Cuba es un cuento, compay

El tiburón que no era sangriento

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Llegó con la misma facha de aquellos muchachos que terminaban su período de la escuela al campo. Solo necesitaba ser rociado con un poquito de polvo rojo para que diera la impresión de haber estado guataqueando malanga en San Nicolás de Bari. Se sentó en una de las butacas del bar muy feliz, ido del mundo que le rodeaba, y pidió una cerveza, teniendo la precaución de indagar por el precio. Al pasar junto a él, observé que tampoco usaba medias. Pudo ser el calor reinante en esos días, pudo ocurrir que tuviera un cesto de ropa sucia en cualquier rincón de su casa, pudo suceder que no se gastara dinero en comprarlas durante el verano y se acogiera a las costumbres de mucha gente por acá. Los cañones de su barba eran de dos o tres días y el brillo de su tez denunciaba la ausencia de jabón, cuando pasé al interior de la barra me dijo algo que no pude comprender. Pudo ser ese instinto de conservación natural en los seres humanos, lo que provocara esa rápida reacción de virar el rostro en dirección perpendicular al vaho nauseabundo que me penetró hasta el alma.

No ha sido muy frecuente sentirlo de cerca cuando se trata con los clientes, puede ser la altura de las butacas de la barra, la que provocara ese tú a tú entre rostros y las pocas posibilidades de escapar que ofrece esa situación. El giro no fue violento tampoco, algo discreto para no llamar la atención de los demás clientes, razón suficiente para quedar tendido en esa inesperada emboscada. Insatisfecho, repitió la pregunta, la misma puta pregunta correspondiente a un cuestionario muy familiar.

-¿De cuál parte de Cuba eres? Ya estaba preparado para ella y conocía perfectamente las que continuarían. No dejan otra opción como en algunos formularios que se llenan por Internet. En este caso, la respuesta es obligatoria.

-De La Habana. Respondí sin mucho interés y con el fino propósito de pasarle el balón al mesero de turno esa noche.

-¿De La Habana? Todo el mundo es de La Habana. Cada vez que le preguntas a un cubano, es de La Habana. Si le preguntas a un peruano, es de Lima. Si le preguntas a un mexicano, es del deefe. Se despachó atrincherado en su manto algo apestoso, todo salió como una ráfaga, era imparable.

-De La Habana, nacido en Maternidad Obrera, yo soy habanero, ¿de dónde eres tú?

-Yo soy de La Habana también. Lo miré fijo a los ojos y estuve a punto de sonarle una carcajada. Sentí deseos de decirle muchas cosas, repetirle la ráfaga, pero no deseaba establecer ese diálogo. Traté por todos los medios contar hasta cien y rogar por un poco de paciencia para no decirle que aquella jeta y voz, no abrigaban posibilidad alguna fueran de allá, los ariques que calzaba eran visibles también.

-En realidad soy de Vertientes, pero luego nos mudamos a Ceiba del Agua. Esas palabras se le escaparon con un poco de humildad, ¿sabes dónde queda Ceiba del Agua?

-Por supuesto, yo estudié cerca de allí durante mi infancia.

-¿En cuál escuela? Era otra pregunta fuera del cuestionario común y se la respondí para matar esa eterna curiosidad que poseemos los cubanos.

-En la que fuera el antiguo Instituto Cívico Militar.

-No tengo idea de cuál pudiera ser. Respondió algo que yo esperaba y solo quise ser un poco amable con él.

-Se encuentra en la carretera que va de Ceiba para Alquilar.

-¡No la conozco, no la conozco! Yo vivía cerca de la escuela de arte de Ceiba, la conociste?

-Pasé varias veces cerca de ella.

-Allí estudió música un tío mío. Fijó su vista en el mural que ocupa la pared que sirve de fondo a la barra y continuó. -¿Sabes quién es ese? Es Arturo Sandoval. Él iba con frecuencia hasta Ceiba a recibir clases de trompeta, su profesor era Tata Güines.

