Cuba es un cuento, compay

La trágica muerte de José

0
0
0
s2smodern

St. Catherine no era lo que es hoy, siempre ha sido la principal arteria turística de Montreal, pero ha cambiado mucho. En aquellos tiempos podías encontrar tiendas al alcance de cualquier bolsillo, nada lujosas como ahora. Recuerdo que en uno de mis viajes durante los años setenta, compré un refrigerador marca Crowsley de segunda mano por solo $39.00 dólares. Abundaban las casas vendedoras de objetos usados, las más frecuentadas por los marinos cubanos. Todas han desaparecido desde hace mucho tiempo y fueron sustituidas por caras boutiques, cafeterías, restaurantes, discotecas, etc. La afluencia de público se ha multiplicado, el tráfico también y resulta casi imposible lograr un espacio público de estacionamiento. Los disponibles son privados o del gobierno y tienen unos precios que provocan infartos. Evito en todo momento desplazarme en auto hacia esa zona, prefiero dejarlo cerca de una estación de Metro cualquiera y utilizar esa vía para llegar hasta ella.

Irma y yo nos encontrábamos hospedados en el hotelito de la YMCA que se encontraba en la calle Stanley y a media cuadra de St. Catherine. Allí nos mantuvieron durante todo un mes y luego nos despidieron con un chequecito en las manos cuando terminamos los trámites de inmigración. En varias oportunidades tuvimos que asistir a una oficina del gobierno que había en esta calle, estaba exactamente en la intersección con Bleury. No recuerdo el piso donde se hallaba el salón de espera de aquellas oficinas, siempre estaba concurrida, no tanto como en estos tiempos.

Una de esas mañanas que concluimos los trámites de rigor y mientras nos disponíamos salir del mencionado edificio, tomamos unos segundos para acomodarnos las bufandas y guantes. Ya andábamos en pleno invierno, al menos para nosotros, aunque la nieve y el frío se adelantaran a la fecha oficial de inicio de aquella ruda temporada. Entretenidos en esos menesteres, sentimos a nuestras espaldas unas voces que identificamos como nuestras. No hubo espacio a la duda, se trataba de cubanos, ellos eran tres.

Irma, picada por esa curiosidad natural de los nuestros e impulsada por esos rasgos tan característicos de quienes han vivido constantemente ignorando lo que se llama privacidad. Giró inmediatamente sobre sus talones y le disparó a quema ropa una ráfaga de preguntas.

-¿Son cubanos? Ellos se demoraron en responder, se sintieron algo asaltados sorpresivamente y en este país no es nada normal. Luego, me cansaría de estar llamándole la atención constantemente tratando de corregirle ese defecto que en nuestra tierra se confunde con una virtud. Nos miraron varias veces de arriba-abajo buscando alguna señal, no sé cual, tal vez sí, quizás cierta marca que nos identificara como agentes o chivatos del gobierno. Siempre fue una reacción muy normal entre nosotros los cubanos, no dejamos de viajar con el policía escondido en nuestras mentes.

-¡Sí, somos cubanos! Respondió uno solo de ellos, es probable que el más camaján de todos y el que realmente viviera en este país. Irma no se contuvo y pasó a la ofensiva, estuve a punto de pedirle que se detuviera, no lo hice porque conocía la naturaleza de su carácter explosivo. Sin embargo, me daba perfectamente cuenta que aquella interrupción a la marcha de aquellos seres no era bien recibida, nos miraban con desconfianza.

-¿Llevan tiempo aquí? Estuve a punto de preguntarle qué carajo le importaba.

-¡Sí, llevamos diez años viviendo en este país! Respondió el mismo hombre y entonces fui yo el que realizaba esa inspección oportuna sobre la figura de los seres que permanecían mudos. Llegué a la conclusión de que el tipo mentía, podía comprobarse que era familia de la mujer callada, tenían un fuerte parecido. Sin embargo, algo delataba que aquella señora llevaba pocos días en este país, su piel aún conservaba el churre acumulado durante décadas en nuestra tierra. No quiero decir que fuera por sucia, es que todos los que arriban de la isla lo hacen empercudidos y toma algún tiempo destupir los poros. Luego, si son blancos criollos, se confunden con los de acá mientras no abran la boca.

-Nosotros estamos recién llegados, desertamos de un barco.

