Cuba es un cuento, compay

La misión de los condenados

Caminando un día por La Habana leo una gran valla que decía:”Para la Revolución lo mas importante es el hombre”, me reía mientras un perro vagabundo y sarnoso me observaba con cierto asombro, él no entendía nada, yo tampoco. Con sus dientes y uñas trataba de calmar un poco su mal sin dejar de mirarme, el mejor amigo del hombre era una calamidad en cuatro patas, el hombre se había olvidado de él. ¡Que pena! Pensé en ese momento observando al animal, él no dejaba de mirarme fijo a los ojos, yo dejé de reirme.

Han pasado muchos años de aquella guerra y hasta el momento nadie se ha atrevido a mencionar esto que hoy les traigo, unos por miedo, otros por cobardes, algunos porque han creído ciegamente en lo que hicieron, muchos no lo podrán hacer porque ya están muertos. Varios deben haber caído en esa guerra, otros se marcharon por viejos, otros resolvieron sus problemas con una balsa. Lo cierto es que aun no saben que antes de partir para aquella misión, todos estaban condenados a muerte.

Fue a finales del año 1975, comenzaron a llegar citaciones del Comité Militar de cada Municipio por todas las cuadras y barrios de Cuba. El pueblo cubano conocería a partir de ese momento el amargo sabor que tiene una guerra, conflicto que no habíamos provocado y nos quedaba bien lejos. Guerra que dividía aun más a nuestra gente, familias en Miami, en Cuba y ahora un cementerio en África, luego estaríamos regados por el mundo entero.

Muchos aceptaron sin saber lo que hacían, atraídos tal vez por la aventura de conocer un suelo nuevo después de tanto encierro. Otros por que no tenían otra alternativa, estaban comprometidos hasta los tuétanos con el gobierno, auto, casa, oficina, puesto de dirección de nivel bajo que ofrecía muchos privilegios. No se podía decir no, se perdía todo aquello. Muy pocos dieron ese paso por conciencia o convicción de que lo hacían por Internacionalistas, por revolucionarios y quién sabe si por comunistas. Cualquiera que haya sido el motivo, bien poco vale la vida.

El BARCO.

La Motonave “Renato Guitart”
País de construcción… Alemania.
Fecha de construcción…1961.
Eslora (largo)…156 metros (aprox)
Manga (ancho)…22 metros.
Velocidad…12 nudos.
Espacio destinado a la carga…7 bodegas.
Sistema de izaje…Una mano de puntales por bodegas de 5 tn c/u.
“ “ Una machina con capacidad de izaje de 35 Toneladas.
Botes salvavidas…2 con capacidad para 35 personas.
Equipo de telegrafía…Un viejo transmisor Telefunken de 500 watts de salida.
Máquina Principal…Una Man de 5600 caballos de fuerza, de ahí su reducida velocidad.
Equipos de Navegación…Radar Decca de anillos fijos de 60 millas de alcance, sextantes, ecosonda, radiogoniómetro, Giro compás C Plath.
Capacidad de agua potable…360 toneladas métricas, sin destiladora a bordo.

SU TRIPULACIÓN.-

Capitán………………Pedro J. Ferreiro Casas.
Primer Oficial………..Wilfredo Pineda Pelayo.
Segundo Oficial……..Esteban Casañas Lostal.
Tercer Oficial………..Jorge Marcos Joan (alias cebolla) fallecido.
Agregado de Cubierta.Vinent.
Telegrafista………….Malleza.
Sobrecargo………….Argüelles (tío del General Raúl Díaz Argüelles) fallecido.
Enfermero……………Manuel Castañeda. En el exilio (alias El Cabronazo)
Jefe de Máquinas….. Manuel Tapia Dorticós. Fallecido.
2do. Maquinista…….
3er. Maquinista……..Iván Freire. Fallecido en un naufragio.
4to. Maquinista……..
4to. Maquinista……..
Ayudante de Maq….. Chicho.
1er. Electricista…….
2do. Electricista…… Marañón.
Tornero…………….. Sixto.
Engrasador…………Castillo.
Engrasador…………Justo
Engrasador…………Madrigal.
Engrasador…………Duncan Duncan
Marinero de Maq…..Guevara
Contramaestre……. Bonachea.
Pañolero……………
Timonel……………Francisquito..En el exilio.
Timonel……………Douglas Maceda.
Timonel……………Fermín
Marineros…………El Cabo. Fallecido
Marinero…………..Rivaflecha.
Marinero…………..
Marinero…………..
Marinero…………..
Marinero…………..
Mayordomo………. García. Fallecido.
1er.Cocinero…….. Expósito (Secretario del Partido)
2do.Cocinero……. Trucutú.
Camarero……….. Pedrito.
Camarero………..Pedro (Walky-Talky)
Camarotero……..
Camarotero……..

Es muy difícil recordar el nombre de cada tripulante después que han pasado tantos años, de ellos, solo recuerdo en algunos casos sus apodos. Es imposible acordarme porque parte de la tripulación fue relevada antes de partir por los órganos de la Seguridad del Estado. Cualquiera de ellos puede ser utilizado para desmentir esta real historia, no me asombraría que lo hicieran, solo sentiré pena y lástima por los que se presten para eso. Los comprenderé porque viví bajo ese régimen y si hoy les cuento esto, es porque soy un hombre libre y lo puedo hacer, ellos no.

PREMISAS.-

Salimos un día cualquiera del mes de Diciembre de 1975 cargados de vigas de acero para el puerto de Manatí en la provincia de Oriente. Yo iba ocupando la plaza de Primer Oficial de manera provisional, el verdadero se quedaba en La Habana disfrutando de unos días de descanso y luego nos alcanzaría por tierra. Después de franquear la punta del Morro de La Habana y ordenarse poner al buque a son de mar, me retiré a dormir, entraría de guardia nuevamente a las cuatro de la mañana. Recuerdo que ya habíamos puesto un rumbo paralelo a la costa en dirección Este, teníamos por norma alejarnos unas cinco millas antes de hacer este giro.

A los pocos minutos de estar navegando la máquina se paró, aquello no me interesó, era lógico que el oficial de guardia asumiera toda la responsabilidad y llamara al Capitán inmediatamente, yo debía descansar.

Cuando me tocó el turno de guardia, el barco se encontraba al garete frente a la costa de La Habana del Este y a unas seis millas del faro del Morro. Cebolla me informa que la máquina principal se había fundido y que en horas de la mañana seríamos remolcados para conducirnos al dique, aquello significaba una larga estancia en La Habana.

Así fue, los días pasaban volando y nosotros no nos dábamos cuenta, nos sorprendió el fin de año en Cuba y para nosotros era un acontecimiento muy grande porque siempre lo pasábamos lejos de la familia. Un día, creo que fue el 5 de Enero, tomaron militarmente el barco y no pudimos salir más de él. Yo solo tenía una muda de ropa de trabajo y la que vestía en ese momento, no pude llamar a la familia para que me trajeran algo más y se comenzó a cerrar la máquina principal con urgencia, debo imaginar que la reparación había concluido para proceder de esta manera. Lo cierto es que solo nos informaron que salíamos de “misión”, solo eso. Nosotros éramos una pieza cualquiera de ese barco y propiedad del Estado, nadie nos preguntó si estaríamos de acuerdo a participar en esa aventura, nadie preguntó si teníamos algún problema que nos impidiera partir, nadie indagó si estábamos de acuerdo en jugarnos la vida en algo que realmente no nos importaba. Así marchaba la isla, éramos carneros que podían utilizar a su antojo los gobernantes, en este caso el dueño y señor de todos nosotros.