-¿Tata Güines? Entonces recibiría clases de percusión. Se quedó con la mirada fija en la foto del trompetista y la mente en blanco, pocos segundos después regresó nuevamente.

-¡Me equivoqué! El profesor de Sandoval era Chapotín. ¿Te acuerdas de Chapotín?

-Sí, claro, era trompetista.

-Pues, cuando Sandoval terminaba sus clases, le tocaba el turno a mi tío.

-¡Ahhhh! Tienes un tío trompetista.

-No, mi tío nunca llegó a graduarse, ya sabes, no era bueno para eso. Pero es normal, mucha gente estudia literatura y nunca logran llegar a ser escritores, solo sirven para criticar lo que hacen otros.

-Entonces, tu tío se convirtió en crítico de música.

-¡No! Nada de eso, mi tío se convirtió en delincuente, vaya, vivía del invento. Para eso sí que tenía tremendo talento.

-¡Ah! Ya entiendo, bueno, no es gran mérito ni defecto, allá todo el mundo vive así, inventando.

-Si supieras, un día la vieja me pidió que bajara una maleta que tenía mi tío encima del escaparate y qué te cuento. Se detuvo y bebió del pico de la botella.

-Tenía mucha ropa que luego revendía en el mercado negro. Terminé de fregar unos vasos y me dirigí hasta la caja para hacer unas facturas. El hombre se levantó de su asiento y se paró frente a mí, no le presté atención y continué con mi faena.

-La maleta estaba llena de billetes, nunca había visto tanta plata en mi vida, mi tío era un cabrón de la calle. Nunca hubiera sido nadie si se hubiera dedicado a la trompeta.

-Va y hubiera sido más famoso que Sandoval y en lugar de él, estuviera ocupando su lugar en ese afiche.

-¡Olvídalo! No tenía aire, fumaba mucho y bebía demasiado. No servía ni para la banda municipal, hizo bien en cambiar de profesión.

-¿De profesión?

-Sí, meterse a inventor. Lo dejé con la palabra en la boca y le dije que saldría a fumarme un cigarro. Se dirigió a la barra y la emprendió con el mesero, a mi espalda escuché cuando le preguntaba de cuál parte de Cuba era. Consumí unos diez minutos en el exterior y calculé que ya se había enfriado aquel fogoso cliente. La barra tiene forma de U y opté por sentarme en el lado opuesto a su posición con un periódico, traté de mostrar concentración en la lectura y permanecer ajeno a su conversación. Dos minutos después lo tenía a mi lado.

-¿Qué tiempo llevas fuera de Cuba? Yo estaba convencido de que esa pregunta llegaría, corresponde al cuestionario familiar. El vaho estaba dosificado con un poco de levadura y era al menos un poco más tolerable.

-Llevo quince años fuera de la isla. Le respondí levantando la vista del periódico y dirigiéndola al mesero, éste se rió burlonamente, sabía que le había quitado un peso de encima.

-¿Y has regresado a Cuba? Por supuesto que la esperaba y me veré obligado a omitirla en próximos trabajos.

-No, no he regresado, no pienso regresar y no me permiten hacerlo. Creo haberle ahorrado un poco de trabajo y satisfecho algo de su eterna curiosidad nacional. -¿Y cómo saliste del país? El mesero me hizo una seña, varios clientes se dirigían a la caja con el propósito de pagar.

-Discúlpame, pero tengo que cobrarle a esa gente. Me levanté y tras de mí, el hombre ocupó su antiguo puesto en la barra. Minutos después me despedía de aquellos clientes y fingí continuar trabajando en el mismo lugar. Cuando aquellos pasaron a su espalda, el hombre de la eterna curiosidad se levantó, pocos segundos y metros nos separaban.

-¿Y cómo saliste del país? Pensé que había olvidado la pregunta y no sería capaz de continuar el cuestionario.

-Salí en barco.

-¿Saliste en balsa igual que yo? Aquella pregunta despertó mi atención, me sorprendió.

