Cuba es un cuento, compay

La sancionada

Me dejé llevar por las orientaciones dadas por el Capitán del buque, me vestí con el uniforme de gala de la marina mercante angolana. Un bello traje confeccionado en una sastrería de Ámsterdam, claro, pagado por la compañía naviera de ese país. Junto a mí, un grupo de amigos con los cuales había estado festejando durante toda la noche mi salida de vacaciones para Cuba. En esos momentos estaban pasando lista en la entrada a la parte militar del aeropuerto de Luanda, en ese vuelo solo iríamos diez civiles. Mi gente no cesaba de bromear y por tal razón les pidieron en varias oportunidades que guardaran silencio. Lo hacían solo por espacios breves de un minuto, el que aprovechaban para irse pasando el cañón de whisky. Era un enorme botellón de casi cinco litros, después continuaban jodiendo. Yo me encontraba muy nervioso y deseaba que aquel pase de lista terminara pronto, hacía un año que no visitaba a mi familia y mi hija andaba por los siete meses de nacida.

Media hora antes de llegar al pase de lista y siendo aún un poco oscuro porque el vuelo salía a las seis de la mañana, se me aproximó un individuo que dijo ser delegado del Ministerio de Educación. En términos generales yo no mantenía muchas relaciones con los civiles que trabajaban en Angola, algunos de ellos eran arrogantes, gente que en muchos casos por el solo hecho de tener un auto se creían superior a los demás, algo que tal vez no poseían en Cuba. Casi siempre te miraban por encima del hombro, eran parte de la misma porquería con la que tenía que compartir la vida en la isla. Una especie conocida como “dirigentes”, pero los de la clase más baja, los peores y más dañinos por ser los que se encuentran en contacto directo con la población. Los soldados que se encontraban cumpliendo misión eran gente de pueblo, humildes, que tal vez aceptaron aquello como una simple aventura por conocer otras tierras. A muchos de ellos ese turismo les salió muy caro, por estas personas yo sentía compasión.

Aquel tipo me pidió de favor que me preocupara por la suerte de una muchachita que viajaría sola, era una de esas maestras del contingente Ché Guevara que hacía muy poco tiempo habían arribado a Angola, cuya presencia se sintió a las pocas semanas de haber tocado tierra. Muy jóvenes la mayoría de ellas, pronto conocieron el asedio de miles de machos en un exacerbado estado de celo. Le hizo una seña a la muchacha y me la presentó, tenía los ojos inflamados de tanto llorar y unas ojeras que le llegaban al tobillo. Le di mi nombre y le dije que podía contar conmigo ante cualquier necesidad. Observé su vientre inflamado y supuse que debía encontrarse con unos cuatro meses de embarazo.

Una de aquellas muchachitas involucradas en la loca aventura de Angola, había muerto unos días atrás del disparo que le hizo su novio al saberse engañado. Ella engrosó la larga lista de mártires producidos en aquel país y sus familiares tuvieron que esperar por la voluntad del amo de la isla para darle cristiana sepultura en la tierra de la que nunca tuvo que ser separada.

Me despedí de todos los que formaron una sonora algarabía al pronunciarse mi nombre, y muy nervioso, me dirigí hacia la escalerilla del avión que no se encontraba muy lejos de aquella entrada. Cuando me disponía a pasar al interior de aquel IL-62, la aeromoza cubana me indicó dirigirme al área de primera clase y no me puse bravo. Parece que se impresionó con mi uniforme de gala y la insignia de la marina angolana en la gorra, poco tiempo después del despegue me quedé profundamente dormido. Después del desayuno empaté el sueño en espera de la escala que debíamos hacer en la Isla Sal, una de las que forman el archipiélago de Cabo Verde. Es una isla muy pequeña y totalmente desértica, solo existe en ella ese aeropuerto.

Durante el vuelo no nos encontramos, sin embargo, cuando bajamos del avión ella se me acercó como buscando protección. Esa hora la gastamos hablando de su caso y a cada momento interrumpía la conversación las gruesas lágrimas que no podía evitar. Me contó que antes de partir para Angola ella se encontraba embarazada y lo ocultó para mantenerse al lado de su novio, por tal motivo, regresaba ahora sancionada a la isla y con la probabilidad de causar baja del sector. Era un caso que le partía el alma a cualquiera, la chica era camagüeyana, recuerdo que en el bolso de mano yo poseía unos biberones que llevaba para mi hija y le regalé dos.

-¿Tu novio está de acuerdo con reconocer a la criatura o te dio la espalda? Le pregunté.

