Cuba es un cuento, compay

El Sartén

(Basado en hechos reales)

Alberto miraba por la ventana hacia el patio mientras abría dos cervezas, el invierno estaba llegando a su fin, aparecían ante su vista objetos que por meses estuvieran sepultados bajo la nieve. La mesa que usaban en las reuniones de verano recobraba su figura y dejaba de ser un hermoso pastel, el tanque plástico de la basura comenzaba a mostrar su comba, había sido arrastrado hasta la cerca durante una tormenta. La hierba le iba robando espacio a ese blanco puro y monótono, ya dominaba un poco más de lo que durante otros seis meses será su territorio. Alberto seguía ese avance diario como si en esa operación librara una importante batalla, o se le escapara la vida misma, catorce veces había realizado esas cuentas aunque fueran en distintos barrios. El depósito de alimento para las aves supo resistir todos los ataques, era valiente, no es sencillo permanecer dos años a la intemperie con temperaturas que viajaban desde los 40 a los menos 40.

Su hijo lo llamó desde la sala, le reclamaba por la cerveza olvidada encima de la meseta mientras gastaba el tiempo en aquellas observaciones necesarias. El paso por el pasillo era obstruido por un enorme cajón vacío, su hijo trataba de conectar los últimos cables del sistema de cinema al televisor, bebió un sorbo y le dirigió una mirada a la etiqueta de la botella, leyó la palabra Presidente y sonrió, Alberto buscó un poco más abajo.

-Es de República Dominicana. Le dijo a su hijo.

-Se parece mucho en el sabor a la cubana, la compré por curiosidad. Le respondió mientras le colocaba las pilas al mando del televisor nuevo.

-En Miami la bebe mucha gente, debe ser por eso. Contestó Alberto mientras no apartaba su vista de todos los controles colocados encima del sofá.

-No sabe mal, es una lástima que aquí no la vendan. Encendió el aparato y ante ellos una imagen con mucha más nitidez y calidad que la del televisor anterior, le agregó el sonido y daba la sensación de encontrarse en la sala de un cine.

-No te asustes, con un solo mando podrás encender el televisor, el satélite y el VCR, ahora los programo, voy a cancelar el funcionamiento de los botones del televisor por el niño.

-Es lo mejor que puedas hacer, no hay botón que se le resista a ese cabroncito.

-El único mando extra es el del sistema de cinema, en el botón de funciones puedes seleccionar para VCR, radio, DVD, música, o sencillamente para el audio.

-Vamos a probarlos todos y luego hay que enseñar a tu mamá, cualquier momento será necesario pasar un curso para manipular todos esos tarecos.

-¿Y qué harán con el televisor viejo?

-Ni me imagino, mira a ver si de la gente que tú conoces hay alguien que lo necesite, es una lástima botarlo.

-Hablaré con Migdalia, ella tiene uno chico que yo le regalé, pero ahora se va a mudar sola, me parece que ese de 25 pulgadas le será mucho mejor. ¿Por qué no llamas a Juan? Dile que pasamos por su casa más tarde, compramos una botella de ron y hacemos una media por allá, es del carajo quedarnos trancados aquí. Aquella proposición de su hijo lo sorprendió, porque en términos generales él solo compartía con personas de su generación, sonó el teléfono.

-¡Dime salvaje! Se escuchó del otro lado de la línea.

-¡Dime animal! ¿Qué haces? Fue la respuesta de Alberto.

-¡Nada compadre! Te llamaba para decirte que pensaba pasar por tu casa a eso de las seis, no sé si tenías en mente algo, pero quería bajar con alguna cerveza y dar un poco de muela. De verdad, no hay quien se espante este gorrión, tengo unas ganas que se acabe de derretir toda esta nieve del carajo.

-¡No hay líos! Solo que te adelantaste, ahora mismo el chamaco me estaba pidiendo que te llamara para ir por tu casa.

-¡Sin problemas! ¡Arranca para acá!

-Creo que es mejor que ustedes vengan porque tengo un reguero en la sala de madre, así me da tiempo a recoger un poco.

-Bueno, te caigo entonces con algunas cervecitas.

-Nos vemos.