Sabíamos que aquella “misión” era para Angola, no teníamos la menor duda porque todos los barcos estaban siendo desviados en esa dirección. Decir que no iríamos era algo más que imposible, todos los tripulantes que presentaron problemas en esa oportunidad, fueron separados de la flota y expulsados de la empresa como rajados. Nadie quería perder el empleo o el privilegio según ellos de salir de Cuba y de verdad que era un privilegio, aquello se convertía cada vez más en una prisión gigante.

LOS PREPARATIVOS.-

Llegamos al puerto de Cárdenas de madrugada, pude ver un espectáculo nuevo a la entrada al puerto. Habían varios barcos fondeados, la mayoría de bandera rusa y todos con las antenas de sus radares funcionando, algunos pesqueros también, imagino sería una especie de cortina para despistar, porque en la entrada de Cárdenas nunca hubo esa acumulación de naves, entramos sin dificultad y nos estaban esperando. El muelle estaba tomado militarmente y después de terminada la maniobra de atraque sin los protocolos de rigor, embarcaron los que suponíamos eran los jefes para coordinar toda la operación. Eran cientos de soldados los que se movían en aquel pequeño puerto, cada cual tenía su función y sus movimientos eran parecidos a las que llevan las hormigas, todas cargaban algo y partían generalmente de la misma dirección, debió haber sido del puesto de mando o del estado mayor. Pronto el barco se vio invadido por varias brigadas de carpinteros que trabajaban de manera organizada dentro de las bodegas donde irían las tropas. Se dedicaban a fijar unas con otras las literas donde dormirían los soldados, eran embarcadas por decenas hasta formar cientos, hasta que me cansé de contarlas. En las otras bodegas se comenzó el cargamento de las armas y municiones, esta labor era realizada por estibadores de experiencia del puerto, pude distinguir algunos conocidos entre ellos. Me manifestaron que desde que habían sido movilizados no podían salir del puerto para absolutamente nada y eso que ellos solo vivían a unas cuadras de las instalaciones portuarias.

Siendo aproximadamente las diez de la mañana, el Capitán me solicitó que fuera a su camarote y una vez allí me presentó a un Mayor del ejército. Él me asesoraría en todo lo concerniente a las garantías de la “misión” relacionadas con mi cargo. Cada oficial del buque seríamos atendidos por uno del ejército, quienes tenían pasavante del Ministerio de las Fuerzas Armadas para revolver la isla si fuera necesario con tal de garantizar el objetivo perseguido. Le entregué un listado de todo lo que me hacía falta, esa lista incluía los mapas o cartas náuticas para la recalada a Luanda y todos los puertos angolanos.

El Capitán me mandó a preparar tres derrotas (trayectorias) posibles para llegar hasta Angola, una donde doblábamos por la Punta de Maisí para tomar el mar Caribe, atravesar las Antillas Menores y luego en el Atlántico navegar hasta Angola por círculo máximo. En la otra, navegaríamos hasta el Paso de La Mona entre Puerto Rico y Dominicana, llegaríamos al mar Caribe, atravesaríamos las Antillas Menores y luego el mismo procedimiento hasta Angola. Por último, la navegación por el norte de Puerto Rico hasta ganar el Atlántico y poner rumbo a nuestro destino.

Calculé el tiempo de navegación por cada derrota planificada y le informé al Capitán la demora máxima hasta Angola por la travesía más larga, eran de 22 días manteniendo nuestra velocidad promedio de 12 nudos. Estando en estas operaciones en el puente, Cebolla llegaba de vez en cuando para conversar conmigo, éramos muy buenos amigos desde la escuela de Oficiales. Era un hombre fuerte que se aproximaba a la obesidad, uno de los tipos más jodedores que he conocido en mi vida, igual era su difunto padre.

En unas de esas oportunidades en que estaba preparando esas derrotas para Angola, el Capitán me llamó por teléfono al puente y me pidió que fuera a su camarote porque alguien deseaba tener una entrevista conmigo.

-Dígame, Capitán.

-Mira, te presento al Mayor Alberto.

-Mucho gusto, compañero. Le dije al mulato alto que esperaba por mí.

-Mucho gusto, Casañas, vengo de parte del Capitán Palma y necesito hablar contigo en privado.

-Bueno, lleguemos a mi camarote, está a unos pasos de aquí.

-Está bien, Capitán, muchas gracias por su atención. Dijo el mulato mientras nos disponíamos a salir de aquel camarote.

-Por nada, Alberto. Contestó aquel, cuando ya estábamos prácticamente afuera. La puerta contigua al salón del Capitán era la de mi camarote, una vez dentro, el tipo comienza su perorata interminable.

-Creo que no te quede dudas de quién es el Capitán Palma.

-Por supuesto que no, él es mi jefe.

-Bueno, tengo varias orientaciones que darte y que son muy importantes.

-Tú dirás.

-La primera es que irás de jefe de dos clavistas militares que embarcarán dentro de unos minutos. Uno es Capitán del ejército y el otro es Primer Teniente, ambos son miembros del Departamento de Cifras del Ministerio del Interior.

-¿Y por qué tengo que ser el jefe de ellos?

-Porque serás el encargado de llevar y traer las claves militares y civiles que llevarás a bordo.

-¿No son suficiente mis claves?

-Negativo, las tuyas serán para las comunicaciones entre barco-empresa, no necesitarás usarlas durante la trayectoria. Una vez concluida la misión, sellarás las militares y debes responder por ellas hasta que llegues de regreso.

-¿Hay claves diferentes a las de Alto Cifrado?

-Si, hay una para ser utilizada durante el momento de la recalada, dentro de unos minutos te daré instrucciones sobre su uso.

-¿Entonces serán tres las claves que me llevaré conmigo?

-Exacto, ahora, necesito saber qué posibilidades tienes de acomodar a los otros oficiales cerca de ti.

-Ninguna, todos los camarotes han sido ocupados por la plana mayor de las tropas que vamos a recibir.

-Pues no quedará más remedio de que viajen en tu camarote.

-¿En mi camarote, dónde?

-Pues uno en ese sofá y el primer teniente en el piso.

-¿En el piso hasta Angola?

-Hasta donde sea, ellos van para la guerra, no salen a divertirse.

-Si es así para mí no es ningún inconveniente, pero debes advertirles que mi cama no se la cedo a nadie porque yo hago guardias en el puente, y además, aclárales muy bien quién es el jefe en esta jugada.

-No te preocupes por eso, vamos a ver la clave que no dominas para la recalada.

Diciendo esto sacó de su portafolio unos sobres que puso encima de la mesa de mi sala y comenzó la rápida clase sobre el uso de la misma. Era algo estúpido que solo me imagino iría en contra de la lógica. La secreta clave que sería utilizada para la recalada del buque a Luanda, era la misma que se usa en los juegos infantiles de Combate, navales o terrestres basados en un sistema de coordenadas paralelas. Sinceramente, cuando vi algo tan imbécil en el que se pondría en juego la vida de más de mil personas, me quedé frío. Así es la guerra, pensé para mí, ¿cómo pudieran imaginarse los grandes estrategas del pentágono que un país, utilizaría un juego infantil en una guerra? Después de aquella miniclase sobre el uso de una clave que conocía desde que era un infante, el moreno bajó en busca de los que serían mis compañeros de viaje. Ambos llegaron con sus mochilas, cascos y fusiles automáticos como únicos equipajes, el Mayor les leyó las reglas del juego claramente sin faltar puntos ni comas. Les especificó que yo era civil, pero era el jefe de la misión que ellos emprendían desde ese momento y que a bordo del barco solo se encontraban subordinados a mí. Ellos aceptaron con la disciplina característica de todo militar y para sellar aquella unión nos dimos la mano. El Capitán sabía que su lugar para dormir era mi sofá y el Primer Teniente estaba conciente de que le correspondía el suelo. Cuando todo hubo concluido, el Mayor me entregó las claves delante de ellos, salió con el Teniente a gestionar una colchoneta mientras nos despedíamos y yo le decía al Capitán que para nada debía dejar el camarote solo y abierto.

