Cuba es un cuento, compay

Motonave Bahía de Cienfuegos 3 (Mi barco 29)

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No recuerdo cómo rayos regresé nuevamente a un barco donde había vivido una de mis peores pesadillas, tuvo que ser por solicitud de Miguel Haidar en una de esas coincidencias durante algún encuentro familiar. Yo mantenía excelentes relaciones con su madre y hermanos, tuvo que ser así, no le encuentro otra explicación.

Él estaba siendo relevado por el Capitán Miguel Amarales o Amaral, no recuerdo exactamente cómo se escribe su apellido, lo conocía desde sus tiempos de sargento en la DAAFAR cuando me encontraba pasando el Servicio Militar Obligatorio. Nunca había sido subordinado suyo, ni en el ejército y tampoco a bordo de los barcos. Coincidimos en la fecha de entrada a Navegación Mambisa en el 67 y creo que después, él se desempeñó como Sobrecargo.

El nuevo Capitán iba escoltado por la que se convertiría a partir de esos instantes en la Primera Dama a bordo o, la Capitana por sustitución casi reglamentaria. Hay que ver el poder que ejercen las mujeres sobre los hombres y después nos llenamos hablando de la raza débil. Ella era hija de un “Comandante de la Revolución”, ya me acordaré de su nombre. Ya lo recordé, era el Comandante “Crespo”, quien dirigió la flotilla de buques ganaderos. Falleció encontrándome exiliado en Montreal y ella embarcada en una nave surta en este puerto, la enviaron para Cuba vía aérea. Si el muerto hubiera sido un simple padre de la tonga, el tripulante debía conformarse con enterarse antes de arribar a Cuba y unos cuantos mensajes de condolencias que no llenan ni satisfacen a nadie. ¡Tenían un Príncipe también! Me refiero a “Pelito Lindo”, así lo llamaba ella, un hermoso ejemplar de “Pastor Alemán” con unos cojones tan grandes como los de un toro y el apetito de una horca. Ella era buena gente, pero explotaba muy bien su condición de Primera Dama a bordo e hija de un magnífico. Su unión con el Capitán, aunque “oficial” ante los ojos de la tripulación, no guardaba diferencia con los casos antes mencionados, era ilegítima, Amarales o Amaral era un hombre casado.

Coincidí otra vez con el Sobrecargo Nerey, había plantado su bandera en aquel buque bajo el protectorado de Miguel Haidar, ya le he dedicado muchas líneas a este ladronzuelo que ocupaba el puesto de “clavista”. Nerey viajaba con una agregada de sobrecargo de nombre Sara, una trigueña de pelo como el azabache original de Santiago de Cuba. Muy educada en su hablar, pausada de movimientos y la pieza a disputar por toda una tripulación, era soltera.

Hoy no puedo recordar quién viajaba de Segundo Oficial, al menos su nombre. Era un mulato jabao que venía también de Santiago de Cuba, muy chévere el muchacho. El Tercer Oficial vitalicio de aquel buque continuaba siendo Miguel Cosme, no se desprendía de la sombra de Miguel Haidar y gozaba de su protección. Ocupaba esa plaza gracias a las gestiones de éste en su condición de cuñado, Cosme sabía que si se quedaba de vacaciones y rompía ese vínculo, corría el riesgo de ser removido a cualquier plaza, sus compañeros de promoción continuaban trabajando como agregados, camareros y marineros de cubierta.

De enfermero viajaba un viejo mulato de las regiones orientales, no recuerdo si también santiaguero. Se enamoró perdidamente de Sara y se convirtió en un rancio enemigo mío.

Medina era el contramaestre más noble del mundo, un hombre natural de Caibarién o Isabela de Sagua, no recuerdo muy bien. Tuvimos muy buenas relaciones a bordo del buque y en nuestras aventuras por puertos cubanos. Gracias a él establecí relaciones con una magnífica muchacha en Santiago de Cuba, era hija de una amiga suya. Allí, Medina se empató con una mulata que le complicó algo la vida, pero pudo escapar.

