Cuba es un cuento, compay

Internacionalismo

Cuba: El costo de su revolución

…¡Estamos cumpliendo un elemental deber internacionalista cuando ayudamos al pueblo de Angola! (APLAUSOS) No buscamos petróleo, ni buscamos cobre, ni buscamos hierro, ni buscamos nada en absoluto. Simplemente aplicamos una política de principios…

…De modo que cuando los imperialistas se preguntan qué interés tenemos, les tendremos que decir: miren, léanse un manual de internacionalismo proletario para que puedan entender por qué nosotros estamos ayudando en Angola…

(Fragmento del discurso de Fidel Castro en el teatro Carlos Marx el 22 de Diciembre de 1975 durante la clausura del primer congreso del partido.)

No fue necesaria la existencia de un Fidel Castro con su “revolución” para inculcarle al pueblo cubano ese sentimiento tan humano y arraigado en nuestra gente conocido como “solidaridad”. Por idiosincrasia, el criollo siempre fue una persona que se identificaba con el dolor ajeno y acudía en ayuda del necesitado sin que mediara una orientación o disposición oficial. Sentimiento que gozaba de raíces bien profundas dentro de nuestra población más desposeída, destacándose entre ellos los campesinos y obreros. Si nos remontáramos a épocas anteriores al año cincuenta y nueve, encontraremos también que los pobladores del interior del país eran mucho más hospitalarios y solidarios que los de su capital. No son simples deducciones, yo conocí de muy cerca aquella gente porque viví entre ellos.

El disparo de la válvula de seguridad que controlaba las pasiones, egos y ambiciones de poder de Castro. Sus desmedidas pretensiones por erigirse como el Napoleón del Tercer Mundo, su incondicional alineamiento al proyecto de expansión comunista de la URSS y su adopción como metrópoli política de la isla, condujeron al país, no exentas esas acciones de altas dosis de caprichos incontrolables, al grado de destrucción que se observa hoy día.

A nadie se le ocurriría quitarle los zapatos que calza su hijo para dárselos al vecino en un gesto de “solidaridad”, ese buen vecino agradecería aquella acción, pero se negaría a someter al niño a un sacrificio inmerecido. En el caso de Cuba ha sucedido algo parecido, se ha desvestido a un santo para vestir a otro. Se privó a nuestra población de poder mejorar sus condiciones de vida o cuando menos, satisfacer sus necesidades cotidianas elementales en la vida de cualquier ser humano. Sus vecinos han aceptado aquellos regalos aplaudiendo la acción, ignorando el verdadero origen de aquellas mercancías y para colmo, haciéndose eco de una campaña que no dejaba de ser otra con propósitos políticos muy bien definidos. La izquierda internacional ha sido el mejor portavoz y cómplice de aquellas acciones despiadadas que, han sometido a nuestro pueblo desde hace medio siglo a una vida miserable, y por si resultara insuficiente, la destrucción económica de la isla.

Castro, como propietario de todo lo que existe en su feudo, incluyendo la vida y voluntades de sus habitantes, ha dispuesto y despilfarrado a su antojo las pocas riquezas que allí se han producido, acciones realizadas sin contar con la voluntad popular. Puede preguntarse entonces, ¿ha sido un gesto solidario del pueblo cubano? La respuesta sería un rotundo no, Castro no contó con su pueblo para desviar los recursos que le pertenecían por derecho. El clímax de esa situación obtiene sus máximos valores con la aparición en nuestro lenguaje popular de una frase convertida en consigna, “El Internacionalismo Proletario”. Adaptada en nuestro ambiente con las interpretaciones propias de un dictador que, condenaba a todo siervo que se negara a acatarla como suya. Fase en la cual no solo se despilfarraba la producción del país, el Estado actuaba como dueño de las almas de su pueblo y se daba el lujo de enviarlos como soldados a cualquier parte del mundo. Aplausos recibidos por parte de toda la izquierda internacional, lágrimas de nuestras madres, esposas e hijos por sus muertos.

Mientras nuestra población esperaba impaciente la llegada de un barco cargado de pollo, el dueño absoluto de esa isla lo desviaba para Nicaragua. Regalaba el azúcar a su antojo, el arroz de nuestra población, sus medicamentos, barcos, centrales azucareros, hospitales y todo cuanto pudiera satisfacer su ego. Una isla que siempre dependió de su agricultura, pero que al arribar Castro al poder se encontraba entre los tres primeros países con mejor nivel de vida en América, no pudo soportar el peso de todas sus alocadas aventuras que fueron bien aplaudidas por esa izquierda cómplice del mundo. Incursiones guerreristas de manera simultanea por varios continentes, donde se destaca la presencia de 50 000 hombres durante quince años en Angola, sirvieron para precipitar la caída de la economía en ese bache del que no han podido salir desde finales de los setenta. Hoy, tratando de mantenerse en el poder a cualquier precio, no solo han sido capaces de vender parte de nuestro patrimonio, han sido tan inmorales que pactan tras bambalinas la venta de nuestra soberanía.

La llegada de Castro y su revolución nunca fue necesaria para inculcar a los cubanos ese sentimiento tan humano conocido como “solidaridad”. Todo lo contrario, ha servido para destruirlo. Hoy, aquel hospitalario y humilde campesino se ha convertido en uno de los más despiadados explotadores de la gente de ciudad, la comida es su mejor arma en un país con medio siglo de hambruna. Ese falso “Internacionalismo Proletario” no solo ha sido una pesada carga para nuestro pueblo, ha sido la vía utilizada para la exportación de muertes que deben contar en el inventario de ese régimen. ¡Y lo peor! No existe un solo ejemplo de éxito y prosperidad en ninguno de los países donde hayan sufrido la ingerencia o influencia del sistema cubano, pero los izquierdistas son tercos y siguen aplaudiendo. Este ha sido otros de los precios bien caros pagados por el pueblo cubano en esa alocada aventura llamada “revolución”.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2008-06-22

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