Cuba es un cuento, compay

Primitivo

 

Muchas veces había conducido por el mismo lugar, aquella carretera se la conocía de memoria y se disgustaba cuando le asignaban un viaje en tiempo de zafra. Estos tiempos eran terribles, nunca los conoció peores ni los vio llegar a este extremo. Toda la carretera llena de bicicletas y carretas tiradas por bueyes. Cabronas carretas que con aquellas ruedotas tan anchas obstruían el tráfico en cualquier sentido, lo mismo para allá que para acá. Una mierda era manejar en estos tiempos para donde quiera que fueras, eran viajes zigzagueantes en cualquier camino. Como si todo el mundo quisiera suicidarse, parecía que la gente perdía el sentido común, daba la impresión que nos volvíamos animales.

Estaba malhumorado, hacía más de diez minutos conducía detrás de una de esas carretas, eran demasiado lentas. Unos años antes eran tiradas por tractores, eran lentos también, pero no tanto como esos desgraciados bueyes. Los animales no tenían la culpa de tanta lentitud, nadie la tenía, él tampoco. Su misión era ese viaje de rutina, pero en esos precisos momentos aquellos bueyes le molestaban e interrumpían su trabajo. Estaba cansado de pitar, los guajiros no se inmutaban, se limpiaban con cada una de aquellas pitadas. No se apartaban y los animales estaban agotados para acelerar la marcha, ¿solo por complacer a Leonel? Un bache, otro que no se pudo evitar y estremeció todo el camión. Cañas, cañas, cañas regadas por toda la carretera desde Aguada hasta Amarillas, dice el loco que va a producir diez millones, el pobre, no nos conoce, pensó mientras oprimía con rabia el pito.

Se resignó y desechó la idea de seguir pitándoles a esos cabrones guajiros que disfrutaban con su desespero. Puso su radio de baterías para olvidarse de aquella tragedia, pero al momento la apagó de nuevo, las noticias eran las mismas. El plan ganadero de Ciego de Ávila había sobre cumplido las metas de producción, que si el Combinado Avícola de La Habana recogió 400 millones de huevo, que si la granja porcina Antonio Maceo produjo 10 millones de toneladas de carne. Todas las noticias eran de sobre cumplimientos que él estaba acostumbrado escuchar. ¡Mierdas! Todo es falso, le decía constantemente al radio, solo a él, como si pudiera escucharlo, nunca obtuvo respuestas. Otras veces se interrogaba a sí mismo, como condenándose en un juicio donde él era fiscal. ¿Por qué no me he ido? ¿He sido un pendejo? ¿Desde cuando soy gusano? ¿Hasta donde aguantaré esta situación?

Nunca encontraba respuestas a sus preguntas, no deseaba encontrarlas, se las hacía para no quedarse dormido en el timón. Cada vez que trataba de responderse se avergonzaba, tal vez era la razón por la cual repetía las mismas preguntas. Al final del largo monólogo, solo encontraba una respuesta, esto me sucede por pendejo, por falta de cojones, si me hubiera largado en una balsa hacía mucho tiempo que mi problema estuviera resuelto. Le tengo miedo a los tiburones, además, el mar me marea. ¿Alzarme? Ni en sueños, ¿para qué?, Si los mismos cabrones por los que lo hubiera hecho, luego me pedirán la cabeza. ¿Alzarme, dónde? Todos estos montes están llenos de chivas, mejor ni pienso. Voy resolviendo mi problema, aquí lo que hay que saber, es vivir. ¡Eso mismo! No hay más respuesta, vivir como se pueda. ¡Mírame! Llevo conmigo unos plátanos, malanga y una carnecita de puerco salada, eso es la vida y lo demás es mierda, así vive todo el mundo, ¿Por qué no voy a vivir yo? Esa es la cosa, voy a vivir hasta que se caiga esto, ¿cómo será?, no sé, ni me importa. Un día caerá por su propio peso, como le pasa a toda la mierda que no se puede mantener en el aire.