El comisario político era el ser más feo que parió esta tierra, no tenía antecedentes como marino y fue otro de los beneficiados con esa botella partidista. Era un tipo tranquilo y como no tenía contenido de trabajo, gastaba mucho de su tiempo libre en pescar cuando nos encontrábamos fondeados o atracados en puertos cubanos, se llama o llamaba Guillermo, no sé si está vivo.

Nuestra primera aventura tuvo como destino Finlandia, ya había visitado ese país en dos ocasiones anteriores. Se repite la experiencia del trapicheo de botellas de ron y alcohol entre tripulantes y estibadores. Descargamos el azúcar sin dificultad y nos asignaron como puerto de carga a Amberes en Bélgica, me alegré mucho. Estaba rabioso y sin vacunar en aquellos tiempos. La corrupción había tocado mis puertas y le abrí con mucho cariño. Me gustaba robarle al Estado, lo hacía con placer, sin embargo, era un ladrón benevolente como Robin Hood o el Zorro, le robaba a los ricos y les daba algo a los pobres. Conocía perfectamente los tejes y manejes que se producían en las firmas de facturas para pagar los servicios de trincaje a la carga. A esas facturas yo le agregaba material para trabajar en el buque que no podíamos comprar con los $500 dólares destinados a esos menesteres. Me preocupaba por comprar artículos de protección a los marinos y piezas para dar mantenimiento al barco. Fuera de eso, siempre encargaba suficiente whisky para repartirle a toda la tripulación y CocaCola. Con esas simplezas ellos eran felices y no se detenían a sacarme demasiadas cuentas. Por mi parte, yo llevaba lo mejor de toda la mascada, más de mil dólares americanos que luego se firmarían como maderas y cables, así funcionaban las cosas. El viaje fue relativamente corto, unos tres meses en la ida y el regreso a Europa.

Julián había regresado al buque como ayudante de máquinas, le cedió su puesto en el sindicato al “Niño”, razón por la que el “Otto Parelada” quedara de vanguardia nacional. Iba desempeñándose como secretario del partido, ladrón, hipócrita, traidor y taimado, era un ser despreciable incondicional a la cofradía de Miguel Haidar. Hace unos cinco años y cuando la flota había desaparecido, un amigo mío con residencia en España fue a Cuba y alquiló los servicios de un taxista pirata. Conversando durante la trayectoria de Alamar hacia La Habana, el pasajero establece una animada charla con el chofer del auto y éste, le manifiesta haber pertenecido a la marina mercante cubana. Cuando el turista le preguntó si me conocía, Julián le respondió que se cuidara de mí porque yo pertenecía a la inteligencia cubana. Hasta de lejos están disponibles para hacer daño estos hijoputas, claro que el turista no le creyó una sola palabra. El negro se mantenía como buena yunta de Nerey, tal para cual, ladrones sin escrúpulos de las propiedades de la tripulación.

El papá de la Primera Dama fue a visitar el buque en varias oportunidades, me asombró que aceptara a Miguel como pareja de su hija y que ella fuera su amante, los tiempos iban cambiando. Durante nuestra permanencia en puertos cubanos ambos andaban por su rumbo, luego coincidían nuevamente a la hora de largar el último cabo.

El siguiente viaje nos asignaron cargar unas trece mil toneladas de azúcar a granel con destino a varios puertos chinos, creo que las cargamos en Guayabal. El contramaestre Medina protestaba frecuentemente por los mojones dejados por Pelito Lindo en la cubierta de botes, su dueña no se molestaba en limpiar la mierda de su perro, ¿no era la Primera Dama? Su supuesto esposo nunca le exigió o reclamó nada.

Durante la travesía por el Pacífico fuimos afectados por un potente huracán con un radio de quinientas millas de acción, nos encontrábamos a unas trescientas millas de él y sufrimos sus efectos durante más de una semana, llevaba un rumbo casi paralelo al nuestro. Cuando la marejada lo permitió, fui a pasarle inspección a toda la cubierta para valorar los daños y que el Capitán redactara un acta de protesta. Habíamos perdido casi toda la pintura en existencia por negligencia de Medina, aún sabiéndolo, le tiré un cabo para salvarle la vida. Tampoco había sellado la entrada a la caja de cadenas y ambas se inundaron, tuve deseos de ahorcarlo, pero se encontraba atravesando una fuerte depresión. Su esposa tuvo noticias de su aventura en Santiago de Cuba y le propuso el divorcio por cables, no era para menos y no quise atormentarlo más.