-¡Ahhhhhh! Fue una exclamación generalizada y abrieron más los ojos, nos miraron como si fuéramos extraterrestres. –Bueno, ha sido un placer, es que tenemos el auto estacionado en un parquímetro y ya debe haberse vencido el tiempo. No hicieron nada por extendernos las manos, giraron sobre sus pasos y marcharon hacia la puerta de salida. Yo detuve a Irma por unos instantes mientras los observaba. Los tres eran bajitos y obesos. Iban vistiendo unos largos sobretodos que les daban la imagen de perfectos chorizos y uno de ellos, el que aparentemente era recién llegado como nosotros, se mandaba un sombrero de invierno parecido al que usaron los cosacos, mientras marchaba se amarraba ambas orejeras por un lacito debajo del cuello.

-¡Déjalos que se alejen! Vamos a darle tiempo a que desaparezcan, ¿no te das cuenta que no desean ningún tipo de contacto? Le dije cuando contuve sus deseos de salir.

-¿Qué carajo se habrán pensado estos gordos comemierdas?

-¡Nada! Tienes que adaptarte a este nuevo mundo, aquí es diferente el juego de pelota. Nos detuvimos en un McDonald’s situado a una cuadra de nuestro camino en dirección al hotelito, siempre lo hacíamos para tomarnos un café o comer cualquier bobería. Después encenderíamos un cigarrillo marca Gitanes que se parecía mucho a nuestros Populares.

La vida dentro de aquel hotel de la YMCA era extremadamente aburrida y muy controlada por sus estrictos horarios de comidas, entradas y salidas, etc. Nuestras únicas salidas eran solo para caminar por St. Catherine, algo que llegué a detestar hacer en compañía de Irma por ese vicio propio de toda mujer en meterse en tiendas, mirarlo todo, probarse incluso ropas que nunca compraría y hasta preguntar mi opinión. Ella andaba algo deprimida y no podía negarme a complacerla por tal de no escuchar sus descargas dentro de aquella pequeña habitación.

Después que salimos del hotel y teníamos rentado cada uno un apartamentito, nos invitaron a una reunión del CID que se realizaría en la Asociación Española ubicada en la calle Saint Laurent y muy cerca de la intersección con St. Joseph. ¡Qué manera de tener nombres de santos las calles de esta ciudad! Creo que estoy viviendo en el paraíso. Ya conocíamos algo y nos movíamos con la ayuda de mapas que se obtienen gratuitamente en las estaciones del Metro, al menos era así en aquellos tiempos. El encuentro estaba planificado para las dos de la tarde de un sábado y allí conoceríamos a interesantes personajes de la comunidad cubana en Montreal. Debo destacar que en esos tiempos esa comunidad era sumamente pequeña y casi todos sus integrantes eran mayores de edad. Cuba no había abierto las puertas al turismo y el jineterismo era muy limitado. Encontrarse con un cubano en esta ciudad era similar a obtener un premio de la lotería.

El grupo estaría compuesto por unas quince personas y se destacaban entre todos algunos seres muy conocidos por ellos. Me refiero a Máximo Morales, Pedro Martori, los hermanos Varela y otros que después pudimos identificar como castristas encubiertos y colaboradores de aquel régimen. El objetivo de aquella reunión era darnos la bienvenida a los recién llegados, todo un acontecimiento allí, donde nunca llegaron las balsas de los marielitos y la inmigración era muy reducido.

Coincidimos por segunda vez con aquellas personas encontradas en la oficina de inmigración, esta oportunidad desprendidos de sus sobretodos, sombreros y guantes. No recuerdo exactamente quién se ocupó de presentarnos. Como sospeché, los dos con la piel más oscurita o empercudida eran recién llegados como nosotros y aquella coincidencia en la oficina de inmigración muy justificada, andaban enredados en los mismos trámites.

Pasada una hora de intercambios con unos y otros, ayudados también por el relajamiento que el alcohol produce en nuestras lenguas, fue cuando verdaderamente me senté a conversar con José. Había llegado con la ayuda de una carta de invitación y apeló al estatus de refugiado político junto a su mujer. Ambos residían en el pueblo de “Remanganagua”, provincia Habana. Deben suponer que por razones obvias he cambiado los nombres de los personajes, pueblo y oficios.

