Cuba es un cuento, compay

Soledad

Todos los días apostamos a que no vendrá, lo hacemos por divertirnos un poco solamente, no jugamos nada. El viejito llega a la misma hora, algo exacto para estos tiempos, como el movimiento de los astros.Lo hace contando cada paso, un poquito más agotado cada día, arrastrando los pies sin fijarse que lleva consigo, exceso de tiempo quizás, tiempo de mierda mezclada con la mierda de perros que muchos inmigrantes no limpian. Siempre llega desde la misma dirección, cabizbajo y con el rostro cubierto por el ala de su sombrero. Su andar es de esa lentitud que agota a quien lo esté observando, luego, como si tuviera conectado un piloto automático, va cayendo a estribor
en busca de su pequeño espigoncito donde atracar con su carga de recuerdos.

El bota agua de una gran ventana vecina ha sido su trono desde el verano pasado. Puede que lleve años realizando la misma maniobra, la acera debe tener marcada las huellas de sus zapatos, y el alero de la ventana el de sus nalgas tan pesadas como sus años. Nunca nos hemos detenido a medir el tiempo que permanece en esa posición, nuestras observaciones son interrumpidas siempre por la llegada de algún inoportuno cliente, no sabemos si regresa por el mismo camino tratando de borrar sus huellas.

No hay día bueno o malo para él y con su presencia se burla de nuestras apuestas. El bochornoso calor del verano no restó importancia a esa tarea que realiza diariamente. La llegada del otoño fue insignificante, allí lo vimos sentado bajo torrenciales aguaceros, protegido por un chubasquero amarillo chillón y sombrero impermeable. Apostamos por el invierno y volvimos a equivocarnos, aunque no ha sido muy frío aún, el viejito llega bien abrigado a cumplir la misión que se encomendó.

Casi inmóvil permanece allí sentado, vagos gestos o movimientos de cabeza son apenas perceptibles, puede que atraído por el color deslumbrante de algún auto. De vez en cuando se fija en nuestra cocina sin insistencia o interés, pienso que mira por hacer algo, por demostrarnos que corresponde a este mundo y no es la extraña estatua de John Lenon en un parque de La Habana.

Ella nos visita con frecuencia casi diaria, es joven, casi de la edad de mi hija. Si adelgazara un poco fuera más bella, pienso. Si mejorara en algo su estilo de andar, no como el de las modelos, sería demasiada exigencia, si solo fuera un poco más femenina. Si su cintura no se encontrara algo aferrada a su columna, si pudiera mover las nalgas con independencia, no sería difícil identificarla como una buena hembra. Si no se comportara como extraterrestre sobre unos tacones altos usados por accidente, y no sintiera complejos al mostrar una cuarta de carne por encima de sus rodillas. Si pudiera amarrar su caballo en la acera, sin olvidar echarle moneditas al taxímetro de lunes a sábado, no la imaginaría andar de la barra al baño sonando las espuelas de sus botas , no la confundiría con un enorme boxeador. Si pudiera controlar esos constantes cambios de luces intermitentes mientras habla contigo, como si fuera un faro, o señales perdidas del código Morse por telegrafía, si eso fuera posible, pudiera describirles el color de sus ojos. Si le diera un poco más de libertad, solo un poquito, a esos senos algo pronunciados, pero supuestos firmes por su edad. No imaginaría tener de frente a un levantador de pesas, cuando me abraza me acomplejo, y aunque le diga que me puede excitar le miento. Se propuso probar todos los cócteles de la casa y lo logró, su gusto se inclinó por el “Cubanito”, ella prefiere que se lo prepare yo sin saber el daño que me causa. Viajo sin causas hasta Lafayette, allí me siento con Gilberto el loco y su esposa, estoy convencido que lo preparo mejor, no le agrego agua al ron, cada trago un viaje al pasado sin necesidad de visa, un encuentro con aquella gente buena nunca olvidada, un paseo agotador.