Para llenar un poco más la valija de aquel buque, fue enrolado Silvano Sánchez (alias “Burro Triste”) con su esposa. Disfrutaría de un viaje de estímulo ofrecido por la empresa en oportunidad de su retiro. A mitad del océano Pacífico, Burro Triste fue la comidilla de toda la tripulación, se tragó un huesito de puerco que luego se le trabó en el culo y lo mantuvo en cama durante más de una semana. Todos los días había que escuchar el parte diario sobre el huesito trabado en el ano de Silvano.

China siempre era atrayente para los pacotilleros, contrabandistas y gente que se tomaba la vida con un poco de diversión. Después de la muerte de Mao disfruté mucho visitarla, los chinos eran muy simpáticos, familiares, curiosos y solidarios. Estando en el último puerto de descarga, creo que fue Tsingtao, recibimos un mensaje enviado por la embajada cubana en Corea. Se nos pedía encarecidamente, casi rogándonos, no limpiáramos los espacios de carga. No comprendía muy bien aquella solicitud con cierto aire de orden a cumplir.

Por suerte, se me ocurrió la brillante idea de comprar una pequeñita hornilla eléctrica, lo hice con la finalidad de tenerla en el camarote para prepararme leche o café, sin conocer que luego me sería de gran utilidad.

Varios camiones del ejército coreano llegaron hasta el costado del buque, estaban repletos de trabajadores. Embarcaron y se dedicaron a la tarea de limpiar y ensacar el azúcar que aún quedaba como residuo en cada bodega. Parecían ninjas encaramados en los baos y cuadernas, temí por la vida de aquellos infelices que no pudieron llevarse una libra de azúcar consigo, eran celosamente vigilados por algunos comisarios. Hacía diecisiete años de mi última visita a ese país y no comprendía lo que estaba sucediendo. Tampoco imaginaba la suerte que correría durante el tiempo de permanencia en ese infierno, ya he escrito algunas notas sobre ello.

Estuvimos atracados durante un mes y medio con temperaturas que oscilaban entre los -10 y -18 grados Celsius. Lo más importante fue que el buque tenía la caldera de servicio rota y carecíamos de calefacción. Aquella hornillita comprada en China, se mantuvo encendida en el piso de mi baño durante todo el tiempo que permanecimos en aquel fatal país. Manteniendo la puerta del baño abierta y la de mi dormitorio hacia la sala cerrada, logré una temperatura tolerable a la hora de dormir. No teníamos agua caliente y de vez en cuando yo calentaba sobre ella la mitad de un cubo para bañarme.

El buque se llenaba de coreanos a la hora de almuerzo y comida, la corrupción comenzaba a decir presente entre ellos. Antes no era así, solo llegaban hasta el barco las personas con fines de trabajo y vigiladas por un comisario. La hambruna por la que estaba muriendo millones de gente y se mantenía oculta a la opinión internacional, logró flaquear el fanatismo que se vivía en aquella tierra. Cualquier porquería que se ofreciera como comida era muy bien recibida por ellos y tuve que separarles una mesa en el comedor de tripulantes. Nuestros víveres se fueron agotando y ellos no tenían nada que ofrecernos, ni huevos. La situación empeoró y el grado de desesperación de toda la tripulación por abandonar aquel helado infierno, se hacía sentir en todas las manifestaciones cada vez más liberales o rebeldes.

Durante el tiempo que estuve ausente de ese buque, las grúas volvieron a ser guarnidas con cables impropios y dieron muchos dolores de cabezas. Para animar a la marinería en las reparaciones y cambios de aquellos cables, operación que toma varias horas en condiciones meteorológicas normales, tuve que estar junto a ellos con ropa de faenas. Era una acción que no fallaba, el ejemplo del jefe es aplaudido y seguido por su tropa. ¿Lo cierto? Bueno, no era fácil salir a cubierta con un vasito de leche condensada teñida con un líquido oscuro que llamaban “café” y realmente eran chícharos tostados. Esos fueron nuestro últimos desayunos para combatir una temperatura tan bajas para nosotros, no podía exigirles más sacrificios a mis subordinados, bastante bien se portaron.

