Cuba es un cuento, compay

Motonave Aracelio Iglesias (Mi barco 20)

Era una hermosa nave construida en la antigua Yugoslavia, pertenecía a un lote de tres buques gemelos adquiridos por el gobierno cubano en aquel país. Los otros dos barcos similares eran el "Jesús Menéndez" y el "Lázaro Peña", los tres fueron conocidos como "Los Negritos" por todos los integrantes de nuestra flota. El origen de ese mote se debe a que casualmente, los tres mártires de los que fueron tomados esos nombres para bautizar a los buques, eran de la raza negra.

Con su proa de bulbo, el Aracelio ofrecía la imagen de una dinámica moderna bastante avanzada para su época. Contaba con cinco bodegas de carga y sus medios de izaje eran plumas de carga de unas cinco toneladas cada una. Poseía también un deep tank para transportar carga líquida, aunque nunca se me presentó el caso de hacerlo y se utilizaba para embarcar carga general. Tenía 148 metros de eslora y unos 20 metros de manga, su velocidad económica andaba por los 15 nudos en los viajes que realicé en él.

Se encontraba atracado en los muelles del mismo nombre del barco, creo que ha sido esa vez la de mayor tiempo amarrado en los muelles del puerto de La Habana, tuvo que haber superado los dos meses el tiempo utilizado en las operaciones de descarga.

El Capitán del buque en aquellos momentos era "El Guajiro Marrero", no puedo recordar su nombre completo. Fue uno de los capitanes más nobles y originales con los que me tocó navegar en toda mi vida de marino. No puso obstáculo alguno para recibirme en su nave aún cuando le manifesté que era de reciente promoción, guardo muy buenos recuerdos y opinión sobre su persona.

Relevé a Amarales en la plaza de Primer Oficial, no era del agrado de la tripulación por sus antecedentes alcohólico, algo déspota también en el trato con ellos según me contaron. Como Segundo Oficial estaba enrolado Polo Quintana, un muchacho al que conocí en la Academia Naval mientras se desempeñaba como profesor de Comunicaciones. Fue un magnífico oficial y amigo que formó un excelente trinomio junto al Tercer Oficial de cubierta, plaza ocupada por Miguel Cosme, antiguo alumno mío de la promoción XVII. Como Sobrecargo viajaría uno de los hermanos Nerey, demagogo, baboso, partidista y amante a la propiedad ajena, luego coincidiríamos en otro buque. La pieza más destacada de aquella lista de enrolo era el enfermero Manuel Castañeda, alias "El Cabronazo". Ya le he dedicado líneas exclusivas a este buen hombre que quise mucho como amigo y padre, fue siempre la nota alegre por todos los barcos donde pasó.

Pascualito ocupaba el cargo de Jefe de Máquinas, ya nos conocíamos del Jiguaní y pudimos compartir con muchachas en Chile, pero el ascenso lo había cambiado demasiado y nos manteníamos a una distancia prudente, no recuerdo a quién llevaba de Segundo Maquinista ese viaje.

El camarote no era muy amplio, solo lo suficiente para colmar mis ambiciones y felicidad. Tenía su baño incluido y un pequeño refrigerador, el aire acondicionado funcionaba perfectamente, privilegio que no disfrutaba desde mi enrolo en el Viet Nam Heroico. Los camarotes del resto de la oficialidad eran más reducidos y no contaban con baños. Los salones eran confortables y acogedores, el comedor de oficiales estaba compuesto por una mesa larga que siempre era encabezada por el Capitán. Una de sus filas de asientos correspondía al personal de máquinas y la otra a cubierta, todos acomodados en orden descendente de acuerdo al rango.

El puente se encontraba bien equipado, poseía un bridge control desde donde se maniobraba directamente la máquina principal. Aún no le habían instalado el sistema de navegación por satélite y dependíamos de las observaciones astronómicas para determinar la posición durante las navegaciones de altura, no recuerdo si poseía uno o dos radares. Sí puedo afirmar algo, me encontraba muy complacido con la presencia de aquellos dos oficiales de cubierta subalternos, eran muy competentes y leales a las órdenes del Capitán y mías, nos convertimos en un círculo bien cerrado y sólido.