Miguel es un viejo español que nos visitó por accidente un día del año pasado. Tiene la costumbre de arribar como mínimo dos horas antes de abrir, es inoportuno e imparable cuando da rienda suelta a las venas de su lengua. Desde que lo conozco anda con un sobretodo color beige que limita casi en sus tobillos y una gorra del mismo color. Me imagino al Sherlock Holmes nacido en Santander, cometí un grave error al decirle que mi familia tenía sus orígenes en esa ciudad. Siempre se para frente al vitral del restaurante y pega su rostro hasta donde le permite la visera de su gorra. Con ambas palmas trata de aliviar los efectos que el sol produce sobre el vidrio después del mediodía y busca con saña en su interior, me busca, mientras puedo me escondo. Hay momentos en que esa persecución y escapada resultan inevitables y por pena le abro la puerta. Durante el verano anduvo con un traje de Terlenca azul cielo, fueron meses en los cuales viajé incansablemente hasta Bilbao. Creo que en Baracaldo compré un pantalón de igual tela y color por solo ciento cincuenta pesetas. Veo a Miguel con aquella misma tela y no puedo escapar de mi asombro. Hablo de una tela concebida en los finales de los sesenta y que debe resultar prehistórica en este nuevo siglo, no puedo dudar de su calidad y resistencia al paso de los años.

Ese día que entró por accidente, según sus propias palabras, y de las cuales no creo una sola sílaba, Miguel me entregó una partitura. Dijo se trataba de una canción de su autoría sobre la guantanamera, o sea, sobre las mujeres de esa región del país. Aquella partitura venía dentro de un file con una hoja de presentación encabezada por una foto de su infancia. Trato de buscar justificación entre la partitura y fotografía, imagino estar en presencia tal vez de un niño prodigio de la madre patria, guardo aquellos mamotretos para dárselos al pianista que toca los viernes en el restaurante. Suena el teléfono y me extrae de estos sublimes momentos hoy escasos para mí.

-Saveur Tropicale, bonjour.

-¿Habla usted español, verdad? El acento me sonó portugués.

-Por supuesto que sí, ¿en qué puedo ayudarlo?

-¿Es usted cubano?

-Sí, yo soy cubano.

-¿De qué parte de Cuba?

-De La Habana.

-¿Pero hace tiempo que salió de Cuba?

-No se preocupe, ¿en qué puedo ayudarlo?

-Usted sabe que ninguna cubana puede entrar a un hotel con un turista, ¿es cierto?

-Por supuesto que es así.

-¿Tiene tiempo para escucharme?

-Digamos que mientras no me complique la vida podré atenderlo.

-El asunto es, que yo viajé a La Habana hace dos meses como turista y me hospedé en el hotel Inglaterra, ¿sabe dónde queda?

-Por supuesto que sí.

-Yo fui de turista por tres meses en ese hotel, pero un día fui a visitar a un amigo que se encontraba hospedado en el hotel Ambos Mundos, ¿lo conoce?

-Sí, yo trabajaba a una cuadra de ese hotel, ¿pero me dijo que fue de turista por tres meses?

-Es así, el caso es que fui a visitar a ese amigo y nos dirigimos a una famosa panadería que está en esa misma cuadra, ¿la conoce?

-¡Claro que la conozco!

-Allí se me quedó observando una hembra que no hay palabras para describirla.

-No lo dudo.

-¿Usted sabe que las cubanas no pueden entrar a los hoteles con los turistas?

-¡Claro que lo se! Es cierto.

-Pues ella se hospedó conmigo en el hotel Inglaterra por varios días.

-¿Y no tuvo problemas?

-Los primeros cuatro días no, pero al quinto y mientras salíamos del hotel, se presentó un patrullero de la policía política y no le cuento el escándalo que se formó en la misma entrada del hotel.

-Eso es guión para una película.

-¿No me cree?

-No es que le crea o deje de hacerlo, es que yo soy cubano, no es sencillo dispararse esas historias. ¡Mire señor! Si no puede entrar, no puede hacerlo y punto, ¿cómo digerir que estuvo cuatro días hospedada en ese hotel? Sencillamente no la dejan entrar desde el primer intento.

-Pero ella lloró a lágrimas vivas en el momento de la detención.

-Y cuando usted ve una película, las artistas lloran también.

-Pero es que yo conocí a toda su familia, el padre es coronel de la Seguridad del Estado, y el hermano era escolta de Fidel.

-¿Y qué? Todos pudieron estar de acuerdo y ser parte de una farsa.

-Pero es que ella deseaba casarse conmigo.

-¿Y se casó?

-Usted nunca lo comprenderá, ella me demostró amor, yo la dejé embarazada y tengo las pruebas.

-Y después del arresto frente al hotel, ¿qué pasó?

-¿Conoce la calle Neptuno?

-Claro que sí.

-Bueno, allí alquilé en una casa particular.

-¿Y no tuvo problemas?

-No, no tuve problemas. La dueña me alertó en varias oportunidades sobre la posibilidad de una delatora, pero como le dije anteriormente, yo estaba convencido del amor de aquella hembra, usted no se imagina.

