Cuba es un cuento, compay

La penitencia

Desde la sala me llega la voz llorona de Julio Iglesias, la imagino con un papelito secándose los mocos, siempre es así cuando es atacada por la nostalgia. Está disparándose la película “La vida sigue igual”, recuerdo la cola kilométrica que nos sonamos en el cine Alameda. Pero la vida no siguió igual ná, fue peor, mucho peor, aún quedaban cosas por destimbalar.

Ahora sí que sigue igualita!, queda poco por destruir, y el tipo ahí, llorando como siempre, va y canta bien, va y es envidia. Porque si de envidia hablamos hay para ripiar por mucho rato, en eso no hay quien nos quite el guán, que pa’eso somos cubanos. Los yates, las cobas, las mansiones, los premios, ¡ohhhhhh!, ¿cuántas cosas que no tenemos?, ¿si pudiéramos quitárselas? No solo eso, viraríamos la película pa’tras, lo sacaríamos del equipo de fútbol. ¡No! Lo dejamos en el equipo, pero en lugar de arrollarlo y joderle una pata solamente, damos marcha atrás y le pasamos las cuatro ruedas pa’que nos respete. Ni guitarrita, ni cancioncita, ni películita. Todo se hubiera ido al carajo y estaría como nosotros, ¿cómo estamos?

Estoy a punto de gritarle que baje el volumen del cabrón televisor, no me gustan esos papelazos. Porque no es la primera vez, hay que ver la cantidad de cajitas de pañuelitos que se gastan en esta casa. Hoy, porque es domingo y no tiene otra opción que la maldita película. Por suerte no han pasado ninguna de Alain Delón, ese era su favorito, al menos no cantaba con voz llorona, creo que la envidia me consume. Los días entre semana son terribles, yo escapo por estar trabajando, pero cuando regreso me doy cuenta por los papelitos que hay en el latón de la basura. ¡No digo yo! Si se revienta todas las novelas mexicanas, y el colmo, cuando llego de madrugada está grabando alguna de las que trasmiten por otro canal. ¡Ahhhhh! Pero conmigo no va esa, se la tumbo y me pongo a buscar lo que me plazca.

Me toco el costado derecho de la espalda, tengo un dolor intermitente que al menos se mantiene tolerable por los analgésicos que estoy consumiendo. Yo pensaba que me estaba llegando la hora definitiva y estuve a punto de escribir mi testamento, ¿otro más? El dolor es casi insoportable y de verdad, pensé estar a punto de partirme. Me agarró una “Culebrilla” y yo no lo sabía. Bueno, después de un poco de cuerda decidí ir al médico y fue el que me devolvió la esperanza de vida. ¡Ahhh! ¿Una culebrilla?, en Cuba la combatían con una cuchara de plata caliente, bueno, cuando quedaban cucharas de ese metal, porque después de la tienda del indio no dejaron ni para una cadenita. ¿La tienda del indio? No me haga caso doctor, estoy delirando. ¡Ni se le ocurra! La culebrilla es tao, tao, tao y tao. Cuando llegue a la casa busque información en Internet. ¡No jodas! ¿Y cómo buscarán información los curanderos de La Habana? Quise hacerle la pregunta, el doctor es un tipo simpático, es el haitiano más sociable que he conocido en Montreal, por eso se demora tanto la cola para verlo, todo el mundo le da trova y él no protesta

Tengo un problema muy grave a la hora de escribir y expresarme, tan grave, que ni viviendo desde hace dieciséis años en el exterior lo puedo superar. Aquí la gente se destiñe a los pocos meses, pero bueno, el churre que acumula el Nácar un buen jabón lo puede quitar. El asunto es con la lengua, hay una pila de chamas que a los pocos meses de andar por estas tierras se olvidan del español y cuando le preguntas si es cubano te responden güi con acento marrano, no quiero pensar como será en la yuma, seguro que yes. Presento esas dificultades en el restaurante, si me preguntan por batidos les contesto que los hay de mamey, guanábana, guayaba, piña y todo marcha bien. El lío viene cuando les anuncio que también hay de papaya y se me echan a reír a boca’e jarro, como si no les hablara en serio, yo sé lo que pasa, tengo cara de relajo. Lo mismo ocurre cuando me solicitan que les recomiende un plato cubano, ¡rabo encendido!, es delicioso, les digo yo y enseguida llega la risita maliciosa. ¡Ehhhh, ehhhh! Que no es lo que tú piensas, estamos hablando de ganado. amador

