Cuba es un cuento, compay

Chiqui

Cuando llegué a esta casa todo resultó maravilloso, tuvo que ser un día de verano, solo que no recuerdo muy bien el año. Yo era una pelotica de peluche, blanco como la nieve, pequeña, redondita. No quiere decir que haya dejado de ser bello cuando hablo en pasado, lo soy. Me habían destetado hacía muy poco tiempo, realmente no recuerdo el sabor de aquella teta que una vez me amamantó. Sin apenas sentirlo, me separaron del calor de mi madre y pasé a vivir aislado en un pequeño cajón, desconociendo la razón de lo que aparentaba ser un castigo o el final de mi destino. Luego he comprendido que todo se trataba de un simple negocio, lo supe cuando me encontré definitivamente instalado.

El camino fue largo desde la casa donde dejé para siempre a mis queridos hermanos, puedo deducir ahora, un poco mayor, que mis orígenes tienen lugar en un sitio algo apartado de la ciudad. Esa tarde viajé sobre las piernas de una niña que me prodigaba constantes caricias, según escuché durante la trayectoria, yo era un regalo a su buena conducta, tal vez la satisfacción de algún capricho infantil, eso pienso ahora.

Esa tarde, la familia se reunió en un pequeño saloncito situado en la parte trasera de una enorme casa, ellos lo llaman invernadero. Yo corría contento de un lugar a otro moviendo la colita, entonces, le preguntaron a ella cómo me llamaría. Los mayores propusieron varios nombres de sonidos muy fuertes, algunos desagradables a mis oídos, muchos de ellos con una clara tendencia a latitudes tropicales y muy ajenas al país donde nací y vivo. El idioma utilizado para llamar mi atención era totalmente desconocido, sin embargo, el trato fue muy caluroso y familiar, yo estaba totalmente feliz y muy pronto comencé a comprenderlos. Junto a la niña se encontraban sus padres, ambos fumaban del mismo cigarrillo. Frente a ellos estaban sentadas dos personas mayores de edad, supuse inmediatamente que se trataba de sus abuelos y constituían un matrimonio, pero me equivoqué. El abuelo era el padre del papá de la niña que sería a partir de entonces mi dueña y se hallaba separado de su esposa. La abuela era la madre de la mamá de la niña y un tiempo después pude descubrir que también era divorciada. Ellos, los mayores, apenas daban opinión sobre la presencia del nuevo miembro de la familia, yo. Se mantenían cautelosos y silenciosos, tal vez así son los seres humanos cuando se van poniendo viejos, pensé.

-¿Cómo lo vas a llamar? Insistían una y otra vez sin lograr que la niña se decidiera al fin. Probó y pronunció varios nombres, algunos que me resultaron simpáticos, pero se tomó una parte de la tarde en decidir definitivamente quién sería yo dentro de aquella extraña familia.

-¡Chiqui! Casi gritó al cabo de las tres horas de estar jugando conmigo, yo me encaramaba sobre su pecho y la mordía con mis afilados dientecitos ante la mirada vaga y vacía de sus abuelos.

-¡Ya sabes cual ha sido el compromiso! Dijo el padre tratando de romper el bloque de hielo creado con mi presencia ante los viejos.

-¿Cuál? Preguntó ella con la misma inocencia de mi infancia.

-Te comprometiste a limpiar la caca y pipí de Chiqui, alimentarlo diariamente, cuidarlo.

-¡Es verdad! Lo había olvidado.

Ella se colocaba unos guantes desechables y tratando de ocultar muecas de asco, recogía cuidadosamente cada mojoncito que yo iba soltando en cualquier rincón de aquella hermosa casa. La misma reacción le provocaba cuando se me antojaba orinar hoy en la sala, mañana en la cocina, pasado en su cuarto, la escalera, el sótano, el baño. No existe rincón de aquella casa que yo dejara de marcar como territorio mío y aquella extravagante costumbre o mala educación de mi parte, provocó que un día mi dueña, la niña de la casa, se aburriera de una situación impuesta como castigo. Su mamá asumió parte de su responsabilidad mientras los dos viejos de la casa se mantenían al margen. -¡Eso, no se hace! ¡Eso, no se hace! ¡Eso, no se hace! Repetía constantemente mientras acercaba mi nariz a unos centímetros del orine o los excrementos, me atormentaba escucharla y nunca le obedecí. Luego fue la vieja, algo enojada y agresiva, pero siempre mucho más dulce que su hija. Ella me sonaba con un periódico, dicen que con el sonido producido por el papel, nosotros los perros nos asustamos y aprendemos. Tampoco comprendí mucho sus lecciones y continué haciendo de las mías ante la indiferencia de los hombres de la casa. Un día, no sé si lo hice como venganza por todas las veces que me llamaron la atención o me sonaron con el periódico, me cagué encima de cada uno de los preciosos muebles que la familia tiene en el invernadero. Ese día marcó para siempre lo que sería la tragedia de mi vida, un largo y penoso cautiverio por los peores locales de aquella enorme casa. Por suerte para mí, las fundas de los cojines de aquellos muebles podían lavarse, gracias a la creatividad de aquellos fabricantes chinos es que puedo contarles esta historia.