-¿Llegaste en balsa hasta aquí? La pregunta se la realicé con ironía y esperaba cualquier respuesta. No me sorprendería después de haber conversado con un cubano que arribó a Montreal en bicicleta desde Miami con destino a Alaska.

-No, yo llegué en balsa a Miami, como no encontré trabajo por allá, tumbé pa’cá.

-Como no encontraste trabajo por allá, tumbaste pa’cá. Discúlpame, voy a fumarme otro cigarrito.

-Fumas mucho, eso es dañino para la salud.

-Sí, yo lo sé. Fumar hace daño, comer hace daño y templar te puede conducir a la muerte. Lo dejé y escuché a mi espalda cuando le pedía otra cerveza al mesero.

Luego de consumir unos quince minutos al exterior del restaurante y cuando había calculado que el personaje se había refrescado con su segunda cerveza, entré nuevamente y me dirigí hacia el lado opuesto al suyo en la barra. Abrí nuevamente el periódico y traté de ignorarlo, mientras él, continuaba haciéndole las mismas preguntas de rigor al mesero. Cuando lo consideró oportuno, botella en mano se sentó a mi lado.

-Así que saliste en balsa de Cuba. Me dijo tratando de enlazar un diálogo perdido.

-Sí, salí en una balsa que tenía más de cien metros de largo.

-¿Y llegaste con ella hasta aquí?

-No exactamente hasta aquí, las corrientes del río San Lorenzo no le permitirían navegar hasta Montreal. Por esa razón me quedé en St. John.

-¡Ahhhh! Te comprendo, lo mío fue diferente, ni te lo imaginas. Se detuvo para refrescar la garganta.

-No, de verdad que no me lo imagino.

-¡Muchacho! Yo me lancé por Santa Fe, quien te dice que al tercer día de estar navegando, el mal tiempo me regresa nuevamente para Cuba.

-¿Y cómo te diste cuenta?

-Porque yo soy un cabrón de la calle y reconocí los edificios de Alamar.

-Así que reconociste los edificios de Alamar. No dudé de sus palabras y supuse una distancia pequeña a la costa para poder identificarlos. Era aceptable, la monotonía arquitectónica de ese barrio era fácil de identificar aunque nunca se hubiera observado desde el mar. -¿Y qué hiciste entonces?

-¡Mira, muchacho! Remé, remé y remé sin parar para alejarme de la costa. Diciendo eso, realizó un extraño movimiento muy rápido con ambos brazos, mientras en el interior del bar el mesero se reía. Evité reírme en su rostro para no ofenderlo, pero, por la secuencia de sus movimientos lo veía desplazarse sobre el mar a la velocidad de una torpedera. No dudé estar en presencia de una versión muy criolla de Batman y razones me sobraban. Tres días a la deriva y consumiendo el mínimo de agua y alimentos, sometido a las inclemencias del sol y los embates del mar, y responder de esa manera tan positiva a la acción de ser devuelto a la tierra de donde escapaba, solo era posible realizarse por un ser dotado de cualidades sobrehumanas.

-Así que remaste y remaste sin parar hasta alejarte de la costa.

-Sí, me sorprendió la noche en ese intento, y solo así me detuve. Luego, me orientaba por las estrellas. Esas últimas palabras despertaron aún más mi curiosidad y razones sobraban. La astronomía náutica es una de las asignaturas más abstractas y difícil en la carrera de cualquier navegante. No imaginaba a este hombre tan peculiar mirando al cielo y buscando una forma de orientarse, observando a las estrellas como cualquier enamorado sentado en el muro del malecón. Pero en nuestro mundo, ese pequeño universo imaginario de nosotros los cubanos, todo es posible. ¿Y luego? Supongamos que supiera identificar a la pequeña estrella Polar. ¿De qué coño le serviría?

-¿Y qué tiempo te demoraste en llegar a La Florida?

-Cuatro días, cuatro días que no le deseo a nadie. Nunca repetiría esa experiencia.