Volvía a pitar insistentemente, pero el guajiro continuaba limpiándose el culo con sus pitadas. Debo seguir sereno ante las maniobras de aquella carreta, pensó una vez más. A su lado pasó una moto con side car, había un poco de espacio para que él maniobrara en esa carretera tan estrecha. Al pasar por el lado del guajiro de la carreta, el tipo que iba en el side car le dijo algo ofensivo, éste se levantó y se sacó el rabo, el de la moto tocó el pito casi en el oído de los bueyes y los animales se asustaron. Aceleraron la velocidad y el guajiro cayó sobre la cama de la carreta. Leonel copudo escuchar nada sobre el intercambio de palabras, supuso que eran obscenas y aquella escena del guajiro cayendo de culo sobre la plancha de la carreta le produjo risa, lo celebró como una venganza.

No le quedaba más remedio que continuar detrás de aquella interminable columna de cabrones guajiros, tenía deseos de pasarles por encima con su camión. Los soportaba por los plátanos, la malanga y la carne salada que llevaba para su casa, ese recuerdo lo calmó un poco y contaba hasta cien para darse aliento, fue un consejo que le dio el psicólogo de su policlínico. ¡No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista! ¡No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista! ¿Cuántos llevamos? Se refugiaba en esa falsa esperanza pretendiendo vivir alejado del mundo, pero el mundo vivía en su propia cuadra.

Conocía muy bien esa carretera desde hacía muchos años antes de ser chofer de camiones de la base del pueblo de Cárdenas. Por ella transitó fugado en muchas oportunidades durante el año 67, cortaba caña para desmovilizarse del Servicio Militar. Incontables serían las ocasiones que se fugó, solo para comerse un choripán que preparaban. ¿Qué tiempos aquellos? ¿Quién se acuerda de esas cosas? ¿Solos los viejos? ¿Por qué no hablan los muy cabrones?

Poco rato después de todos estos pensamientos, la carreta salió de la carretera y se desvió por una guardarraya. Leonel soltó un escupitajo por la ventanilla del camión, lo hacía cada vez que pasaba frente a la entrada de ese camino que conducía a la finca Canasí. No lo hacía en vano ni de forma casual, odiaba ese sitio, era un sentimiento que no logró borrar en decenas de años, lo conocía perfectamente. Allí había estado cortando caña durante una zafra entera, purgando una pena por el delito de ser joven en el lugar equivocado, solo ganaba siete pesos al mes, la Patria, la eterna invocación a ella como pago, volvió a escupir. Las mismas preguntas se repetían en cada una de esas escenas, ¿cuándo me convertí en gusano?, ¿desde cuando soy gusano?, ¿por qué estoy en contra de esto? Dudas sin poder evacuar como hacía diariamente en la letrina de su casa.

Nunca hallaba respuestas a sus preguntas y cuando estaba próximo a ellas, tenía que disminuir la velocidad del camión por cualquier motivo. Si no era el entronque de una línea de tren, era por culpa de un semáforo, el caso era que nunca llegaba a su respuesta. Hundido en sus meditaciones y sediento por el calor reinante, llegó finalmente a la línea del tren que pasa por Amarillas. Aquí comenzaba este pueblito que había visto en muchas películas del oeste, observó en ambas direcciones hasta comprobar que no venía ningún tren. A la derecha se encontraba la estación, tan pequeña como aquellas que aparecen en las viejas películas de cowboys. ¿Cuántos años tendría? Sabrá Dios, pero es más vieja que el carajo, ya casi ni pasan trenes. Horita se oxida, pero bueno, ¿qué me importa esto? Nos estamos oxidando nosotros, cada vez que me miro al espejo encuentro una arruga nueva, y eso que todavía no he llegado a los cincuenta. ¿Qué pareceré de viejo? Seguro que un monstruo, igualito que todos mis primos, que rápido se pone uno viejo en este país.

Puso la primera, después iría cambiando en la medida que el motor se lo pedía, volvió a escupir por la ventanilla del camión. Tampoco lo hizo por gusto, había llegado al parque y en la acera contraria se encontraba la casona que sirviera de Estado Mayor de los cañeros en aquella zafra. El Jefe era un tal Mengana, no recuerda si era Teniente, pero no olvida la clase de hijo de puta que era aquel tipo. ¡Cómo abusaron con los reclutas. Pensó en lo que desviaba la mirada hacia el parque, seguía igualito, nada cambiaba en Amarillas. Aquél árbol inmenso, alrededor del cual se construyó un pequeño paseo se negaba a morir de vergüenza. Recuerda que las chicas de esa época giraban en un sentido, mientras los chicos lo hacían de forma encontrada. Nada, caprichos de las costumbres de esos pueblos, pensó más relajado. Había algo muy lindo, todos se conocían y por esa razón el saludo era casi obligado. Cosa que no sucede en las grandes ciudades donde los habitantes andan como fantasmas, por eso nunca le gustó vivir en La Habana.