La tripulación era variopinta y en constante movimiento por las demoras del buque en puerto. Su contramaestre podía ser considerado la nota discordante, un hombre de seis pies de estatura y carente de huevos para mandar. Piri se enroló de camarotero y nos deleitaba con ese pan y panetelas que solo él sabía preparar. No era parte de sus funciones, disfrutaba hacerlo y era bien recibido por la tripulación.

¡Por fin soy Primer Oficial! Pensé muchas veces cuando finalmente me encontraba acomodado y con el control de todo lo concerniente al cargo. Ya habían transcurrido más de diez años desde que realizara mi primer viaje como oficial de cubierta y siete desde que adquirí el título de Piloto de Altura en la academia del Mariel. Demasiado tiempo condenado injustamente en el cargo de Segundo Oficial por bocón y no militar en el partido. ¡Se hizo algo de justicia! Volví a pensar sin imaginar nunca que ese sería el punto de partida de la etapa más dura y difícil de mi vida como marino.

El tiempo atracado en los muelles "Aracelio Iglesias" y que como dije, superó los dos meses en unas operaciones de descarga que resultaban desesperante por su lentitud. Me sirvió para conocer a fondo los cálculos de estabilidad de aquel buque, ya mencioné alguna vez que durante ese período de tiempo, se realizaron en la isla aquellas famosas maniobras militares llamadas "Fortaleza 84". En su afán por destruir y hundir a la isla como tantas veces han anunciado, nos pidieron a los primeros oficiales que realizáramos los cálculos para hundir al buque en tres condiciones, lastre, media carga y full de carga. Esos cálculos eran extremadamente largos y algo complicados, los que conocen de la materia saben de qué hablo. En aquellos tiempos solo contábamos con una simple calculadora para realizarlos, todo dependía de la habilidad y conocimientos del oficial a cargo. El encargado de supervisar esos trabajos y luego recogerlos para ser entregados al MINFAR, era nada más y nada menos que el Capitán Urquiola. En aquellos tiempos se presentaba como el hombre en desgracia que estaba sancionado y no podía navegar, el conocido en nuestro argot como "congelado". Urquiola tenía la costumbre de despacharse hablando mal del gobierno en cada una de sus visitas, claro, después que se sonaba tres tragos con el Capitán en su camarote. Por fortuna, nunca se me ocurrió darle rienda a mi peligrosa lengua. Unos meses después, él era presentado junto al "Gallego" Meléndez como parte del grupo de agentes de la inteligencia cubana que habían trabajado para la CIA y el G2. Todos ellos fueron homenajeados como héroes en su largo peregrinaje por diferentes ciudades de la isla. Lo cierto es que ellos habían sido "quemados" por aquel alto oficial de la inteligencia cubana llamado "Aspillaga", quien desertó e informó que los más de cien agentes de la CIA operando en Cuba eran realmente agentes de Castro. Yo lo conocí accidentalmente el día de mi boda, el Sobrecargo Lesmes, quien era vecino mío lo llevó a mi fiesta. Nunca navegué con él, tampoco gozaba de mala fama en la flota y por fortuna no tuve que arrepentirme por haber hablado de más ante él en aquellas circunstancias. Algo me había beneficiado aquellos trajines de hundir al buque para que no cayera en manos enemigas, me conocí al dedillo todos los cálculos de aquella nave y me encontraba listo para enfrentar el nuevo reto que la vida ponía ante mí.

Partimos un día para el puerto de Guayabal, cargaríamos azúcar a granel con destino a Finlandia, país al que arribaríamos finalizando ese año. Desde mi último viaje al norte de Europa a bordo del Pepito Tey, no había regresado nuevamente y no me sorprendió, cuando el Guajiro Marrero solicitó los servicios de practicaje para navegar desde Francia hasta Finlandia. Aquella dañina práctica se había convertido en una norma entre nuestros capitanes y cuando le pregunté las razones para tomarlo, su respuesta resultó lógica, pero indolente. -¡Vamos a cobrar lo mismo! Que se rompa otro la cabeza y dormimos tranquilos, ¿no crees? Realmente yo no lo aceptaba por una razón de orgullo netamente profesional, ese trabajo lo realizamos a bordo del N’Gola y lo hicimos cada oficial solo en sus guardias. ¿Éramos ahora más incompetentes? ¡Absolutamente, no! Tampoco existían razones para someterse a desvelos y sustos cuando no se recibía ningún tipo de estímulo. Terminé por sumarme al enorme ejército de indiferentes que derrochaban el dinero ganado con el corte de millones de cañas y las donaciones que inyectaban desde el campo socialista a la isla. También atentaba contra esa tranquilidad un hecho muy importante, nuestras cartas no se actualizaban con la frecuencia necesaria para garantizar una navegación segura.