La madre y la abuela se dieron por rendidas, agoté algo que ellas llaman "paciencia", fue entonces que intervino la figura del padre, el hombre de la casa. Es algo violento, agresivo, de un temperamento sanguíneo y de poco hablar. Sin preguntar mucho y ante el desconsuelo de las mujeres por lo que hice, aquel hombre me dio una patada en el culo que me mantuvo varios días sin cagar. No conforme, agarró mi cama, una especie de casita made in China y la lanzó al garaje, eso sí, no olvidó los recipientes de la comida y el agua. -¡Aquí vas a vivir cabrón! Cuando aprendas a cagar y mear en el lugar adecuado, ese día podrás entrar a la casa. Colocó el mismo papel blanco de borde azul cielo en el piso y antes de partir me dijo, ¡aquí es donde se caga! Luego un tirón de puerta que no podía ocultar el grado de enojo de aquel hombre.

El garaje se encontraba repleto de herramientas y materiales de construcción, todo muy desorganizado, como sucede en cualquier casa terminada de construir. No tuve otra alternativa que adaptarme a mi nueva vida, que supuse, correspondía a la de cualquier hombre dedicado a los trabajos de construcción. Me dediqué por entero a investigar e inventariar cada una de aquellas herramientas y materiales en existencia, siempre pensando en su utilización futura. Solo que luego de permanecer tantas horas concentrado en estos menesteres propios de un hombre, yo, ante la urgencia de mis necesidades, cagaba y orinaba donde me sorprendiera la jornada de trabajo. Existía un trillo que conducía a otro refrigerador y varios closets donde la familia guardaba algunos alimentos. Puedo afirmarles que eran los únicos espacios libres dentro de aquel garaje con capacidad para un solo auto. Siempre olvidé la existencia de aquel papel cuadrado y blanco con bordes azul cielo, creo que nunca lo utilicé y ante cada visita de algunos de los miembros de la familia en busca de algo, me vi obligado a escuchar infinidad de maldiciones.

Salía de aquel infernal lugar de vez en cuando, puedo afirmarles que eso ocurría cuando la niña se acordaba ser dueña de una mascota como yo. Uno de esos días de paseo por la sala y cocina, pues cerraban totalmente la que daba acceso al invernadero por razones que todos ustedes conocen, ese día vino de visita Paco.

Paco es un perro chihuahua que según pude escuchar había nacido en Matanzas, una provincia de la isla de donde viene parte de esta familia. Es muy pequeño, pero me supera en edad, experiencia y maldad. No es como los perros nacidos en esta tierra, lo considero hiperactivo y muy escandaloso, poco común entre nosotros. Nos olfateamos como establecen las costumbres caninas para reconocernos y meneamos ambos rabos en señal de bienvenida o amistad, es lo normal. Yo comenzaba a conocer las reglas de urbanidad y estimé que su presencia en esta casa tenía como objetivo me trasmitiera toda su experiencia adquirida en el seno de esta familia. No les había comentado que Paco era propiedad del hermano de mi dueña y que posiblemente sea la causa indirecta de mi presencia en este hogar. Es lógico que si el hermano tenía una mascota, la niña también sufriera ese antojo. Según pude escuchar entre comentarios, el precio de aquel animalito que no superaba las dos libras de peso y se gastaba tremendo mal carácter, había sido de unos $650.00 dólares. Cuando le preguntaron al papá de la niña que oficialmente dice ser mi dueña por el precio de mi figura, él se limitó a decir yo era más caro que un IPad, no tengo ideas de lo que eso significa y si mi precio supera al de Paco. Se me olvidaba decirles algo, soy de una raza llamada Bichón Maltés.