Juan era un sobreviviente como Alberto, se resistía a perecer ante esa rara actitud auto impuesta por los de su tierra, la del rechazo por los suyos. Evadía constantemente un encuentro con aquel viejo fantasma de la desconfianza, pero sus intentos por vencerla nunca fueron exitosos. Al llegar a este país, lo hizo creyendo que todos eran buenos y que entre ellos reinaría esa sinceridad ausente por años. Pero no fue así, la sombra del chivato lo perseguía y encontraba un CDR en cada casa que visitaba. Se cansó de tantos intentos por recobrar la confianza en el hombre, y sin darse cuenta huía, esquivaba las invitaciones, apartaba la hipocresía de los que se aferraban a continuar con una máscara. Cuando llegó a conocer el terreno donde se movía, Juan determinó que no tenía sentido insistir ni gastar una palabra, casi todo estaba perdido. Las reuniones de años anteriores terminaban en el mismo camino, gente que evitaba manifestar una sola oración en contra de las causas que lo trajeran a estas tierras heladas. Peores eran otros casos y no fueron aislados, tuvo que soportar a quienes se extendieron un poco más allá y le encontraron virtudes a las causas que los trajeran al destierro. Muchas veces subían las temperaturas de los ánimos caldeados, y aquellos se separaron sin que se les dijera nada. Era como si no desearan ensuciarse con lo que oían, deseaban mantenerse al margen de todo como en la isla y muchas veces le rebotaba en todos sus sentidos aquella frase tantas veces escuchada; ¡Asere, lo mío es vivir! Nadie que haya nacido fuera de esa isla comprenderá lo que significan esas palabras. ¡Lo mío es vivir! ¡Qué me importa si se acaba el mundo mañana! ¡Qué me importa si hay que aplaudir! O levantar la mano para condenar a un compañero, o al socio que se levanta y agarra todos los días la guagua conmigo, o al que trabaja a tu lado, o a tu vecino, o al amigo, y hasta al familiar que ha compartido la casa. El asunto es vivir, eso es lo importante, lo otro no cuenta, no existe más mundo que el mío. Y no hablemos de miedo, no mencionemos la palabra cobardía porque no soy yo solo, es la actitud de mi primo, del socio, del vecino, del compañero, y hasta la de mi amigo. ¡Lo mío es vivir! Da lo mismo que sea en la isla o en el extranjero, y cuando la cosa se ponga mala me voy, me muevo, que pa’eso hay tierra por delante.

Juan detestaba ese concepto tan asqueroso de la vida y optó por apartarse, su círculo se reducía cada día, hasta que sin darse cuenta podían contarse con los dedos de sus manos. Aún así era feliz y ocupaba su tiempo en otras actividades que llenaran el vacío producido por ese dramático cambio. Sus primeros tiempos en esta tierra fueron traumáticos, escapaba de la vulgar promiscuidad a un régimen de vida silencioso y muy privado.

Con una cerveza en la mano escuchaba un disco de ABBA mientras cambiaba canales del nuevo televisor, su nieto sacaba libros que tenía guardados en una sección del mueble y los iba colocando a su lado. Ya sabía que debería revisarlos uno a uno, se los conocía de memoria y no le molestaba, le asombraba ver que con solo tres años se sabía de memoria todas las letras del alfabeto, era el trabajo paciente de su abuela que comenzaba a rendir frutos. Ya era capaz de identificarlas fuera de orden y de señalarlas en el teclado de su computadora. La abuela se sentó a su lado en el piso y Alberto cambió a un canal de muñequitos, era la hora de la comida del niño. Una ojeada al contenido del plato y un raro pensamiento invadió su mente; ¡Qué canadiense tan extraño! Arroz, frijoles colorados, picadillo y plátanos maduros, sonrió para sí y se marchó al baño.

-¡Oye compadre! Que tú no sales a recibir a nadie. Le dijo Juan al llegarse hasta la sala y extenderle la mano, la otra permanecía ocupada con una caja de cerveza. Alberto le bajó el volumen a la música.

-Ni sentí cuando tocaron, tú sabes que yo soy un loco para oír la música. Le dio un beso en cada cachete a la mujer de Juan y dos a la hijastra, esa había sido una de las costumbres importadas de este país y que le causara cierta confusión en sus viajes a Miami, allá continuaban con la nuestra, un solo beso basta. Luego le pidió un besito a la nieta y ella le preguntó por el niño.