Los grandes períodos de relativa inactividad como son, largo tiempo de fondeos, lentitud en las operaciones de carga o descarga en países donde la gente estaba obligada a permanecer a bordo. Extensas y agotadoras navegaciones donde se terminaban los alimentos frescos y la abstinencia sexual se convertía en tortura, etc. Podían muy bien convertir a una tripulación buena en mala, ese proceso de conversión o cambio en el carácter de los hombres de mar (solo en el caso cubano y posiblemente en antiguos países socialistas), era acelerado con la intervención de las organizaciones políticas a bordo y su excesiva incursión en la privacidad de todo ser. Mal pagados, alimentados y vestidos, al marino cubano se le exigía muy por encima de su capacidad de sacrificio.

Uno de esos días malvividos en Corea del Norte, un tripulante polaco le presta una película porno a uno de los nuestros y la puso de madrugada en el salón de oficiales. Le avisó a toda su gente de confianza y yo me levanté con el fin de cargar las baterías. Todo ocurrió en silencio y una vez terminada la película cada cual partió a su camarote muy probablemente a masturbarse. Hubo una delación y al siguiente día fui llamado al camarote del Capitán, ya escribí algo sobre esto.

Viviendo en aquellas extremas condiciones, los cabrones de las organizaciones políticas tenían suficiente ánimo para desarrollar sus labores represivas. ¡Exploté como siempre! Me pregunto, ¿qué coño tiene que ver una paja con la patria, la revolución y el socialismo?

Las cosas que ocurrían en Corea se confundían fácilmente con comedias surrealistas donde el absurdo puede confundir al público y lo que cuentes sea considerado una mentira. Uno de esos días, el refinado olfato de “Pelito Lindo” detectó la presencia de una perra en celo por las cercanías del buque. Bajó la escala a toda velocidad y cuando nos dimos cuenta, ya estaba enganchado de la perra como queriendo remolcarla. ¡Pa’qué fue aquello! Un rato después subió uno de esos comisarios a indagar sobre el perro, por poco es sometido a interrogatorio y acusado de ser un agente extranjero. Lo cierto es que pudo escapar a la idiotez y tener en su historial el mérito de haber sido uno de los pocos extranjeros en clavar el pito en aquel país.

Ya conté sobre las aventuras de aquel otro comisario político que revisó nuestra basura en la popa y encontró un periódico con la foto de Kim Jon Il cagada. Ustedes no se imaginan, puso el papel cagado sobre el buró del Capitán y comenzó a reclamarle en voz alta. Lo cierto es que el barco se había quedado sin papel sanitario y la gente se limpiaba con lo que encontrara a mano. Gran susto vivió el Capitán esa mañana, no salíamos de una mala situación y tropezábamos con otra.

Sufriendo el espanto de esa hambre que a bordo de un barco es multiplicada, casi diariamente le hervían un pollo a “Pelito Lindo”, aquel pichón de león se lo zampaba en cuestión de segundos ante la mirada de quienes no podíamos aceptar lo que estaba sucediendo. Pudo haber sido ésta la primera razón que provocara una discordia entre el Capitán y yo. No podía concebir que aquella acción fuera aceptada por el Sobrecargo, el secretario del partido y su comisario con pasividad. Siempre fui un jefe preocupado por el bienestar de mis subordinados, pero ante tanta cobardía generalizada, yo no sería el único en alzar la voz con mi protestas. Algo le dije en privado a Miguel y él no quiso aceptar, su “Pelito Lindo”, mejor dicho, el de su querida, valía mucho más que cualquiera de los tripulantes a bordo.

Por fin pudimos escapar de aquel infierno, nos asignaron cargar arroz en saco en Bangladesh con destino a Cuba, pero deberíamos pasar por Angola a recibir contenedores con armamento, se estaba produciendo la retirada de las tropas cubanas. Nueve días después de abandonar a Corea con sus gélidas temperaturas y hambruna crónica. Arribamos a un hermoso y concurrido Singapur donde supuestamente haríamos agua, víveres y combustible. La temperatura reinante era de cuarenta grados Celsius y teníamos roto el aire acondicionado. Cuando no era Juana, era su hermana, reza en un viejo refrán nuestro, estábamos condenados a sufrir.