-¿Imaginarme qué?

-El culo de aquella hembra y las mil maneras de hacer el amor. ¡Se lo juro! Era una locura en la cama. ¡Loca! Esa es la palabra. ¿Sabe qué me propuso una vez?

-No me lo imagino.

-Pues me propuso grabar mientras hacíamos el amor.

-¡Coño! ¿No le suena raro eso? ¿Piensa que es la conducta normal en una mujer decente?

-Ella argumentaba que era para disfrutarlo entre los dos.

-¿Y nunca se le ocurrió que podía ser un arma de chantaje?

-¿Chantaje, por qué?

-Que poco conoce a los cubanos, porque no es normal que una persona viaje a la isla de turista por tres meses. ¿No ha pensado en eso? Si usted vive en Canadá debe saber las extensiones de los períodos vacacionales. Su tiempo era propio solo para millonarios, usted era presa fácil de las sospechas del régimen.

-No lo creo, estoy convencido de que ella estaba enamorada de mí.

-Si usted lo dice, creo que debo dejarlo, tengo que pasar una factura por la máquina de Interac y es la línea de teléfono que utilizo con usted.

-¡No me cuelgue! Espere un minuto por favor, la historia no termina.

-Pero debe comprender que tengo clientes esperando en la caja.

-Solo un segundo y luego me dará su opinión.

-¿Qué más desea agregar?

-Llegó un instante en el cual nos encontrábamos desesperados y ella decidió llevarme para su pueblo.

-¿Cuál pueblo?

-Ella era de Moa, pero imagine, la montaña, donde no existe electricidad y para hacer sus necesidades fisiológicas había que acudir a una rústica letrina. ¿Se lo imagina?

-¡Claro! Yo alfabeticé en Baracoa y visité a Moa en varias oportunidades.

-Allí estuve en esa vida salvaje durante varios meses, viví ilegal en ese país. De vez en cuando bajábamos al pueblo y ella le compraba efectos electrodomésticos a sus familiares, aquí tengo todas las facturas conmigo. Llegó el momento donde tuve que tomar una decisión de vida o muerte, yo no podía continuar esa vida animal por mucho tiempo y se lo dije, fue en ese instante donde carecía de un peso cubano para ponerme en contacto con la embajada de Canadá, y solicitarle ayuda para salir de aquel infierno.

-¿Hasta ese extremo llegó?

-Usted nunca lo creerá, no se puede imaginar los sacrificios que suponen regresar hasta La Habana sin un centavo.

-¿Y para qué me cuenta esas cosas, qué espera de mí?

-Solo quería escuchar su opinión como cubano.

-Tengo que cortarle, debo pasar una carta por la máquina y la línea la mantengo ocupada con usted.

-No me cuelgue por favor, dígame su opinión.

-¿Se la digo?

-¡Dígamela! No se preocupe.

-A usted lo han tumbao compadre.

-No lo creo. Ella estaba enamorada de mí, conocí a su familia, su padre es una persona de buena posición dentro de la Seguridad del Estado y el hermano era escolta de Fidel.

-A usted lo han tumbao y toda esa gente son una partida de singaos.

-Ella estaba en embarazada y tengo las pruebas de ello.

-¿Sigue en estado?

-Dice que perdió la criatura.

-¿Cuándo?

-Hace tres semanas.

-Eso es pa’los bobos y extranjeros como usted. Un certificado de embarazo se puede comprar en Cuba, no solo eso tan insignificante, hasta un título de cosmonauta.

-Pero yo tengo fotos de ella cuando me la mamaba, y todas las facturas de los equipos que le compré a su familia. No se imagina el culo tan delicioso que se mandaba aquella hembra.

-¡No joda! Así que usted tiene fotos de sus relaciones sexuales con ella.

-Aquí tengo una carta donde voy a demandar al gobierno cubano por la estafa de los siete mil dólares que me tumbó esa tipa.

-¿Demandarlo dónde? ¿En la corte internacional del La Haya? ¿Y piensa recuperar su dinero? ¡Olvídese de eso!

-Pero la pueden meter presa.

-Usted no ha entendido nada, lo más probable es que ella era parte del plan o el eslabón ejecutable. Supongamos que usted demande al gobierno cubano, el gobierno no pagará nada por las acciones independientes de una jinetera. En el caso contrario, suponga que ella trabajara para el gobierno, el gobierno la premiará con una condecoración por la brillante labor realizada. De una manera u otra, ni usted recuperará la plata perdida, ni ella caerá presa, si desea reclamar algo y perder un poco de tiempo, escriba mejor a las Naciones Unidas.