Para los cubanos la sala es casi siempre un artículo de lujo o exhibición de muebles, las visitas se concentran por lo general en la cocina y hacia allí se dirigieron los pasos, no era necesaria una invitación, todos marcharon por inercia. Juan iba sacando las cervezas de la caja mientras Alberto las colocaba en el refrigerador, encima de la mesa quedaron las que se consumirían inmediatamente.

Yamilé es la hijastra de Juan, había sido legalmente su mujer, una de las tantas armas usadas por los cubanos para escapar del paraíso terrenal. Es una chamaca de unos veinte y tantos años, de rostro hermoso y franca mirada. Poseía unos ojos verdes soñadores y su belleza era singular, rara mezcla de blanca cubana intoxicada por palabras y gestos que comenzaban a desaparecer de su historia, pero que se aferraban ciegamente a su personalidad. En estos momento se encuentra estudiando francés, una batalla cruenta entre ese idioma y cultura contra todos los demonios de una Guanabacoa lejana. Esa mezcla inevitable la convierte en más simpática y provocan que afloren en su piel, los primeros síntomas de la presencia de un hermoso Notre Dame y una vieja parroquia de ese barrio de La Habana. Su carácter es similar al de sus contemporáneos, muy jodedora y criolla, pero se distingue de los demás a la hora de manifestarse con relación al sistema imperante en la tierra que dejó atrás. En Yamilé puede apreciarse una muy bien definida ausencia de miedo a la hora de hablar, coloca debidamente los puntos sobre las íes y no acude a la metáfora o parodia obligada, al hijoputa lo llama por su nombre y en su boca no se escucha vulgar. Desde el primer encuentro con Alberto hubo química entre ambos y plena identificación de sentimientos, para éste, nunca ha resultado fácil aceptar a una persona como amigo. Sin embargo, Yamilé posee esa aguda habilidad de colarse en el hueco de una aguja y aunque las diferencias de edades son enormes, ambos se ríen de mutuas ocurrencias. Alberto trata de exprimir las experiencias vividas por la muchacha, es de suponer que fuera solo una chiquilla cuando él abandonara su país y cada cuento narrado con su picardía y comicidad, lo traslada a un mundo que comienza a ser irreconocible en su memoria.

-Voy a preparar algo de saladito. Les dijo Alberto.

-No te preocupes, acabamos de comer ahora mismo. Le respondió Margarita.

-¿Y quién carajo te dijo que esto era para matarles el hambre? Es solo para picar un poquito.

-Bueno compadre, prepara lo que te de la gana para que seas feliz. Intervino Juan y su amigo comenzó a sacar de una gaveta varias latas pequeñas de conserva. Fue sirviendo el contenido en un plato y colocó palillos para que fueran pinchando.

-¿Esto qué es?- Preguntó Yamilé con cierta candidez casi infantil.

-Mija, se ve que todavía estás verde, esto es mejillones, este otro grupito es de ostras y los prietos son calamares en su tinta. Le explicaba Alberto mientras ella los iba probando.

-¡Coño, me gusta! ¿En cual mercado los compraste?-

-Esos los trajeron de New Jersey, pero los he visto en el mercado Metro, es probable que encuentres los de la marca Goya en los mercados latinos.

-Si, me parece que los he visto allí. Intervino la mujer de Juan.

-Bueno, les voy a preparar una pasta con camarones molidos, pero fíjate Yamilé, hoy quiero que me repitas aquella historia que una vez me contaste, estoy interesado en escribirla.

-¿Cuál, la de la teta? Todos rieron por la gracia al decirlo.

-No mija, ya esa teta me tiene hasta los timbales, me refiero a la historia del sartén.

-Bueno, siéntate para contártela de nuevo.

-Ahora no, espera a que termine la pasta de camarones.

-¡Oye! No te vuelvas loco preparando tantas cosas y acaba de sentarte. Le dijo Margarita a Alberto, en esos momentos llegaba su nieto y le fue dando un beso a todos los visitantes.