Todo marchó de maravillas durante el proceso de presentación, conversamos algo o al menos fingimos que lo hacíamos. Solo media hora después, calculo yo y ante un descuido o indiferencia de los presentes, Paco se encaramó detrás de mí con muy malas intenciones. Sentí la presión de sus patas delanteras contra mis aún tiernas costillas y algo tibio y resbaloso que rozó muy próximo a mi trasero, me asusté. Por suerte para mí, la abuela de la niña, no la que vive en esta casa, imagino sea la que fuera esposa del abuelo y trajera a Paco de visita, se dio cuenta de las malas intenciones de aquel cercano pariente, porque eso somos, y me lo quitara de encima con una manotada. Esa tarde me refugié en una esquina del invernadero aguantando los deseos de orinar y hacer caca, me tiré en una posición inaccesible para aquel enano antillano, puse mi culo pegado a la pared. Superada aquella eventual pesadilla, regresé a la monotonía de aquel garaje que comenzaba a castigarme con temperaturas nada agradables. Yo, quizás por venganza, continuaba cagándome donde me venía en ganas hasta un día.

-¡Te vas para el cuartico de electricidad! Dijo una tarde el papá de la niña, lo expresó muy enojado, no sé hasta dónde, pero sucedió después de pisar una de mis evacuaciones. No recuerdo si en el trillo que conducía de la puerta al refrigerador o hasta uno de los closets donde guardan alimentos. De pronto, me vi encerrado en un pequeño espacio de un metro de ancho por unos dos y medio de largo, muy iluminado y limpio. Allí tiró la nueva cama que me habían comprado, colocaron el terrible papel blanco de borde azul cielo y colocaron los recipientes de mis alimentos y agua. Se me olvidaba decirles que hasta entonces, solo comía unas bolitas secas de diferentes colores. Me pareció genial el nuevo hogar, pero esa idea duró solo unos segundos, los transcurridos desde que arrancó un potente motor que me obligó a saltar de la nueva cama. Después me enteré que se trataba del aire acondicionado general y que en tiempos de frío, como ahora, funciona como calefacción y se me ocurre una pregunta, ¿no creen ustedes sea una violación a los derechos que tenemos todos los animales que nos encierren en un espacio como ese? Resulta imposible conciliar un sueño allí donde repentinamente es interrumpido ese propósito por un sonido que estremece el reducido espacio. Creo haya sido la principal razón para cagarme constantemente fuera de los límites de aquel papel. Condenado a esta especie de celda tapiada, término aprendido durante conversaciones escuchadas en el seno de esta familia, solo era visitado por la abuela de la casa. Ella siempre entraba muy silenciosa, sedada, tranquila, serena, sin protestar. Limpiaba mi hogar y se retiraba sin chistar. Esas visitas no eran diarias ni muy frecuentes, ellos trabajaban y se ausentaban de la casa por largas horas.

Cuando abría la puerta de mi cuartico, quedaba justamente al lado de un lugar donde se amontonaban gran cantidad de botellas de distintos tamaños y colores, se encontraba exactamente a la derecha cuando yo salía o la izquierda cuando me metían dentro de él forzadamente. Tenía un mostrador con fregadero y debajo de él un pequeño refrigerador, nada de lo descrito era de uso frecuente, bueno, solo una persona lo visitaba, lo sabía por el sonido de sus pasos y olor, me refiero al abuelo. Un día hubo una fiesta en la casa a donde acudieron muchas amistades con sus hijos, ese día, fuera del control de los mayores, pude probar diferentes tipos de alimentos y confituras, puedo afirmar que me di un gran banquete. Entre tantas cosas que los niños me ofrecieron, creo que una de las que más me gustó resultó ser un cake de chocolate. La pastelería francesa tiene esa magia o poder de hacerte consumir muchos de sus dulces sin llegar a empalagarte, eso lo aprendí en aquella animada fiesta. Fue fatal, caí gravemente enfermo y como todos salían muy temprano a trabajar y mi dueña a su escuela, me encontré accidentalmente frente a la puerta del hombre más viejo de la casa.

Sin mencionar palabra alguna tomó mi camita y la puso al pie de su cama, después, se sentó durante varias horas frente a una pequeña pantalla. Pasaba la mayor parte del día solitario y solo interrumpía su concentración cuando salía del cuarto y escuchaba cuando abría la puerta del baño. Otras veces lo sentía perderse escaleras arriba y al regresar, portaba casi siempre un vaso conteniendo una bebida de olor muy fuerte. Fueron tres o cuatro días de convalecencia ante la mirada constante de aquel viejo, una vez recuperado, consideré importante dedicarme a los viejos menesteres. Durante mi enfermedad, recuerdo haber vomitado junto a su cama y en otra oportunidad, vencido por el dolor estomacal y el desespero, lo premié con una fétida y nauseabunda diarrea muy cerca también de su cama. Nunca protestó o se molestó conmigo, todo lo contrario, siempre me regalaba alguna caricia, muy tenue y silenciosa.

