Cuba es un cuento, compay

La fuga del cocinero Sablón

-¿Te acuerdas de aquel cocinero que se llevó al hermano escondido en el camarote? Esmirdo y yo habíamos perdido contacto desde 1994, fue el amigo que logré localizar en oportunidad de mi primer viaje a Miami. Luego nos perdimos, extravié su número de teléfono y no fue hasta el 98 que me conecté a Internet. Gracias a esa facilidad que ofrece este medio, él me encontró nuevamente en el 2012. Hablamos con mucha frecuencia, tratamos de recuperar ese espacio perdido y aparecen en nuestras conversaciones viejos conocidos de la marina mercante. Los nombres se atropellan uno detrás del otro y le solicito tiempo para refrescar la memoria de mi disco duro. Los recuerdo perfectamente y pudiera describirlos físicamente, pero el nombre, es bien difícil conservarlo después de transcurridos tantos años. –Creo que era de apellido Monzón. Agrega tratando de darme una pista, me esfuerzo durante esos minutos y no logro rescatarlo aunque el sonido me resulta algo familiar.

-¿Te acuerdas de aquel mayordomo bonachón que tuvimos en el “Jiguaní”?

-¿Cuál de ellos?

-Uno que era gordo, bien noble y complaciente con toda la tripulación, tenía un tic nervioso.

-Soy malo para recordar.

-No es que lo seas, es que ya se te va borrando la memoria. ¿Acaso olvidas estar montado en los 73?

-Me acordé del negro Baró por lo que escribiste sobre él, pero de verdad, pasaron varios mayordomos por ese barco y no logro acordarme de él.

-No te preocupes, después que colguemos yo sigo buscando y verás que lo traigo. Era un gordo de aquellos tiempos donde los barcos contaban con mayordomos, primeros cocineros, segundo cocineros y ayudantes de cocina. -¡Sí, sí! Me acuerdo del tiempo y esos cargos a bordo, pero no seas abusador. Este Monzón estaba movilizado por el partido conmigo cuando la zafra de los diez millones, ¿te acuerdas de eso?

-¡Coño, quién no lo va a recordar?

-Estábamos cortando caña y recibió un telegrama donde decía que la mujer estaba enferma. Partió para La Habana y no regresó nunca más. El truco de los telegramas “urgentes” era muy utilizado por los marinos, yo fui uno de ellos. No existían abundantes medios de transporte o comunicación para investigar si eran ciertos o falsos. La empresa no contaba tampoco con esa cantidad de parásitos utilizados como “mensajeros” años posteriores. –Dicen que escondió al hermano detrás de un gavetero existente debajo de la cama, creo que eso fue en el buque “Habana”.

-Esmirdo, no fue en el “Habana”, yo navegué en ese buque antes de enrolarme en el “Jiguaní” y tenía contacto con varios viejos amigos.

-¡Qué, sí, compadre!

-¡Qué, no! Yo recuerdo ese caso y si no me equivoco, ocurrió en un buque de caldera, hablo de aquellos viejos que aún existían en la marina mercante. Según contaron las malas lenguas de entonces, el cocinero escondió al hermano detrás de esos gaveteros, es cierto. Dejó las gavetas abiertas y encima de las cosas que tenía dentro de ellas, dejó acomodado y bien visto su carnet del partido. Cuando los guardafronteras fueron a realizar el acostumbrado sondeo y vieron la libretica roja, se confiaron y no profundizaron en su búsqueda, eso fue lo que contaron. Luego, como el hombre era cocinero, no tenía dificultades para llevar la comida a su camarote. Una vez atracados en Montreal o St. John, no recuerdo con exactitud el puerto, ambos tumbaron y hasta el día de hoy no se ha vuelto a mencionar ese caso.

-Así mismo fue, ¡coño, mira que tuve que cortar caña! ¿Y tú dónde estabas?

-¿Yo? En el “Jiguaní”. ¡Fíjate que no había notado esa ausencia tuya del barco!

-¡Como se comió mierda!

-¡Oye! Voy a colgarte y te llamo un poco más tarde, me están apurando para desayunar, los domingos es una ceremonia familiar.

-¡Okey, mi hermano! Siempre están bromeando en la mesa mis dos nietos, le encuentran gracia a cualquier cosa, puede ser el más insignificante detalle, la figura adoptada por el bacon cuando lo tostaron en el microwave, los orificios en el queso y su similitud a un rostro, las papitas jorobadas, los huevos algo duros. Cualquier cosa les sirve para alegrar la mañana y cuando no encuentran nada se dedican a joderme. Monzón, Rendón, Masón, Rondón, Ratón, Panzón, mientras desayunaba y los niños bromeaban, acudieron a mi memoria decenas de palabras agudas con terminación “ón”. Yo estaba convencido de que ese era el camino correcto a seguir y me hallaba muy cerca de la meta. Mientras bajaba la escalera rumbo a mi cuarto, como un golpe de gracia apareció aquel olvidado apellido, es “Sablón”, no lo olvides antes de llegar al teléfono, me sugirió la conciencia. Marqué rápidamente su número y salió la molesta maquinita respondedora. Como medida de precaución lo anote debajo de un portavasos que mantengo encima del pequeño buró. Fernández, Martínez, Rodríguez, Jardines, Jazmines, acudieron muy pronto a mi mente acompañadas de la imagen de aquel viejo mayordomo al que le debo unas letras. ¡Godinez! ¡Coño, escríbelo también para que no lo pierdas! Marqué nuevamente su número y salió.

-¿Dime, salvaje?

-Te tengo dos nombres.

-¡Dispara!

-El mayordomo gordo que te mencioné era de apellido “Godinez”.

-¡Coño! Verdad que sí, compadre. ¡Qué viejo más bueno! ¿Y el otro?

-El cocinero que se llevó al hermano en el camarote era de apellido “Sablón”.

-¡Efectivamente! Tú no me puedes engañar, debes tener anotado esos nombres en algún lugar.

-¿Cómo crees? Debería tener unos archivos con miles de nombres.

-¿Y los sacas de la memoria?

-¡Claro! Solo que a veces paso algo de trabajo.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2012-11-12

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