Cuba es un cuento, compay

Arsenio

Siempre existieron tiempos mejores, diremos los cubanos cuando nuestras miradas regresen sobre el camino recorrido. Los marinos también sufrimos esos cambios, nuestros ojos se pierden en la estela de nuestros barcos buscando un punto de partida. Un extraño maleficio se apoderó de nuestra tierra y fuimos condenados a esa existencia miserable que hoy nos tiene regados por el mundo. Nadie encuentra las razones, todos sacrificamos parte de nuestras vidas en busca de ese sueño y paraíso perdido para siempre.

La marina fue un apéndice flotante de su suelo, un órgano atado por una fuerte membrana a la tierra de sus desgracias. Nunca importó la lejanía, nuestros miedos fueron descubiertos y los llevamos como equipaje.

Miras al pasado y embarcas en aquellos viejos buques de caldera donde comenzamos a curtir nuestro pellejo. Hombres rudos de pocas palabras y demasiada acción. Músculos sólidos como rocas que se inflamaron con el peso de cada cuartel cargado para tapar una bodega o entrepuente. Bronceados, cuarteados, morenos, unas veces empercudidos. Insensibles a los rayos del sol, protegidos por una coraza de cuero curado con agua salada, mieles de sargazos, mierda de gaviotas y peces voladores caídos sobre cubierta en las noches oscuras y tormentosas. Muy creyentes y borrachos, mujeriegos y aventureros, contrabandistas de pequeñeces que cubrieran tal vez el costo de un orgasmo. Aliento escandaloso y azucarado por el ron de cada mañana, pegajoso, rancio, incendiario, tolerado a un metro de distancia. ¡Aboza! Le gritaba el viejo Galán a Tarzán. Sus enormes manotas jugaban alrededor de una gruesa y pesada estacha de henequén. ¡Reconoce! Volvía a gritar Galán con aquella voz musical, pensando tal vez se tratara de una de sus Habaneras tatareadas en bares por bocas de prostitutas. Mauro iba lascando poco a poco su cabo hasta que todo el peso y tensión caía sobre una flaca boza. ¡Firme! Gritaba Tarzán sin soltar el chicote de aquel trozo de cabo que amenazaba con partirse. Mauro le quitaba las vueltas del capirón y corría hasta las bitas para hacerlo firme. Daba gusto verlos en una maniobra de atraque, se movían como fieras y aquellos gruesos cabos se transformaban en débiles cordones de zapatos. ¡Pongan los guardarratas! Ordenaba otra vez Galán, ésta vez su voz sonaba a regaño mientras recogía los jibilays utilizados en la maniobra. ¿Para que las ratas no suban o no bajen? Dijo el gigante Agustín a manera de susurro que todos escucharon. Luego, no hacía falta recordarles que debían adujar los cabos, por igual, a la holandesa, por largo, poco importa. ¡Suban la bola de fondeo!

Fueron tiempos muy duros, tiempos de hombres, lobos de mar, tiempos muy buenos, tiempos de hombres, tiempos de hombres. ¿Por qué desaparecieron? Miras adelante y todos han sido peores. Aquellos hombres se fueron perdiendo y sus escenarios también, se extinguieron como cualquier especie extraña, exótica, extravagante. Nuestras cegueras no nos permitieron escuchar sus gritos desesperados, tal vez no quisimos oírlos y en lugar de un aro salvavidas les lanzamos pesados grilletes que los hundieran más allá de nuestros desvergonzados recuerdos. Vino el hombre nuevo.

Arsenio cayó del cielo, no con la lentitud de aquellos primeros copos de nieve que nos deslumbraron en Montreal o Dinamarca. Lo hizo con la violencia de un rayo y el odio necesario de un ensordecedor trueno para destruir cualquier recuerdo del pasado. Era el sobrecargo a bordo, un personaje sin importancia, inexistente en otras flotas. Era el secretario del partido, un personaje muy importante en nuestros buques, inexistente en otras flotas.

Simpático, atractivo, bien parecido, bello, dirían muchas mujeres chapadas a la antigua. ¡Fácil! Gritarían todas las locas del parque Céspedes, las del Prado de Cienfuegos, las del Flamboyán de Nuevitas, las de Nicaro o Guayabal. Arsenio era la versión caribeña de Robert Redford con su misma estatura, algo entrado en años, canoso, un buen medio tiempo, como dirían las pepillas de aquellas fechas.

-¡Compañeros! Vengo en nombre del partido a solicitarles sea analizado el compañero Eurípides por desviaciones ideológicas! Nos encontrábamos atracados en Tokio y la gente andaba distraída buscando la manera de comprar una vieja consola musical que lograra estremecer a todo el vecindario, quizás un pequeño refrigerador, tal vez una lavadora, todo de uso. Poco importaba si habían pertenecido a la cieguita Oichi o al mismísimo Toshiro Mifume, lo de nosotros era resolver a toda costa los problemas de la casa con los cinco dólares que nos pagaban a la semana. Que no era fácil tampoco, no es sencillo atravesar todo ese inmenso océano Pacífico teniendo de postre unas bolitas negras que llegaban de Bulgaria sin saber a cuál puta fruta pertenecían.