El sótano es el gran salón de la casa y sitio elegido para reuniones, juegos de niños y proyecciones de películas que se consumen a un elevado volumen, molesto. Cuando eso ocurre, el viejo cierra herméticamente su cuarto como tratando de protegerse. Se sabe que está despierto si mantiene la luz encendida o estando apagada, se reflejan sobre los cristales de la puerta destellos de luz que llegan desde su televisor. Una vez recuperado, mi cama salió nuevamente de aquel cuarto y solo era sacado del cuartico cuando los niños, si estaban los dos, deseaban jugar conmigo.

Mi dueña se fue olvidando de mí poco a poco, yo la comprendo, se levanta a las seis de la mañana para ir a su escuela y regresa muy tarde, imagino que demasiado agotada como para dedicarme un solo minuto de su escaso tiempo. Sus padres y abuela parten juntos y les sucede lo mismo, llegan a la casa y se refugian en sus cuartos después de comer. A veces pasa una semana sin que los vea y cuando eso sucede, casi siempre se convierte en una pesadilla para mí. Mi dueña juega como siempre ha hecho, muchas carreras alrededor de la alfombra de la sala que me dejan extremadamente agotado. Su padre, como para hacer sentir su figura de hombre en este hogar, me impone ejercicios propios de un circo, siempre utilizando una voz fuerte y muy imperativa. Él y su esposa, cuando no tienen otra cosa que hacer, toman un aro plástico de la niña y me ordenan pasar dentro de él repetidas veces, hasta que me aburro y mando esa especie de juego al carajo. Cuando paso por el centro del aro me premian con una golosina, pero llega el instante en el cual no me interesa y paso por debajo o el lado. Ellos se cansan de insistir en convertirme en artista y me abandonan. Al menor descuido o entretenimiento, regreso al sótano, ya me he acostumbrado al silencio del viejo.

He crecido y madurado algo, solo físicamente. Siento que he gastado mi infancia entre el garaje y el cuartico, pero esas notas desagradables de mi vida no han impedido que despierten en mí un sentimiento extraño que apenas me deja conciliar el sueño. Ando el día entero con el pito parado y me lo lamo constantemente, me falta algo misterioso y sueño, tengo pesadillas. Una tarde descubrí el placer que produce el roce de mi pene con el canto de mi cama, desde entonces, no he parado un minuto en rozarlo, frotarlo. ¡Qué rico! De aquellas fricciones brotó una vez un líquido que no era orine, era más bien viscoso y su olor distinto. Fue como una droga para mí, aquellos movimientos lascivos que me provocaban, resultaron convertirse en constantes y a cualquier hora del día los realizaba, estuve prisionero de ellos. Nadie puede calcular cuántos litros de aquel precioso líquido derramé sobre mi adorable cama, pero todo tiene un comienzo y fin en esta vida. El viejo me descubrió y rompió su silencio, muy enojado por el tono de su voz. "¡Pajizo de mierda! Fue lo que escuché una mañana, luego, cuando la familia regresó del trabajo, escuché al viejo contarles lo sucedido.

- ¿Por qué no llevan a operar al Chiqui? Lanzó la pregunta al aire y yo detuve mis acciones.

-¿Por qué? Preguntó el padre de mi dueña.

-¿Por qué? Preguntó la madre.

-¿Por qué? Preguntó la abuela.

-Porque tiene la cama llena de leche y ustedes no van a procurarle una perra, ni le van a prestar fotos pornográficas, ni le van a pagar una perra puta. No para de botarse pajas en el canto de su cama y da asco tocarla. La niña se encontraba comiendo en el comedor y todos se miraron como esperando someter la opinión del viejo a votación.

-Cuando tú andabas en la marina te masturbabas. Respondió el padre.

-¡Sí! Pero mi semen tenía como destino el papel sanitario. Respondió el abuelo.

-¡Pobrecito! Intervino la madre.

-¡Pobrecito! Agregó la abuela.

-Entonces vayan todos ustedes a limpiarle el cuartico y de paso mover su camita llena de leche. Contestó el abuelo.