Salí por la cubierta del barco en busca de Cebolla y lo puse al tanto de los últimos acontecimientos, él sabía que yo era el “Clavista” del buque, era la única persona que tenía conocimiento de esto además del Capitán. Le pregunté si había sido asistido por algún oficial del ejército para el cargo que él desempeñaba y me dijo que hasta el momento nadie lo había visitado. Me extrañó mucho porque el Tercer Oficial es el responsable de los equipos de salvamento de un barco y los botes solo tenían capacidad para un reducido número de personas, los chalecos salvavidas estaban localizados en cada camarote y en algunos lugares específicos del barco para el personal que estaba de guardia, pero no teníamos para 1200 soldados que embarcarían ese día.

Los preparativos para recibir a las tropas solo tomaron dos días, se embarcó comida desde la cubierta del Magistral que está encima del puente de mando hasta la cubierta principal. Eran cuatro pisos llenos de viandas, frutas y vegetales que no cabían en la gambuza del barco. Recibimos una rastra cargada con cajas de cerveza, yo creo que pasaban de mil cajas. Un camión cargado con cajas de ron Havana Club, serían más de trescientas cajas de doce botellas cada una. Como estas se almacenarían en un cuarto cerca de mi camarote, organicé un cordón humano y en el área de mi puerta estarían amigos míos que esconderían sus cajas y las mías. Los oficiales militares que se encontraban en mi camarote estaban advertidos de esto, al final de la operación en mi cabina había más de diez cajas que luego la gente retiró poco a poco. Yo me quedé con dos cajas, creo que eran suficientes para ese viaje. Los limones no me faltarían tampoco porque estos se encontraban estibados en la cubierta de botes, próximo a la salida de mi camarote.

El día de la llegada de los soldados al barco, sometieron al pueblo de Cárdenas a un apagón, esto debe haber sido para que no pudieran calcular la cantidad de gente que se iba a embarcar. El muelle estaba iluminado cuando ellos llegaron, los vi agruparse a lo largo del espigón y me quedé asombrado de la cantidad, luego nos dijeron que eran 1200 hombres. Formaron una larga e interminable fila para subir por nuestra escala real y en la medida que esa fila se acercaba al primer escalón, observé como algunos se negaron a subir en ella y fueron conducidos como prisioneros luego de desarmarlos. Me dio la impresión de que aquella gente nunca había tomado en serio eso de la guerra y menos de salir del país, deben haber imaginado que era una simple maniobra a la que ya estaban acostumbrados.

Mientras ese espectáculo ocurría al costado del buque y los soldados eran distribuidos por bodegas, la tripulación fue convocada a una reunión en el comedor de tripulantes. El salón había sido preparado como sala de operaciones, lo habían esterilizado y se encontraba sellado en ese momento. Nosotros seríamos el barco con salón quirúrgico dentro del convoy que se encontraba en marcha, otros llevarían salón también pero ya estaban algo distantes. Allí, una vez reunidos se procedió al pase de lista y se presentó a los nuevos tripulantes que fueron enrolados por la Seguridad del Estado. Entonces, nuestro Capitán presentó a un Mayor que venía directamente del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas con un mensaje de Fidel y Raúl Castro.

Cebolla y yo estábamos sentados uno al lado del otro y cuando aquel tipo comenzó a hablar, solo atinamos a tocarnos con la punta de los pies. No podíamos creer lo que escuchábamos, tal parece que aquello era un sueño, era monstruosa la proposición que se nos hacía, Al final de ésta desperté cuando escuchaba las consignas de siempre. Salimos en silencio de ese comedor, creo que ya los guardias estaban acomodados en sus bodegas, agotados tal vez se tiraron en sus literas y todo permanecía quieto, nosotros nos fuimos a ocupar puestos de maniobra.

NAVEGANDO EN MISION INTERNACIONALISTA.-

A la salida de Cárdenas los mismos barcos fondeados con sus radares funcionando, después de estar a unas cinco millas de Cayo Piedras el silencio era casi total, pero en la cubierta del Magistral, encima de nosotros, habían colocado un TZK con infrarrojo para observar de noche. Esa gente allá arriba se relevarían cada cuatro horas igual que la guardia de nosotros en el puente. Dicen que observaron un submarino luego de haber navegado unas doce millas de la salida al Este de Cárdenas, ese fue mi primer mensaje cifrado en esa misión de la gente condenada a muerte. El tipo se desapareció y la alarma tal vez fue por algún fantasma visto por estos guajiros que nunca se habían montado en un barco.

Las tropas pertenecían al Ejercito del Centro y el jefe de esa misión era el Mayor Guevara, quién procedía de Las Villas pero tenía soldados que eran de la provincia de Matanza. Yo iría en la guardia del Primer Oficial, Cebolla haría la del Segundo Oficial y el Agregado de Cubierta Vinent se encargaría de la guardia del Tercer Oficial, por tanto yo era el encargado de la determinación de la posición del buque por las estrellas en los crepúsculos matutinos y vespertinos, Cebolla se encargaría de la posición con el uso del sol a la hora del paso por el meridiano en coordinación con el Tercer Oficial, pero este no tenía experiencia suficiente para poder contar con él.

Al amanecer estábamos navegando en aguas cubanas y con el uso del radar determinábamos nuestras posiciones. Esa mañana comenzó aquel largo carnaval, era un espectáculo espantoso para nosotros y también muy peligroso. A lo largo de la cubierta principal y por ambas bandas, se construyeron una especie de letrinas sobre las brazolas. Una escalerita con un pasamano para aguantarse mientras sacaban el culo fuera del casco del barco, creo que era una verdadera locura aquello, no quería pensar que pudiera suceder durante los días de marejada, era peligrosísimo aquel invento cubano. Después de hacer sus necesidades, cuando al fin se limpiaban, esos papeles comenzaban a volar por todos lados, muchos se fijaron a los cables de los puntales, algunos llegaron hasta nuestro puente y por eso tuvimos que cerrar todas las ventanas, poco a poco nuestro barco se disfrazaba de carroza de carnaval.

El asunto de la comida fue otro de los desastres de ese viaje, nuestra cocina no daba abasto para satisfacer tan gran demanda. Los cocineros no paraban de trabajar, se implantaron tres turnos de trabajo y en la cubierta principal a popa de nuestra cocina, se situaron una especie de cocinas portátiles que los militares llevaban a la guerra, estas funcionaban con kerosén. La cubierta era un verdadero hormiguero de gente que deseaba conocer lo que era realmente un barco, en las puertas que daban acceso a la superestructura se situaron guardias que prohibían el paso al interior de nuestra acomodación. Aquí vivía la tripulación y la plana mayor de la División que viajaba con nosotros, los soldados fueron orientados ese día que al paso por las cercanías de cualquier tierra tenían que permanecer dentro de las bodegas. Estas se convertían en un verdadero infierno cuando llegaba el mediodía, pues el sistema de ventilación forzada del buque estaba casi fuera de servicio, eran muy pocos los motores que trabajaban. En la proa y popa de nuestro barco fueron instalados dos cañones antiaéreos CAAD-30 mm, poca cosa para defender a un buque de cualquier ataque, dentro de las bodegas viajaba el armamento que ellos utilizarían en Angola. Ese primer día quise hacer un recorrido por las bodegas donde se encontraban aquellos infelices hombres, deseaba ver si encontraba alguna cara conocida. En la bodega Nr.5 encontré a uno que había ingresado en la marina mercante conmigo, su apellido era Curbelo y vivía en Matanzas. Cuando lo vi le pregunté qué carajo hacía en aquella mierda y su respuesta fue corta, “acuérdate que yo soy del Partido”, respondió a secas, como queriendo decir, me jodí mi hermano, qué le vamos a hacer. Vi muchas caras a las que hubiera evitado en todo momento en cualquiera de nuestros barrios, gente con aspecto de delincuentes. Esas caras no podían engañarme, había de todo en esa masa compacta de gente que se encontraba dentro de las bodegas como animales, desde profesionales, técnicos, obreros, estudiantes, homosexuales, blancos, mulatos, negros, jóvenes. Algunos apenas eran niños que estaban estudiando en la escuela Camilo Cienfuegos, otros demasiados viejos para esta aventura, quizás la última de sus vidas.