Margarita era una mujer chévere, de un carácter que por fortuna legó a su hija, otra típica jodedora cubana. Alberto y Juan la conocieron en una de las tantas fiestas que a cada rato organizaban para matar el gorrión. Llegó al lugar y momento preciso para rescatar a Juan, fueron tiempos difíciles donde la depresión hacía presencia en la puerta de cualquier casa. La mayoría de ese grupo hoy ausente llegó a este país casi simultáneamente, hubo una gran arribazón en los primeros años de los noventa, todos pertenecían a esa corrida. A pesar de que Juan desarrollaba dos trabajos diferentes, la mayor parte del tiempo se la pasaba sin un centavo en el bolsillo, mal alimentado y vestido, presa de mujeres oportunistas que no vacilaban en explotar aquella deplorable situación psicológica. El cambio experimentado a solo unos meses de unión fue extraordinario y la estabilidad emocional ganada por Juan hasta nuestros días ha sido del reconocimiento general. La gente se ha quedado perpleja en ese poder de adaptación de Juan a su pareja, logró vencer en ese tiempo el obstáculo más difícil para poder decir con orgullo; ¡Yo soy un caballo! Le agarré el pasillito a Margarita. No era para menos, ella había desfilado por decenas de fiestas donde buenos bailadores exhibían sus mejores pasillos, pero todos se quedaron botados ante las dificultades por agarrarle el ritmo. Alberto fue uno que nunca apartó su vista de los pies de Margarita, tratando de descifrar aquello que comenzaba a convertirse en algo misterioso, en algo así como “la madre al que le coja el ritmo”. Nunca pudo encontrarle una explicación lógica, no tenía sus raíces en el danzón, menos aún en el bolero, pudo ser una variante algebraica del Chá Chá Chá, o una mezcla de todos los bailes cubanos con los pasillos usados en los toques de santos, solo ella lo sabe. Pero Juan era un bárbaro, ese mérito solo le correspondía a él, solo Dios sabe como se le pudo colar a ese pasillito misterioso y aplicable a cualquier género de música, porque eso sí, lo aplican con un bolero o balada, y cuando ponen una salsa solo aceleran un poco la velocidad y se olvidan de los frenos, hasta las mismas vueltecitas, coño. Verlos tan acoplados en ese exótico baile debe ser una muestra de la gran felicidad que existe entre ambos.

Ellos hacían vida de pareja sin haber firmado papel alguno, pasaban los años y la amargura de Margarita por no tener a su hija a su lado aumentaba. Un día se les ocurrió la brillante idea de que Juan fuera hasta la isla y se casara con ella, era un riesgo más a correr luego de varias negativas a cartas de invitación cursadas. Era otro riesgo extra para Juan por ser desertor, aún sabiendo los puntos negativos que existían en su contra se encomendaron a Dios, y solo gracias a él, hoy la muchacha se encuentra sentada en aquella mesa, mientras su hijita juega con el nieto de Alberto.

-Bueno caballeros, ya está la pasta lista y servida. Dijo Alberto mientras colocaba el plato con la pasta y otro con galletas de soda sobre la mesa.

-Dale, siéntate para pasarte de nuevo la película.

-¡Espérate Yamilé! Voy a traer una mini grabadora porque no quiero perder detalles. Alberto regresó de su oficina con una grabadora más pequeña que una caja de cigarrillos, la muchacha se le quedó mirando fijamente.

-No te asustes, esa información no es para el G2. Le dijo Alberto en tono de jodedera.

-Yo no como miedo, así que lo puedes mandar a donde quieras y escribir mi nombre.

-Yo lo sé blanquita, voy a ponerla a grabar y suelta todo lo que tengas dentro. Alberto puso a rebobinar el casete y cuando finalizó de hacerlo activó la tecla para grabar. Ella seguía aquellos movimientos sin apartar la vista, no hubo necesidad de avisarle para comenzar.

-Bueno, después de la boda, de legalizar el matrimonio en la embajada de Canadá y de todos esos trámites kilométricos para salir de ese infierno, voy con mi pasaporte visado hasta las oficinas de vivienda en Guanabacoa para solicitar que me hicieran el inventario. Debes saber que sin este paso no te otorgan el permiso de salida del país conocido como “la tarjeta blanca”. Allí me informan que en esos días pasarán por la casa a realizar el mencionado inventario. Cuál no sería mi sorpresa al ver que al día siguiente, el patio de la casa se encontraba invadido por una pila de extraños.