-No te pongas así, es el perro de tu nieta. Dijo el padre.

-¡Sí! Ya lo dijiste, es de mi nieta. ¡No es mío! Conmigo no contaron para comprarlo y ha sucedido lo mismo que a la pecera de tu hijo. Terminé yo comprando los alimentos de los peces y limpiándola sin que a él le importara un carajo. El cuento de Chiqui va por el mismo camino, resulta que soy yo el que le compra la comida y atiende. Creo que el viejo tenía razón y comencé a preocuparme por mi suerte.

-¡Mi cielo! Ya hemos hablado contigo en varias oportunidades, nosotros creemos que es mejor dar al Chiqui en adopción. Tú no lo atiendes y cada día te interesa menos. Expresó el padre.

-¡Noooooooo, papá! Dijo la niña desde la mesita de la cocina sin apartar la vista del televisor.

Los pelos me crecían a una velocidad superior a la de cualquier ser humano y se me enroscan hasta convertirse en pequeñas pelotas. Después de un largo tiempo olvidado y solo recordado por el viejo, los padres de mi dueña decidieron que era hora de bañarme y pelarme. Fatal día para mí, me dejaron como cualquier paquete en una peluquería canina y cuando ellos regresaron, les entregaron mi esqueleto. Aquellas personas solo alegaron que me porté muy mal, que estuve muy inquieto y nervioso, y para colmo, que los había mordido. ¿Morder, yo! ¿El perro más pacífico de este país? La ausencia de pelos debajo de las orejas me provocó una extraña sensación, no paraba de sacudirlas a ambos lados con violencia. Es de suponer que en esas condiciones impresentable y totalmente deprimido, fuera a parar nuevamente al cuarto del viejo. Como para aliviar mis angustias, él ató uno de sus pañuelos alrededor de mis orejas, debo decir que lo hizo con mucho amor, lástima, pena y delicadeza. Allí estuve postrado nuevamente por cerca de una semana y cada vez que el pañuelo se aflojaba, él volvía a apretarlo nuevamente. La semana transcurrió al mismo ritmo que impone la vida por acá, todos partían a sus destinos muy temprano en la mañana y regresaban como siempre, demasiado tarde para dedicarme un solo minuto. El viejo apenas habla, yo tampoco ladro, él se mantiene frente a su pantalla y yo vivo apegado a mis desgracias, me he adaptado a convivir con él.

Recuperé mis cabellos y la sensibilidad experimentada debajo de las orejas fue desapareciendo, uno de esos días, el viejo me retiró el pañuelo, aunque me regañaba constantemente por las sacudidas violentas que le daba a mis orejas.

-No se puede tener eternamente viviendo en ese cuartico. Lo escuché decir una tarde mientras cenaban en el invernadero.

-¡Es un animal! Como los pollos de granja que luego matan para alimentarnos. Un terrible escalofrío recorrió toda mi alma cuando escuché aquellas palabras del padre de mi dueña.

-¡Es un animal! Es cierto, pero es un perro, el mejor amigo del hombre y él no les pidió que lo trajeran a esta casa. No considero justo que lo mantengan encerrado tantas horas en ese cuartico junto a un motor que apenas se detiene.

-¡No sufras! Los animales se adaptan a cualquier situación.

-¡Sí! Como tú. Yo considero que deben pensar en venderlo o darlo en adopción.

-¡Nooooooo, pipo! Expresó la niña cuando pasó en esos momentos y se dio cuenta de lo que hablaban.

Un día, el viejo se puso unos guantes de goma y entró al cuartico con una bolsa. Con gestos que imprimían un profundo asco recogió aquella camita húmeda del último semen evacuado en mis pajas diarias y las metió dentro de aquella bolsa. Pocos minutos después desapareció de mi vista, no sin antes encerrarme. Al cabo de las dos horas, se apareció con una alfombrita similar a la que los humanos utilizan a la salida de sus duchas, era peludita, muy suave y esponjosa, color café. La tiró en el piso del cuartico pronunciando algunas palabras, creo hayan sido éstas: "Esta es tu nueva cama, cabrón". Lo expresó con esa mezcla de rabia o maldad, tal vez quiso decirme algo o yo lo interpreté así: "¡No te la vas a poder templar de canto!". Esa noche sacó la fina alfombrita y la colocó al lado de la puerta de su cuarto. Debo agregar que se apareció también con un juguete que al apretarlo con mis dientes produce cierto sonido, al menos tendría algo en qué entretenerme, pensé. Dormí tranquilo sobre ella durante dos días, solo dos. Una tarde, cuando el viejo salió de su cuarto, observó que yo me hallaba muy ocupado en la destrucción de aquella alfombrita, ya había logrado quitarle los pelos de hilo a una circunferencia de aproximadamente una pulgada.