En Guayabal los muchachos compraron todo el ron en existencia en el pequeño motelito de aquel pueblo, gracias a Dios que El Guajiro no era egoísta y me abasteció con una caja surtida de ron y vodka. La venta de esas bebidas reportaron buenas ganancias a nuestros bolsillos, recuerdo que vendí hasta el alcohol de inyectar para ayudar al enfermero Castañeda.

El mar se congeló alrededor del buque y las condiciones climáticas fueron verdaderamente duras para nosotros. Europa enfrentaba uno de los inviernos más crueles de los últimos tiempos de acuerdo a las informaciones que recibíamos y yo debía enfrentarme con una tripulación mal abrigada y alimentada para garantizar las operaciones. No estaba mal ese debut en circunstancias tan adversas, sería una dura prueba a vencer, debía permanecer con los ojos bien abiertos y no confiar en nadie, ni en mi sombra. En el caso de los primeros oficiales cubanos, creo que la desconfianza por todo lo que te rodea, haya sido una de las principales divisas que salvó a muchos hombres como yo. Situaciones tan aparentemente simples y que correspondían a otros miembros de la tripulación, podían conducirte a una sanción inevitable si eras demasiado confiado. ¿Un solo ejemplo? Tuvimos que hacer agua potable y esa operación debía ser controlada por el Contramaestre. Le indiqué hasta qué sonda se debía llenar el tanque y una hora después lo encuentro muy acurrucadito en la cama. No pueden imaginar la cojonera que le formé, poco me importaron sus seis pies de estatura. Si aquel tanque de agua se hubiera llenado a full, corría el riesgo de que se congelara y la dilatación del hielo lo deformara, abrí un poco más los ojos.

Un rompehielos tuvo que romper alrededor del buque para poder zarpar, cientos de toneladas de nieve cubrían nuestras cubiertas y los tanques de lastres se encontraban totalmente congelados. Partimos con destino a Dinamarca para tomar algo de carga general, las condiciones en el puerto de Aalborg eran similares a las encontradas en Finlandia. Nuestra estancia fue muy breve y nuestra partida estuvo condimentada con una ocurrencia algo inesperada por parte de un Capitán. Con el Práctico a bordo y con un largo y spring a proa y popa, esperábamos por la presencia de El Guajiro para largarlo todo e iniciar la maniobra de salida. Estuve llamándolo en varias oportunidades por el sistema de comunicación interior y no respondía al puente. No recuerdo cuántas boberías le dije al Práctico para entretenerlo y demorar un poco la salida ante la ausencia de nuestro Capitán. Era de noche y como debe suponerse, el puente se encontraba totalmente oscuro. En uno de mis desplazamientos choco con la silla del Capitán y noto que hay un bulto encima de ella, aquel bulto se encontraba cubierto por una frazada de cama.

-¡Oye, no jodas más y continúa la maniobra! Por poco me orino de la risa al escucharlo.

-¡Proa y popa, largando todo! ¡Compadre, lo tuyo no tiene nombre!

-¡Hay un frío del carajo! Fue toda su explicación.

Nosotros encabezábamos un pequeño comboy que se dirigía a la salida del puerto, rompíamos el hielo encontrado a nuestro paso, pero solo pudimos hacerlo hasta un punto. El buque no avanzaba con media máquina avante y nos llamaron desde el departamento de máquinas para informar que las tomas de fondo se encontraban congeladas. El Páctico solicitó los servicios de un rompehielos para sacarnos del apuro y minutos después nuestra proa se enfilaba hacia las costas de Suecia, nuestra próxima parada. Pocas horas más tarde nos encontrábamos en maniobra de entrada al puerto de Uddevalla, allí tomaríamos unas enormes bobinas de papel. Desde ese puerto se reportó el espacio disponible para completar nuestro cargamento en Amberes, nuestro próximo destino.

