Cuba es un cuento, compay

Motonave Libertad (Mi barco 31)

Acabo de concluir con particular satisfacción esa serie que por razones explicadas a principios, decidí titularla “MI BARCO” y ha sido dividida en capítulos que recogen mi paso por cada una de esas naves. Las causas que me impulsaron en esta aventura, donde atropello la historia de largos períodos de tiempo a la reducción de ellas en solo cinco páginas, ha sido muy variada. Soy un hombre optimista y agradecido de la vida, gozo de buena salud, pero no dejo de ser realista. Ya pasé por el cenit de mi existencia y me encuentro en pleno período de conteo regresivo, no podemos cegarnos con palabras o mensajes de aliento, es así. En la misma medida que me van cayendo los años encima, por cada día, semana o mes transcurrido, se van borrando páginas y nombres de mi memoria. Hubiera sido un franco desperdicio marcharme de la tierra sin dejar el perfume de mis recuerdos entre veredas.

No he acudido a página alguna donde poder documentarme, realmente no hay banco de información. Los únicos dos lugares que tienen acopiado algo, me refiero al Círculo Naval Cubano y el Foro Naval Cubano “Faro de Recalada”, poseen muy poca y esa que existe, se debe al esfuerzo de un grupo de hombres empeñados en sacar a flote la historia de la marina mercante cubana. Estoy convencido de que cuando no me encuentre presente, estos capítulos serán el punto de contacto entre curiosos, estudiosos y uno que otro historiador. Todos los datos, pasajes, nombres y detalles narrados en estas historias, son el fruto de haber exprimido mi memoria. Casi no aporto fechas, soy malo para eso, muchas veces olvido el año en que nacieron mis hijos, no se me puede pedir más. El asunto de las fechas debe ser aportado por los historiadores, yo no puedo hacer el trabajo que a ellos corresponde y menos de gratis.

Escribir estas páginas me ha devuelto la alegría del reencuentro con viejos compañeros de profesión, evento ocurrido luego de treinta años transcurridos entre nuestras ausencias. Creo que el saberme leído desde hace varios años por cada uno de ellos, multiplica con creces el mérito de la labor que venía desarrollando sin pretensiones banales u otra ambición personal que no fuera la de deslastrar todos estos recuerdos. Después, entre tragos de ron y whisky mezclados con la CocaCola del olvido, aparecieron nombres que una vez compartieron sus vidas con nosotros y hoy se hayan en el reino de Neptuno. La alegría no se manchó sin embargo, cuando los mencionamos con algo de tristeza, creo que los revivimos hablando de ellos y sus travesuras.

Trato de una manera cruel, despiadada, incisiva, mordaz, vulgar, violenta, irónica y cuanto epíteto tenga lugar, a todos esos individuos que una vez alzaron su voz o pluma para destruir un sueño. No me dejo seducir y menos embriagar, por todos esos falsos llamados a la “reconciliación” entre cubanos y donde casi siempre aparecemos como enemigos de nuestro pueblo. Yo no tengo por qué reconciliarme con nadie, creo más bien, soy merecedor, como millones de cubanos, de una extensa disculpa histórica. Cuando llegue ese momento, entonces pensaré unos segundos en la palabra “perdón”. La destrucción de toda nuestra herencia, el fruto del trabajo de varias generaciones que nos antecedieron y por sobre todas estas cosas, la eliminación en el ser humano de esa capacidad para soñar y creer en su futuro, no puede presentarse con una simple palabra, solo hacen referencia a ella como un “error”. De acuerdo a mi modesta interpretación de la vida, nos encontramos ante un “crimen” de lesa humanidad y cada uno de ellos debe pagar de acuerdo a la profundidad con la que clavaron sobre nuestras almas su puñal.

Nada de esto ha sido escrito con sentimientos de odio, rencor o sed de venganza. Soy un hombre de mar incapaz de abrigar esos sentimientos, pero si debemos escribir nuestra historia, la que verdaderamente vivimos, no podemos omitir el papel desarrollado por nuestros verdugos. Serán de gran dolor para sus descendientes, no lo dudo, pero están obligados a conocer realmente quienes fueron sus padres y abuelos.

Nuestros hijos, esposas, hermanos y madres, sufrieron vilmente las decisiones tomadas por cada uno de esos individuos. No solo se destruían los sueños de miles de hombres, se cambiaba también el destino de muchas familias. Cuando preguntes el por qué, solo encontrarás como respuesta que se trataron de errores y no debe aceptarse esa respuesta con pasividad. Sin embargo, aún así, no educamos a nuestros hijos sobre pilares donde descanse la venganza y el odio, no son doctrinas adoradas por verdaderos hombres de mar, espero que estas palabras le sirvan de consuelo a cada hijo o familiar de los personajes mencionados en mis trabajos. Los parientes de esas personas tan dañinas en la historia de nuestra marina, no tienen por qué pagar por los errores de sus padres de la misma manera que lo sufrieron nuestros hijos.