-¿Qué hiciste? Solo dos palabras y luego un gran trancazo por mis escasas nalgas. Acto seguido, me arrastró hasta el interior del cuartico y tiró su puerta con violencia. No volví a salir en lo que restaba de día y lo peor, tuve que dormir en directo contacto con aquella losa fría. Aprendí que no debía romper la alfombrita comprada en Wall Mart sin sufrir un doloroso castigo. El viejo continuó sacándome a dormir al exterior, siempre junto a la puerta de su cuarto, es algo que le agradeceré eternamente. Sin embargo, aquella generosa acción suya, nunca pudo contener ese deseo de cagarme donde me viniera en ganas. Una vez me cagaba en el área dedicada al juego de los niños, no fue una sola vez, ahora lo recuerdo muy bien, él no hacía nada.

-El Chiqui se cagó en el área de los niños y yo no voy a limpiar la mierda. Protestó una tarde mientras comían en familia. -El Chiqui se cagó frente a la puerta de mi cuarto. Dijo otro día y nadie contestó.

-El Chiqui se cagó dentro de mi baño. Fue la última vez que lo escuché decir algo relacionado con mis mierdas.

-¡Eso no se hace! Decía la abuela mientras acercaba mi naríz al excremento y me sonaba con un periódico enroscado.

-¡Eso no se hace! Decía la madre mientras acercaba mi nariz al excremento y me sonaba con un periódico enroscado. Todo esto ocurría ante la mirada silenciosa del viejo. Una madrugada y mientras él dormía, aproveché para cagarme justo a la entrada de su baño. Yo sabía que él se levantaría a orinar, pero nunca calculé que medio dormido pisaría aquella hermosa plasta de mierda.

-¿Qué hiciste, hijo de puta? No me dio tiempo a reaccionar y menos a responder. Después de aquella ofensiva pregunta, recibí una patada en el culo que me deslizó sobre el piso por unos cinco metros. No conforme, se dirigió hasta la alfombrita donde fui a parar y con otra patada entré directamente al cuartico. Debo manifestar que me asusté muchísimo y sentí un miedo terrible. Nunca había observado una reacción tan violenta de aquel silencioso viejo. Poco tiempo más tarde, el padre de mi dueña se apareció con una nueva cama, es una caja de cartón con el nombre de Guillette gravado en sus costados. No tengo ideas de lo que ello signifique, pero si de algo estoy muy convencido, es que no puedo rozar mi pene por ninguno de sus costados.

La abuela de mi dueña es la única persona que me baña en la casa y la que de paso limpia mis mierdas en el cuartico. El viejo lo ha dicho en distintas oportunidades, con él no contaron para comprarme y no se considera mi dueño. Si la mierda llega al techo de aquel reducido local, ese no es u problema. La abuela estuvo ausente de la casa por problemas familiares durante dos o tres meses, me alegré muchísimo, no por sus problemas, digamos que por el contacto con el agua.

Al siguiente día de su regreso de México, "La Doña", porque así le llaman, decidió bañarme y encontró varias pelotas de pelos formadas en mi cuerpo. Me baño como de costumbre y tuvo su natural paciencia ante la incomodidad provocada por mi estado nervioso o alterado siempre manifestado en esas ocasiones. Ese día y ante la imposibilidad de poder desenmarañar algunas bolas de pelos formadas en mi cuerpo, la "Doña" pensó que la única solución a este enredo era pelarme. Mi nerviosismo aumentó cuando la observé con una tijera en la mano, no era una cualquiera, era la que yo observaba diariamente entre los cuchillos de la cocina. Muy mojado aún, ella se aferró a mi cuerpo con la mano izquierda mientras mantenía en el aire aquella filosa tijera con la otra. Me asusté muchísimo y comencé a cabecear de izquierda a derecha y viceversa, solo trataba de escapar. En uno de esos bruscos y rápidos movimientos, la Doña apretó la tijera y produjo un grave corte en mi oreja derecha. La sangre corría a borbotones por el tragante del fregadero y ella se puso muy nerviosa. Trató por todos los medios que su nieta, mi dueña, no se diera cuenta de la situación tan grave que atravesaba. Llamó al viejo por el celular y éste no respondió. Llamó entonces al padre de mi dueña y escuché decirle que se tranquilizara y que llegaría a la casa en unos veinte minutos, ya había perdido mucha sangre. Por suerte para mí, llegó y me condujeron a una clínica, allí tuvieron que dejarme hasta el día siguiente.