El asunto que me trae ahora es diferente, no quiero tumbar a Castro desde una computadora, es el grave problema que enfrento con el lenguaje. ¡Es que se me va, caballeros! Y no es por lo que dicen algunos, bueno, los marinos somos mal hablaos y tenemos nuestras razones. Como no hay jevas, como no vas en una guagua, bueno, no creo que sea un buen ejemplo a tomar, porque si la gente que me critica supiera cuantas malas palabras escuché mientras viajaba a bordo de ellas. No solo las que se decían dentro del ómnibus, las que gritaban en cada parada cuando el chofer no se detenía. ¡Vamos! Que para eso también tenemos el guán aunque no quieran aceptarlo. ¿Qué no es general? No lo es, por supuesto que no, digamos que un diez por ciento de la población habla bien. ¡Miren!, pongamos de ejemplo a la gente de la UNEAC, no los he escuchado pero escriben de lo más bien, ¡cómo utilizan palabras bonitas en sus escritos!, muchas veces no los comprendo y no se sabe a ciencia cierta que desean expresar. Su lectura resulta a veces trágica, eso yo lo ahorro con un coñito. Otros que hablan muy bien son los locutores del noticiero, esa gente no se sabe ni una sola malapalabra, solo hablan un idioma basado en cifras y planes. Un uno, eso es, solo un uno por ciento de la gente en el patio habla bien.

El lío se agrava con Juanita, ella es implacable conmigo cuando se me escapa algo. Ella participa en un foro de Internet donde se comporta como El Chacal de Sábado Gigante, todo el tiempo con la trompeta en la mano, cayéndonos a trompetazos. Juanita es amante de la buena literatura, la poesía, la música clásica y otras boberías. Boberías digo y no es con el propósito de ofenderla, ¡miren!, ¿saben cuál es uno de los temas que más le apasiona? Pongan en el foro un obituario para que vean cómo responde enseguida, porque eso sí, Juanita es majadera pero muy solidaria con el dolor ajeno. Si no quieren matar a nadie, posteen algún tema de cocina, no hay quien le agarre la delantera en las frituritas de malanga, y no les cuento de los merenguitos, el churro y hasta los buñuelos de yuca. ¡Si Chávez la agarra! Si Chávez la agarra dice que es una oligarca con toda su razón, Juanita hace mucho tiempo que no pertenece a este mundo de los desposeídos y explotados. Aunque bueno, corren tiempos en los que no se puede confiar en nadie, va y disfrutó mucho la trilogía sucia de Pedro Juan, porque en el fondo tú nunca sabes quien escribe en esos foros.

Yo espero que con los avances de la ciencia y la técnica en estos últimos años, se produzca un aparatito que pueda injertarse al cuerpo humano y, cada vez que se te escape una malapalabra se produzca un bip como hacen en el programa de Laura. Lo lamentaré por mí y todos mis pangas, andaremos por ahí bip, bip, bip, bip. Los primeros días tendremos muchas dificultades, pero ya habrá un cabrón que invente un código como el de Morse para mejorar la comunicación.

Bueno, yo le prometí a Juanita que haría penitencia para tratar de eliminar ese defecto que tengo. Ya saben ustedes, hay muchas maneras de hacer penitencia. Los católicos la hacen en la iglesia después de una confesión, yo no puedo hacerlo porque tendrían que dejarme detenido, serían millones de oraciones difíciles de cumplir. Yo recuerdo cuando era chama las penitencias que nos ponían en la escuela, teníamos que escribir cien oraciones que dijeran: No debo hablar en clases. Luego, la escasez de papel tuvo que eliminarlas, pero no imagino a los maestros de hoy poniendo esas penitencias, serían algo así: “Coño, no se da muela en clases”. Como quiera que sea, esas penitencias no se pueden aplicar por la razón que expliqué, no hay papel ni para limpiar aquello.