Siguió lentamente hasta dar con la calle principal del pueblo, leyó el cartelito con su nombre, esto lo hacía por un vicio humano o masoquismo. Estaba cansado de leerlo y sabía que aquella calle se llamaba Maceo. ¿Cuántos Maceos de estos no habrán regados en toda la república?, Todos los pueblecitos tienen una calle con este nombre y el de Martí. ¿Cuánta falta nos hacen esos hombres ahora? Otros gallos cantarían, ellos si tenían cojones, ¿ahora? Nada, muchos huevos para fajarnos con el vecino, pero no hay para tumbar al tipo. Mejor paro en la acera de la cafetería, trataré de dejar que pasen unas cuantas horas, hasta que se alivie un poco este tráfico de bicicletas, caballos y carretas, como tengo la cabeza debo ser un peligro en la carretera. Dobló en Maceo a la derecha, era la dirección para continuar hasta Colón. En la siguiente esquina detuvo el camión al lado de la cafetería, espacio para parquear sobraba, solo pudo contar dos o tres vehículos a lo largo de toda la calle hasta la salida del pueblo. Cerró con seguro la puerta y al descender comprobó que la tapa del tanque tenía puesto el candado. Gracias a él ahora no le podían robar la gasolina, bueno, gracias a su hermano, fue el que mandó el candado desde los Estados Unidos. ¿A quién se le ocurriría comprar estos camiones rusos de gasolina? Como tragan esos condenados, por eso tendremos libreta de racionamiento durante cien años más, es que este país está dirigido por burros.

En la cafetería solo había agua, las dos dependientas estaban en sus puestos de trabajo, cobraban su salario, pero no tenían nada que ofrecer a la población. Leonel regresó sobre sus pasos y otra vez en la acera caminó en sentido contrario a la del camión. Cruzó la calle, entonces, despacio, fue caminando mientras su mente regresaba al año 1967. ¡Coño! Por aquí vivían unas amistades de Noyo, Francisco y Casañas. Recuerdo muy bien que era una casa en cuyo portal ellos disfrutaban de unas agradables tertulias con sus dueños, ya sé, era aquella que tiene el 111. Déjame caminar otro poco para verle la cara a la gente, se acercó. Son los mismos, pero como han envejecido. No tiene sentido que los salude, ellos solo me vieron en una oportunidad en la cual llegué con los muchachos. Sigo caminando hasta la esquina, me parece que por allí vivían otros muchachos de esa época, ya recuerdo, en aquella casita vivía una chamaquita que era muy blanca, creo que ellos la llamaban Gise, no estoy muy seguro, pero creo que unas casas más adelante vivía un muchacho muy flaco que se llama, se llama, coño, ¿cómo se llama ese condenao? Ya sé, igualito que un barrio de La Habana, Juanelo, ese es su nombre. El tipo era chévere y tenía de novia a una de las muchachas más linda de ese pueblo, ¿qué será de toda esa gente?. Ya sé, el hombre de la casa se llama Fermín, debe ser el que se encuentra sentado en el portal en estos momentos, y aquella seguro que es Magaly su hija. El tiempo no perdona, como han envejecido esa gente. Los muchachos los querían mucho, dicen que las tierras de Fermín eran unas de las más productivas de aquellos tiempos. Solo le dejaron dos caballerías, pero había que verlas, sus plantones de caña tenían más de veinte años, pero estaban cuidadas, se debió al amor que Fermín sintió por su tierra. Entre los surcos de caña el hombre sembraba melones, pepinos y todo lo que pudiera arrancarle a esa generosa tierra. Sin embargo, las tierras del gobierno eran una mierda, solo producían caguaso, tenían que quemarla casi todos los años, volver a sembrarlas, nada, se impusieron miles de teorías, se sembraron distintas variedades de caña y el resultado siempre era el mismo, todo era una mierda, como si estuviéramos condenados al fracaso por no escuchar la opinión del guajiro.

Regresaba por la misma acera cuando divisó a lo lejos el cartel de la funeraria, allí debe haber café, pensó. Mientras caminaba en su dirección trataba de reconocer en vano a las personas, no tenía razón para ello, su estancia en ese pueblo había sido muy corta y nunca tuvo relaciones amistosas con nadie.

