Cuba es un cuento, compay

Los “bad boys” de la marina mercante cubana 1

Me veo sentado a mitad de la longitud de aquel teatro, era pequeño, quizás unas quince filas de diez o doce asientos, no muchos, ¿quién pudiera saberlo ahora?, han pasado tantos años. Me veo, sentado con una camisita blanca de nylon, me la hizo una costurera de la playa Santa Fé. Hizo seis con un paracaídas que le llevamos, dos para Noyo, otras para Ángel Sardiñaz y las últimas para mí. Estaban de moda las camisas con aquella tela en esos tiempos, te obligaban a conservar una camiseta en buen estado, solo una, todo un lujo. Aquel paracaídas lo rescatamos en una práctica de tiro antiaéreo, cayó en un monte de uva caleta y lo escondimos. Estaba sentado con un pantalón de muselina china, lo había comprado por la libreta en el año 64 junto a otro pantalón de gabardina del mismo país. Nos tocaban dos en el año 64, uno de vestir y el otro “adicional”, no puedo asegurarles que esa palabra significara mierda, imagino que sí. Era una tela flácida que solo conservaba los filos unos pocos minutos, luego, cuando te sentabas, adquiría todo un batallón de arrugas en las articulaciones de las piernas. Lo peor no era eso, la variedad de colores era muy limitada y podías encontrar a diez cubanos vistiendo la misma ropa en una cuadra concurrida. Tampoco esa desgracia era el límite de nuestras pesadillas, ya dije que lo había comprado en el 64 por la libreta. Lo normal sería que cuando te entregaran la libreta nueva, lo hicieran con los cupones de esos artículos adquiridos en blanco. No fue así, cada año anotaban aquel pantalón comprado, corrió el 65, 66 y no conformes, lo acuñaron también en el 67. ¿Cuál es la vida útil de un pantalón? ¿Quién pudiera saberlo? Para nosotros es muy larga, demasiado.

Me veo sentado en uno de aquellos duros asientos, algo nervioso, siempre lo estamos cuando desconocemos cuál es el paso siguiente y todo se convierte en misterio. Me miro los pies y calzo un par de mocasines que cuido y adoro como cualquier madre hiciera con un hijo, son los únicos que me sirven para un “plante”. Los que dejé en casa, los del diario, son unas boticas de trabajo transformadas. No llegaron a tener puntera de estilete como estaban de moda, no hubo peletero artesanal capaz de domar aquel duro cuero. Todos las remataban en una puntera cuadradita, eran del mismo color y se cerraban con dos correítas y hebillas. Eran iguales, no existía margen a la imaginación, las remataban con tacón Hollywood, así lo llamábamos nosotros. Algo más tarde y cuando esa moda cedía a las plataformas, los vi en vidrieras españolas anunciados como “tacones cubanos”.

Me miro desde aquí, cuarenta y tres años después, reviso debajo de mi pantalón y encuentro un calzoncillo “matapasiones”, eran confeccionados con tela de sábanas. Las mujeres no tenían blúmers y agotaron la producción de calzoncillos “atléticos”. Ellas dejaban un blúmers con vergüenza para las consultas médicas, te pedían que apagaras las luces cuando las llevabas a una posada. Muchas veces, esos calzoncillos comprados en el mercado popular tenían botones negros. Poco importaba, la luz apagada nos ayudaba también. No eran muy blancos, apenas se encontraba cloro en el mercado, y después, esa manía de estarse viniendo entre sueños, le pasa a muchos jóvenes. Las manchas de la leche tenían mucho más fijador que del dejado por las goticas de orine que siempre se resisten a salir del caño. Las medias me las había tejido Mary con hilo de coser, era una verdadera artista, las hacía con cuadritos negros y amarillos. El color tampoco era importante, todo pegaba con todo de acuerdo a las necesidades. Bueno, algunas chamacas podían decirte que estabas “fajado”, eso significaba que andabas vestido con colores que no armonizaban.