Para satisfacer las exigencias de Juanita, y por qué no, buscando superar mi vocabulario, siempre he tomado como modelo de castigo un viaje que tuve que realizar desde Puerto Padre hasta La Habana. Sufrí mucho más que Cristo cuando fue crucificado y no se me escapó ni un coñito, eso se lo hice saber a mi amiga.

Estimada Juanita...

Imploro piedad de vuestra merced para poder cumplir la penitencia que me he impuesto. No sabe los sacrificios que realizo en estos instantes para tratar de salvar mi alma.

Cuando peco y un ser tan culto como su excelencia es capaz de iluminarme, hago esfuerzos sobrehumanos por regresar a la cordura. Casi siempre trato de repetir un viaje tortuoso que realicé desde Puerto Padre hasta La Habana a bordo de una aspirina, ¿quiere peor castigo? El asiento era de plástico, pero sobresalía un tornillo que estaba justamente debajo de mis glúteos. En el piso y ubicado geométricamente en la bisectriz del ángulo de treinta grados formado entre mis dos zapatos (elegidos blancos para ese viaje, quizás por obra del demonio) Pues en ese lugar y por caprichos de la naturaleza, se hallaba practicada una circunferencia casi perfecta por donde observaba pasar a una velocidad vertiginosa una línea grisácea que, muy bien pudo corresponder a dibujos trazados por los granitos de asfalto de la carretera. La vista de aquel reducido panorama se obstruía de vez en vez por una densa niebla mortecina que sobrepasaba la altura de mis rodillas y en ocasiones era disfrutada por otros inocentes viajeros.

A la ventanilla le faltaba un cristal, pero gracias a Dios, ese día no ocurrieron aquellas fuertes turbonadas propias de los trópicos. Creo más bien haya sido un regalo del Señor para aliviar nuestras penas en el interior de aquella cámara de gas. Nunca pude valorar la capacidad del ser humano para resistir el dolor hasta ese día, porque aunque no lo crea, nos demoramos veinticinco horas para llegar a La Habana.

Nuestra primera parada se produjo en Morón, el chofer era una persona muy compasiva. No recuerdo el nombre del restaurante, pero lo imagino de aquellos que se encontraban solo al alcance de una clase privilegiada de la corte antes de que el proletariado llegara al poder, gracias a Dios por permitirnos disfrutar de aquellos lujos. La comida era muy sencilla, unos espaguetis que nadaban en un agua casi incolora, eran insípidos también. Solo existió una dificultad a la hora de comerlos, como no habían tenedores nos pusieron unas cucharitas de postre, eran de aluminio. No creo que vuestra merced haya experimentado una sensación de impotencia tan grande como la vivida por todos los miembros de aquella casual tripulación. Pero el grado de desesperación reflejado en el rostro de aquellos viajeros que me acompañaban en esa larga peregrinación, no les permitía detenerse a exigir exquisitez alguna. Allí compramos varias botellas de Yucayo que nos cayó como agua bendita, es un elixir divino que alivia muchos dolores humanos, nubla la vista, anula el olfato y ejerce una celestial influencia en los trabajos que realiza nuestra memoria, sus poderes analgésicos alivia cuanto dolor pueda atacar no solo al cuerpo, está demostrado que relaja el espíritu humano al punto de convertir la vida en un verdadero relajo. ¡Se goza estimada Juanita! Te olvidas de la sed, calor, hambre, asfixia, dolor, incomodidades, insomnio, ruidos del motor. Se borra todo lo negativo de nuestras mentes y hay espacio para el morbo que llevamos oculto los seres humanos…

El problema de Juanita es mucho más grave que mi lenguaje, ella es muy radical, extremista, dicen algunos que de dictadora la han acusado, sus órdenes deben cumplirse al pie de la letra y con prontitud. Ella no piensa que nosotros tenemos que trabajar y poco después de haberle prometido cumplir mi penitencia, Juanita volvió a la carga con otro de sus agresivos mensajes.

Estimada Juanita..