-¡Aquí te dejo a la víctima! Le dijo a la mañana siguiente al viejo mientras se despertaba al escuchar movimientos en el sótano.

-¿Víctima, de qué me hablas? Atinó a preguntar mientras se frotaba los ojos.

-¡Al Chiqui! ¿No te enteraste que ayer la Doña le cortó una oreja y por poco lo mata? El viejo no respondió y dirigió su mirada hacia mi triste figura mientras el padre de mi dueña me depositaba con cuidado en la caja con el nombre de Guillette. Yo tenía alrededor del cuello una especie de campana cónica y plástica que brindaban la figura de un ser extraterrestre. Era muy incómoda para dormir y mucho peor a la hora de alimentarme. La oreja me picaba mucho y no podía arrascarme.

-¿Otra vez descojonaron al pobre animal? Preguntó.

-Al menos se encuentra vivo, no creo que coma nada por ahora, estuvo bajo los efectos de la anestesia hasta que lo fui a buscar. El viejo se levantó y tomó con cuidado la caja de cuchillas que funcionaba como cama y la colocó a los pies de su cama. Algo más tarde se levantó e inició aquella marcha monótona que yo conocía de memoria. Encendió su computadora y esperó el tiempo necesario para introducir su password. Luego salió a lavarse y afeitarse en su baño. Sentí sus pasos regresar nuevamente hasta la barra del pequeño bar que se encuentra justo a la salida de su cuarto. Luego, se perdió por la escalera que accede al piso superior. Lo sentí trastear en la cocina como hace cada mañana, saca las losas del fregadero y las distribuye en los estantes a los que pertenece. Los platos donde van los platos, las tazas en su sitio y cada cubierto colocado cuidadosamente en su lugar. Solo cuando termina de vaciar el fregadero, se escucha el sonido del agua cayendo mientras friega su enorme tazón y el filtro de la cafetera. La llena de agua y baja nuevamente después de encenderla, toma un pozuelito con alimento para un pez que nunca ha sido de su propiedad y le deja caer algunas diminutas bolitas luego de darle unos golpecitos al cristal de aquella bola con sus uñas. Entra a su recámara y tiende su cama sin preocuparse de las arrugas que puedan quedar, se prepara unos cigarrillos y cuando calcula que el café se encuentra listo sube nuevamente. Normalmente yo lo sigo en cada subida y bajada, hoy no lo hago porque me encuentro algo mareado. En esas condiciones he permanecido durante tres días ante la mirada silenciosa del viejo.

Más animado, he decidido continuar mi vida, mi vida de perro. Yo no ladro y el viejo tampoco habla, prefiero que no lo haga, detrás de alguna de sus palabras vuela rápido un trancazo. Debo confesar que gracias a sus excelentes métodos pedagógicos he aprendido a cagar donde se debe. Ya no lo hago en el salón, frente a su cuarto, la recámara de mi dueña ni tampoco en el invernadero. Siempre que lo hice, esa acción era seguida de un grito que hoy me resulta inolvidable. ¿Qué hiciste? Siempre ha dicho el viejo y acto seguido me llegaba el sabor amargo de una buena patada en el culo, una nalgada o, cuando se encontraba demasiado enojado me sonaba con su chancleta o cinto. Más tarde y no conforme o pudiendo contener su enojo por lo que yo hacía, su grito era un poco más extenso, logré comprenderlo. ¿Qué hiciste, hijo de la gran puta? He intentado manifestarle que apenas conocí a mi madre, pero el trancazo seguido a esas palabras ha frenado cada una de mis intenciones. Tal vez tenga razón, se habla muy mal de las perras. Comencé a cagar en el papel blanco con bordes azul cielo que siempre han colocado en el cuartico. Para demostrarle mis conocimientos, afiné muy bien la puntería y hacía mis necesidades sobre las del día anterior, porque se me olvidaba decirles que el viejo no limpia mis mierdas, nunca aceptó esa obligación y rechazó cualquier tipo de compromiso al respecto. Sin embargo, no puedo negar que cuando él ve acumulada un poco de ella, se coloca unos guantes azules y me libra de ella.