El teatro se llenó y por el pelado pude deducir que todos veníamos del mismo lado, éramos desmovilizados del “Primer Llamado del Servicio Militar Obligatorio”. La mayoría tendría los diecinueve años teniendo en cuenta que se entraba al ejército con dieciséis de acuerdo a la ley vigente, yo solo podía alardear de mis diecisiete añitos.

No existía tradición marinera en mi familia, nadie me habló del mar alguna vez, no hacía falta, mi infancia transcurrió envenenándome con su salitre frente al malecón, exactamente detrás de la estatua de Maceo. Luego, en la medida que fui creciendo, iba dejando las huellas de mis nalgas en cada pedazo de arrecife de su litoral. Cada pedazo de piedra quedó marcada como un cuño en mi trasero, erizos pincharon mis pies, medusas se ensañaron con cada poro de mi piel y el sol, ese despiadado amigo, se encargó de convertir en cuero mi pellejo. Sabía a la hora que pasaba el pargo o la rabirrubia, conocía la picada del caballerote o el ronco, descueraba un cochino o sobaco como se desenrolla un rollo de papel sanitario. No pescaba en noches de luna y cuando nadie picaba, poco me importaba lanzar los cordeles al costado de una mojonera. El pez venía a comer mierda y yo me lo comía a él con la mierda incluida. El mar, ¿quién de mi familia podía hablarme de él o ella? Solo Faustico se encontraba prestando servicios en la marina de guerra, todos sus primos le llamábamos “Farky”, no sé por qué, más de veinte años después navegamos juntos en el buque “Frank País”. Él como Jefe de Máquinas y yo como Primer Oficial, ¿quién lo hubiera podido predecir cuando andábamos corriendo por la finca “Flores”, los “Jardines de la Cotorra” o simplemente cualquiera de aquellas calles de Guanabacoa. Él tampoco tuvo tiempo para hablarme del mar, todos estábamos muy ocupados en llevar a realidad nuestros sueños. Yo estaba allí, sentado, algo nervioso en aquel teatro.

Estoy convencido de que esta serie no será del agrado de mucha gente, no los culpo, no es mía esa intensión tampoco. Muchos de esos seres que mencionaré hizo época y daño a su paso por esta tierra. Luego pudieron haber cambiado, no lo dudo, solo me remito a ese tiempo y créanme, ya lo dije con anterioridad, no les guardo un milímetro de rencor. Como he manifestado con anterioridad, si deseamos escribir la historia del tiempo que nos tocó vivir, no podemos ocultar el paso de estos personajes que en su tiempo escribieron esa historia con algo de dolor para sus semejantes.

Hubo mucha bulla durante el largo tiempo de espera, era normal entre cubanos y más grave entre jóvenes que apenas acabábamos de conocernos. ¿Dónde pasaste el servicio? Fue la pregunta más común entre todos aquellos muchachos. ¿Dónde te tocó cortar caña para desmovilizarte? Fue la siguiente, luego, salía el nombre de algún sargento o teniente muy famoso por su crueldad. ¡Ya somos libres! Exclamó alguno de ellos, estaba equivocado.

Reinó el silencio de pronto, no fue necesario solicitarlo. Un tipo relativamente alto, perfil griego y correctamente uniformado de gris subió al escenario. Era de ojos verdes o azules, no resultaba fácil distinguirlo desde mi distancia. Su pelo se encontraba cortado al estilo alemán o militar, corto y rebelde, muy grueso. Su cabeza desnuda mostraba la imagen de un cepillo de limpiar zapatos o la de un puerco espín con todos sus pelos parados. Sobre sus hombros descansaban dos charreteras que muy bien pudimos confundir con las de un general o almirante. Dos rayas doradas veía desde lejos, tampoco pude adivinar la figurita existente entre las rayas y el botón. El tipo se paró frente a nosotros con un manojo de hojitas en sus manos, pudimos suponer que se trataba de las boletas entregadas por los representantes del Ministerio del Trabajo para presentarnos en aquella empresa. El silencio fue total y fácilmente podía escucharse el aleteo de una que otra mosca. Su vista recorrió todo el teatro y sus ojos se fijaron en cada uno de nosotros. Esperaba algo o a alguien, permaneció en su postura de estatua durante unos minutos que tomaron la extensión de un siglo.