Por esta parte de la penitencia iba cuando comencé a leer su escrito. Como puede observar, durante todo ese trayecto no dije ni un solo coñito, no recuerdo haberlo expresado en todo el viaje y es por ello que lo tomo como penitencia cada vez que cometo un error. Pero si vuestra merced no me deja llegar al final del viaje, ¿qué ocurre?, me despierto en un lujoso autobús de la Greyhound y todo el esfuerzo realizado ha sido infructuoso. No se preocupe por mis hábitos y afición por el alcohol, creo haberme convertido en algo selectivo. He vuelto a apartarme del ron y regreso nuevamente al vodka, tal parece que el primero reactiva algunas neuronas agresivas que persisten en mi cerebro. El vodka no, es muy dócil y no puede trasladarme hacia viejos parajes de mi turbia juventud. Creo que debo continuar el viaje para que valore el sacrificio al que me he expuesto con la finalidad de satisfacer sus cultas demandas.

Bueno, luego de la partida de aquel restaurante que solo recuerdo rodeado de frondosas Arecas, yo llevaba diez botellas de aquella bebida que antes le mencioné. Las compré previendo situaciones futuras o por simple reflejo condicionado existente en nosotros. Acaparar había dejado de considerarse el delito que vuestra merced conoció en los años donde se produjo su partida, sin que nos diéramos cuenta, se convirtió en una virtud, profesión, habilidad, maestría, cualidad y hasta en un mérito admirado y compartido por muchos de los que pertenecíamos a la plebe. El acaparamiento trajo consigo otras costumbres que vuestra merced desconoce y agregó a nuestro organismo un miembro que hoy cuelgan con orgullo la mayoría de nuestros paisanos. Le ruego encarecidamente no vaya a interpretarme mal, una simple jabita no puede ser motivo para exacerbar su cólera.

Creo que no le he contado las razones de mi presencia en aquella carroza, resulta que fui desenrolado de un buque en Puerto Padre, ya recordará que es el punto de partida de la aventura que le narro. Pues bien, no existía medio de transporte alguno para regresar a la capital, y como vuestra merced debe suponer, yo no deseaba quedarme abandonado en aquellas tierras de donde todo el mundo deseaba escapar. Alguien me alumbró, tuvo que ser un enviado de Dios que siempre llega con el mensaje oportuno para salvar nuestras almas y en mi caso el cuerpo. Me dijo que había una guagua perteneciente a la Empresa de Obras Marítimas, la cual partiría a la mañana siguiente rumbo a La Habana en un viaje de rutina que se realizaba mensualmente para relevar a sus trabajadores. Conociendo cómo funcionan las cosas dentro de aquel feudo, me trasladé inmediatamente hasta el albergue de aquellos trabajadores vestido de oficial y solicité la presencia del responsable. Este es un truco que nunca falla, me refiero a la solemnidad que brinda un uniforme capaz de disfrazar nuestras inmoralidades, siempre ha resultado mucho más majestuoso, y créame, despierta la admiración de millones de incrédulos. Apartados del vulgo que nos rodeaba, fui muy escueto y preciso a la hora de tratar con aquel hombre curtido por el sol y salitre del mar.

-¡Asere! ¿Cuánto es el tumbe para ir en la guagua hasta La Habana? Le dije y el hombre me recorrió de pies a cabeza con su mirada. Trataba de buscar un solo signo que me delatara como chiva para negarse. Aquella observación produjo unos dos minutos de silencio que yo no me atreví a romper, solo esperaba la respuesta.

-¿Eres de La Poma? Fue muy parco y directo en su pregunta, la realizó sin pestañear, sin apartar sus ojos de los míos.

-¡Claro, consorte! No me atreví a extenderme en mi respuesta, hay palabras que se usan innecesariamente y pueden provocar problemas. ¿Se imagina vuestra merced si hubiera utilizado las palabritas lindas que usan la gente de la UNEAC y el noticiero? Todavía estuviera en aquel aburrido pueblo comiendo de lo que pica el pollo.

-¿De qué barrio? Insistió el gallo sin apartar la vista.

-De Alamar. Le respondí sin ocultar en algo el desespero por su aprobación.

-Escapaste por ser de mi barrio, yo soy de la Siberia.

-Yo vengo de la zona 5, ¡asere, estoy embarcao aquí!

-No te preocupes, cincuenta varos y te dejo en el barrio. Metí con disimulo la mano en el bolsillo de la camisa y extraje tres billetes de veinte cuidadosamente.

-¡Quédate con el vuelto! ¿A qué hora es la salida?