Me río cuando antiguos compañeros se refieren a mí como el “historiador” de la marina mercante, nada más falso esa interpretación de lo que hago. Me he limitado a exponer mi paso por cada uno de esos buques donde una vez fui subordinado u oficial. Considero que se quedan muchas historias fuera del tintero, las iba recordando mientras trataba de evitar el atropello de lo que pudiera considerarse la historia de uno de esos buques. Me alegra infinitamente porque dispongo aún de material para continuar escribiendo, algo por lo que siento una gran pasión y sano pasatiempo para cualquiera que comienza su carrera de viejo.

Comencé a gatear en buques de vapor surtos en el puerto de La Habana, sentía terror cuando me tenía que colgar de una guindola para sanear y pintar sus cascos. Me orinaba de miedo cuando debía colocar los cuarteles para tapar tapas de bodegas o entrepuentes. Esos temores se fueron borrando con la ayuda de viejos y experimentados hombres de mar. Pocos meses o años después, mi piel comenzaba a curtirse a golpes de sol y salitre, tuve escamas como ellos y nunca más pude renunciar al embrujo que el mar inyecta en el espíritu de cualquier marino. Fue una época divina que vi desaparecer con mucho dolor para luego, dar espacio a verdaderos depredadores que nada tenían que ver con nuestra tradición marinera.

Ingresé con diecisiete años de edad, veo a los jóvenes de estos tiempos y los encuentro verdaderamente niños. Tuve una vida precoz con un salto de niño a hombre muy violento, eso trae sus consecuencias negativas y positivas en la formación de cualquier ser humano. Mis primeros contactos con el alcohol, mujeres y contrabando se producen a esa tierna edad, no se me puede pedir más de lo que fui y soy. Estuve en el lugar y momento oportuno aún en contra de mi voluntad, no me arrepiento, eso me ha servido para considerarme un testigo presencial de varios acontecimientos que recorrieron las primeras planas en el mundo informativo. Estuve en Viet Nam cuando la guerra, también en el Líbano y Angola. Conocí 49 países gracias a mi condición de marino, hoy suman cincuenta y dos. Si hubiera tenido que costearme esos viajes dudo mucho que llegara a un tercio de ellos en toda la vida.

Mis últimos buques fueron de los más modernos con los que contó nuestra flota, el tiempo había transcurrido y yo me encontraba de Primer Oficial. No era uno cualquiera tampoco, estaba considerado entre los mejores y más eficientes de toda la flota, no es un invento mío, así me lo hicieron saber en el Departamento de Cuadros de la marina mercante cubana. Y si tal era la consideración, ¿por qué frenaron mi ascenso hasta Capitán? Solo existe una respuesta, yo no era militante del partido y si toleraban mi rebeldía tenían una justificación, casi siempre era enrolado en barcos donde sus capitanes habían ascendido por su incondicionalidad al régimen y partido, pero eran incompetentes. Eso lo sabía el gobierno y el partido comunista, además, llevaba muchos años entrando y saliendo de la isla, eso me dotaba de cierta “confiabilidad”.

Mis sueños siempre fueron llegar a comandar una de esas naves y otros se encargaron de destruirlos. De haberlo logrado, estoy convencido hubiera corrido la misma suerte de mis compañeros de trabajo, es muy probable me encontrara entre los primeros que ellos lanzarían a la calle. “No hay mal que por bien no venga”, reza un viejo refrán de nuestra tierra, ellos mismos se encargaron de empujarme hacia un exilio que no tiene fin, un destierro.

¿Por qué no me integré al mercado de marinos inmediatamente? Tengo dos respuestas para contestar esta pregunta que muchos me han realizado. Tuve intenciones y mandé a buscar el curriculum a la isla. Lo presenté en una dependencia del ministerio de transporte de Canadá encargada del asunto y me concedieron la máxima categoría para estimada para un Primer Oficial. Constaba en aquella hoja las miles de millas navegadas, desplazamiento de las naves, singladuras y especialidad de cargas. Como he contado anteriormente, se reflejaba en un papel acuñado en La Habana que yo había prestado mis servicios en buques de carga general, porta contenedores, refrigerados y había transportado granos también. El Capitán canadiense que me atendió no podía comprender las razones por las cuales no había ascendido y se lo expliqué con las mismas palabras que ya les he expresado a ustedes. ¡Yo no militaba en el partido comunista de Cuba! No creo haya comprendido muy bien. Me dio la libreta de enrolo canadiense y todos los documentos para convalidar mi título en este país. ¿Por qué no lo hice? Yo cargaba una pequeña alforja donde guardaba toneladas de frustraciones, traiciones, desengaños, falta de fe y pocas esperanzas en el futuro. Fueron tantas las ocasiones en las que me engañaron con esa palabra que, no podía creer en ella y menos confiar. Llego a un país después de trabajar muy duro durante veintisiete años, cuento los tres que estuve en el ejército. Lo hago con la ropa que tenía puesta y los bolsillos vacíos, miro hacia atrás y no encuentro nada, solo la mitad de mi vida perdida vanamente. Sufro la presión sicológica por sacar a mi familia de ese infierno y creo que encontrarme ausente de este país puede ser un obstáculo, renuncio.

