Cuba es un cuento, compay

Plat

Nada que ver con el autor de aquella famosa Enmienda, menos aún con el fabricante de aquellos magníficos equipos electrónicos de navegación. Su apellido original tuvo que ser escrito alguna vez con dos t, pero ya saben cómo somos los cubanos a la hora de complicar o resolver las cosas. Nuestras aficiones por los apócopes y esa extraña visión que tenemos del mundo que nos rodea es indiscutible, todo es pequeño para nosotros y nos referimos a ellos con diminutivos, como si hubiéramos nacidos en el mundo gigante de Gulliver.

Imagino las discusiones formadas ante el notario público por parte de sus abuelos o bisabuelos, ¿pa’qué vamos a inscribirlo con dos t?, ¡eso es un derroche, se gasta mucha tinta!, ¡es que suena cómo si fuera extranjero! ¡CON UNA T, SEÑOR NOTARIO! Ordenó el abuelo o bisabuelo ante la mirada iracunda de todos los testigos, y así fue.

No recuerdo cuántos años navegó de agregado, y eso que contaba el privilegio de tener a su lado a uno de los telegrafistas más escopetas de la flota. Porque mientras no se diga lo contrario, el negro Garbey era considerado así por los que vivían el mundo de los puntos y rayas y hablaba mejor en código Morse que en español. Tampoco había logrado ese puesto de decano entre todos los agregados de la flota por desinterés, Plat era un muchacho que dedicaba una gran parte del día a practicar con la llave en la mano. Yo disfrutaba pasar por el cuarto de telegrafía y verlo fajado con la llavecita, se concentraba tanto en su tarea que no se daba cuenta de nuestra presencia. Titititá, titititá, tatí, tatí, tatí, se escuchaba a todo volumen dentro de aquel cuarto, pero no transmitía hacia ningún lado, los transmisores se encontraban desconectados.

En la misma medida que operaba aquella llave vertical, muy lenta y en desuso, porque Garbey se había comprado una en Tokio que solo operaba a golpes de tacto con el pulgar y el dedo mayor. Plat repetía cada toque a la llave con el talón del pie derecho, el toque de una raya era más sonado que el punto, eso se cae de la mata, por ello, cuando se encontraba practicando podían escucharse las protestas del maquinista cuyo camarote estaba en la cubierta inferior. No solo repetía aquellas letras con el talón, cuando lo observabas con detenimiento, te dabas cuenta de todos los movimientos que realizaba con la llave, encontraban eco en su pronunciada bemba, porque Plat era bien bembón. No quiero decir con esto que fuera negro, yo he conocido a blancos bien bembones también. Plat era un mulato que tiraba a jabao, su pasa era suave y desenredada, bien alto, ojos color miel. Huellas de una criminal acnés juvenil se conservaban en su rostro aún grasiento y provocaban con frecuencia el nacimiento de alguna molesta espinilla que siempre se apretaba y daban origen a granitos purulentos. La gente decía que era por las pajas, porque hasta donde lo conocimos, Plat no se había empatado con nadie, coño, ni en los peores puertos cubanos donde casi todas las chamacas estaban desesperadas por emigrar a La Habana. ¡Nada! Se iba en blanco en cualquier lugar y la gente no lo quería invitar a salir porque las jevitas protestaban. No bailaba y tenía muchos problemas con la dicción, arrastraba la erre hasta asesinarla, mucho peor cuando se tomaba tres tragos. Pero lo más jodido no era eso, Plat no tenía labia, no sabía cómo entrarle a una jeva, lucharla, era un pasmao. ¡Ahhh, sí! La gente lo invitaba cuando querían que pasmara los varos, como era soltero y no tenía gaticos ni perritos, siempre tenía dinero clavado. Casi siempre ocurría cuando el barco llevaba muchos días en el mismo puerto y la gente se quedaba en carne. A pesar de esos defectos que sumados a unas extremidades exageradamente largas, que le daban el aspecto de un enorme grillo o jirafa, Plat era un muchacho muy noble y sociable que nunca coleccionó enemigos.