Allí no había selección alguna de personas, éramos todos los que formábamos una sociedad, desde el ladrón hasta el más ejemplar de los trabajadores. Para morir no se requerían muchos méritos, solo se exigía estar vivo, eso era lo que contaba en aquella misión de desgraciados aventureros.

Al día siguiente de nuestra partida, cuando se tomó una sonda a los tanques de agua potable, se notó que el consumo era alarmantemente elevado. En menos de 24 horas se habían consumido más de 40 toneladas de agua, hubo que tomar medidas extremadamente drásticas si queríamos realizar la travesía con éxito. Se prohibió terminantemente bañarse, al que fuera sorprendido en estos menesteres sería encarcelado. El servicio de agua se pondría en funcionamiento solamente en horas de la mañana para lavarse la cara y la boca. Por suerte, los servicios sanitarios funcionaban con agua de mar, el barco no poseía destiladora para procesar el agua y solo dependíamos de la tomada en el último puerto. Después se comprobó que consumiendo el mínimo de cantidad posible, más la utilizada para el funcionamiento de la caldera del buque, se estaban gastando alrededor de 22 toneladas diarias.

El intercambio de mensajes con La Habana era intenso desde la salida de la isla, estábamos casi siempre con el camarote cerrado en nuestras labores de cifrado. Parece que esto llamó la atención del tipo que iba a bordo trabajando para la contrainteligencia militar, un día, cuando ya la picazón por saber lo que sucedía en mi cabina no la pudo soportar, tocó a mi puerta estando nosotros en plena faena. -Déjeme pasar un momento. Me dijo con voz imperativa y con deseos de impresionarme.

-Lo siento, pero aquí no puedes entrar. Le respondí con la firmeza que él no estaba acostumbrado escuchar.

-Yo soy el contrainteligente y quiero inspeccionar tu camarote. Finalizando de decir esto hizo el intento por cruzar el umbral de la puerta y lo frené poniéndole la mano en el pecho.

-Compadre parece que no has entendido cual es mi función.

-El que parece que no ha comprendido eres tú, fíjate lo que te voy a decir, cuando salí de Cuba no me dijeron que tenía que responder ante ti en ningún momento. Estoy subordinado solamente al Capitán de este buque y estos dos hombres que están trabajando acá adentro, son subordinados míos.

-Creo que estás equivocado, aquí hay un Jefe de la misión.

-El equivocado eres tú, él será el Jefe de la misión, pero no sabe cual es mi trabajo en este barco. Nadie, grávatelo bien en la mente, nadie de este buque sabe cuál es mi función y cuando ustedes se larguen a la mierda, yo tengo que continuar solo con todo el material militar que me entregaron. Ahora, si deseas entorpecer mis labores, lo voy a comunicar inmediatamente a La Habana.

-Mire compañero, en ningún momento he querido entorpecer sus funciones, solo que….

-Bueno, creo que hemos hablado de más. Si ya sabes lo que hago, no toques más a mi puerta. Sin dejarlo terminar de hablar le solté esa ráfaga y le tiré la puerta en las narices. La suerte fue que el tipo no insistió, porque de lo contrario no terminaríamos el viaje tranquilo. De verdad era un tipo detestable, pero más que eso, era un individuo al que todos los militares evitaban y temían.

-Oye Casañas, ¿tú estás loco? Me preguntó el Capitán cuando la atmósfera se hubo calmado y continuamos solos en el camarote.

-¿Loco por qué?

-Coño, porque nadie le habla así a la gente del CIM en el ejército.

-Ya tú lo dijiste, en el ejército pariente, pero resulta que yo no soy militar ni me dijeron que estaba subordinado a ese hijoputa.

-¿Sabes una cosa?

-Dime.

-Compadre, te tengo miedo.

-No jodas Manuel, ¿miedo por qué?

-Carajo, como no voy a tenerlo con lo que estoy viendo.

-Chico, explícate, porque de verdad no te entiendo.

-¡Oye!, no hacen falta muchas explicaciones, eres un civil al que estamos subordinados un Capitán del ejército y un Primer Teniente. Te le enfrentas al tipo del CIM que viene a bordo, ante el cual es capaz de cagarse hasta el mismo Jefe de la Misión y después sigues con una tranquilidad tremenda, como si nada hubiera pasado.

-No te preocupes, soy un comemierda al que le dieron esta responsabilidad y quién sencillamente la cumple al pie de la letra. En ella no estaba incluido este imbécil que todo lo quiere saber.

-¡A mí tu no me jodes, compadre! Tú eres de la seguridad o de lo contrario ese tipo no se hubiera quedado tan tranquilo.

-Ese es el problema, de la misma manera que tú pensaste eso, es muy probable que él lo haya pensado, ¿no te parece?

-Bueno, tienes razón, cabe esa posibilidad. Pero coño, si de verdad no eres nada de eso te felicito, porque en los años que llevo de servicio nunca había visto una reacción como la tuya.

-Ahora esperemos a que no nos joda más.- El teniente no abría la boca para nada, estoy casi seguro de que en el tiempo en los que yo estaba de guardia en el puente, ellos habían debatido sobre este tema que les preocupaba. La unión obligada que llevamos desde la salida, la distribución del trabajo con los mensajes que llegaban constantemente, y las botellas de ron que se abrían diariamente en nuestros tiempos libres, nos convirtió en amigos.

A medida que pasaba el tiempo nacía la nostalgia de ellos por ver a su familia, yo estaba acostumbrado a estas separaciones, para ellos era mucho mas difícil, no tenían la seguridad de volver de aquella guerra desconocida. Me hablaron mucho de sus familias e hijos y nos prometimos continuar esa amistad a nuestros regresos. Pero lo cierto es que más nunca nos encontramos, hubiera deseado de todo corazón contarles las órdenes que recibimos antes de la partida, para que supieran y conocieran a fondo el sistema por el cual se jugaban la vida, pero no podía confiarme hasta ese extremo. En Cuba no se puede confiar en nadie, así sucede en la vida cotidiana y esa desconfianza la hemos llevado hasta el extranjero.

La navegación se hizo para nosotros más entretenida, salíamos de la rutina a la que estábamos acostumbrados. Cebolla se pasaba la mayor parte de su tiempo libre en el puente, allí nos divertíamos de lo lindo con las cosas que oíamos de los guardias. Teníamos una posta constante en la cubierta del Magistral, estaban encima de nuestras cabezas aquellos guajiros. Cuando divisaban algún barco con la ayuda del TZK formaban un escándalo tremendo, que si había un barco por la derecha, que si por la izquierda, que si por atrás. Así siempre, hasta que nos moríamos de la risa con ellos. El problema era que como no dominaban el vocabulario marítimo, no sabían lo que era estribor, babor, amura, aleta, etc. Les dibujé un gráfico y cuando divisaban algún barco utilizaban las palabras correctas, pero en son de jodedera. En el alerón del puente teníamos a un serviola que estaba a nuestra disposición las 24 horas del día, era una especie de mensajero y aunque no hacían casi nada, todos gustaban de estas guardias porque al menos salían del encierro en las bodegas. De noche nos ponían a un observador de guardia permanente en el radar, por mucho que les dijera que no tocaran los controles del radar, parece que la curiosidad los vencía y generalmente lo sacaban de sintonía o le cerraban la ganancia y éste no podía captar a ningún objetivo. Ya no me encabronaba como al principio, yo pasaba de vez en cuando por la pantalla, notaba que habían tocado algo y no les decía nada, luego cuando eran relevados, yo les comunicaba que se habían pasado cuatro horas comiendo mierda por haber tocado los botones del radar, después dejaron de hacerlo, pero me costó mucho trabajo lograr convencerlos.