Pasé todas y cada una de las vicisitudes que atraviesa cualquier emigrante al arribar a unas tierras donde no conoce a nadie. He realizado todo tipo de trabajos y no me avergüenzo, desde limpiar pisos hasta incursionar en las amargas aventuras de las factorías donde cada ser humano es parte de una máquina. Sin embargo, nada de eso ha logrado destruirme al punto de sentir añoranzas o nostalgias por una tierra que me condenó al destierro. Tuve muchas dificultades para aprender a ser un hombre libre y saber reclamar mis derechos, me tomó años, pero finalmente aprendí.

Compartiendo con una vieja conocida en Miami, un día me manifestó que el sueño americano no existía. Tampoco quise contradecirla y que la diferencia de opiniones pudiera desembocar en una tragedia sentimental.

-Yo solo quería esto! Me dijo una tarde un sobrino de mi ex-esposa, fui a verlo para compartir un rato con él, lo conocía desde que era un niño. Hablo de un hombre que tiene tres títulos adquiridos en la antigua Unión Soviética. Llevaba un año y medio en los E.U. y había llegado manejando un minivan alquilado desde Miami a Montreal.

-¿A qué te refieres? Le pregunté sin comprender el significado de sus palabras.

-A tener un carro, ese era mi sueño, ya puedo morirme tranquilo. Claro, su sueño no era ambicioso como el de aquella vieja. Él deseaba tener un auto y viajar por carretera en un país donde nadie lo detuviera por llevar estampada en la frente el cuño de “posible inmigrante”.

En el patio, mis nietos jugaban con sus hijos. El varón está a punto de cumplir los diez años, habla español, francés e inglés. Los lee y escribe, es capaz de realizar pequeñas traducciones. Sin embargo, aún dominando todos esos artefactos que la modernidad puso en sus manos, nunca ha dejado de ser un niño,+63 nadie le ha suspendido la leche a los siete años. De vez en cuando lo llevo o recojo de la escuela, siempre lo encuentro jugando con sus compañeritos, unas veces con patines de ruedas lineales o con patines de hielo. Cuando las temperaturas son muy frías se demora en salir, le place estar en su escuela, nadie lo obliga en los matutinos a gritar ¡Pioneros por el comunismo, seremos como el Ché! Su hermanita es cuatro años menor que él, pero habla perfectamente el español y su pronunciación del francés es exquisita, nunca le ha faltado una muñeca y todos los años viajan de vacaciones a La Florida. ¡Ese era otro de mis sueños! Regalarles a mis nietos un país donde nadie les negara el derecho a sentirse y actuar como niños. La interpretación de los sueños de cada cual es muy diferente y las ambiciones muy distintas. Yo soy de los que afirma que el sueño americano existe, al menos el mío ha sido concedido, no pido nada más.

El tiempo se nos está acabando y siempre hago el mismo llamado a todos mis antiguos compañeros de aventuras y profesión. Despójense un poco de todos esos temores y saquen a la luz estos testimonios tan valiosos que poseen. Es una pena que cuando no se encuentren presentes, toda esa rica historia que fue escrita con nuestro sudor y sacrificios se vayan a la oscuridad de una tumba. Si algo me ha empujado de verdad a emprender esta labor, es rendirle un modesto homenaje a todos esos hombres buenos que compartieron igual suerte que nosotros. Se han marchado sin ver el final de una película de terror y no merecen ser condenados al ostracismo, ni ellos, ni sus hijos. Debemos tratar de rescatar toda esa historia que no solo nos pertenece a los marinos, es propiedad también de nuestro pueblo. Ellos trabajaron muy duro para adquirir esas hermosas naves que un día fue razón de orgullo para todos nosotros.

Quiero despedir esta serie embarcando en la Motonave “Libertad”, nunca existió un buque con ese nombre en nuestra flota, pero créanme, ha sido el barco más hermoso que he tripulado y no estoy dispuesto a abandonarlo.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2010-08-31

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