Subió otro gordo medio calvo, los sobacos de su camisa estaban marcados por ese sudor de color ámbar transpirado por algunos seres humanos. Los veía en las guaguas y los evitaba, no deseaba que se me pegara la peste a grajo. Nunca llegué a comprender aquel contagio, ¿por dónde entraba?, ¿por la nariz?, ¿por contacto directo? ¡Tremenda peste a grajo me pegaron en una ruta 10! Te la podían pegar en la 2 y también en la 4.

La imagen del gordo contrastaba con la de aquel caucásico parado frente a nosotros, nada elegante. Chambón como la mayoría de la gente gruesa, casi siempre con la camisa por fuera del pantalón para ocultar en lo posible su estado de embarazo. Su pantalón tenía la misma edad del mío, conocía perfectamente aquel lote que sirvió para vestir a todo un pueblo, era de muselina china también. Los zapatos eran de cordones y mostraban sin pudor varios arañazos en las punteras. El gordo no miraba por donde caminaba o era demasiado torpe en sus movimientos. Se colocó al lado del hombre uniformado y con un cruce de miradas, como utilizando un lenguaje cifrado, el uniformado se dirigió a todos nosotros sin dejar de recorrer toda la extensión de aquel teatro.

-¡Así que ustedes quieren pertenecer a la marina mercante cubana! Fue la introducción a un discurso que duraría tanto como los de Castro. -¿Saben qué es un barco? La respuesta fue nuestro silencio, ninguno de nosotros lo sabía, solo los habíamos visto en películas. ¿No hay nadie desmovilizado de la marina de guerra? Me pregunté y no encontré respuesta. ¿Seremos todos artilleros? –¡Un barco es como una palangana que el mar utiliza y mueve a su antojo! Continuó con su disertación sin dejar de observarnos a los ojos esta vez, todos permanecimos en silencio. ¿Han visto olas de quince metros de altura? ¿Se imaginan encontrarse en una de esas palanganas dando bandazos de cincuenta grados? No se vive en ese tiempo y se teme mucho por nuestra suerte, todos sentimos mucho miedo. ¡Ahhhhh! No se come durante todo el tiempo que dure la galerna, ¿se imaginan diez días sin probar un bocado de alimento caliente?, ¿insisten en pertenecer a la marina mercante? No probarán la vagina de una mujer en meses, muchos meses, tendrán que botarse pajas como el peor de los enfermos sexuales. Pero bueno, ustedes dicen que desean ser marineros. Dio una breve pausa para comprobar si sus palabras habían causado efecto entre los presentes.

-¡Permiso! Dijo uno de los presentes después de levantar su mano. -¡Solicito se me entregue la boleta. Después de aquella decisión fueron varios los que se dirigieron hasta la base del escenario y dieron su nombre. El uniformado buscaba dentro del bultico de papeles y les devolvía la boletica, el teatro comenzó a vaciarse. ¿Cuántos de los presentes no saben nadar? Nadie levantó la mano e interpretó aquella pregunta como una trampa. -¡Así que todos saben hacerlo! Más les conviene, muchas veces no existen chalecos salvavidas en nuestros barcos por culpa del bloqueo americano. El que no sepa nadar está muy jodido. Ni se imaginan a las olas rompiendo en los ventanales del puente, es para orinarse de miedo. ¿Los botes?, ¿De qué sirven en medio de una galerna? Es que aunque el mar se encuentre tranquilo, muchas veces los pescantes, ¿saben qué es un pescante?, bueno, esos brazos de donde ellos cuelgan, casi nunca funcionan.

-¡Permiso! Hubo uno que levantó la mano desde el fondo del teatro y el uniformado se detuvo. –Quiero que me entregue la boleta, mi nombre es Roberto Pérez Aguilar. Dijo el muchacho mientras se dirigía por el pasillo hasta el escenario con la palma de su mano extendida. Varios jóvenes más lo siguieron y los que insistíamos en nuestra aventura contábamos con la vista la cantidad de asientos vacíos.