-¿Usted es Yamilé Martínez Álvarez? Me preguntó un negro de los que venían en el grupo.

-Si, yo soy. Le respondí a secas.

-Pues debemos pasar para proceder con el inventario. Me dijo el tipo con algo de desprecio.

-Bueno adelante. Solo tres de ellos penetraron al interior de la casa, los otros permanecieron en el patio, supongo también que ese tiempo transcurrido les fuera pagado de sus salarios, yo podía escucharlos haciendo cuentos de relajo.

-Todos esos muñecos de peluche me los voy a llevar. Fueron las primeras palabras del negro al entrar a mi casa, hablo por supuesto del que venía al frente del grupo.

-Esos muñecos del peluche me los envió mi madre desde Canadá y son míos, yo se los voy a regalar a los muchachos de la cuadra. Fue la respuesta que se me ocurrió.

-No, usted va a abandonar el país y todos esos muñecos son propiedad del gobierno, así que no puede regalar nada. Me dijo el negro con palabras cargadas de odio.

-¡Ah, sí! Llévate los muñecos de peluche. A partir de ese instante comencé a sentir algo de miedo, sabía perfectamente que ese individuo podía ser un obstáculo a mi salida de Cuba.

-¿Y esa siembra que usted tiene en el patio, por qué la tiene? Fue una pregunta inesperada porque siempre pensé que el inventario se limitaría a los bienes dentro de la casa.

-La tengo porque me da la gana, porque todo lo que está sembrado lo utilizo para cocinar. No le mentía, tenía sembrado orégano, ají, cebollas, ajos, tomates etc., y de verdad que era donde me abastecía, esas cosas andaban perdidas del mercado en esos tiempos.

-Bueno, dejemos el patio como está, estas cortinas y sobrecama me las llevo.

-¡Mira! Eso me lo mandó mi madre desde Canadá y es mío.

-Por eso mismo, como es tuyo y te vas del país pasa a ser propiedad del gobierno.

¿Y este televisor a color?

-¡Mire! Ese televisor a color es de mi esposo y como su casa está en construcción él lo dejó aquí.

-¿Y la batidora?

-La batidora es de mi esposo, pero como yo soy asmática él me la trajo porque tengo que estar tomando líquidos. De verdad no sé de dónde rayos se me ocurrió esa explicación, ni cuál era la relación entre el asma y los líquidos.

-Bueno, eso sí que vamos a tener que analizarlo, porque si tú te vas del país puedes ver el televisor en blanco y negro. No comprendía ese retroceso de la batidora al televisor. No se detiene en ese punto y de buenas a primera se pone a observar el altar que le tenía a mis santos, yo soy creyente de la religión Yoruba, el tipo se le queda mirando a mi Eleguá.

-¿Para qué tú quieres esto?

-Yo tengo Santo hecho, pero si tú dices que todo le pertenece al gobierno llévatelos y véndelos, después me dices cómo te salieron las cosas. El negro no quiso tocarlos, él sabía perfectamente de qué le estaba hablando. Mientras conversaba conmigo o mejor dicho, me decía las cosas que se robarían de mi casa, los que se encontraban con él iban sacando cosas y confeccionaban una lista. En aquella lista se encontraban incluidos platos, cucharas, vasos, ceniceros, lámparas, bombillos, en fin todo, hasta los interruptores de la luz.

-¡Fíjate! Si desde este momento hasta la salida del país falta algo de lo inventariado, no saldrás porque se te negará el V-7 en el aeropuerto. Con esto te digo que si se rompe un vaso debes guardar los vidrios, te lo advierto porque antes de tu partida regresaremos a verificar la existencia de lo inventariado. Hay que ser muy tonto para no comprender que aquello era un chantaje y amenaza.

-No se preocupe, no faltará nada porque yo tengo muchos deseos de abandonar este paraíso. Le respondí con una mirada cargada de odio.

-El balón de gas debe entregarlo, pero no te preocupes que yo te voy a ayudar.