La compañía de teléfono no aceptaba nuestras llamadas, te decían en un inglés perfecto que Cuba no pagaba, se repetiría entonces las aventuras de los viajes en lancha a tierra para realizar gestiones en nuestra agencia. Para colmar nuestra infelicidad, Navegación Mambisa no había depositado el dinero para la compra de víveres y pago de la tripulación. El muro de Berlín se había caído por la fuerza de gravedad, pero aún así, nuestro representante en Singapur era un hombre de origen búlgaro.

-Usted ha sido Capitán de la marina y sabe perfectamente lo que sufre una tripulación sin comida. Fueron algunas de las palabras que le dirigió Miguel al agente.

-¡Lo siento, Capitán! Mambisa no es confiable en sus pagos y no puedo hacer nada por usted. Era una respuesta que debíamos acostumbrarnos a escuchar.

-Yo le suplico que por lo menos nos adelante o preste dos mil dólares. Al final de una larga e insistente cadenas de ruegos, el hombre cedió y nos prestó ese dinero. ¿Qué pudiera significar dos mil dólares en una gambuza que debía alimentar a unos cuarenta hombres? Muy poco, pan para hoy y hambre para mañana. Efectivamente, cuando arribó la lancha con los víveres comprendimos que aquello alcanzaría tal vez para una semana, pero nunca para darle la vuelta al mundo. Hicimos agua y combustible mientras recibíamos un cable ordenando nuestra partida inmediata, aún conociendo que no teníamos suficiente comida y que la tripulación no recibió su pago.

Llegando al puerto de Chittagong donde cargaríamos fondeados, al telegrafista Mauricio se le produce una especie de infarto y es necesario enviarlo a tierra, viaja como acompañante el comisario político. Al siguiente día nos comunica que el hombre debe permanecer ingresado y Miguel decide que el político se quede con él, continuaríamos viaje con un agregado de telegrafía. Mientras tanto, varias lanchas permanecían abarloadas a nuestro buque por ambas bandas cargadas de alimentos frescos y animales vivos. Todos los patrones de aquellas embarcaciones insistían en realizar trueques de sus mercancías por cables y cabos viejos. Teníamos un arsenal de ellos guardados en los pañoles y fui a consultar con el Capitán para que me autorizara. Nunca había explorado los límites de nuestros miedos o cobardía como aquella vez. Para Miguel le resultaba indiferente, no le importaba que la gambuza estuviera casi en cero, definitivamente él tenía sus reservas de alimentos en el camarote. Solo me dijo que la orientación que tenía a mano era la de vender esos cabos y cables y llevar el dinero en efectivo para La Habana. Cuando hablé con Julián la respuesta fue parecida, no logro comprender si ellos estaban concientes de la situación existente y el trozo de mar que nos faltaba por cruzar.

-En Angola podemos resolver algo. Me contestó sin saber exactamente lo que decía.

-¡Mira, Julián! Parece que no estás al tanto de lo que ocurre, sencillamente no hay comida para llegar a Angola. Aún así, cuando lleguemos encontrarás a las tropas cubanas en operaciones de retirada y poco les importarán nuestros problemas. Yo voy a cambiar toda esa chatarra por comida para abastecer al buque, trata de hablar con tu gente (los militantes) y explícales lo que está sucediendo, ellos lo saben perfectamente. Pude llenar la gambuza de alimentos frescos y algunos animales que luego de nuestra partida fueron sacrificados, comimos muy bien durante aquella larga travesía hasta Luanda.

Cuando nos comunicaron que el cargamento sería recibido en contenedores, el Capitán fue invadido por un extraño nerviosismo y para calmarlo yo le manifesté tener experiencias en ese tipo de carga. Cometió la insensatez o falta de ética de solicitar la presencia de un Capitán que en esos instantes se encontraba en Luanda (Si la memoria no me traiciona era Rivero Castro) Me sorprendió su visita y solo cruzamos cuatro palabras en el camarote de Miguel.