José era un tipo que andaba en esos momentos por los cuarenta y tantos años, yo había cumplido los cuarenta y dos, él se veía algo mayor a mí, quizás me superaba en uno o dos añitos. Era bien parecido y desprendido de todos los trapos que impone el invierno no se veía tan grueso, aunque sí envueltico en carne. Bajo de estatura, trigueño y pelo rizado muy tupido. Pausado al hablar, lo hacía en un tono inapropiado para cualquier cubano, gritón por excelencia. Por el contrario, su mujer no se benefició mucho con aquella parcial desnudez que garantizaba la calefacción del local. Era gruesa y tubular, una especie de cilindro que nacía en los hombros y continuaba hasta los tobillos, redonda cuando la observas desde cualquier ángulo y para agravar su situación, superaba ampliamente en edad a su marido. Empeorando algo más su condición, no era bella tampoco de rostro, se prestaba más bien para provocarle de noche un susto a cualquiera, estaba difícil. Sin embargo, era muy dulce en el trato, extremadamente decente, o sea, la belleza la llevaba por dentro. Luego de intercambiar unas cuantas palabras con José, conocer su oficio, uno que lo vinculaba diariamente con la gente. Después de pescarlo en diferentes oportunidades vacilándole de reojo el trasero a Irma, pude identificar sin muchas dificultades encontrarme ante un cabrón de la calle. Luego, conociendo como se desarrollaba el ambiente en nuestra isla en lo referente a las relaciones hombre-mujer, me pregunté inmediatamente; ¿Qué hace este hombre con ese monstruo? La pregunta no se apartaba de la lógica, al abandonar la isla no era necesario gastar mucha saliva para conquistar a una mujer. Las muchachas comenzaron a tener ciertas preferencias con los medio tiempos y si eran casados mucho mejor. Decían muchas; casi siempre andaban con plata y que por su condición de hombres comprometidos, eran menos conflictivos y más complacientes que los jóvenes. ¡Hummmmm! Aquí hay gato encerrado, me dije. Tal vez sea ella quien tuvo la posibilidad de obtener esa carta de invitación. ¡Sí! Es muy decente y educada, tiene un alma limpia, pero eso no resuelve las exigencias de una cama. Es muy importante la belleza interna de cualquier ser humano, pero si estuviera dosificada con una sola razón que provocara una erección, esa bondad de la naturaleza sería muy bien recibida de ambas partes. Los machos cubanos no se acuestan con “virtudes”, creo que nos inclinamos un poco hacia el pecado, la carne.

Ese día nos despedimos luego de intercambiar números telefónicos, debo aclarar que como eran los primeros días en este país, no tenía cama donde dormir y consideré que el teléfono era mucho más necesario. Dormía sobre la alfombra del apartamento, pero al menos tenía algo para poder conversar y combatir la implacable depresión que invade a millones de seres en un lugar del planeta donde a las cuatro de la tarde es totalmente de noche durante su largo invierno.

Nuestras relaciones fueron muy buenas, nos comunicábamos con frecuencia e intercambiábamos opiniones sobre los trabajos que veníamos realizando en diferentes factorías. José manifestaba un agudo rechazo a ese régimen laboral ajeno totalmente a la idiosincrasia del hombre nuevo cubano, no estaba acostumbrado a trabajar ocho horas netas y siempre se quejaba. Un día me habló de un negocio que se venía desarrollando en Montreal y en el cual él se hallaba plenamente involucrado. En pocos minutos me comió el cerebro y acudí a una cita del mencionado negocio. No puedo ocultar que poseía un gran poder de persuasión capaz de convencer al más duro de los hombres. Por mi parte, logré llevar al Flaco a esa reunión para ver si lo convencía de que se sumara también. ¡Hay billete, Flaco! Era todo mi argumento disponible y él no dudó en acompañarme.

El salón estaba en la calle Jean Talón y a solo una cuadra del Metro Iberville, no nos resultó difícil desplazarnos hasta el lugar. Allí coincidimos con Nora, una hermosísima mujer centroamericana, todo un monumento que enseguida atrapó la atención de José, quien vale la pena señalar, llegó acompañado de su mujer, algo más gruesa aún y fea en proporción a su obesidad. ¡Qué bestia tu amiga! Me dijo en una oportunidad que nos levantamos por un café.

El orador era de un discurso fluido, fácil de comprender y con una capacidad terrible para enrolarte en cualquier aventura. No por ello me dejé atrapar rápidamente y el resumen de todo lo planteado tuvo que hacerlo José. La cita duró más de dos horas viajando en las explicaciones del “mercadeo por red”, su futuro y condena de las grandes cadenas de tiendas, mercados, etc. Hablaron hasta el cansancio de esa novedosa corriente mercantilista donde entre otras cosas, es precisamente la participación directa del hombre el rol más importante y el entrenamiento gratuito sobre ese campo a quienes desearan participar. Nos hablaron de distintas categorías alcanzadas por los miembros de esa organización y los privilegios obtenidos y disfrutados por cada uno de ellos. Que si Esmeralda, que si Diamante, que si Platino, que si patatín y patatán. Me jamaron el cerebro y para rematar me dan un casete donde un cubano, creo que marielito, narra toda su aventura hasta convertirse en millonario. ¡Coño, Flaco, qué bárbaro está esto! Ya me veía montado en aquellas limusinas usadas por el marielito, hospedado en los mismos hoteles y cargando Rolex en la muñeca. El Flaco no se convenció mucho, nunca fue tan pensador y era bastante desorganizado cuando chocaba con un blúmers. Aún así, el Flaco se sumó al negocio y creo que lo hizo para complacerme.