Los días pasaban y el baño seguía ausente, con ello aumentaba también la peste de todos, pero mucho más, la que salía de las bodegas donde viajaban estos infelices. Como navegábamos por aguas tropicales era imposible no sudar, para los que vivíamos en la superestructura era terrible, el barco carecía de aire acondicionado, pero en aquellas bodegas era peor la situación. De vez en vez se tocaba zafarrancho de combate y cada cual tenía su sitio en la cubierta a ambas bandas. Se desenfundaban los cañones antiaéreos, la gente salía con sus bazookas, lanzallamas, ametralladoras, fusiles, etc, y nuestra cafetera tomaba el aspecto de un acorazado, con la diferencia de que aquella mierda vieja, se podía hundir de un escupitajo.

Había también otro gallo que era de la Inteligencia Naval, al parecer el tipo era de esos grandes estrategas de oficinas y que nunca había estado en un barco. Gustaba subir al puente para husmear sobre los trabajos nuestros en las cartas de navegación, como Cebolla siempre subía a tomar las estrellas en el crepúsculo de la tarde conmigo, en varias oportunidades lo invitamos a que tomara un sextante y trabajara con nosotros. Parece que como él no tenía dominio de la astronomía, se avergonzó y dejó de subir en nuestras guardias y solo lo hacía cuando estaba el agregado de cubierta.

Una de esas guardias y en lo que hacíamos los cálculos de las estrellas, la campana que se encuentra en el alerón del puente y que se utiliza para los zafarranchos de incendio, colisión o abandono de buque, comenzó a sonar pero con un ritmo diferente al que nosotros usábamos para los fines señalados. Se estaba tocando alarma de combate, Cebolla y yo salimos inmediatamente para ver que sucedía. Cuando el serviola paró de tocarla, nos manifestó que nuestro barco se encontraba rodeado por el enemigo, pudimos ver a toda la tropa distribuida por la cubierta de la misma forma que se había ensayado en oportunidades anteriores. A escasos segundos de tocada la alarma subió el Jefe de la Misión rodeado de algunos tarugos de su plana mayor, comenzaron a aparecer muchas luces en el horizonte. Tomé unos binoculares y se los pasé después a Cebolla mientras le decía bajito que eran palangres a la deriva. Estas son unas artes de pesca que como bien señala su nombre andan a la deriva, relativamente muy cerca de ellas anda el buque que las distribuyó en el mar. Ellas, además de poseer luces de baterías o de kerosén, llevan también una pantallita reflectora para las ondas del radar, otras más modernas tienen un transmisor de una señal que se capta por el radiogoniómetro.

Se podía escuchar como eran cargadas las armas en la cubierta principal, todos estaban listos esperando solamente la orden de fuego. El Mayor Guevara era un tipo con bastante serenidad al parecer y no dispuesto a sufrir un ridículo delante de las tropas. Me pidió la opinión sobre las luces que se observaban cada vez más cerca, y mi respuesta fue de que no disparara, que esperara a que estuvieran más cerca y comprobara que eran palangres. En realidad el guajiro tampoco sabía qué era eso y me vi obligado a explicarle lo que anteriormente escribí, haciéndole saber que si se producían esos disparos y el barco madre estaba cerca, podía dar la alarma y complicar la situación.

Pues el hombre me escuchó con mucha atención y al cabo de un rato nos encontramos pasando entre ellas, la campana volvió a sonar, pero esta vez para retirar la maniobra. En pocos minutos regresó la calma y cada cual se retiró a sus literas, las luces continuaban encendidas dentro de las bodegas, mientras los soldados acostados cruzaban una que otra jarana y otros conversaban entre ellos, quizás de sus hogares, de la familia a la que no volverían a ver por un largo período de tiempo, aquellos que lograran regresar. Cebolla y yo nos quedamos en el alerón del puente disfrutando del fresco que nos ofrecía la caída de la noche.

-¿Cebo, te has puesto a pensar que ocurriría si se nos presentara alguna avería durante la travesía y hubiera que abandonar el barco? Él sabía perfectamente lo que yo le insinuaba.

-Yo creo que es mejor no pensar en eso y rogarle a Dios que no pase nada. Creo que mencionó a Dios por puro formulismo, yo sabía que él no era creyente, como la mayoría de los cubanos que se desarrollaron en este sistema materialista, pero algo existía en la mente de los marinos cubanos que de vez en cuando hacían mención de él, nunca faltaba en nuestras bocas cuando sufríamos alguna avería en medio de un temporal.

-Esto es prácticamente mandarnos a morir.

-Esta es solo una forma, ¿te olvidaste del mensaje que nos enviara el Comandante antes de partir?

-No me he olvidado de eso tampoco, pero esto es muy diferente, calcula la capacidad de los botes, cabemos 70 hombres suponiendo que se puedan utilizar los dos. Después, piensa que no nos sirvieron ni un solo chaleco salvavidas y tenemos a bordo mas de 1200 hombres, ¿qué tú crees que pase?

-¿Qué pasará? Que en medio del pánico se formará una guerra y nos mataremos todos.

-¡Mataremos, mierdas! Nos van a matar a nosotros que estamos desarmados y solo sobrevivirán unos pocos.

-Yo creo que tú eres uno de los primeros que vas abajo.

-¡Yo! ¿Por qué lo dices?

-Acuérdate que llevas a dos hombres armados en tu camarote.

-¡Coño! De verdad que no había pensado en eso.

-Pues mira, debes ir pensándolo muy bien, porque ellos serán los primeros en matarte.

-¿Sabes qué?

-¿Se te ocurre algo?

-Por supuesto que sí, aguántame la guardia unos minutos, regreso enseguida.

-Bueno no te demores, te queda poco tiempo. Terminando de decir estas palabras, bajé por la escalera exterior del puente que daba a la cubierta de botes. A ambas bandas y a proa de los pescantes que suspendían a los botes, existía un cajón donde se guardaban chalecos salvavidas de reserva para las personas que no tuvieran tiempo de ir a su camarote en caso de abandono real del buque. Miré a mi alrededor para cerciorarme de que nadie me veía y abrí el cajón de donde extraje dos chalecos. La puerta de entrada a la superestructura en esa cubierta, quedaba frente a la de mi camarote, volví a observar que nadie andaba por ese pasillo y entré rápidamente arrojando los dos chalecos en una esquina y le dije a mis compañeros de viaje que luego les explicaría. Volví al exterior para regresar por donde había bajado.

-¿Que hiciste?

-Muy sencillo, esa gente ya no me matará, agarré dos chalecos de los cajones que están debajo de los botes.

-Bueno, el lío ahora es que en el momento de la jodedera tenemos que hacernos de par de fusiles para defendernos, ¿no crees?

-Mira, mejor vamos a rezar para que no suceda nada porque aún así, yo no creo que salgamos vivos de esta.

-Bueno creo que es lo mejor, ya se te acerca la hora de entregar la guardia, así que ve llenando el Diario de Navegación y yo me marcho a dormir un poco hasta las doce.