-¿Y qué hizo Eurípides? Preguntó alguien sin levantar la mano para pedir la palabra, sabiendo que esa acción no sería asimilada por Arsenio, era algo así como un síntoma de rebeldía.

-¡Parece mentira, coño! Ustedes son la cantera del partido y en el seno de su organización se pasea el enemigo. El compañero Eurípides anda mascando con descaro “chiclets” por todos los pasillos de este barco. ¿Quieren más desviación ideológica que esa? Reinó el silencio, todos nos sentimos sorprendidos, habíamos caído de repente en una inesperada emboscada. La acusación que pesaba sobre el compañero Eurípides era de gran peso, ¿desviación ideológica? ¡Al carajo! Que se defienda como pueda, este cabrón no me va a joder la consola que tengo entre manos. Pensó uno de los presentes. Ni a mí me va a pasmar la lavadora. ¡Pobre hombre! Tuvo que defenderse como gallo fino en una reunión que terminó a las once y media de la noche.

-¡Atiendan acá, compañeros! A las seis y media de la tarde van a continuar las clases de superación obrera. Dijo Arsenio mientras trataba de bloquear la salida de los tripulantes en el portalón del buque cuando terminamos de atracar en Tarafa.

-Usted me disculpa, compañero secretario del Partido, pero el que no aprendió a restar sumar, dividir y multiplicar…

-¿Usted tiene algo en contra de las tareas orientadas por la revolución? Arsenio no lo dejó terminar la frase y atacó con pocas palabras que comprometían y sometían al interlocutor.

-¡Chico, yo no tengo nada en contra de las tareas de la revolución! Le respondió el Bienve sin dejar impresionarse. –El que no haya aprendido las reglas matemáticas a esta altura de la novela, ¡mira, men!, que se cague en su madre. Nos hemos metido seis meses de viaje sin verla pasar, y de verdad, necesitamos coger cajita de cumpleaños. ¡A la mierda 2 X 2 son cuatro! Un culo es lo que hace falta ahora para salvar a la revolución. Arsenio se quedó petrificado mientras veía desfilar ante sus narices a toda la tripulación que se encontraba de franco.

-¡Atiendan acá, compañeros! Parece mentira que ustedes sean la cantera del partido. Esta vez se detuvo y marcó una pausa para darse importancia o mostrar ecuanimidad.

-¿Y ahora qué, compañero secretario del partido? Preguntó alguien muy molesto por aquella reunión de urgencia convocada inoportunamente.

-¿Ahora? ¡Parece mentira! Resulta intolerable, inaceptable, detestable para un militante de la juventud comunista y futura cantera de nuestro partido, sean precisamente ustedes quienes anden a la vanguardia con todas las putas que pululan en el parque Céspedes. Hubo algo de silencio durante unos interminables minutos durante el cual, cada uno de los presentes se miraron al rostro esperando a que alguien diera el primer paso.

-Compañero secretario del partido, con todo mi respeto, ¿no ha sacado cuentas de todo el tiempo que llevamos sin templar? Camarada, las muchachas serias no están para la templazón. ¿Cómo vamos a resolver nuestro problema?, ¿tiene la revolución algún método especial para sacarnos el queso del cerebro?

-¡Ven acá! ¿Este tipo no será maricón? ¡Coño, compadre! Es un medio tiempo fácil, permanece el mismo tiempo que nosotros fuera de casa y la bola. Tiene a su esposa e hijos aquí en Santiago y se molesta en dejarlos para vigilarnos el rabo, ¿no será yegua?

-¡Asere, es un cabrón nagüito!

-Debe ser eso, ¡vámonos para el parque!

Arsenio debe estar muerto, quizás no, estos cabrones tienen larga vida, y si no. Jodió bastante durante el poco tiempo que permaneció en la marina, aquellas tripulaciones que desfilaron por el Jiguaní deben recordarlo con espanto.

Galán ordena retirar los guardarratas y Agustín sonríe mientras quita el del spring, Tarzán se encarga de los colocados en los largos. Pileta baja la bola de fondeo sin nadie ordenárselo, anda medio encañado. ¡Súbela nuevamente! ¿Has visto que se izara el ancla? Galán le grita al puente que no tiene vapor para el molinete mientras Mauro va lascando uno de los largos en la bita, el cabero le grita desde el muelle que afloje un poco más. Desde el puente, el capitán Fantomas ordena algo por medio de un megáfono de baterías, nadie comprende. Galán se inspira y comienza a cantar una vieja Habanera compuesta por él, desde el portal del Two Brothers se agitan pañoletas, una guagua Leyland interrumpe el saludo, cuando termina de pasar no aparece la mujer del pañuelo.

-Esa bandolera debe estar con otro, le dice Agustín a Tarzán.

-¡Aligerando! Grita Fantomas desde el puente.

-Vamos a dejar los tarros y la bobería, dejando un largo y spring. Ordena el oficial.

-Es de ley, es una puta de ley, ¡mira el pañuelito! Le dijo Agustín a Tarzán.

-¡Embriaga el ancla!

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2009-08-03

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