Vuelve a cometer errores de cálculos o mejor dicho, no le había expresado que yo era navegante. Si fue devuelto a las costas de Alamar al tercer día de lanzarse al mar desde Santa Fe, y recaló a las costas de La Florida al cuarto día, nuestro personaje recorrió exitosamente el cruce del estrecho en solo un día, pero de algo estaba convencido, no lo contradeciría en todo su relato. Me tenía desesperado.

-¿Sabes una cosa? Discúlpame un instante, debo ir hasta la cocina. El extraño hombre regresó nuevamente a su antigua posición. Otros quince minutos después, regresé al salón por una puerta desde donde no le resultaba visible y me dirigí hasta la caja para realizar otra facturación. Una vez allí, quedaba a merced de sus ataques y el extravagante navegante no perdió tiempo.

-Así que llegaste en balsa hasta aquí, ¿qué tiempo te demoraste?

-Yo no te dije que vine en balsa.

-Entonces llegaste casado con alguna canadiense, eso es lo normal.

-Tampoco te dije que llegara casado, yo llegué en un barco y deserté.

-¿Y nunca has regresado? Porque yo voy con frecuencia a Cuba.

-Ese es tu problema, yo no puedo regresar.

-¡Qué raro! Yo lo hago sin problemas.

-Ese es tu problema y tu historia, todos no somos iguales.

-Entonces, conoces al mar perfectamente.

-¡Claro! Veinticuatro años gastados en esa vida no transcurren por gusto.

-¿Y viste muchos tiburones?

-Los suficientes para respetarlos.

-Si supieras, durante el trayecto fui atacado por uno de ellos.

-No te creo, ya veo que sobreviviste, ¿era muy grande?

-¡Muchacho! Vi pasar una cosa larga y negra, larguísima. De la misma longitud que un poste eléctrico, largísimo y negro. ¡Ya sabes! Después de tantos días a la deriva supuse que deliraba y lo confundí con un trozo de madera. Pero no, al final del recorrido de aquel poste eléctrico, descubrí que tenía una aleta dorsal. O sea, supuse que fuera un tiburón.

-¡Coño! Era largo, y suerte para ti que fuera inofensivo o que estuviera acabado de comer.

-¡Eso crees tú!

-¿Por qué dices eso?

-¡Ná! Parece que el tipo andaba ese día comiendo mierda y pasó a mi lado sin darse cuenta. Pero, ¿qué crees tú?

-Ni me imagino.

-Pues ná, el bicho viró pa’tras, se había quedado con las dudas.

-¿Y qué hizo entonces?

-¡Pa’qué te cuento! Tú sabes el tamaño que tiene la boca de un tiburón. Pues el tipo se situó a unos cinco metros de distancia y me enfiló, ¡vaya!, como si estuviera agarrando puntería.

-¿Y luego?

-¿Luego? Se lanzó contra mí a toda velocidad y yo me incliné pa’laderecha y pude esquivarlo.

-¡No jodas! Escapaste, y después se fue pal carajo.

-¡Nada de eso, mi amigo! El tipo regresó a la posición inicial y allí se mantuvo un tiempo que no puedo precisar si fueron segundos, minutos o años. Se lanzó nuevamente a toda velocidad y lo esquivé nuevamente inclinándome hacia la izquierda. En esos momentos imitó el esquivo movimiento y por poco se cae de la butaca del bar. Se recuperó y esperaba atento por mi reacción.

-Bueno, esta vez se recuperó y desistió de jamarte por considerarte una presa muy difícil.

-¡Eso crees tú! Pero aquel tiburón era caprichoso y tremendo hijoputa.

-¿Qué hizo entonces?

-¿Qué hizo? El muy cabrón no se daba por vencido y regresó otra vez a su posición frente a mí. ¡Eso sí! Quedaba demostrado que deseaba atacarme de frente.

-¿Entonces?

-¿Entonces? A cagarse Liberales del Perico. ¿Viste el tamaño de la boca de un tiburón? Estaba repleta de dientes y venía toda abierta en mi contra.