No recuerdo cuántos años se pasó de agregado, pero fueron varios, no me cabe la menor duda. Uno de aquellos viajes, Garbey decide tomar vacaciones y no encontró relevo que ocupara su puesto. Tuvo que ser por las fechas de fin de año o durante las vacaciones de verano, eran las preferidas por los marinos entonces. Ante la imposibilidad de quedarse en tierra, Garbey le hizo una excelente evaluación técnica a Plat y lo propuso para ocupar su cargo, ¡qué clase de jodienda nos buscamos! Creo que pasamos más de una semana sin comunicaciones con La Habana y eso es imperdonable por parte de la tripulación. No hay nada que alivie más ese estado de soledad que la llegada de un telegrama, poco importa lo que diga, el caso es que llegue. Cuando la gente se pasaba más de una semana sin recibir nada caían en profundas depresiones, esto lo comprendo ahora que la depresión está de moda, en aquellos tiempos era mariconería. Pues la gente se encerraba en sus camarotes y no deseaba hablar con nadie, comenzaban a multiplicar y aparecían los chismes conocidos, porque aunque no lo crean, el mar convierte a cualquier barco en una especie de solar. Pero no eran solamente los problemas con los telegramas particulares, los partes meteorológicos se convirtieron en una verdadera tragedia. Aparecían galernas donde existía calma chicha, niebla donde la visibilidad era de treinta millas, lluvia donde nevaba, calor donde te congelabas, verdaderos disparates en los que nadie confiaba en el puente.

¿Dime cómo carajo puedo mandarte la niña para Japón? Decía uno de los telegramas que recibió Orlando y no por gusto se sintió sorprendido, su hijita tenía solo tres años de nacida, fue a preguntarle a Plat y éste no supo darle una explicación. Cuando regresamos a Cuba Orlando trajo el telegrama recibido por su mujer y lo leyó en el comedor de oficiales, decía algo así: “Mándame la niña, voy para Japón”, cuando en realidad le había solicitado la talla de los zapatos de su hija. Las cosas se complicaron un poco más después de la salida de Tokio, quién les dice que Plat, considerándose un telegrafista profesional, se compró una nueva llave, como la que tenía su profesor Garbey. ¡Imagínense ustedes! Si con la antigua y lenta llave tenía tantas dificultades para transmitir, con esa nueva, que eran prácticamente unas ametralladoras de puntos y rayas, nos complicó mucho más la vida.

¡Uuyyy! Que clase de bateo cuando íbamos cruzando el paralelo 38 con dirección a Corea del Norte. ¡Ay, mijitos! Aquello fue para cagarse, y no es para menos. Imagínense a un pequeño destructor que se acerque a menos de cien metros de distancia por la banda de estribor, esa separación es pequeña entre dos buques. Bueno, se sintieron las sirenas de aquel buque ordenando posición uno a sus tripulantes. Para qué les cuento, una pila de marineros corriendo por todas las cubiertas, cañones y ametralladoras que se desenfundaban, no sé de dónde carajo salieron unas rampas con varios cohetes, y de pronto, todo el mundo apuntando hacia nosotros. Debo confesarles que yo me cagué con razón, estábamos en zona de guerra. El Capitán mandó a llamar a Plat cuando comenzaron a hacernos señales con el blinker o lámpara Aldis. Yo saqué inmediatamente la nuestra y la conecté a la toma de baterías que se encontraba en el alerón, la puse en manos de Plat y él me dirigió una mirada cargada de angustia, lo comprendí.

-¿Qué dice, Plat? Le preguntó el Capitán.

-No lo veo. Respondió él con nerviosismo, yo le entregué uno de los binoculares del puente y dirigió la vista hacia el buque de guerra, ellos no cesaban de hacer señales.

-¿Qué dice Plat? Insistió el Capitán mientras yo le cantaba la distancia al otro barco.

-¡Seis cables… cinco cables!

-¿Qué dice Plat? Volvió a preguntar el Capitán y en ese instante me detuve en el cuerpo de Plat, su talón derecho marcaba puntos y rayas sobre la base del repetidor de giro, su bemba transmitía aquellos movimientos conocidos del titititá y otras cosas más. Pero Plat no atinaba a dar una respuesta.

-¡Cuatro cables al barco de guerra! Grité desde el radar tratando de aliviarle la situación a Plat.

-¿Qué cojones dice, Plat? Volvió a preguntar el Capitán sin poder ocultar su nerviosismo, fueron momentos donde el pánico cundió sobre todos nosotros.