-¡Mire, Primero! Para cargar contenedores debe tener presente…

-Capitán, yo fui Primer Oficial del Frank País y el Otto Parellada. Le respondí inmediatamente sin dejarlo terminar de explicarme lo que yo conocía al dedillo y él comprendió mi mensaje.

-¡No tenemos más nada que hablar! Miguel, tú tienes a un Primer Oficial con experiencia en contenedores que no necesita mi asesoramiento. Concluyó aquel encuentro y mi decisión definitiva por separarme de Miguel en cuanto arribara a La Habana.

Efectivamente, allí tampoco encontramos comida, más bien, hallamos a un grupo de hombres desmoralizados que, habían levantado una barrera de protección con los contenedores para protegerse de los francotiradores. A la entrada de Luanda el Práctico me enseñó a mi antigua nave “N’Gola”, sufría una muerte inmerecida varada en las costas al norte de la bahía.

Puede encontrarme y abrazar a mi amigo Pedro el caboverdiano, hacía más de una década que no nos veíamos y lloró como un niño. No pude aceptar su invitación a salir, me encontraba en plenas operaciones de carga donde la información sobre el peso de los contenedores era insegura y los estibadores unos muchachos del servicio militar locos por abandonar aquel país.

El combustible para la retirada de las tropas fue aportado por el gobierno angolano y nos preguntaron si podíamos llenar los tanques de lastre. Como el sistema de bombas de aquellos espacios no estaba preparado para esta maniobra, nos limitamos a llenar los verdaderamente disponibles para esas funciones, no imagino la cantidad de petróleo robado a ese país en naves que sí podían hacerlo. Partimos de regreso a Cuba, ya habían transcurrido más de seis meses desde nuestra partida, correría el mes de Julio.

Casi al finalizar mis guardias y cuando comenzaba a oscurecer, vi transitar a varios tripulantes por la cubierta con recipientes y mangueras. Con el uso de los binoculares pude descubrir que le estaban robando el combustible a los vehículos militares. En esa operación participaron marinos de todas graduaciones, no le di importancia, no era asunto mío. Robaron quienes tenían autos y aquellos que lo hacían con la finalidad de vender el combustible en Cuba. Vi también a muchas ratas vagando por la cubierta y me alarmé, fue algo que comuniqué a los fitosanitarios a nuestra llegada al puerto del Mariel. No les importó y no aplicaron medida alguna contra esos trasmisores de enfermedades, fueron indiferentes.

Unos días antes de arribar a las costas cubanas me empaté con Sara, ya toda la tripulación había hecho el intento, yo fui el último. Como dice la canción, ¡Lo que está pa’ti, nadie te lo quita!

La cubierta fue inspeccionada por el Capitán Luís Rodríguez y me felicitó por su estado técnico. A pesar de todas las dificultades experimentadas ese viaje, mis subordinados trabajaron bien y yo compartí muchas horas con ellos en cubierta. Estando en plena inspección aborda Odelín, yo lo había relevado para que tomara vacaciones, pero me cayó mal que se presentara como miembro de aquella tripulación. Su barco era el Bahía de La Habana, pero allí había tenido su candela junto al Sobrecargo Angelito, aquel que se llenó el pecho de medallitas.

-¿Y éste? Le pregunté a Luís y solo me respondió con un gesto que nosotros sabemos interpretar muy bien. No cruzaron palabras aunque navegaron juntos en aquel barco, Luís era el Capitán cuando Odelín salió por el techo.

¿Para qué calentarme la cabeza? ¿No tengo el relevo? Me voy al carajo, hay que descansar.

Varios días después de mi desenrolo, me entero que en la aduana del puerto pesquero habían detenido a Julián y Nerey con dos hermosos ejemplares de Pargos que pescaron en las neveras del buque. Escaparon de un merecida prisión por las razones que todos conocemos, era mejor dejarlos ir y no manchar el nombre del partido. Fueron muy afortunados, yo no me encontraba en el barco. Conmigo las cosas hubieran tomado otro camino, yo odiaba a todos los que se robaban la comida de la tripulación. Tuvieron demasiada suerte.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2010-08-24

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