-¡Dame tu nombre para agregarlo en la lista! Tienes que estar aquí a las siete y media, la guagua sale a las ocho.

Llegué con mi maleta y una mochila cuando una extraña muchedumbre rodeaba la aspirina con el logo de la mencionada empresa. Todos trataban desesperadamente abordarla, pero la puerta de la guagua se encontraba bloqueada por un fornido negro que la emprendía a empujones contra aquellos que lo intentaban. No quisiera extenderme en aquel pasaje tan desagradable, muchas mujeres imploraban por esa posibilidad alegando viajes al médico. Otras, sostenían a sus hijos en alto para conmover al responsable, quien con rostro de acero iba mencionando nombres de una hoja sostenida en una tablilla que poseía cien años. Estuve a punto de cederle mi puesto a cualquiera de aquellas mujeres, pero algo nos enseñó la vida en aquella tierra si se desea sobrevivir, no se puede tener sentimientos y debes avanzar aunque tengas que aplastar a mucha gente en tu camino. Cuando escuché mi nombre me abrí paso entre aquella gente enardecida e impotente, no fue fácil si se tiene en cuenta la existencia de mi maleta y la incómoda mochila. Por fin pudimos despegarnos de aquella maldita tierra, eran las nueve de la mañana.

Ahora subió mi nieto con Paco y la película de Julito no acaba de finalizar, mi nieto revuelve toda la atmósfera del apartamento con sus juguetes. Siempre le pido un beso cuando llega y otro a la partida, pero entre ambos se forma tremenda jodedera. Espero me sepas disculpar si notas que salto algún capítulo. Paco es el más pequeño de la familia, llegó hace solamente unos nueve meses, dicen que nació en Matanzas y fue traído a estas tierras por un contrabandista, es otro afortunado que escapó de aquel infierno. Como llegó tan pequeñito solo se alimentaba de leche, sus gustos se han ido desviando en la medida que crece, aunque creo que ya alcanzó su mayor estatura y comienza a comportarse como un adulto. Eso me imagino porque cuando viene alguna visita se le agarra de cualquiera de las dos piernas y comienza a realizar unos movimientos espasmódicos que no puedo narrarte con palabras finas, he observado su inclinación por la pierna derecha. Tiene las mismas costumbres de los que nacen en el patio, es muy escandaloso y de comportamiento algo agresivo, muy diferente a los que nacieron del lado de acá. A Paquito, como le decimos cariñosamente, le han comprado una pila de alimentos extraños y el doctor recomiendan que se le mantenga esa dieta, pero él no entiende de bolitas como las que defecan las chivas y cuando nos sentamos en la mesa su comportamiento no es el habitual de estas tierras. Está en una edad donde todo lo que se encuentra a su paso constituye un juguete, los otros días descubrí que había destrozado la lengüeta de uno de mis zapatos. No ha elegido un lugar fijo para realizar sus necesidades y las broncas son diarias. Paquito no deja de ser un Chihuahua muy simpático, muy afortunado y aficionado al jamón prosciutto, ahora anda ladrándole a mi nieto por la sala, ambos se entienden.

Bueno, unos kilómetros después de dejar aquel restaurante, comenzó a caer la noche y el silencio se mantenía en toda la aspirina. Aún formando parte de una extraña tripulación, existía el miedo latente a ser abandonados en cualquier pueblo. Se hacían paradas esporádicas para desembarcar a cualquiera de los viajeros que cumplían su travesía, embarcaban otros mediante el pago impuesto por el jefe de la guagua, muchas súplicas no fueron escuchadas y no recuerdo en qué punto se nos informó que teníamos como próximo destino la ciudad de Cienfuegos donde abordarían otros tripulantes de las dragas y areneras que laboraban en aquel puerto. Se escucharon manifestaciones de resignación, yo no dije nada. Mi reacción fue buscar dentro del equipaje una de aquellas botellas de Yucayo que había guardado con sumo cuidado en la mochila, otra parte de ellas viajaban tranquilamente en la maleta. Dándole unos golpecitos por el fondo logre descorcharla, te manifiesto que esta operación solo ha sido posible en nuestra isla. Es muy probable las envasaran brindando esa facilidad al consumidor por la escasez de abridores, no recuerdo los años que no se ofrecían en el mercado. Son artículos insignificantes que cobran vida e importancia en un momento determinado, solo hace falta que lo necesites y no aparezca para que veas lo que es reprimir una malapalabra.