-Y la balsa en la que tú andabas, ¿de cuál material era?

-Era una cámara de tractor.

-Muy frágil, estabas a merced de aquel depredador, ¿qué sucedió después? Debo confesar que me sentí atraído por aquella extravagante historia.

-¿Después? Me cagué cuando vi frente a mí aquel ejército de afilados dientes en perfecta formación. El animal abrió al máximo su boca que en esos instantes confundí con una cueva y solo me salvó una cosa.

-¿Cuál?

-El instinto de conservación de todos los seres humanos. ¡Ni te imaginas! Agarré el remo y le di un golpe en la boca, que acompañado de un grito de terror, produjo un efecto positivo en el animal y desistió del intento.

-¿Cómo fue el grito?

-¡Ayyyyyyyyyyyyy! Le salió tan maricón que hasta yo, sin ser tiburón me asusté y varios de los clientes en el salón detuvieron sus acciones para dirigir su atención a lo que sucedía en la barra.

-¿No observaste si el tiburón tenía los labios pintados? ¡No sé! ¿No le observaste desviaciones sexuales? El hombre prefirió callar y le solicitó otra cerveza al mesero.

-¿Crees que puedas dejarnos en el bar de Fleury? Me preguntó una de las empleadas que trabajaba esa noche.

-No hay problemas, queda en mi recorrido.

-¡Ah! ¿Tendrás inconvenientes en llevar a mi amigo en el auto?

-No lo creo, hay suficiente capacidad. ¿Quién es tu amigo?

-El muchacho que está sentado en la barra.

-¡Mira! Yo lo llevo, pero con una sola condición.

-¿Cuál?

-Una muy fácil de cumplir, dile que no abra la boca en todo el recorrido, porque en cuanto lo haga, detengo el auto y tiene que bajarse.

-No te preocupes, yo voy a hablar con él.

-Y otra cosa.

-¿Qué cosa?

-Que no se le ocurra por nada de la vida mencionar a ese maricón tiburón.

-¡Ohhh! ¿También te hizo la historia del tiburón?

-Por favor, que no lo mencione.

-No te preocupes, ya hablaré con él.

A las doce de la noche abordamos el auto y el silencio era roto por la música de Willy Chirino. Bajé un poco el aire acondicionado, ya la temperatura comenzaba a descender, y aunque no era fría, el calor iba desapareciendo, así ocurre normalmente a finales de Agosto. Siempre velaba por la luz amarilla del semáforo que queda en la intersección de Amherst y Ontario, lo hacía para detenerme allí y tomar impulso cuando pusieran la luz verde en el siguiente semáforo de Sherbrooke y Amherst. Fue una costumbre adquirida durante los períodos de invierno, evitando la posibilidad de ser detenido a mitad de la loma con heladas o fuertes nevadas. Me dejé llevar por la costumbre y permanecí ese corto período de tiempo en Ontario, calle muy frecuentada por prostitutas a esas horas de la noche.

-Verdad que este país es maravilloso. Dijo el hombre de la balsa y por segundos nadie se atrevía a hacerle la segunda, solo su amiga se arriesgó.

-¿Por qué dices eso?

-¡Mira para esa esquina! ¿Quieres ver a gente más solidaria que la existente en Canadá? Mira la ternura con la que aquel señor lleva de la mano al viejito ciego para ayudarlo a cruzar la calle.

-¡Oiga compadre! No coma tanta mierda con la solidaridad ni un carajo, ¿no se da cuenta que es una pareja de homosexuales? Intervino uno de los pasajeros.

-¡Mira! Mejor dedícate al asunto de cazar tiburones. Recomendó otro de los pasajeros.

-¡No, no, no! Mejor que hable de maricones, ni un tiburón más por esta noche.

-Y yo que pensaba que se trataba de un ciego. El resto del recorrido lo realizamos escuchando música, ya era demasiado para un solo día de faenas.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2006-09-04

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