Al entrar en el portal de la funeraria, se detuvo a leer la pequeña pizarra donde anunciaban el nombre de los difuntos que se encontraban velando en esos momentos. Había solo un nombre, pero uno que le llamó mucho la atención. ¿Cuál sería el misterio que llevara sus pies hasta ese lugar? Nadie puede descifrar los misterios del destino, allí se encontraba tendido un viejo compañero del Servicio Militar, leyó repetidamente aquel nombre que lo impactara tanto, Primitivo Santa Cruz.

¡El Primi muerto, carajo! ¿Quién lo diría? ¡Qué casualidad coño! Bueno, aquí mismo hago el tiempo que tenía pensado gastar en este pueblo hasta que disminuya el tráfico de la carretera. Creo que hay una razón más fuerte, digo que me rompí por el camino y cuando me pregunten ¿por qué no llamé?, con decirles que no funcionaban los teléfonos es suficiente, me creerán, en este país hay que creerlo todo. Entró en la funeraria y se dirigió hacia lo que parecía ser la cafetería, su intento por pedir un café fue frenado por un cartelito que decía: “El café solo para los dolientes”. Regresó y buscó el salón donde se encontraba expuesto el cadáver de Primitivo, vio a mucha gente rara, todos tenían la cabeza cubierta, si no era por una gorra, lo era por una boina, sombrero de pana, de yarey, etc. Todos eran mulatos y por el físico debió suponer que eran sus hijos. Se sentó en un sillón que se encontraba desocupado casi a la entrada del saloncito, detestaba el olor de las flores que le ponían a los muertos, entonces, con la vista, fue tratando de reconocer el parentesco de los presentes con el Primi. Todos eran cortados con la misma tijera, deben ser hermanos, pensó. Las patas bien largas y el tórax cortico, tan corto que el culo les quedaba casi en la nuca. Igualitos al bueno y noble de Primitivo, pensaba Leonel, ¡miren eso!, si hasta tienen los dientes separados y del tamaño de hachas, no hay dudas, esos bichos son los hijos de él.

Imbuido en esas deducciones, le llegó el sueño que necesitaba desde hacía mucho tiempo atrás y sin darse cuenta se quedó dormido. No se molestó en acercarse a la caja, siempre detestó la idea de verle la cara a un muerto, no lo encontraba necesario.

Un hombre de sombrero de yarey se sentó a su lado y víctima de la curiosidad que mata a todas las personas de los pueblos pequeños, no pudo soportar la tentación en despertarlo, debía haber pasado quizás una media hora.

-Compay, ¿usté no es de este pueblo verdá? Preguntó, mientras lo zarandeaba un poco moviéndole la pierna derecha.

-¡No, compadre!, yo vivo en Santa Marta. Respondió algo asustado por la forma en que fue despertado por el curioso guajiro.

-¿Eso dónde queda?

-Es un pueblecito que está entre Varadero y Cárdenas.

-¿Desde allá vino al velorio de Primitivo?

-No, estoy aquí por pura casualidad.

-Pero lo conocía, ¿no?

-¡Claro! Pasamos el Servicio Militar juntos en el primer llamado.

-¡Ah! Eran algo así como socios.

-Más o menos, así dicen en La Habana.

-¿Cómo se llama usté?

-Yo me llamo Leonel, ¿y tú?

-A mí me dicen el Feo, pero mi nombre es Federico.

-¿Lo conocías?

-¡Claro! Cortamos mucha leña en la ciénaga para hacer carbón.

-¿El Primi era carbonero?

-¡Claro! No solo el Primi, también lo fue su padre, sus hermanos y hasta los abuelos.

-Chico, ¿por qué la gente de su familia lleva la cabeza cubierta estando en un velorio?

-¿No lo sabías? El tipo sufría una extraña obsesión por las gorras, hasta llegó a fundar una Logia.

-¿Una Logia?-

-Sí, la de los Caballeros Cubiertos.

-¡Coño, no puede ser!

-Pues mira que sí.

-Pero es que Caballero cubierto en Cuba le decían a los que tenían el glande cubierto por el prepucio.

-Oye, ¿en cuál idioma me estás hablando?, acuérdate que yo soy guajiro.

-Para que me entiendas, los que tienen la cabeza cubierta por ese molesto pellejito, casi siempre era debido al abandono de los padres que no se los echaban para atrás.