Me di un buche y pasé la botella al pasajero que se encontraba a mi lado, nosotros somos así, enigmáticos y a veces incomprensibles. No te ayudamos a comprar una medicina, pero somos capaces de pagarte toda la cuenta de una gran borrachera en un bar. El tipo se empinó la botella sin lavarle el pico, eso sería una muestra de desagradecimiento y poca confianza.

Trató de devolvérmela, pero una mulata que se encontraba del otro lado del pasillo la estuvo mirando con el rabillo del ojo y le dije que la invitara. Los que se encontraban medio dormidos se despertaron, no hay nada comparable al olfato que tenemos los del patio para el alcohol, ella me lo agradeció con una sonrisa pícara mientras desde otros asientos reclamaban porque pasaran la botella. No tuve otra alternativa que abrir otra, ninguno de los presentes realizó compra de ron en aquel extravagante restaurante, creo que solo existía una sola razón, la gente andaba tan desplumada como el gallo de Morón. Pude observar como aquella botella fue a parar a las manos del chofer, de éste a la del jefe de la guagua que iba sentado en el asientico que se encuentra al lado derecho del motor, del jefe al chofer, y así se mantuvo rebotando como una pelotica de ping pong. No me quedó más remedio que lanzar la segunda botella al ruedo conciente de que no regresaría, pero ésta tomó un rumbo diferente, se fue hasta la parte trasera de la guagua, tampoco regresó y abrí la tercera. Esta vez saqué un vasito plástico que cargaba de emergencia en la mochila y lo llené hasta la mitad antes de soltarla por aquellos pasillos. El cambio en el ambiente fue notable y la alegría se impuso como por arte de magia, esos son los poderes maravillosos que tiene el alcohol, devuelve la felicidad en solo segundos. Bueno, al menos actúa de esa manera en la isla, solo basta un trago para estar contento y olvidarse de todos los problemas que te rodean. Puede que esos efectos sean algo acelerados en nuestro caso por la falta de fonda, es lamentable que vuestra merced no los haya experimentado, puedo asegurarle que son un vacilón. Después de la quinta botella las voces sobrepasaban el ruido del motor y todos nos dirigíamos chistes como si nos conociéramos desde la infancia, ¿no es maravilloso?

Alguien fue hasta el asiento del jefe y pocos minutos después la guagua reducía su velocidad hasta detenerse junto a la cuneta. -¡Cinco minutos pa’mear! Dijo el jefe con tono jocoso y todos aplaudieron. Sin complejo alguno los pasajeros fueron bajando de la carroza, algunos se trasteaban los botones de la portañuela en la misma escalerilla, solo unos diez bajamos y vaciamos nuestras vejigas sin ningún tipo de complejos. Las mujeres se apartaron unos tres metros de los hombres, siempre hacia la parte trasera, pero desde nuestras posiciones podíamos escuchar ese ruido peculiar que produce su órgano femenino a la hora de orinar. Como reinaba la oscuridad nadie vio nada, nadie se enteró de nada, nadie se sintió vergüenza, todo parece indicar que existe una sublime complicidad entre el alcohol y la oscuridad. Antes de embarcar, uno de los pasajeros que viajaba en el último asiento me detuvo por el codo, yo no le pregunté si se había lavado las manos, vi tan natural aquella acción.

-¡Oye! El medio tiempo que viaja a mi lado está puesto pa’tu carabela. La gente lo pronuncia así, sin pensar que se refieren a una embarcación, pero todos sabemos que hacen mención de nuestro esqueleto. Estas habilidades en la interpretación de las palabras son las que tal vez no posea vuestra merced y está muy bien justificada, hace mucho tiempo que escapó de allá, yo espero que Paquito sea afectado de la misma manera y deje de ladrar tanto.

-¿Cuál de ellas? Le pregunté enseguida y él no pudo captar mi expresión felina.