En Amberes funcionaba una agencia que se dedicaba a realizar los planos de carga y estabilidad de los buques. Este trabajo era ejecutado por capitanes titulares de ese país y Cuba, según me informaron a la mañana siguiente, era una de los distinguidos clientes de aquella compañía. Después de atracar fui llamado al camarote del Capitán, eran aproximadamente las diez u once de la noche.

-¡Aquí tienes el plano de carga! ¿Qué tú crees? Lo observé para no defraudar al visitante.

-¿Qué tú quieres que te responda? Yo no soy mago, tengo que revisarlo y comprobar si los cálculos son correctos.

-El problema es que las operaciones se inician a las siete de la mañana.

-Correcto, pero si existe un error y lo aceptamos, nuestra cabeza rodará en cuanto lleguemos a La Habana.

-¿Crees que esta noche lo puedas revisar?

-No tengo otra alternativa que esa, dile que me llevo el plano y me pongo a trabajar inmediatamente. La respuesta la obtendrá en cuanto lleguen los estibadores, yo creo que si él viene un poco antes es mucho mejor. Nos despedimos y venciendo todo el sueño y cansancio acumulado por la intensidad de trabajo de los últimos días, traté de relajarme y chequear punto por punto los detalles de las cargas distribuidas en el plano inicial. A las cuatro de la madrugada llamé a Castañeda para que me preparara un café con leche, no se puso bravo, no se molestó. Se lo pedí porque lo hacía muy parecido al que tomaba de niño en casa de mi abuela, estuvo un rato conmigo y se retiró a dormir.

¡Vaya sorpresa! Yo estaba claro, detecté que en una bodega donde se encontraba planificado cargar unas dos mil toneladas de leche en polvo, habían incluido también productos químicos que sin dudas la contaminaría. Un error como ése, me convertiría en un huésped distinguido de un calabozo cinco estrellas en el Combinado del Este con el cartelito o tatuaje de "contrarrevolucionario". Disponía de muy poco tiempo y trabajé contra el reloj para hacer una nueva distribución de la carga entre varias bodegas. Es de suponer que al final debía realizar nuevos cálculos de calados y estabilidad, los que se dedican a esta profesión saben perfectamente que tres horas es un tiempo muy reducido.

-¡Buenos días! Era el Capitán belga, faltaban quince minutos para las siete de la mañana. ¿Iniciamos como estaba previsto?

-No procede, Ud. cometió un error en la distribución de la carga y yo he confeccionado un plano nuevo. Pude observar como su rostro cambiaba de colores al escucharme, inmediatamente le mostré el origen de su error y mi proposición para cargar.

-¿Puede acompañarme hasta la oficina para sacarle fotocopias al plano?

-Se encuentra fuera del puerto?

-No, está justamente a unos cincuenta metros del buque. Le indiqué al contramaestre cuáles bodegas abrir y dejé a Polito al frente de esas maniobras.

El hombre me presentó ante otras personas que allí trabajaban y en pocos segundos tenía una taza de café frente a mí. El que suponía fuera el jefe de aquel lugar me entregó un sobre sellado y me dijo que era un regalo de la compañía para que me tomara unas cervezas. No me molesté en abrirlo en su presencia, cualquier cosa que cayera en nuestras manos siempre era bien recibida, un rato después regresé al barco. Había doscientos dólares dentro de aquel sobrecito maravilloso, por supuesto, no pagaba la mala noche y menos aún una demanda por negligencia en contra de ellos, pero algo era algo.

-Capitán, trate de no deshacerse de ese Primer Oficial que tiene a bordo, es muy bueno. Ha sido el único de los que han pasado por acá que ha realizado correctamente su trabajo, todos los demás aceptan confiados y nunca revisan nuestros planos. Fueron las palabras del Capitán belga expresadas al Guajiro según me contó y yo estaba que no me cabía un alpiste donde ya saben.