-Ok, nos vemos a las cuatro. Cebolla se retiró y yo entregué mi guardia a las ocho de la noche, los soldados seguían en su rutina y bajé al camarote, allí me esperaban dos miradas interrogadoras.

Cuando les expliqué con lujo de detalles la situación en la que nos encontrábamos, aquellos hombres no abrían la boca para nada, reinaba un silencio total y solo se limitaban a oírme con mucha atención. Me daba la impresión de encontrarme ante la presencia de dos personas que habían sido traicionadas, eso lo podía leer en sus ojos claramente, pero nunca se me ocurrió mencionarles nada de las órdenes que nos impartieron antes de la salida, eso era muy delicado y podía dar origen a un amotinamiento, esa bala yo la tenía reservada para la ocasión.

No tuve que repetirles la historia, comprendieron todo lo que les había explicado y supieron que la única manera de sobrevivir en el caso de un accidente, lo sería a tiro limpio, de lo contrario iban a morir. A partir de entonces confiaron más en mi persona y las conversaciones tocaban temas más delicados sobre inconformidades de ellos con algunos aspectos de la política cubana, etc.

En la medida que avanzaban los días en el mar, disminuían de igual manera los víveres a bordo, las cubiertas se irían vaciando y muchos vegetales se echaban a perder ante el ataque directo de los rayos del sol. En unas de esas visitas periódicas del Capitán al puente le hice esa observación. El tipo me dijo que los víveres servidos alcanzaban para 20 días, yo le recordé haberle informado que la travesía se haría en 22, pero no recuerdo cual estúpida respuesta me dio en ese momento y de verdad no tenía intensiones de complicarle la vida.

Cuando estábamos a mitad del océano Atlántico, entre las decenas de mensajes que se descifraban diariamente, recibimos uno urgente donde se nos pedía que regresáramos a toda máquina para un encuentro con la motonave Moncada en una posición a medio día de camino que ya habíamos recorrido. Esto significaba un retraso de 24 horas en nuestro viaje, el asunto de aquel inesperado encuentro era para que se trasbordara a un soldado que necesitaba ser intervenido quirúrgicamente. Se realizó el cambio de rumbo mientras el equipo médico preparaba las condiciones en el salón, recuerdo que uno de los cirujanos era director de un hospital militar en Cuba.

Once horas después y cuando estábamos a la vista por el radar, establecimos contacto por el VHF e hicimos unas pequeñas correcciones a nuestros rumbos. Había un poco de marejada, lo suficientemente fuerte para un bote salvavidas. El intento de ponernos cerca fue infructuoso porque nuestro barco abatía demasiado rápido con el viento reinante y surgía a cada instante el peligro de colisionar. Nos apartamos una milla del Moncada en lo que la marinería preparaba los puntales de la bodega Nr.3, otra brigada se encontraba lista en el bote salvavidas para ser usado en caso de emergencia, listos se encontraban también dos hombres ranas militares.

El Moncada nos informó que ya su bote había sido arriado con el enfermo a bordo, el mismo era trasladado en una camilla con la facilidad de ser izado cuando se abarloara a nuestro buque. Aquella pequeña travesía entre los dos barcos duraron una eternidad, cada vez que el bote caía en el seno de la ola, daba la impresión de haber sido tragado por el mar, solo podía verse cuando se remontaba en la cresta de ellas.

Cuando arribó, la operación se complicaba por la marejada y los bandazos esporádicos que daba nuestro buque. Desde el puente observaba la cara de angustia del enfermo y el nerviosismo que mostraba la tripulación del bote, quienes hacían lo imposible por tratar de ponerse debajo del gancho del puntal que izaría la camilla. Luego de varios intentos se logró al fin enganchar la camilla que a una orden del contramaestre, comenzó a subirse bajo la acción de los winches operados por nuestros timoneles.

Estando a unos tres metros sobre el nivel del mar, el barco dio un rápido y brusco bandazo a la banda de babor, tirando con velocidad contra el casco a la camilla con su paciente. Todos nos quedamos estupefactos ante aquella escena de horror, el enfermo sacó fuerzas de donde nadie sabe y se aferró a la camilla como si fuese parte de su cuerpo, el terror que debía sentir, acompañado de los dolores que sufría eran fáciles de notar al verlo. Luego que el barco retornara a su posición normal, se logró subirlo a toda velocidad y colocarlo sobre la cubierta donde era asistido inmediatamente por los médicos antes de pasarlo al salón donde era esperado por los cirujanos.

Continuamos nuestro viaje y el Moncada se nos adelantó, él desarrollaba una velocidad de 14 nudos, nosotros no podíamos superar los 12. Esa noche en una de las reuniones de rutina que celebrábamos con los médicos en mi camarote, quienes disfrutaban del ron que me había apropiado, les preguntamos por el resultado de la operación y el cirujano nos dijo que no se había realizado la mencionada intervención quirúrgica. El problema que tenía el paciente era un bolo fecal producido por un agudo estreñimiento que le imposibilitaba expulsarlo, lo llevó a ese estado de gravedad.

-Bueno, ¿y cómo se resolvió la cosa entonces? Pregunté intrigado mientras todos seguían con curiosidad el intercambio de palabras con el galeno.

-Muy sencillo, con un susto, eso fue más que suficiente para que el individuo pudiera ir al baño, ahora lo tenemos con tratamiento contra la infección.

-¡Coño, no jodas! ¿Así que el trancazo que se dio contra el casco le aflojó el mojón al tipo?

-Como lo oyes. Todo el mundo se reía a carcajadas con mi pregunta.

-Caballeros, no informen nada de esto al Ministerio de Salud Pública de Cuba.

-¿Por qué? Preguntó el médico sabiendo la respuesta y con el fin de alegrar un poco la noche.

-Porque tú sabes como son los cubanos, son capaces de recetar una entrada de patadas por el culo a todo el que se aparezca con estreñimiento a un hospital. Sonaron más carcajadas hasta que vaciamos la botella del día y la gente se retiró a sus camarotes.

No puedo precisar exactamente si fue antes o después de este suceso que se realizó la votación del referéndum por la Constitución Socialista en Cuba. Si me acuerdo que las urnas estaban escoltada por dos muchachitos que fueron sacados de sus escuelas y se encontraban inocentemente entre los condenados a morir. Los colocaron como si fueran Pioneros de la misma forma que se hace en nuestro país. Todos tuvimos que ir a votar y después de realizado el conteo de las boletas, el Jefe de la misión confeccionó un mensaje que yo tuve que cifrar para enviarlo a La Habana. Para mi asombro y el de mis compañeros de viaje, más de treinta soldados que viajaban a jugarse la vida en esa guerra, votaron NO a la Constitución Socialista, ¿quién entiende esto?, nadie por supuesto y puede ser calificado de una burda mentira, pero así fue.

Durante la travesía confrontamos problemas con la máquina principal en varias oportunidades y tuve que cifrar mensajes donde se le pedía la cabeza al Jefe de Máquinas Tapia. Se pidió su relevo por avión y la respuesta fue que se le enviaría al dique de Cádiz, donde pasaríamos a efectuar reparaciones una vez concluida la misión.

Como siempre, yo no podía decirle nada de esto al hombre y hasta Cádiz mandaron posteriormente al Jefe de Máquinas Arencibia (alias el bistec), quién era supervisor de la Empresa, un tipo muy técnico pero que nunca pudo resolver los problemas del barco, siendo aquello, lo que salvó a Tapia de la guillotina.