-¿Han pasado frío? Ninguno de ustedes ha experimentado lo que se sufre con treinta grados bajo cero. Se te congela la nariz, orejas, los dedos de las manos, se pierden hasta los huevos. Poco importa la ropa de frío que te ofrece la empresa, no se los mando a decir con nadie, es de pésima calidad. ¡Ahhhhh! ¿Y cuando alguien se muere? ¿Saben que se hace con el cadáver? ¡Olviden lo que vieron en las películas! El muerto es metido en la gambuza del buque. ¡ Apuesto a que esa palabra les resulta rara! La gambuza es donde se almacenan los alimentos de la tripulación. ¿Se imaginan ustedes? Porque entre los que insisten en pertenecer a la marina tienen que ocupar la plaza de cocineros. ¿Han pensado que el mayordomo los mande a buscar los alimentos a la nevera? Allí estará el tripulante muerto, sentado o acostado. Ustedes tendrán que moverlo para sacar la carne o pescado de la comida.

-¡Permiso, compañero! ¿Puede entregarme la boleta? Otra hilera de muchachos lo siguió y solo quedamos unos treinta en aquel teatro. El uniformado intercambió unas palabras con el gordo y se apartó del centro del escenario.

-¡Compañeros! Al parecer, ustedes están totalmente convencidos de que formarán parte de las tripulaciones de nuestra honrosa marina mercante cubana. Sepan que a partir de estos momentos, sus vidas le pertenecen a nuestra “revolución” y tendrán la obligación de cumplir cada una de las honrosas misiones que ella nos encomiende. Tendrán que visitar países en estado de guerras donde las bombas caerán a pocos metros de sus buques y nunca, sépanlo muy bien, nunca se ha escuchado la palabra rendición entre nuestros hombres de mar. El discurso del gordo con las huellas de sudor color ámbar debajo de los sobacos de la camisa, se extendió más allá de una hora. Tiempo durante el cual se levantaron algunas manos para reclamar el dichoso papelito, al final restamos un poco más de la veintena.

El trabajo de destrucción de sueños había sido muy efectivo, más de cien jóvenes abandonaron aquel pequeño teatro impresionados por los relatos, mitad mentira y otra mitad ciertos. Ilusiones, ambiciones, anhelos, aspiraciones y todo aquella fantasía y magia que pasa por la mente de un joven, fueron aniquilados en las voces de “Sablón”, aquel caucásico de perfil griego. Este individuo se dedicó durante años posteriores a trabajos burocráticos en la Empresa de Navegación Mambisa. Era solamente “sobrecargo” de nuestra flota. El gordo rancio que lo relevó en el teatro, nunca aportó nada útil a nuestra sociedad. La última vez que lo vi, se desempeñaba como uno de los secretarios del partido de marina mercante con sede en el mismo edificio donde radicaban los Prácticos de La Habana. Su nombre es Sujo, habían transcurrido más de veinte años desde su discurso en el teatro y nuestro último encuentro. Toda su vida había sido parasitaria y estoy convencido, muchos de aquellos muchachos engañados por ellos, le hubieran aportado riquezas a nuestra sociedad. Es muy probable que uno u otro hayan cambiado en el transcurso de sus vidas y la traición sufrida a sus ideales. Sin embargo, inicio esta serie con ellos por considerar que el daño producido es irreparable. Aquel teatro se llenó en tres o cuatro ocasiones, solo sobrevivimos un poco más de cien, pero allí no terminó nuestra historia, recién comenzaba. Me veo, pocos días más tarde, cobrando la suma de $50.00 pesos cubanos en el Departamento de Capacitación. Me veo, pocos días después, montando en la cama de un camión con destino a Catalina de Güines. Había finalizado mi participación en la zafra azucarera del año 67 y me devolvían nuevamente a la agricultura, yo no soy guajiro, pienso y aguanto.

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