-Ahora sí te entiendo, compay, pero al Primi no le importó nada de eso y fíjate como andan los de su familia. No solo eso, si te acercas a la caja verás que el tipo tiene su mejor sombrero puesto.

-¡Ven acá! ¿Qué está haciendo la familia con esa cinta tan larga que les corre por las piernas y todos leen?

-¡Ah! Esa cinta es la dedicatoria de la corona.

-Coño, ¿tan larga?-

-Eso es lo que se ha puesto de moda aquí, como solo asignan una corona por muerto. Ante las protestas de familiares y amigos de los difuntos que deseaban dedicarle una corona a su ser querido, y ante la imposibilidad de satisfacer esa demanda por falta de flores, pues, el Partido del municipio decidió utilizar este sistema propuesto por uno de sus militantes en este Periodo Especial. ¡Y fíjate!, ha dado sus resultados, cada vez que alguien gestiona una corona para un difunto, solo le agregan el nombre a la cinta. Como puedes observar, si el personaje era muy popular, la cinta será bien larga. Hasta ahora el record en la longitud de la cinta la tiene Chicho el carnicero del barrio.

-No lo dudo, ellos son muy populares en este país. ¡Ven acá!, ¿de qué manera puedo tomar café o algo que se le eche al estómago en este pueblo?

-¡Vamos a la cafetería, compay! Tú eres otro doliente del Primi y tienes derecho a la merienda. Leonel se levantó para acompañarlo, pero la verdad era que tenía muchos deseos por deshacerse de aquel guajiro hablador. No encontraba la forma de poder quitárselo de arriba, pero ahora esa maniobra no le era prudente si deseaba ingerir algo. El Feo llegó hasta el mostrador y fueron tantas las cosas que le dijo a la camarera en menos de un minuto que, ella tampoco se resistió a sus demandas. Les despachó a cada uno un pan con croquetas de esas que todos conocen en Cuba, un refresco de fresa y una tasa de café. Regresaron al salón y aún continuaban sus asientos desocupados, entonces, el feo no se hizo de rogar y continuó a la ofensiva en su interrogatorio, Leonel por su parte luchaba en contra del sueño viejo que ahora aumentaba con la digestión de aquella croqueta Apolo 11.

-Así que usté conocía muy bien al Primi.

-Quién dice bien, no tanto, pero compartimos tres años en la misma unidad militar.

-Pero tendrá una idea de aquella locura por las gorras.

-Sí, la idea la tengo, pero ven acá, ¿aquella de la gorra de pelotero es hija de él?

-¡Hombre claro! Esa es la mayor de todas, se llama Sinforosa Santa Cruz, es la madre de aquellos seis vejigos que están leyendo la cinta.

-¡Coño, verdad que todos son feos!, ¿y aquel del sombrero de yarey con una banderita cubana, también es de la tribu?.

-Ese es su hijo del medio, el tipo es la candela con el hacha en la mano, hay que verlo en el monte al condenao, ese se llama Monasterio Santa Cruz.

-¿Y aquel de la boina verde olivo?

-Ese es Eleuterio Santa Cruz, se dedica a cazar cocodrilos, creo que los bichos le temen, una vez uno lo mordió en una pata y fue tanta la rabia que le dio, que Eleuterio le clavó el par de dientes de Hacha en pleno jocico al animal.

-¡No jodas!, no puedo creerte eso, esta gente es algo salvaje.

-Mira, ellos son así, pero lo que tienen de feos, lo tienen de buenos, son copia fiel del padre.

-No lo dudo, pero la verdad es que en feos tienen el uno. Así, en lo que pasaba el tiempo, Federico le iba describiendo cada pariente de la familia Santa Cruz hasta que no faltó ninguno, parecía que era el biógrafo de todo ese equipo de los engorrados.

-¿Entonces me vas a contar el dilema de Primitivo con las gorras?

-Pues claro hombre, ¿a quién no mejor que a ti?

-Entonces te pido que me esperes unos minutos, enseguida regreso.

-No hay problemas, de aquí no me muevo ni hablo con nadie del asunto. El feo salió disparado por la puerta de la funeraria seguido con la vista por Leonel, quién comenzaba a sentirse atraído por este singular y raro personaje de nuestros campos. Pocos minutos después, regresaba con una botella dentro de un cartucho de papel y dos laticas de lata de leche condensada que fueron abiertas en su totalidad para usarlas como jarros.