A los quince días de navegación y cuando estábamos apestando más que los leones del zoológico de La Habana, el barco disfrazado de carroza de los carnavales con papeles sanitarios enganchados en todos los cables de la arboladura y hasta en la antena del radar, surge ante nosotros una mañana, un espectáculo risible pero macabro. Sobre cubierta eran formados quinientos hombres totalmente desnudos, dos largas filas de ellos a ambas bandas y vimos cuando los sanitarios militares los fumigaban con DDT. Primero en las partes de sus genitales y luego los hacían darse la vuelta y agacharse para fumigarles el culo. Mientras se realizaba esta operación ante las burlas de ellos mismos, otros iban llenando unos tanques de 55 galones con agua potable para que se bañaran, ese día autorizaron a todos a bañarse. El problema era que se había detectado un brote de ladillas que había infestado a esos hombres. Después de aquella dantesca escena, les dieron algunas cervezas y convirtieron su desgracia en fiesta.

Los días contados para la llegada iban disminuyendo y la comida ya era pésima, otros de los mensajes que cifré en esas jornadas, correspondió a la comunicación que se hacía a La Habana sobre el hecho de que cuatro de los soldados que participaban en esa misión, se habían declarado homosexuales y estaban bajo arresto para su inmediato traslado a Cuba. Yo creo que además de haberlo sido o no, los tipos fueron bien inteligentes, al menos escapaban de una aventura de la cual no tenían la seguridad de regresar.

Tres dias después de la primera fumigación, se detectó otro brote de ladillas en la bodega Nr.5 y nuevamente las largas filas sobre cubierta para realizar el mismo procedimiento, ese día nos bañamos de nuevo y todo terminó en una fiesta como la vez anterior.

Dos días antes de llegar se agotaron los víveres de las tropas y comenzaron a darle salida a la comida de la tripulación, esta era una mala noticia, no sabíamos el panorama que nos encontraríamos en Angola e ignorábamos si existía posibilidad de reabastecer al buque.

Llegamos una mañana al puerto de Luanda, para la recalada utilizamos unas fotocopias de cartas náuticas de la zona que me entregaran en Cárdenas. Cuando observo la fecha de la última corrección que se había realizado en ese mapa, esta databa de 1959, no era de confianza la información que nos brindaba. La suerte era que este puerto no era complicado, ni existía tráfico marítimo que pudiera complicar la operación, fuimos conducidos al interior de la rada por un Capitán cubano que llevaba varias semanas en el puerto, quién nos condujo directo a un muelle.

Todo ese tiempo, las tropas permanecían dentro de las bodegas para que no fueran observados por el personal angolano que laboraba en el puerto, yo salí con el enfermero Castañeda en un vehículo militar hasta un almacén de medicinas del ejército portugués para abastecer al buque, ya estaba tomado por los militares cubanos. De allí fuimos hasta un hospital donde nos mostraron a varios prisioneros de guerra. Entre los que se encontraba uno nombrado Grillo, después de este recorrido regresamos al barco.

Me dio mucha tristeza no encontrar a mis compañeros de viaje, ellos se habían marchado dejándome una notica con sus direcciones de Cuba y dentro del closet, varias latas de leche y chocoleche condensadas para mi viaje de regreso. Ya me había acostumbrado a ellos y ahora comenzaba a extrañarlos, todos los documentos estaban en orden y en el lugar donde siempre los escondíamos, había partido también el hijo de puta de la contrainteligencia y el guanajo de la inteligencia naval. Teníamos orden de conducir a las tropas hasta el puerto de Lobitos, pues ellas irían directamente a la región de Cunene que era el último reducto de aquella guerra. Esa noche permanecimos en el puerto mientras se ultimaban detalles y nos abastecíamos de agua

Potable. Cebolla y yo salimos a caminar un poco por el malecón de la ciudad, Luanda era bella y mucho más moderna que nuestra capital, solo que en esos momentos se encontraba en una especie de estado de sitio, por tal razón no se observaba a nadie por la calle. Caminando por el puerto en busca de la salida, vimos una gran cantidad de contenedores con efectos personales que habían sido violados, sus pertenencias correspondían a personas que tuvieron la intención de abandonar el país ante la presencia de la guerra, pero desafortunadamente, el tiempo no les alcanzó para embarcar sus cosas, las que ahora eran hurtadas sin piedad por angolanos y cubanos.

Cuando caminamos un poco, dio inicio a una fuerte lluvia que evadimos en los portales de unos centros comerciales, después que el agua disminuyó y emprendimos nuestro regreso.

Salimos temprano con destino al puerto de Lobito, en Luanda dejábamos atracados a varios barcos cubanos y rusos en sus operaciones de descarga de armamento. Todos los barcos nuestros parecían carrozas de carnavales, los papeles sanitarios continuaban engalanándolos, no había tiempo para el lujo de la limpieza y de esa misma manera tendrían que abandonar el puerto. Sus cascos mostraban las huellas de las heces fecales y el orine que corrieron durante varios días por ellos. El nuestro no escapaba de aquel espectáculo, solo fue posible verlo cuando estábamos atracados.

En Lobito fuímos directo a muelle y las operaciones de descarga eran realizadas por estibadores cubanos a quienes trajeron desde Cuba para estos fines. Entre ellos yo conocía a algunos del puerto habanero, delante de nosotros se encontraba atracado el buque Onix Island, yo conocía a dos de sus oficiales de Cubierta, uno era de apellido Yordi y el otro era Octavio Justiz Casariego, quién fuera compañero de estudios. En el Moncada se encontraba otro oficial de nuestra escuela quién es amigo mío y se encuentra en estos momentos en el exilio aquí en Montreal. La noche de la llegada, los médicos se encontraban bebiendo en mi camarote cuando llegaron por ellos con urgencia. En la ciudad le habían dado un tiro a boca de jarro a un guardia en el abdomen, quedaba un solo galeno portugués en todo el pueblo y la suerte fue que los nuestros no habían marchado al frente, salieron precipitadamente en un jeep que los esperaba en el portalón. Cebolla y yo continuamos conversando y los esperamos hasta tarde en la madrugada, afortunadamente pudieron salvar al hombre.

En la mañana el barco estaba casi vacío y vimos a la caravana alejarse lentamente mientras los soldados nos decían adiós con las manos, otros silbaban y en ese momento, me dio por salir corriendo hasta el puente y despedirlos con una larga pitada. Cuando dejamos de ver al último vehículo, fue que nos dimos cuenta de la montaña de madera que había en un espacio del muelle, eran las literas de los soldados desarmadas en pedazos. Aquella madera acumulada de otros barcos junta con las del nuestro, formaban esa inmensa loma. Nos preparamos para partir, los guardias nos habían suministrado de víveres cuatro chivas vivas y cinco racimos de plátanos. En la gambuza solo quedaban dos sacos de arroz y unas cuantas latas de carne rusa, eso era todo para poder llegar a las Islas Canarias.

El silencio nos invadió nuevamente, el barco parecía tripulado por fantasmas y no nos dábamos cuenta que esa era nuestra vida, solo había sido rota esa tranquilidad por una guerra. Detrás de nuestra estela quedaban hombres de los que olvidaríamos sus nombres y rostros, hombres a los que no veríamos nunca mas, hombres que no existieron en nuestras vidas.

ANGOLA, DOS AÑOS DESPUÉS.-

-Compadre, ¿por qué no dejas un poco esta monotonía y nos vamos a tirar un poco de tiritos?

-Porque yo no soy guardia ni me interesan las armas. Le contesté a un telegrafista de la Flota Pesquera que estaba trabajando en la base que tenían en Lobito.

-Oye viejo, vámonos a dar una vuelta por ahí aunque sea. Dijo Lazarito el Sobrecargo para apoyar la invitación del Tele.

-¡Coño, no jodan!, si tienen tantos deseos de salir arranquen de una vez y no insistan tanto. Respondí algo molesto.