-No necesito que me ayude para nada, mañana paso por la compañía de gas. En ese momento ya estaba que no entendía nada y me tuvo muy cerca de explotar, pero contaba mentalmente hasta cien. Solo los que han pasado por esta situación son capaces de comprender lo que se siente, no es sencillo asimilar que estas cosas ocurran en tu propia casa, en la casa donde has vivido desde que naciste y que de buenas a primeras veas que nada es tuyo y que todo se lo roban. Ellos inventariaron todo, lo inimaginable, hasta los cubiertos de comer. Sin embargo y para serte sincera, solo sentí dolor por los muñecos de peluche que de verdad deseaba regalarlos a los niños de la cuadra, por mucho que lloré no pude conmover a ese hijoputa.

-De verdad que ella desde niña tuvo obsesión por esos muñecos de peluche, tú sabes que en Cuba no se conseguían y aún siendo una tarajayuda yo se los mandaba desde aquí. Intervino Margarita para reafirmar lo dicho por su hija.

-No hace falta que lo dijeras, yo recuerdo que en cada paquete le mandabas un muñequito. Le respondió Alberto, ahora más interesado en la historia.

-Bueno, al día siguiente me llegué hasta la compañía de gas, le dije a la muchacha que me atendió mis intenciones de abandonar el país pronto, y mi deseo de entregar el balón de gas. No me sorprendió cuando me dijo que continuara con él hasta mi partida, era evidente de que el tipo ya había amarrado la cosa como es costumbre hacer en Cuba. Un día después recibo de manos de un mensajero una copia del inventario realizado en mi casa, y al leerlo sentí un intenso escalofrío recorrer cada partícula de mi cuerpo.

-¡Oye! Deja los comerciales, quedaste en que me harías la historia del sartén y no lo encuentro por ningún lado. Le dijo en tono de jodedera Alberto cuando vio que Yamilé tenía los ojos aguados por los recuerdos.

-El sartén viene ahora, pero déjate de jodederas. Hace una breve pausa para tomar un poco de cerveza y enciende un cigarrillo. -Quién te dice que cuando me pongo a leer aquel inventario, encuentro en esa relación la existencia de dos sartenes, uno grande y el otro pequeño, la realidad era que nunca tuve dos, solo el grande. Me vestí y fui para las oficinas de vivienda a pedir una entrevista con aquel negro, la muchacha que trabajaba como secretaria quiso o intentó pelotearme y allí mismo me le exploté. El tipo al oír mi escándalo le dijo que me dejara pasar, de nada me sirvió todas las cosas que le dije en su cara al hijoputa, me exploté y se me salió todo el odio que guardaba dentro.

-¡Oye rubia! Yo creo que has actuado muy mal al explotártele a Carlos de esa manera, él es el jefe y creo que es una falta de respeto. Me dijo la secretaria cuando pasaba junto a ella.

-¡Mira! En primer lugar no como miedo, y en segundo lugar, Carlos es tu jefe y no mío, no le debo ningún respeto porque es un hijo de la gran puta. Le di la espalda y partí dejándola con la palabra en la boca.

Debo confesar que mi preocupación se encontraba fija en la existencia de aquel dichoso sartén incluido en el inventario. En esos tiempos no existían en ningún mercado de Cuba, ni en el de dólares, mi marido me dijo que no me preocupara. Como en esos días se estaba realizando un “Plan Tareco” en muchas partes de La Habana, él salió con su moto a recorrer las grandes lomas de basuras acumuladas, y aunque no lo crean, encontró un sartén pequeño en una de esas lomas, solo que tenía un enorme hueco en el centro. Como era soldador fue rellenado aquel hueco con varillas de soldar y luego pulió la superficie con una lijadora.

-Aquí tienes tú sartén. Fue todo lo que me dijo cuando me lo entregó, era algo tan insignificante que de verdad, no merecería la pena gastar el tiempo en él, pero fue también determinante en mi vida. Dos días antes de mi salida de Cuba, se apareció nuevamente el negro Carlos con una copia del inventario en sus manos.

-¿Apareció el sartén? Fue lo único que le importaba de todo lo que él mismo había inventariado. Sentí deseos de haber tenido una pistola en ese momento para matarlo, de verdad que no merecía otra cosa, y no era para menos, yo nunca le había hecho daño a ese individuo, lo vine a conocer precisamente por las razones conocidas.