-¡Compay!, ya puede usté comenzar la historia, mientras tanto, le doy un traguito para brindar por la salud del difunto.

-Coño, ahora si que me has dejado botado, ¿Cómo es eso de brindar por su salud?

-¿No dicen las malas lenguas que cuando uno se muere pasa a mejor vida?, entonces, brindemos para que en esa vida el compay goce de buena salud.

-Por cierto, no me has dicho de qué murió el hombre.

-Ná compay, las gorras lo llevaron hasta donde se encuentra ahora.

-¿Cómo es eso?-

-Muy sencillo, su hermano le había prestado la moto para hacer una diligencia y conduciéndola a mucha velocidad, quién te dice que el viento le tiró el ala del sombrero sobre los ojos justo cuando venía un camión de frente, ya puedes ver, se hizo mierda. Terminando de decir estas palabras, le sirvió un traguito del contenido de aquella botella a Leonel en una de las laticas.

-Por la salud del Primi en la otra vida y ojalá que no sea tan mala como ésta, porque a decir verdá, esta es tremenda mierda. Entonces chocaron ambas laticas ante la mirada indiferente de los familiares, que conocían muy bien al Feo.

-¡Caballo!, afloja un poco con las palabras cuando hagas otro brindis, mira que no quiero líos en este pueblo.

-¡No tengas miedo, compay! El que tiene que aflojar es el otro caballo, no te preocupes. En este pueblo casi todo el mundo es gusano, lo que pasa es que están tapiñao, el día que pase algo, aquí no queda títere con cabeza. Ambos bebieron al mismo instante y Leonel hizo una extravagante mueca.

-¡Coño, Feo! ¿Qué me has dado?

-La bebida del pueblo, compay, “Chispa’e tren”.

-Oye, pero esta sabe a rayos, en Cárdenas la preparan mejor que aquí.

-Bueno, pero es lo único que se puede conseguir en este pueblo, ¿qué, me cuentas.

-¡Pues, claro! Mira, sirve un poco más de esa mierda para coger impulso. Volvieron a brindar, pero ahora la mueca disminuyó algo y se acercó a una sonrisa.

-Ya ves, poco a poco te acostumbras a ella, yo todos los días me espanto una botella.

-Así debes tener el hígado, ¡oye!, no se lo digas nadie, pero coño, qué fea es la mujer del Primi.

-¡Compay! ¿A que otra cosa podía aspirar el socio con esos dos dientones que parecía un conejo?, ¡mira, es más, brindemos de nuevo! Chocaron las laticas y bajaron otro brindis por el muerto.

-Ahora te haré la historia de la locura del ñampio por las gorras.

-¡Arranca, que pa luego es tarde!

-Pues, resulta que a Primitivo lo mandaron a pasar el Servicio Militar a La Habana. Fue en la carretera que va para el Mariel, lo destinaron a un campo de tiro de la DAAFAR. Allí solo había unos cincuenta reclutas, un Sargento que era bien hijo de puta, uno de los más grande que se ha parido en esta tierra, era Soto de apellido. Teníamos también a un Teniente, un tipo bastante flaco, creo que la pistola que usaba pesaba mas que él. De aquellos cincuenta reclutas, alrededor de la mitad eran del campo, los llamados

Guajiritos. Yo estaba entre ellos porque Santa Marta es más pequeño que este pueblo, allí no existía agua potable, era por ello que los guajiritos siempre andábamos sucios, no podíamos venir a la casa los fines de semana como la gente que vive en La Habana. El asunto es que cada vez que salíamos de pase, nosotros lo hacíamos bien sucios y en esos tiempos, habían regado policías militares por toda La Habana.

Pues quién te dice que en uno de esos pases, sorprenden a Primitivo en plena playa de Marianao, no solamente sucio, el infeliz no tenía gorra y por su deplorable aspecto, se lo llevaron preso para una granja, lo condenaron a un mes de prisión solamente por esa razón.

-¡Coño! De verdad que aquello era un abuso con el pobre guajiro, ¡mira!, vamos a brindar de nuevo, la verdad es que se lo merece. Sirvió las laticas y las chocaron. ¡Por que se muera el hijoputa que metió preso al Primi! Dijo el Feo acalorado por lo que había escuchado.

-No te alteres, Feo, la cosa no termina aquí.