La cosa estaba en que se debía entrar con unos $500 dólares que, era el precio de un crucero a no sé dónde carajo. Bueno, nosotros no teníamos residencia ni pasaporte para viajar, le manifesté a José. Eso no importa, me dijo, el asunto es poder entrar y luego debes tratar de enganchar a otra gente para que así ganes plata.

¡Coño, mira que hablé! Lo hice hasta por los codos y no pude convencer a nadie. Bueno, el asunto es que las personas que yo conocía estaban indocumentadas como yo y la mayoría recibía la ayuda social. Mientras más hablaba, más lejana veía la posibilidad de viajar en limusina, hospedarme en hoteles cinco estrellas o desplazarme en cruceros por el Caribe, los más baratos.

-¡Oye, José! Asere, marcha atrás con todos los tambores, quiero mi plata de vuelta. Le dije por teléfono y se pasó varios minutos insistiendo en convencerme.

-¿Comprendiste? Me preguntó cuando dio por finalizada su intervención.

-¡Claro que comprendí! Mañana quiero de regreso mi plata, men. ¡Ahhhh! Dice el Flaco que le lleves la suya también.

-¡Coño, no sean tan pendejos!

-No es pendejadas, todo ese asunto es un fraude. Estamos en presencia de una pirámide y no has sido claro. Debo confesar que fue un hombre honesto y devolvió todo el dinero. Tuvo que haberse encojonado con aquella retirada nuestra, perdimos comunicación durante varios años.

Esta vez apareció con la propuesta de un nuevo negocio, no se cansaba, yo creo que había renunciado incondicionalmente a sudar la camisa en una factoría. Acordamos encontrarnos en mi casa y allí me explicó con lujo de detalles el asunto, accedí con una sola condición, no quiero tratos con intermediarios.

Luego de invertir una pequeña suma en algo totalmente legal, traté inmediatamente de recuperar parte de la plata invertida con la adquisición de algunas cajas de tabacos compradas en la isla. ¡Vaya sorpresa! Cuando llamo a la muchacha para hacerle el encargo, ella me responde que será imposible, la mujer de José se había adelantado y ella se comprometió. ¡Ring, ring, ring, ring!

-¡Hola, José! Compadre, lo primero que te advertí antes de involucrarme en este negocio y fui muy diáfano, era que no quería ningún tipo de intermediario metido en él. Le manifesté sin escuchar el saludo regresado.

-¡Mira, déjame explicarte! De pronto, lo que sería una conversación entre hombres fue interrumpida por la voz de su mujer.

-¡Tú no tienes que explicarle ni cojones! ¡Ya yo le encargué las cajas de tabaco a Miriam! ¡Qué pinga se piensa Esteban! ¡Oh! Se me había olvidado comentarles que José había cambiado de mujer, era lógico que eso sucediera, ya había transcurrido el tiempo suficiente para legalizar su situación en este país. Cuando me visitó para pactar, lo hizo acompañado de una blanca contemporánea con su edad, nada que pudiera provocar un desvelo, pero definitivamente estaba mejor formada que su virtuoso tubo de pasta dental. Era alta y muy blanca, nada atractiva, pero con el don de poder provocar al menos una humana erección. Su lenguaje era el mejor pasaporte y de poco sirvió nos aclarara durante aquella visita, que venía de uno de aquellos barrios habaneros conocido como “El Palo Cagao”.

-¡Mira, José! Cuando tengas suficientes pantalones para controlar la boca de tu mujer, entonces nos sentaremos solos a negociar.

-¡Oye, Esteban!…No lo dejé terminar y colgué el teléfono. Varios minutos después me llamó desde un teléfono público y mantuve mi posición. Sentí verdadera pena por él, sabía perfectamente que estaba tratando con un caballero en asuntos de negocios. No nos volvimos a comunicar y perdimos contacto.

-¿Sabes quién se murió? Si me matan no recuerdo quién rayos me trajo aquella noticia, indudablemente tuvo que ser un conocido común.

-Soy muy malo para las adivinanzas, ¿quién se murió?

-Ni te lo imaginas.

-Sin comerciales, ¿quién fue?

-José se puso el traje de palo.

-¿Qué José? Hay tantos en Montreal.

-El del negocio de los cruceros, el que vivía en Remanganagua.