- La mulatita de la blusa roja. Me contestó el socio, el panga de los años, el asere de mis barrios que sacrificaba tal vez su insaciable apetito, porque como debe desconocer vuestra merced, esa es otra hambre que nunca se quita.

-¿Quieres cambiar de asiento?

-¡No hay tema! Arranca pa’lla y dale al directo, ya la mesa está servida. Pasé por mi asiento y recogí mi mochila y el vasito plástico. La mochila la coloqué sobre el puesto del socio y el vasito lo puse en las manos de ella, sin que mediaran palabras se lo llevó a los labios, tal vez interpretó que fue una invitación. Regresé nuevamente hasta mi antigua posición y acerqué la maleta hasta el final de la guagua, todavía el alcohol no había borrado aquellos viejos síntomas de precaución que siempre me acompañó en mis viajes interprovinciales. Destapé otra botella y llené totalmente el vaso, luego emprendió su habitual recorrido hasta las manos del chofer y allí se detenía. Abrí la otra y no la roté, mucha gente trataba de acomodar sus cabezas sobre los cristales de la ventanilla utilizando cualquier cosa, desde toallas hasta revistas, la gente se dormía mientras nos desplazábamos por las ocho vías. Cuando todos durmieron comenzó otra parte del episodio que no deseo narrarte para evitar herir tu susceptibilidad, solo puedo asegurarte que fue maravilloso. ¡Ya sé, ya sé! Me vas a acusar de promiscuo, infiel, inmoral y vulgar sin haberle contado nada. ¡Ya ves! Has dado rienda suelta a vuestra imaginación y se destapó el morbo que todos llevamos oculto como un virus que ha permanecido dormido. ¿Puedo hacerle una pregunta a vuestra majestad? ¡Sí! Cuando pasan imágenes eróticas que se acercan mucho al porno en cualquier película, ¿vuestra merced cambia de canal?, responda con sinceridad.

Llegamos a Cienfuegos amaneciendo y embarcaron varios tripulantes nuevos, la gente continuó tranquila, silenciosa, como navegando dentro de sus propios problemas. Se perdió la magia que solo ofrece el alcohol cuando deseamos escapar de una implacable trampa y despertamos bajo los efectos de una molesta resaca, el malestar y las esperanzas que ofrece la vida misma. Durante el trayecto, aquel jefe le negó la posibilidad de viajar a varias personas que no alcanzaron a pagar la cuota exigida. Cuando nos desplazábamos por vía Blanca y el semáforo de Guanabacoa, le recordó a sus tripulantes algo sobre una reunión que tendrían el próximo jueves en el regional del partido.

Estoy convencido de que la mayor parte de aquella gente conoció la existencia de La Avellaneda, Plácido, Miguel de Carrión, Víctor Hugo, Dostoyevsky, Martí, Defoe, y tantos autores como los que son de su dominio, pero desgraciadamente son seres que renunciaron a morir como La niña de Guatemala. Allí, nadie muere de amor y la mayoría habla mal, puede que sea una manera de rebelarse y hacer quedar mal a todos aquellos que pretenden tapar el sol con un dedo y desean que seamos el ombligo del mundo cuando todo es falso. Por esas razones vuestra merced, es que la gente de allá no distingue de carabelas cuando se refieren al esqueleto y papaya deja de ser una fruta.

Por fin se acabó la dichosa película de Julio y no saben cuánto me alegro. ¿no tiene voz llorona? Y lo peor, dicen que el hijo es cantante, lo que es el varo, vamos a ver que rayos pone ahora. Sonó el timbre de la puerta, por las voces puedo identificar a Cristina y al flaco, son viejas amistades. Voy a tener que despedirme de vuestra merced, como puede observar, no se me ha escapado ni un coñito. Me detengo solo un minuto antes de concluir, ya siento que andan preguntando por mí, voy hasta la sala y regreso. ¿Qué le parece? Sobre la mesita hay como diez papelitos llenos de mocos, ella nota que los observo y se apura en recogerlos. Paquito se aferró a la pierna derecha de Cristina y hacía unos movimientos extraños, tuve que agarrar un periódico y sonarlo por el culo. Dígame usted, si esto es ahora que no ha cumplido el año, dentro de poco vamos a tener que andar de culo pa’la pared. La dejo, voy a estar muy ocupado.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2007-10-16

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