Cuba es un cuento, compay

El hombre que se creyó inmortal

Su cuerpo descansaba frío y había adquirido el color de cualquier vulgar cadáver. Despojado de su uniforme y chaleco antibalas, adquiría matices casi humanos, los mismos que un día disfrutara aquel viejo caminante que no era de Paris y fue conocido en toda La Habana. Sin escolta que velara por su despojos, aquella figura, aún muerta, mostraba la invalidez de cualquier niño indefenso que clama por la presencia de su madre. Restos de su arrogancia sobrevivían a su muerte, y aquel temor que causara con su sola presencia, comenzaba a apagarse como le sucede a cualquier vela.

Había perdido la noción del tiempo transcurrido dentro de esa cámara, su espíritu, encerrado junto a él, permanecía casi congelado esperando por el destino que le asignaran. Oscuridad y silencio, serían las peores condenas a las que fuera sometido por más de medio siglo de existencia. Aquella ausencia de plazas llenas de banderitas agitadas y altavoces que retumbaban una ciudad entera, iban desapareciendo en la medida que navegaba por un estrecho túnel con una lucecita al final, fin que nunca pudo alcanzar y moría remordido por la intriga.

Hoy, cada arruga se transformaba en un riachuelo disecado por sus caprichos, cada bache experimentado dentro de lo que fue una barba tupida, adquiría las dimensiones de represas reducidas a charcos por su ignorancia. Cada verruga era un monte borrado de la geografía y aves eliminadas por carencias de nidos. Cada barro siempre oculto por los maquillajes y descubierto por la muerte, era una voz silenciada, un alma que se pudría en un reducido espacio por no acatar su voluntad. Cada sombra de vena vacía, dibujada en aquella piel pálida e inhumana, correspondió a la sangre derramada por otros que siempre creyeron ser mortales. Cada centímetro de aquellas masas amorfas y flácidas, eran paredes de una ciudad que se derrumbaba sin glorias, sin pasado, sin héroes, sin historia, y sin futuro antes de su muerte.

La muerte le llegó lenta, dolorosa, silenciosa, oculta. Fue tema de pachangas, carnavales, burlas, chistes, jaranas. Ocurrió dentro de una galerna de especulaciones, ríos de chismes, intrigas, predicciones, oraciones de extremistas piadosos, sacrificios de animales, mensajes de consuelos, clamores, poesías, cantos. Expiró cuando nadie supo, cuando todos supusieron, cuando todos calcularon que debía morir, imaginaron, soñaron, desearon. Sucedió como muchos desearon, lentamente, agotadoramente, angustiosamente, como lo hizo cada balsero, dolorosamente, como cada internacionalista o cualquiera de los enfermos de su isla.

En esa agonía, que pudiera satisfacer todos los deseos de venganza, se borró la arrogancia de cada discurso cargado de odio, el desafío barato, el desprecio por la vida humana, allí, donde la vida tiene un fin y el protagonista cree firmemente en la inmortalidad. Su discurso se redujo a simples sonidos guturales semejantes a los emitidos por las fieras heridas, caía de manera ridícula el león de América. Lo hacía envuelto en ese manto sublime que no trascendió más allá de su ridículo cuerpo, sin glorias, sin méritos, sobrecargado de una tenebrosa historia que no pudieron ocultar. Murió esperando una invasión anunciada durante medio siglo, lo hizo soñando, descendiendo de un SAU 100, como en Girón. ¿Quién pudiera saber? Tal vez su auto no se perdió dentro de Santiago de Cuba y llegó hasta el Moncada, pero solo ahora, en ese camino lento y agotador por el túnel donde al final existe una luz.

¿Qué hacemos con él? Todos se preguntaron y nadie quiso responder, el miedo sobrevivió su muerte. Y pasaron los días, las especulaciones, el silencio, las predicciones. Mientras su despojos continuaba allí, como un secreto de estado, volaban las oraciones y morían animales a su paso. Nadie se atrevía a proponer un sitio donde enterrarlo, ocultarlo, borrarlo, omitirlo para la historia. Pero algo era real, el temor a no mostrar un hombre que siempre se creyó inmortal.

-¡Propongo al Turquino! Se escuchó al final de la sala.

-¡El Turquino, no! Allí tenemos una estatua de Martí y él no se encuentra a su altura. Protestó un joven asistente.

-¡Santa Efigenia! Propuso un mulato.

-¡Santa Efigenia, no! Allí tenemos a Martí y él no se encontraba a su altura.

-¡Vamos a meterlo en el Cacahual! Propuso un militar.

-¡Imposible! Allí tenemos a Maceo y él no se encontraba a su altura. Comentó un historiador.

-¡En la gran Piedra! ¿No estamos hablando de alturas?

-¡No! Allí tenemos un centro de meteorología y el viejo no sabe nada de eso.

-¿Por qué no lo meten en el panteón de las FAR? ¿No era el Comandante en Jefe?

-¡Sí! Con la diferencia de que es inmortal.

-Si es inmortal no podemos encerrarlo, además, se pueden robar sus huesos, no es la primera vez.

-Si es inmortal podemos meterlo en el memorial Granma. Reinó el silencio durante varios minutos.

-Eso significa que debemos conservar todo lo que existe allí.

-¿Y desean mayor homenaje? Lo embalsamamos como a cualquier momia, lo ponemos bien monono.

-¿Cómo a Lenin?

-Yo creo que podemos prepararlo un poco más atractivo.

-¿Y luego? No los comprendo.

-¿Luego? Cobramos la entrada al museo en dólares. ¿Se imaginan cuánto pueda aportar a la economía nacional? Reinó el silencio nuevamente.

-¡Los que están de acuerdo, que levanten la mano!

-¡Aprobado por votación unánime!

El bisturí se movió con maestría sobre el abdomen de aquel inmortal cadáver. Poco a poco, fueron extrayendo de su interior los órganos que comenzaban a apestar. Su espacio fue ocupado por ejemplares pasados de aquel órgano de prensa que fueran sumergidos en formol con anterioridad. Pudo leer una de aquellas páginas por simple curiosidad; “Ha sido absuelto por la historia”. No le llamó la atención y formó un pequeño bulto que fue introduciendo en el interior del tórax. En aquellos instantes y por caprichos de la mente humana, le vino a la memoria una iguana disecada por su hermano muchos años atrás, trató de ser cuidadoso para que no corrompiera.

-¿Qué deseas comer? Le preguntó una mujer a su niña.

-Quiero un Big Mac y una CocaCola. Respondió la muchacha.

-Bueno, no te demores, el museo cierra a las cinco de la tarde.

-¡Solo nos separan cincuenta metros!

En su urna, descansaba el hombre que pensó ser inmortal. Era víctima de los lentes de millares de turistas, no usaba su chaleco antibalas y su escolta había sido reducida a un grupito de hombres que cuidaban la entrada durante el día. Su inmortalidad se había reducido a la curiosidad de algunos turistas y los nacionales no se molestaban en visitarlo. Vivió equivocado, pensando que el Morro había sido construido esperando su llegada, y que la muralla se derribó para facilitarle su paso. El SAU 100 había sido sustituido por una balsa.

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