Cuando comenzaron a cargar cubertada llamé al jefe del equipo, yo sabía perfectamente que ellos le daban dinero a los primeros oficiales y capitanes, solo que desconocía la cantidad y no se me ocurrió preguntarles sobre cuánto era la mascada normal. Esa era una de las mil maneras de robar decentemente, les pedías plata y luego firmabas cuanto papel te cayera en las manos, eran facturas sobre la compra de material de trincaje. No me olvidé de mis subordinados y pedí de paso una caja de CocaCola para cada uno de ellos y una botella de whisky. Se pusieron muy contentos, los tiempos habían cambiado y esas costumbres de aquellos hombres con los que navegué diez años atrás habían desaparecido. Pedí la ridícula suma de trescientos dólares para mí, que sumados a los doscientos de regalía, me convertían en un hombre sumamente afortunado. Varios años después regresé más corrompido y la mascada fue mayor, siempre acordándome de mis subordinados.

A la altura del Golfo de Vizcaya comenzó a derretirse todo aquel hielo cargado en Finlandia, pero el mar se comportaba de acuerdo a la época. El cruce del atlántico lo realizamos sin poder trabajar en cubierta y pocos días después se observaba ese lagrimeo de óxido por todas partes. Deseaba calmar a la naturaleza, no quería entregar a la nave en peores condiciones a la recibida por un problema de orgullo personal, tuve que calmarme y conformarme. Los dos últimos días de navegación y calma, los dediqué totalmente al engrase de todo el sistema de plumas y tapas de bodegas, no disponía de tiempo para otras labores. Entramos por el puerto del Mariel una tarde cualquiera del mes de Febrero y Amarales se presentó al día siguiente, venía por algo que en apariencias le pertenecía. La tripulación lo recibió con apatía, le entregué el cargo y me presenté nuevamente en la empresa, no tenía mucho tiempo de descanso acumulado. Miguel Haidar relevó al Guajiro Marrero, él era cacique de ese buque desde hacía algún tiempo y contaba con una piñita de incondicionales. Nerey fue muy feliz con su regreso, ahora podía actuar a su gusto y antojo, nosotros le mantuvimos algo atadas las manos durante nuestro mandato en esa nave.

Atrás dejaba de todo un poco, gente buena, mala y regular. Quedaban vagos y trabajadores, honrados y ladrones, chivatos y hombres. Los tiempos habían cambiado mucho y el trabajo se complicaba un poco. El cargo de Primer Oficial no se limitaba solamente a sus guardias de navegación, garantizar las operaciones de carga y descarga del buque, poco significaba cumplir todos los parámetros de mantenimiento y reparaciones. La labor principal de los primeros oficiales se desvió hacia una especie de guerra secreta entre gatos y ratones. Lidiar con la calidad humana de los hombres que integraban la flota, ocupó demasiado espacio de tiempo y paciencia para cualquiera de aquellos oficiales. Estábamos abordados por gente sin escrúpulos que robaba lo que encontrara a mano y entre los objetivos de sus fechorías no permanecían ignoradas las del propiedades del buque. Inventarios constantes y gastos en las compras de grandes candados que nunca garantizarían una seguridad absoluta. Por un lado los ratones tratando siempre de robar algo, sean comida, pintura, bienes del buque como su ropa de cama, colchones, etc. Del otro lado yo, el gato, tratando de que no me jodieran porque siempre pesaba sobre mi cabeza la espada de una auditoría realizada por la "policía económica". No puedo ser injusto tampoco, siempre existieron hombres buenos y honestos, solo que en los últimos tiempos eran algo escasos. Cuando me encontraba de Segundo Oficial no vivía con esas preocupaciones, nadie se robaría una carta náutica y el puente siempre permanecía cerrado. El juego ahora era más serio y estaba obligado a cuidarme las nalgas si quería sobrevivir.

Había aprendido mucho ese viaje en condiciones tan difíciles, pero de todas las enseñanzas adquiridas, una de ellas la apliqué durante mi vida activa como Primer Oficial y me ayudó a saltar infinidad de trampas. Un Primer Oficial que se quiera, no debe confiar en absolutamente nadie, ni en su propia sombra.

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