-¡Mira!, esto está empezando ahora y tienes que tomarlo con espíritu deportivo, embúllate, compadre. En el carro tengo un AKM y una Pepechá, ¿con cuál de las dos quieres tirar? Volvía a la carga el telegrafista.

-Bueno, qué, ¿nos vamos?Preguntó Lazarito.

-¿Dónde vamos a tirar? Pregunté.

-¡Coño!, al fin se entusiasmó el tipo.

-Es fácil, nos llegamos hasta una represa que está en las afueras del pueblo de Catumbela, es más, si quieres, después nos llegamos a un central azucarero que hay en ese pueblo, allí trabajan unos cubanos buena gente.

-Mejor nos vamos a los tiros, no quiero saber mucho de los cubanos de acá, los tiros nos vendrían bien para cualquier eventualidad.

-Entonces, andando se quita el frío.-Dijo Lázaro mientras se levantaba del sofá.

El telegrafista nos mostró antes de montar en el auto las armas que guardaba en el maletero, las sacó y las llevamos con nosotros. Pasamos por Catumbela y seguimos de largo por la carretera, luego de recorrido un corto trayecto, el Tele se desvió a la izquierda tomando un sendero o guardarraya, era un camino de tierra como los de cualquier campo cubano. A la izquierda nuestra nos quedaba un río durante todo el viaje, más o menos a la mitad de la distancia entre la carretera y la represa, nos encontramos con un quimbo (casa de campesinos con paredes de barro y techo de paja) Como estaba situado al lado de un arroyo, la familia completa se estaba dando un delicioso baño en él, todos estaban desnudos, mujeres y niños.

Llegamos hasta aquel afrodisíaco paraje y a los pocos segundos todos los pájaros que se encontraban en el área salieron disparados como balas por nuestras detonaciones. Unas veces en ráfagas y otras tiro a tiro, cuando agotamos casi todas las municiones, emprendimos el regreso.

-Los voy a llevar al cementerio de Catumbela para que vean las tumbas de los cubanos. Dijo el telegrafista mientras conducía a bastante velocidad por aquel terraplén.

-Coño, compadre, ¿no se te ocurre una mejor idea?- Protestó Lazarito.

-Creo que es una magnífica idea. Le dije.

-Mira quién habla ahora, el que no quería salir del barco.

-Vamos para allá, tele, con mirar no se pierde nada.

-Oká, está en el mismo pueblo.

Parece que el telegrafista se conocía aquella región de la misma manera que yo dominaba La Habana, no existía un hueco en el área que aquel bicho no se conociera, ni lugar donde no lo conocieran a él.

-¡Miren!, todas esas crucecitas con numeritos corresponden a los cubanos.

-¡Carajo!, pero hay demasiadas, ¿habrá caído tanta gente en esa guerra?

-No son solamente los de la guerra, súmales los que caen constantemente en emboscadas, minas, enfermedades, etc.

-Está bien lo que me dices, pero hay muchas cruces para solo dos años, ¿cuántas habrán cuando termine esta aventura?

-Eso te lo puede responder solo Dios. Lazarito permanecía en silencio, como impresionado.

-Pensar que nosotros podemos formar parte de esas filas. Expresó cuando salió del mutismo en que se encontraba, nos sentamos a la sombra de un árbol a fumarnos unos cigarros.

-Caballeros, ¿qué será de esas pobres familias?, ¿cuando podrán enterrar a sus muertos y llorarlos en su tierra? Preguntó el Tele.

-Cuando le salga de los cojones a patillas, ese será el día.

-Afloja mi socio.Sugirió Lazarito.

-¿Afloja por qué?, nada más estamos nosotros aquí. Le respondí

-Te lo digo porque siempre te explotas y esto lo puedes soltar donde quiera.

-Lo más triste de todo esto es que cada pueblo tiene su cementerio, a saber cuántos infelices andan enterrados por ahí. Agregó el telegrafista.

-¿Saben una cosa?, muchas de esta gente murieron porque tenían que morir, estaban condenados a muerte desde que salieron de Cuba.

-Oye mi hermano, ahora si que me has dejado botado. Intervino Lazarito.

-Ahora les explico, cuando yo traje a las tropas a bordo del Renato Guitart, momentos antes de salir, la tripulación fue reunida en el comedor de tripulantes. Allí se presentó un Mayor del MINFAR, para leernos un comunicado que enviara Fidel y Raúl. Después de toda la trova sabida del honor de la misión que salíamos a cumplir, se nos ordenó que en caso de que el buque fuera detectado por fuerzas navales norteamericanas, nosotros teníamos que encerrar a los soldados en las bodegas y proceder a hundir el buque con ellos adentro. En ningún momento podíamos caer en manos del enemigo y que la palabra rendición estaba borrada del diccionario cubano.

-¡Rayos! eso sería un genocidio. Dijo el Tele.

-¡Ven acá! ¿Y de la vida de la tripulación qué?

-Se supone que nos teníamos que inmolar con ellos. Le respondí.

-¡Compadre!, me has puesto los pelos de punta, ¿tú le has contado esto a alguien?

-A nadie, solo a ustedes, pero eso lo saben todos los tripulantes que viajaron cuando la guerra con las tropas.

-La vida de nosotros no vale nada, ese tipo puede hacer con ella lo que quiera.

-Ya tu lo dijiste, por favor, no comenten nada, algún día se sabrá toda la verdad.

Al telegrafista no lo volví a ver más nunca en la vida, Lazarito no terminó su misión por problemas de borracheras. A mi llegada a La Habana lo visité en un horrible cuartucho de un solar en La Habana Vieja, su niñito tendría apenas un año, hoy debe tener veintidós. Lázaro se fue cuando el Mariel y poco después lo mataron, al parecer se vinculó a la droga, era de la generación del hombre nuevo que soñara ser como el Che y militante de la Juventud Comunista. Yo visité varios cementerios en mi estancia en ese país, me cansé de contar crucecitas con números, crucecitas que bien serían de Miguel, José, Cheo, Mongo, Nicolás, Andrés, Pedro, Jesús, quienes nunca debieron morir tan lejos, pero que murieron al fin. Hoy más que nunca caben las preguntas ¿por qué?, ¿para qué?, ¿por quién murieron?

Algunos de los infelices que viajaron en nuestros barcos, todavía se estarán colgando esas viejas y oxidadas medallas en sus pechos los días de celebraciones castristas en nuestra patria. Los pobres desconocen todo esto que hoy les cuento, podrán aparecer marionetas sin pudor a tratar de desmentirlo, ellos serán dignos de lástima y morirán como siempre han vivido, se llevarán a la tumba su silencio para así permitir que pueda repetirse la historia, porque esa revolución necesita de los muertos para alimentarse. Dios es mi testigo, testigos también son los muertos, ellos pueden hablar ahora como yo lo hago, porque somos libres, porque queremos que se acabe esta historia.

Aquel perro tenía mucha razón para mirarme de esa manera, fijo a los ojos, sin pestañar, sin mendigar en el estado en que se encontraba. Pude ver en sus ojos un rayo de piedad, él sentía pena por mí. De verdad que es el único amigo que tiene el hombre, el hombre no tiene amigos, el maldito y sucio perro me miraba con lástima y tenía mucha razón, él solo tenía enfermo el cuerpo y este era curable, yo era un desgraciado que tenía enferma el alma.

Con mucho amor a los hijos de todos aquellos que tenían números en sus cruces, a las madres que solo pudieron llorarlos cuando lo quiso un canalla, a las esposas y hermanos. Esto que les brindo es solo una pequeña parte de aquella larga historia que han tratado de borrar con el tiempo.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canada. 02-09-1999

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