-¡No jodassss! ¡Coño, el socio era joven! ¿Qué le pasó?

-¡Algo duro, mi hermano! Yo diría que muy duro.

-¡Compadre, acabe de soltar y no jodas con los comerciales!

-Dicen que el socio fue a Cuba para exhumar los restos de su madre, ¿qué te cuento? Según me han informado, en los mismos instantes que sacaban los huesitos de su mamá de la tumba para colocarlos en un osario, le dio un infarto y se partió.

-¡Coño, esa es dura! Grande tuvo que ser la impresión sufrida cuando desenterraron a la pura y que eso le provocara el infarto. Yo te lo digo con sinceridad, no me gustan las visitas a hospitales, funerarias y cementerios. No me cuadran, me deprimen, prefiero despedirme de la gente querida con una botella de ron en las manos y recordarlos tal y cual fueron. No puede negarse que era un cabrón, porque realmente lo fue, pero mira y valora hasta donde llega el amor de un hijo por su madre. Eso puede darte una idea de quién era realmente esa persona, nunca me equivoqué al valorar a José. Poco importa si el destino lo colocó en las manos o el Toto de esa chusma, me refiero a su última mujer. Que en paz descanse el socio.

-¿Sabes quién se murió? Si me matan otra vez no recuerdo quién rayos me trajo la noticia.

-Soy muy malo para las adivinanzas, ¿quién se murió?

-Ni te lo imaginas.

-Sin comerciales, ¿quién fue?

-José se puso el traje de palo.

-¿Qué José? Hay tantos en Montreal.

-El del negocio de los cruceros, el que vivía en Remanganagua.

-¡No jodas, chico! Eso es periódico viejo, agua pasada. Ya me lo habían informado, es verdad que tuvo un final muy triste. ¡Mira que ir a Cuba y morir mientras exhumaban los restos de su madre! Es duro, que en paz descanse.

-¡Pérate, pérate, pérate, pérate! ¿De dónde carajo sacaste esa macabra versión?

-Bueno, eso fue lo que me dijo un socio hace dos semanas.

-¡Fula, fula! ¡Nada de eso! José tuvo una muerte muy feliz.

-¿Cómo que una muerte feliz? Nadie se muere contento, todo el mundo desea continuar viviendo.

-Eso es sabido, pero si te dieran a escoger entre tantas posibilidades de morir, ¿cuál de ellas elegirías para hacerlo de una manera feliz?

-No tengo ni la más remota idea de lo que deseas expresarme.

-¡Compadre, usa las neuronas! Antes de morir agonizando en un hospital, un naufragio, un accidente automovilístico, asesinado, etc., etc. ¿No es mejor morir templando?

-¡Claro que sí, esa es la muerte que desearía para mí!

-Pues esa fue la que tuvo José, se murió templando en una de sus visitas al pueblo donde vivía.

-¡No jodas! Entonces murió feliz. Que en paz descanse el socio, hasta en el negocio con la muerte fue bueno.

Coincidimos accidentalmente en una fiesta allá en Miami, él era conocido de uno de mis primos y casualmente vivía también en Montreal. Tendría unos cuarenta y tantos años de edad. Entre trago y trago me dijo que venía de Remanganagua.

-¡Coño, yo tuve un socio de tu pueblo que luego vivió en Montreal! Tal vez lo conociste.

-¿Como se llamaba?

-José, el murió hace unos años.

-¿Sabes cómo murió?

-Primero dijeron que exhumando los restos de su madre, luego vino otro socio y me dijo que fue templando.

-¿Desde cuándo sabías eso?

-¡Ufff! ¿Quién pudiera saberlo? Hace una pila de años. ¿Tú lo conocías?

-¡Claro! Yo fui quien recogió su cuerpo de la posada.

-¿Entonces es verdad? ¿Murió templando?

-Así mismo, lo que pasa es que se envió la primera versión para guardar la forma. Ya sabes, era casado.

-Sí, con un tronco de cohete que muy poco después se echó otro marido.

-¿Quién te dio la segunda versión? Porque hasta donde tengo conocimiento, esa es solo dominada por amigos íntimos.

-¡Te crees tú! En Montreal las paredes tienen oídos, poco importa ahora. ¡Ojalá me llegara la hora de esa manera! Murió feliz, murió contento y seguro que jamándose un pollo, ¿me equivoco?

-No, así mismo es.

-¿La posada tenía aire acondicionado? ¿Tenía agua? ¿Había luz?

-¿Por qué preguntas eso?

-Es que después que te acostumbras a vivir en este país, regresar al pasado puede ser una causa de infarto.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2013-04-29

0
0
0
s2smodern