-¿Sabes una cosa? El sartén apareció, puedes verlos a los dos encima de la cocina, pero no olvides esto que te voy a decir ahora; Me las vas a pagar todas juntas, nunca olvides esto que te acabo de decir, me las vas a pagar por hijoputa. Ese día me informó que tenía que abandonar la vivienda inmediatamente, faltaban dos días para mi salida y me lanzaban a la calle, suerte que tenía familia y amistades donde albergarme. Tras de mí fue cerrada y sellada la puerta de la casa que me vio nacer, mientras me alejaba de ella fui invadida por una inmensa mezcla de dolor y odio, lloraba de rabia e impotencia. La noche antes de la salida para Canadá me puse mis mejores trapos y me colgué todo este oro que hoy llevo conmigo, todo había sido comprado por mi marido en Cuba. Me engalané como cualquier barco en días festivos y quise despedirme de la que fuera mi casa. Al llegar me encontré que ya estaba habitada, por suerte eran unos negros del barrio a los que conocía de vista.

-Ustedes serían tan amables de dejarme pasar, esta era mi casa hasta ayer y como me voy del país quisiera darle la última mirada. Fue todo lo que les dije, y bueno, ya sabes como son los cubanos, gente que le abren la puerta a cualquiera.

-¡Claro blanquita! Pasa y despídete de tu casa, no hay problemas.

-¿Y el refrigerador dónde se encuentra?-

-¿Qué refrigerador rubia? Aquí no había ninguno cuando llegamos.

-Pues aquí había uno marca Frigidaire y tenían que habérselo entregado, aquí faltan los dos balones de gas y la cocina, falta la olla de presión que era casi nueva porque me la mandó mi mamá del extranjero, falta el televisor, falta la grabadora, faltan las cortinas, las sábanas, los cubiertos, en fin, todas esas cosas tenían que habérselas entregado a ustedes- Los negros, aunque eran felices por tener un techo donde vivir se sintieron estafados, no me dijeron nada. Pude salir finalmente de aquel infierno, cuando Yamilé dijo esas palabras dio tres toques sobre la mesa.

-¿Tú fuiste a caminarlo antes de salir de la isla? Le preguntó Juan.

-No, en lo absoluto, ya no tenía tiempo para nada, a la mañana siguiente tenía que estar temprano en el aeropuerto.

-¿Sabes quién está preso? Preguntó mi marido quince días después en una llamada telefónica.

-No tengo ideas. Solo le respondí y él no pudo demorar la respuesta, sabía perfectamente que aquello me alegraría.

-Metieron al negro Carlos pal tanque, los negros que agarraron tu casa lo caminaron, pero luego le salieron más acusaciones de robo.

-Alberto, te lo digo con sinceridad, me alegré en el alma que lo metieran preso, no porque robara, tú sabes que en Cuba todo el mundo roba. Me alegré porque eso se lo hiciera a muertos de hambres como los que fueron a vivir a mi casa. Me alegré muchísimo más por la gran hijaputada que me hizo sin razón, él sabía que era muy difícil conseguir un sartén en aquella fecha y eso podía obstaculizarme la salida del país. Es más, me tomo un trago por eso. Alzó la botella y se la empinó hasta el fondo, luego encendió un cigarrillo, sin darnos cuenta habíamos vaciado los platos de saladitos y ya teníamos el pico caliente, como decimos los cubanos.

Juan quiso mover el esqueleto y Alberto le puso música en la sala, luego se detuvo a observar aquel raro pasillito, trataba de descifrarlo, ese misterio era conocido solo por ellos. Yamilé se puso a trabajar enseguida, rehusó estudiar francés en esa fecha, en su mente solo tenía una idea, guardar plata para traer a su verdadero marido. Todo tomó su tiempo, su marido llegó casado con una mexicana. Poco después esa razón no era válida para obtener una visa, pero ya él se encuentra aquí, claro, después que le hicieran su inventario. ¡Ahh! Y esto lo agrego ahora, Yamilé nunca ha sido racista, su marido es mulato.

Esteban Casañas Lostal. - Montreal..Canadá - 2009-04-01

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