-¡Un cable al otro barco! Volví a gritar desde mi puesto en el radar, y entonces, recuperé un poco de ecuanimidad. Plat no tiene la culpa, no es lo mismo interpretar el código Morse cuando lo recibes por señales sonoras a recibirlo por señales lumínicas. El pobre jabao no estaba acostumbrado a ellas, pero yo las dominaba, siempre las practiqué en mis guardias y cuando pasaba por el estrecho de Bósforo y Dardanelos, nunca llamé al telegrafista para establecer las comunicaciones reglamentarias que allí se producían. Tomé los binoculares y dirigí la vista hacia el puente del buque de guerra.

-¡Stop engine! Eso es lo que están diciendo Capitán. ¿Qué les respondo?

-¿Tú sabes andar con eso? Preguntó algo asombrado.

-¡Claro! ¿Dime que les digo?

-Diles que estamos vacíos, que vamos en navegación inocente para cargar en Corea del Norte, diles…

-¡Pérate, pérate! Tampoco así, déjame disparar lo primero. Le quité la lámpara a Plat y les lancé punto y raya, punto y raya. Ellos me respondieron con una raya aceptando la comunicación. We are cuban, the ship is empty. We are going to load general cargo in North Corea.

-Capitán, alguien que arríe y suba la bandera de popa. Le sugerí y me comprendió.

-¡Contramaestre, arría y sube la bandera! Por suerte el buque tenía la superestructura a popa y minuto y medio después se les enviaba el saludo. El buque coreano respondió bajando y subiendo la suya. Se escuchó las sirenas con las señales, al parecer, indicando a su tripulación abandono de zafarrancho. Desde el buque emitieron una señal con la lámpara Aldis. Good Trip. Thanks, les contesté y procedí a desconectar la lámpara para guardarla en su caja.

-¡Coño! ¿Cómo no me habías dicho que sabías trabajar con esto? Me dijo el Capitán mientras Plat aprovechaba para retirarse sin ser advertido.

-Pero es que esto no es una cosa del telegrafista, es algo que nos corresponde dominar a todos los Pilotos, hasta usted. El hombre prefirió no contestarme, el buque de guerra realizaba un giro de ciento ochenta grados y regresaba por el rumbo inverso al mantenido junto a nosotros, ellos no podían cruzar el paralelo 38.

Puede que alguien, sobre todo mis detractores, puedan calificar este pasaje como exceso de protagonismo, pero les adelanto que están en un error si pretenden interpretarlo así. El dominio de las señales por luces y banderas se encontraba comprendido en el programa de estudio y aplicación por parte de todos los navegantes cubanos. Desafortunadamente, me encontré con muy pocos oficiales de nuestra flota que lo dominaran.

Plat continuó navegando y no nos cruzamos más en otros buques, estos hechos sucedieron a bordo del “Jiguaní” ocupando yo la plaza de Tercer Oficial. Las dificultades con los telegramas continuaron hasta nuestro regreso a la isla, pero la gente perdonaba a Plat. Era un buen muchacho que solo pecaba por su falta de habilidades, pero fue muy querido entre nosotros. No recuerdo exactamente si su relevo fue Carlos Marín, un magnífico telegrafista que hoy radica en Miami.

Como quiera que sea, disfruto mucho cuando escribo sobre las vidas de todos aquellos que compartieron parte de las suyas en esa dura y sacrificada vida de los hombres de mar. Pocos años después, nuestra flota fue invadida por marineros de pacotilla sin amor a una de las profesiones más nobles del mundo, donde el cobarde se convierte en valiente para poder desafiar los caprichos del mar. Se perdió mucho de aquella magia y esos sentimientos de solidaridad humana que siempre ha existido entre los hombres de mar, es como si nos dejaran una mota negra. Para todos ellos, viajan sin embargo todo mi cariño y la promesa de que no los dejaré abandonados en el ostracismo. Los telegrafistas fueron condenados doblemente a la desaparición de nuestro paisaje, la pérdida de nuestra flota fue una de ellas. Pero luego, los avances de la técnica y la ciencia con la aparición del satélite, los redujo definitivamente a piezas de museos junto al código Morse.

Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2007-12-29

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