo cara para llegarme hasta ellos, no a ellos, a su mujer que era como una hermana para mí.

-Sólo puedo decirte que es una ancianita.

-No te imaginas cuánto dolor siento. Hubo otra pausa de silencio y sentí más que nunca el olor acre que escapaba de su cuerpo.

-Pero eso no es nada, ¿quieres que te hable de la suerte de José y su familia? ¿te acuerdas de él, el que se quedó en Holanda? ¿O te hablo de Eddy, el que se quedó en Francia? ¿O de Amarilis, la que se casó y vive en Japón? ¿O de Mercedes, la que voló hasta Namibia? ¿Y ya sabes que Laura vive en Bolivia? Volaron, manón, se fueron todas las golondrinas, nadie sabe cuándo regresarán. ¿Te hablo de Gise? En ese momento lo miré fijo a los ojos y se detuvo en su resumen.

-De Gise puedo hablarte yo y no guarda relación con nadie de los que has mencionado, son otros tiempos. Diferentes vientos soplaron entonces, y en esta calle no se formaban estos remolinos, ni los padres aceptaban que las hijas vendieran sus cuerpos bajo el mismo techo. ¡Alto ahí manón! Hay abismos que esas nubes de polvo te impiden ver y distinguir. Ni se te ocurra abrir la boca para hablar de ella, ¿qué puedes saber de sus angustias, de tantas trampas y dinero perdido, qué pudieras saber de los sacrificios de su esposo, de las millas y fronteras vencidas hasta lograr ese encuentro? ¡Por favor! Creo que es mejor guardes silencio. No todos los hombres y mujeres son iguales. Hay muchos que son dignos de admirar y pagaron un precio muy alto por su libertad. Tanto que esa libertad tuvo el valor de sus vidas.

Luisito guardó silencio y ayudado del bastón se dirigió hasta el sillón, se sentó junto a su madre que ahora realizaba giros con el cuello superiores a los ciento ochenta grados, parecía una lechuza gigante. No sentimos ninguna alegría por nuestro encuentro.

Una manga de viento se apoderó de nuevo de los restos mortales de aquella calle. Se levantó de inmediato otra nube de polvo, la misma que se sucedía cada día de todos los años. Luisito permaneció inmóvil en su sillón junto a su madre. Apenas se distinguían los ojos de la vieja, que continuaba girando su cabeza a todos lados. Una mueca macabra se observó en sus labios desfigurados. ¡Quién pudiera adivinar si repetían alguna consigna revolucionaria, de aquellas futuristas y prometedoras que terminaron por sumir a la gente en este profundo e infinito letargo!, ¡quién pudiera adivinarlo!

Tal vez sus labios pudieron estar cargados de maleficios. Sólo la vieja lo sabía. Pero allí estaba ella, condenada a su sillón, con aquellos horribles espejuelos con cristales de culo de botella y su lengua cuarteada y reseca que nunca se detenía

Sentí espanto y escapé sobre mis pasos, llegué hasta el flamboyán que sirvió alguna vez de faro. Ha sido la única vez que he sentido terror, ese miedo indiscutible que se siente cuando se regresa al pasado y no encuentras huellas de él. Es como si nunca hubieras existido en el espacio y todo se convierte en una inmensa nube de polvo y mierda. Porque esa ha sido nuestras vidas, lo compruebas en esos regresos fortuitos que solo brinda la memoria. Pasé junto al parque y no me detuve, allí se encontraba el banco y Gise sentada esperando. Entré a la vieja estación y encontré entre sus restos que solo permanecía intacto su baño, ironías del destino, pensé cuando entré a su interior. En una de sus paredes colgaba un viejo espejo, y cuando la invasión del miedo se detuvo me acerqué a él. Yo era un viejo, el tiempo había pasado y solo me conservaba joven en la memoria de Luisito, nunca había recibido una fotografía mía. Permanecí con la mirada fija al techo en busca de un nido quizás, no lo encontré, pero me dormí pensando que un día las golondrinas regresarán.

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