Aquellas muestras de disciplina y madurez tuvo unos buenos resultados. El viejo comenzó a sacar mi camita del cuarto para que yo durmiera en el salón del sótano e hiciera vida familiar.

-Ya aprendió a cagar donde se debe, hace unos días se encuentra durmiendo en el salón. Le informó a la familia una tarde mientras cenaban en el invernadero.

Todos lo escucharon con mucha alegría, yo también lo celebré. Fue de esa manera que logré escapar a la intensidad del bombillo que permanece encendido la mayor parte del día y del ruido de aquel motor que al arrancar hace temblar la tierra, duermo muy feliz, sedado, sereno, relajado. Me levanto y voy hasta el cuartico a comer durante la madrugada, bebo agua, orino y cago, luego regreso a mi cama. Hay cosas que no he podido superar, no sé si lo hago inocentemente o tenga de veras alguna veta de hijoputa, les confieso que cuando las hago disfruto muchísimo, me divierto. Un día descubrí cómo abrir el zipper de los almohadones del mueble que se encuentran en el salón del sótano, me encanta ver todo el relleno de ellos dispersos por el piso, es algo que me hace delirar, me río y pienso brevemente en el malestar que puedo provocar a mis dueños. Solo unos minutos después escucho ese tenebroso grito que hace temblar cada una de las paredes de este sótano. ¿Qué hiciste, hijo de la gran puta? Y sin apenas percibirlo, un fuerte golpe en mis débiles ancas logra hacerme regresar al presente, varias veces mucho antes de la llegada de aquel grito tenebroso. Hoy mismo, hace solo unos minutos, mientras el viejo se encontraba escribiendo estas memorias que le voy dictando con la mente, se me ocurrió la brillante idea de abrir uno de aquellos almohadones, se los juro, es una sublime tentación. No solo me premió con la correspondiente patada por el culo y las consabidas palabras que ya les he expresado. Detuvo todo lo que está escribiendo y me condujo a la celda tapiada. No conforme, me mantuvo sin alimentos durante el resto del día y la noche. Esa madrugada lloré muchísimo y con mis patas hacía lo imposible por abrir la puerta, se me olvidaba decirles que con mis afiladas uñas logré dañar la pintura del la puerta del garaje y ahora ésta. No se inmutó, no se conmovió y mantuvo firme su condena hasta la mañana siguiente. Me abrió la puerta y salí tras él, yo sabía que iba a colar su diario café. Me subí en el espaldar del sofá de la sala para contemplar el barrio cuando amanece, eso no me lo ha prohibido. Solo que esa mañana y picado tal vez por un diablillo, bajé sin que el lo pidiera hasta el sótano, allí se encontraba el almohadón semi vacío y el diablito me preguntó: ¿Por qué no terminas tu obra? Me dediqué por entero a vaciarlo mientras el viejo se hallaba concentrado en su operación diaria. Primero me sonó una violenta y dolorosa nalgada, después me preguntó lo mismo; ¿Qué hiciste, hijo de la gran puta? Como si fuera una pelota de fútbol me dio una patada en el culo que me deslizó sobre aquel pulido piso hasta el cuartico, cerró con violencia la puerta. No volví a ver la luz que penetra por las ventanas hasta la hora del crepúsculo, los depósitos de mis alimentos permanecieron vacíos durante todo el día. ¡Coño, debo aprender que esto no se hace! Pensé algo arrepentido. ¡Es verdad! El viejo no se merece nada de esto, es el único que se preocupa por mí y me alimenta. Ni Paco, un perro matancero, es tan hijo de puta como yo.

Mi dueña anda por casa de su abuela, la que era esposa del viejo. Su mamá y la Doña tuvieron que viajar hasta México por problemas familiares. El papá de mi dueña llega muy tarde del trabajo y no puede dedicarse a enseñarme a pasar por el centro del aro. Solo tengo al viejo disponible, algunas veces anda muy ocupado y lo veo antes de marchar a la cama. Da unas patadas por el culo que ustedes no pueden imaginarse, tampoco lo hace sin razón, pero si de algo estoy convencido, es que si no fuera por él, hacía rato me hubiera muerto de hambre. Hoy, he adquirido cierta educación, cuando él sube yo subo. Cuando él baja, yo bajo. Cuando se me olvida solo necesita usar dos palabras, "¡Baja!, ¡Ven! Si me hago el comemierda, ya saben, no habla mucho, yo tampoco ladro.

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