-Él está de acuerdo en reconocerla y formar una familia. Contestó

-Entonces, ¿de qué te lamentas?

-Tú debes saber lo que significa una sanción estando en Misión Internacionalista.

-No lo tomes tan a pecho muchacha, eres aún muy joven y tienes toda una vida por delante. A ver, ¿qué importa lo que diga un papelito del partido?, lo importante ahora es cuidarte para que el bebé nazca saludable. Tiene a su padre que lo quiere, una madre que lo desea y estoy seguro de que los abuelos lo apoyarán. Te imaginas que por cosas del destino ese niño hubiera nacido en este país, ¿sabes a cuántas enfermedades se encontraría expuesto? Nosotros no tenemos los anticuerpos para combatirlos, diariamente mueren cubanos víctimas de enfermedades en Angola, ¡alégrate muchacha!

-Creo que tienes razón, ¿qué tiempo llevas allá?

-Ya cumplí el año y ahora voy de vacaciones, conoceré a mi hija pero debo regresar. Llamaron a los pasajeros de nuestro vuelo y nos volvimos a separar.

Cuando volábamos sobre Dominicana y Haití tuve la impresión de encontrarme sobre una inmensa carta náutica a todo color. Entrando a Maisí avisaron de ponernos el cinturón de seguridad. Cuando el avión tocó pista cubana se dirigió a la parte militar de Boyeros, mi familia no sabía que yo estaba en Cuba. El equipaje lo colocaron en el suelo al lado del avión y cada cual tomó el suyo. Yo venía muy cargado, traía mucha correspondencia y algunas boberías que enviaron algunos soldados del campamento de Granfanil. Pocos minutos después llegó una “Aspirina” y el chofer traía una lista con los pasajeros que debían abordar aquella guagua, la chica no se encontraba registrada en aquella listica de solo nueve nombres. Hablé con el chofer y la llevamos con nosotros, la muchacha no tenía parientes ni dolientes en La Habana, tampoco dinero para sacar un pasaje y dirigirse a su ciudad.

Nos condujeron hasta la Clínica de Enfermedades Tropicales ubicada en la calle 200 entre 15 y 17 en Siboney, me trajo recuerdos de mi vida de becado a solo una cuadra de allí. Nos tomaron muestras de sangre y luego nos vacunaron. Hasta esos momentos no se sabía donde permanecería la chica, así que, aprovechando la bella confección de mi uniforme y el efecto impactante que causaba en las personas que no se cansaban de mirarlo, solicité hablar con el Director del Centro, quien con toda amabilidad me recibió en su despacho. Le expliqué la situación de la muchacha y aceptó dejarla allí hasta que se resolviera su traslado a Camagüey.

Me despedí de aquella chica muy agradecida, de la mujercita sancionada por su embarazo y abordé nuevamente la aspirina que me condujo hasta la puerta de la casa. Estoy convencido de que en aquel vuelo de Cubana había arribado una futura gusana.

Esteban Casañas Lostal. Montreal.. Canadá 2001-04-06

Post Data.-

La noche que celebrábamos en casa de mi suegra aquella llegada a Cuba, llegó una cuñada mía muy “comunista” ella y secretaria del “gallego” Fernández, Ministro de Educación. Recuerdo que tuvimos una acalorada discusión.

-¿Sabes que en el avión arribó una muchachita del contingente Ché Guevara de Luanda?

-¡Sí, es una sancionada! Sentí su desprecio cuando pronunció aquellas palabras.

-¿Sabes cual es el motivo de su sanción?

-Por puterías.

-¿Por puterías? Es una muchachita que está embarazada de su novio, eso no es putería ni delito en ningún país.

-¿Y?

-Que no fueron a recibirla al aeropuerto como ocurrió con todos los civiles que veníamos en ese vuelo. Ella es de Camagüey y no tiene dinero para ir a su ciudad, tampoco tiene parientes o dolientes en La Habana.

-¿Y dónde está?

-Eso debías saberlo tú y los encargados de atender estos casos. Para no malograr este ambiente y terminar este diálogo, ella se encuentra en la Clínica de Enfermedades Tropicales de Siboney.

-¡Ah! Mañana voy a informar. No podía ocultar su indiferencia, tenía razón, hablábamos de una sancionada que merecía ser castigada por la sociedad.

Si la criatura nació, hoy debe tener unos treinta y cuatro años. Sabe Dios qué suerte le deparó el destino, tal vez se encuentre aún en la isla y milite en el mismo partido al que pertenece mi cuñada. Quizás haya emigrado a Estados Unidos como miles de cubanos. Puede que nunca haya nacido, quién pudiera saberlo.

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