-Pues no pares, quiero saber cuantas hijaputadas sufrió mi amigo.

-Te cuento, estando preso el Primi había mantenido buena conducta y trabajó como un animal para ganarse su libertad. ¿Qué le pasó? El destino le jugó una mal momento de la misma manera que nos la juega a todos nosotros ahora. Llegó el día en el cual el guajiro debía salir en libertad y ese preciso día, al dueño de toda esta granja de carneros se le ocurrió decir que, como tenía lugar el inicio de la zafra azucarera, todas las libertades quedaban suspendidas.

-¿Así como así?

-Como lo estas oyendo, así como así, sin mas explicación. Todo porque al tipo le salió de sus reverendos cojones tirar ese decreto, ¿qué te parece?

-¿Cómo me va a parecer? Una tremenda cabronada, ¡mira!, vamos a brindar para que se muera ese hijoputa. Volvió a llenar las laticas.

-¡Para que se muera el hijoputa! Dijo esta vez Leonel y entonces chocaron ambas latas. Jodida suerte la del negro, la verdad es que no es fácil meterse tanto tiempo preso por una cabrona gorra.

-Por eso es que el tipo estaba loco con ese asunto, bueno, al extremo de que le costó la vida.

-¿Sabes una cosa? Tengo que dormirme un rato, porque dentro de poco tengo que seguir en la carretera.

-¡Tira un pestañazo, socio! Yo daré una vuelta por el pueblo para ver que se me pega. Se levantó y cuando hubo de terminar las últimas palabras a Leonel se le cerraron los ojos. No solamente por el cansancio que cargaba, ahora era ayudado también por los efectos de la Chispa’e tren.

En la misma posición que lo dejó el Feo permaneció durante mucho rato, no puede calcular cuanto, pero durmió a piernas sueltas y hasta roncó, mientras era observado por otro grupo de Santa Cruz que recién acababan de llegar. Una fuerte palmada en el

muslo lo despertó y cuando abrió los ojos, dio un salto del sillón muy asustado.

-¡Compay! ¿Qué haces aquí, conocías a mi primo? Leonel no salía de su asombro, tenía ante él a su amigo Primitivo.

-¡Coño!, esto no puede ser, me van a volver loco en este cabrón pueblo. Fue todo lo que alcanzó decir en ese instante.

-¿De qué hablas Leonel?, soy yo, viejo, el Primi.

-Chico y, ¿quién carajo es el que está en la caja?

-¿Ese?, es mi primo Primitivo.

-Rayos, ¿no pudieron ponerle otro nombre?

-Es que mi padre y mi tío no pudieron ponerse de acuerdo en medio de la ciénaga para ver quién le ponía el nombre de mi abuelo a sus hijos. Leonel le miró a las manos y le llamó la atención la gorra verde olivo que llevaba en ella.

-Tú eres de la Logia de los Caballeros Cubiertos.

-¡No, hombre! Yo no como esa mierda, esta es la gorra por la que cumplí ocho meses preso, la traigo para echársela en la caja a mi primo, él si estaba turbado con este asunto, fíjate si es así, que dentro de ese ataúd hay más de doscientas gorras que la gente ha donado para que se las lleve a la otra vida para que sea feliz.

-Bueno, creo que me largo al carajo, debo continuar mi viaje.

-¿No te quedas para el entierro?

-¡No jodas, compadre! Creo que ya cumplí bastante.

-Es cierto. Se dieron la mano y el Primi vio como salía de la funeraria.

Arrancó el motor del camión a unas cuadras, cuando estuvo frente a la funeraria se bajó con un sombrero de yarey en la mano, fue hasta la caja y la puso encima de ella, no se despidió otra vez.

La carretera seguía cargada de bicicletas que viajaban de Amarillas hasta Calimete, todos iban sin luz. Prendió el radio y estaban dando noticias…La flota pesquera cubana había sobrecumplido el plan de captura para este trimestre con 40 días de adelanto……Lo apagó de nuevo.

-Mierda, mentirosos, no hay pescado en la calle.- ¿Carajo por qué seré tan gusano? Iniciaba de esta manera el diálogo que siempre mantenía para no quedarse dormido.

Con mucho afecto al Jefe de Máquinas Heriberto Hernández, sepultado en el día de hoy en la ciudad de La Habana.

Esteban Casañas Lostal.
Montreal..
Canadá 1999-09-26

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