-Pero fíjese que yo le compré un celular antes de partir y al poco tiempo dejó de responder a mis llamadas.

-¿Y no ha podido averiguar nada con el padre, hermano, amistades, familia?

-Solo he podido hablar con un amigo de ella.

-Amigo, olvídela, trate de guardar dinero en el banco y hacer sus vacaciones en otro país. Usted no es el primero al que le toman el pelo, bueno, no a todos les cuesta siete mil dólares tampoco.

-Pero yo tengo las pruebas de su embarazo, ella lloró el día de la detención frente al hotel Inglaterra, su familia era excelente.

-Compadre, no coma más mierda. Tengo un amigo en situación similar, todos eran buenos, la madre, la hermana, las tías, los primos. ¡Alégrese de no haberla traído! Tengo que cortarle.

-¡No me deje por favor!

-¡Oiga, esto es un restaurante! Solo pude escuchar sollozos del otro lado de la línea. Click.

Miguel cayó de sorpresa y ya la puerta se encontraba abierta, lo hizo radiante de felicidad o por los efectos del vino consumido. Sobre el mostrador colocó una botella que me trajo de regalo, pero me obligó a descorcharla y beber una copa. El vino sabía a rayos o yo carezco de cultura sobre vinos. Recuerdo haber renunciado a su consumo en una perra borrachera adquirida en Bilbao.

-Pues mire que está delicioso. Tuve que mentirle y hablar de las bondades inciertas del vino de su cosecha.

-¡Ahhhh! Pero yo no bebo un vino cualquiera, no me brinde de sus vinos, nunca los voy a aceptar.

-¿Y dónde compra las uvas? Siempre respondía de manera esquiva, insistí en saber qué tipo de uvas utilizaba y no supo responder.

-¿Qué sabes tú de vino? Me contestaba altanero y hartándose de su origen en la península.

-No se nada Miguel, en Cuba no se produce vino, pero aquí trabajé en una fábrica donde ellos.

-Las uvas están muy caras, y cuando les veas la piel arrugada no las compres.

-¿Qué tipos de uvas compras, Pinot Noir, Cabernet Sauvignon, Merlot? Casi todas vienen de California.

-¿Conociste a Beny Moré?

-Por supuesto, la mejor voz que ha parido Cuba. Murió siendo yo un muchachito.

-El bolero es español, lo mismo ocurrió con el tango. Luego, los argentinos se apoderaron de él.

-¡Claro que sí don Miguel! Elvis Presley era catalán.

-¿Conoce Baracoa?

-Ya le dije que alfabeticé allí.

-Entonces usted era miembro del partido comunista.

-Yo tenía once años cuando aquello don Miguel, nunca fui comunista.

-A ustedes les hacía falta un Franco en esa isla.

-¿Para qué don Miguel? Si tenemos a otro pichón de gallego mil veces más hijo de puta.

-¿Conoció al Conde de Baracoa?

-Que dios me perdone don Miguel, pero los Condes corresponden a su época.

-Infeliz, hay que perdonarles su ignorancia.

-Es cierto don Miguel, vengo de una isla repleta de indios ignorantes.

-Supongo haya conocido a Pérez Prado.

-Sí, lo recuerdo, es el creador del mambo.

-¡No hombre! El mambo es andaluz, luego lo llevaron hasta América.

-¡Claro! Igualito que el rock and roll, la alpargata y las boinas.

-No trate de tomarme el pelo don Esteban.

-Por supuesto que no don Miguel, se me olvidaba la máquina de afilar cuchillos y tijeras.

-En realidad no puedo tener una conversación seria con usted.

-Lo lamento, pero trato de ser lo más serio posible. Luego de mezclar a Gaudí con Raphael y a Cervantes con Julio Iglesias, don Miguel se retiró después de sus acostumbrados gestos algo exagerados. Siempre partía enojado y me acostumbré, luego, me llamaba por teléfono para preguntarme por mi salud como si hicieran siglos de no habernos visitado.

Ella usa un perfume encantador, dulce, excitante, embriagador. Cuando me dijo que era producido en Cuba no se lo creí. Siempre he asociado lo nuestro con la mierda, y en perfumería debía caer en aquella marca harta conocida, “Fiesta”. Los otros días cargué a una bebita de tres meses en el restaurante, el olor de los bebitos es eternamente agradable, pero el de aquella bebita era diferente a todos los que pude oler en Montreal. Hace solo unos días cargué a la hija de un primo mío en Miami, bueno, un primo de segunda generación. Su niña olía igual a la bebita de Montreal, ambas criaturas olían igual a mí en los años sesenta y cuatro hasta el sesenta y siete. Sabía que no me equivocaría al preguntar, ambas respuestas fueron iguales, la misma Agua de Violeta que usé siendo recluta. Se han superado, pienso, nada que ver con aquel perfume “Yoruba” que los oficiales me suplicaron no usar cuando me dirigiera al puente de mando.

-No te molestas si te pido un “Cubanito’.

-¿Cómo puedes pensar que me molestas? Este bar se enorgullece de ser premiado con tu presencia.

-Que gentil eres.

-¿Te lo preparo con amor o sin amor?

-Como siempre lo haces.

-Entonces lo hago con amor y le agrego un poco de brujería para que regreses. ¿Cómo andan las cosas con los papeles de tu marido?

-Ya no sé a quién escribirle.

-No te desesperes, ya llegará para mal de nosotros. Porque me imagino que cuando llegue tu marido te pierdas de nosotros.

-¿Cómo creas que sea así?

-No por ti cariño, ya sabes como somos los cubanos, además, deberá comenzar a trabajar e insertarse en esta sociedad.

-Ya estoy desesperada porque acabe de llegar, ni te imaginas la plata que me ha costado este matrimonio.

-No tengo ideas.

-Ya sabes como son en la isla.

-¿Cómo son? A veces se me olvida, ya he borrado el casete, ya sabes, soy canadiense.

-Son increíbles, a mi boda asistieron más de doscientas personas.

-¡Ñoo! Es grande la familia de tu marido.

-¡Qué familia ni un carajo! Yo recuerdo haber llegado con varios miles de dólares a la isla, desde allá tuve que llamar a mi padre para pedirle otro tanto.

-Ya me imagino, ¿y ahora?

-Hace más de dos años que mi esposo tuvo que dejar el trabajo para poder salir de la isla, ya sabes, trabajaba en turismo.

-No, no sé por cuál razón tuvo que dejar el trabajo.

-Porque no se puede casar con una extranjera y desde entonces lo mantengo.

-¿Y cuánto le mandas?

-Trescientos dólares mensuales, y lo peor, ahora me cuenta que la madre se separó del padre. Ya le compré todos los efectos electrodomésticos a su casa, ahora me pide para su madre también. Guardé silencio durante varios minutos, lo hice por horas, decidí hacerlo por vida y así hice. Tuve deseos de decirle comemierda, pendeja, pagona, estúpida, sentí pena de ofenderla.

Ella regresaba todos los días mientras no trabajaba, su hermano y padre llegaban a la casa a medianoche. Nuestro bar era su refugio, sus visitas se han distanciado desde que comenzó a trabajar. En su primer cobro quiso invitarme a un trago, no se lo acepté porque no bebo trabajando, en Navidades me trajo una botella. Comienzo a extrañar ese olor dulce del perfume que nunca pensé fuera fabricado en la isla.

Llevo dos días escondido en la oficina, nadie me puede observar desde el exterior. La apuesta se mantiene, jugamos por divertirnos. Ya no somos tantos los que apostamos tampoco, solo quedamos tres cubanos en el restaurante. La gente siempre pregunta, es lógico. A los cubanos les explico las razones, a los extranjeros les doy el bate.

Hoy hay treinta grados bajo cero, es casi imposible que el viejo venga a sentarse en el alero de la ventana vecina. Don Miguel pegó su rostro al cristal del la fachada, lo hizo como de costumbre, hasta donde se lo permitió la visera de su gorra, faltaban veinte minutos para abrir, no le abrí.

Continuamos esperando por nuestro viejo, lleva varios días sin acudir a su puesto de trabajo, perdemos y ganamos apuestas. Nos preocupamos, nos falta nuestro John Lenon. Suena el teléfono.

-Saveur Tropicale, Bonjour.

-¿Es usted cubano? El tono de aquella voz era de origen portugués.

-No, yo soy de Malasia.

-Merci beaucoup.

Ella llegó una hora después de abrir, ocupó el mismo sitio en la barra, olía igual que siempre, su perfume era dulce, encantador, excitante. Nos besamos como de costumbre en cada cachete, como hacen los franceses. Me pidió un “Cubanito” y viajé automáticamente hasta Lafayette, me senté con Gilberto el loco y su esposa. La vi partir en dirección al baño con su paso varonil, escuché el sonido de las espuelas de sus botas mientras preparaba su trago.

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