Santería

Toque de santo

La llegada del muerto es uno de los momentos más intensos de cualquier ceremonia santera. Algo así como un encuentro en la tercera fase con los orishas.

La posesión a través del trance es una ceremonia esencial en la religión afrocubana. Se produce después de muchas horas de danza, cánticos y ritmos atronadores de los tambores batá, que contribuyen a la catarsis colectiva y a abrir la puerta de la percepción por la que entrará el muerto con el mensaje de los dioses.

La monta del caballo o posesión en la Regla Ochá, puede producirse sobre cualquier persona presente en el toque de santo, pero suele ser el iniciado o santero el que presta su cuerpo para esta comunicación mágica.

La monta del caballo hace que el santero se convierta en oráculo y hable por los orishas, repartiendo consejos adivinatorios o premoniciones entre los seguidores.

La ceremonia nada tiene que ver con los exorcismos que se ven en las películas, en los que la poseída acaba vomitando una sustancia verdosa parecida a un puré de perejil o volteando la cabeza hasta que se le pasa de rosca. Es, por el contrario, una fiesta colectiva, en la que el anfitrión del bembé abre su casa a los vecinos e incluso a los extraños. Una ceremonia de celebración por los favores recibidos de los dioses y en la que la más gratificante experiencia de cualquier asistente es haber sido elegido como portavoz de los dioses.

Llegué a La Habana dispuesto a no dejar de asistir en la primera oportunidad que se presentase a un bembé o toque de santo.

Naturalmente, las reuniones santeras no se pregonan en la plaza pública: hay que conocer a alguien, y no precisamente desde hace dos minutos, para que te lleve de la mano. Las convocatorias se difunden de boca en boca entre los iniciados de una Regla, y por lo general el lugar de cita sólo se conoce con unos pocos días o incluso horas de antelación.

Normalmente un bembé se celebra en la intimidad doméstica de la casa donde cualquier santero puede tener su altar dedicado a Ochún, Yemayá, Obatalá o Babalú Ayé.

Pero también se puede convocar en un solar -que es como se denomina a la densa vecindad de las casas habaneras-, presididas por un patio central rodeado de balcones. Que te lleven a un toque de santo es sin duda una prueba de confianza, pues sólo así te franqueará el cubano el área íntima de su espiritualidad.

Pero quien acude por primera vez a un bembé como neófito lo hace en un estado de general perplejidad, desbordado por la atmósfera de excitación y humo, música y ritmo que le rodea. Ritmo y melodía están indivisiblemente unidos al bembé, que se convierte de esta manera en un rezo bailable.

Toque de santo

Llegué a La Habana dispuesto a no dejar de asistir en la primera oportunidad que se presentase a un bembé o toque de santo.

Naturalmente, las reuniones santeras no se pregonan en la plaza pública: hay que conocer a alguien, y no precisamente desde hace dos minutos, para que te lleve de la mano. Las convocatorias se difunden de boca en boca entre los iniciados de una Regla, y por lo general el lugar de cita sólo se conoce con unos pocos días o incluso horas de antelación.

Normalmente un bembé se celebra en la intimidad doméstica de la casa donde cualquier santero puede tener su altar dedicado a Ochún, Yemayá, Obatalá o Babalú Ayé.

Pero también se puede convocar en un solar -que es como se denomina a la densa vecindad de las casas habaneras-, presididas por un patio central rodeado de balcones. Que te lleven a un toque de santo es sin duda una prueba de confianza, pues sólo así te franqueará el cubano el área íntima de su espiritualidad.

Pero quien acude por primera vez a un bembé como neófito lo hace en un estado de general perplejidad, desbordado por la atmósfera de excitación y humo, música y ritmo que le rodea. Ritmo y melodía están indivisiblemente unidos al bembé, que se convierte de esta manera en un rezo bailable.

En casa de Yemayá

Los tambores africanos han empezado a sonar en la sala central de esta casa colonial del barrio de la Víbora de la Habana, a eso de las cuatro de la tarde. Para dejar espacio a los que llegan, los pocos muebles de la decadente cuartería han sido trasladados a las habitaciónes del fondo.

El ritmo de los tamboreros, que se turnarán cada dos horas, es estruendoso y se escapa por las rejas forjadas de las grandes ventanas. La estrecha calle hace de caja de resonancia. El sonido rebota en las fachadas y se cuela en las casas contiguas, pero nadie se queja. Al contrario; entre el catálogo de sonidos de la calle... este sin duda es el mejor, porque nos transporta a la oscura noche de los tiempos de la esclavitud africana y sus ceremonias espirituales.

La negrura de boca de lobo que ha caído sobre la calle, aliviada por algún tenue farol, contribuye a reforzar la atmósfera de este barrio de una Habana fuera del tiempo.

El ambiente se ha ido caldeando y las cuarenta o cincuenta personas congregadas en la casa están peregrinando hasta el altar de Yemayá -diosa de las aguas y madre de todos- que protege a los habitantes de esta vivienda. Yemayá es la diosa de los mares y los lagos, de la vida y la maternidad, pues la santería cifra el origen de las cosas en el gran vientre amniótico del mar donde se engendran las especies.

Junto a la imagen de la diosa tocada por siete tules blancos y azules que recuerda la transparencia del agua, se diseminan distintos platos con ofrendas, dulces, vasijas de ron y pedazos de coco y otras frutas. Todos los allí reunidos acabarán comiendo exquisiteces como aquéllas; infrecuentes en la dieta actual de los cubanos, que se sirven hoy porque esta familia ha decidido tirar la casa por la ventana.

En el momento álgido de la ceremonia, cuando ya empiezan a pesar en las piernas las tres horas de baile y calor sofocante que llevamos aguantando, la dueña de la casa obsequia a todos con un chocolate caliente y unos habanos. Un gesto de gran hospitalidad que habrá obligado a los anfitriones a pedir prestado y que demuestra su enorme contento por las gracias recibidas de la diosa. Que, por cierto, no se comentan, aunque podrían tener que ver con la salud de un niño o incluso el futuro alumbramiento de alguien muy cercano a los habitantes de la casa.

Llega el muerto

Casi nos habíamos olvidado del muerto y sus augurios. No se hace esperar.

Al filo de las once el muerto llega. Se instala en un negro gordo que había exhibido hasta entonces los torpes movimientos de sus muchos kilos.

Se trata de un iniciado, conocido entre algunos de los que acuden a este toque de santo. Los primero indicios de que ha sido montado, se hacen evidentes, pues sus movimientos son ahora enérgicos, nerviosos, más gráciles que cuando le vimos bailar recién llegado unas horas antes.

Los más próximos le sujetan, pues a veces su corpachón se revuelve con la gestualidad de un lagarto. Cuando parece más aplacado, le dejan solo.

Entonces lanzan observaciones en lengua lucumí y, apuntando con el dedo a sus elegidos, les advierte con sus predicciones o les traslada consejos dictados por los orishas. Se expresa por boca del muerto que le ha montado.

Bajo la mayor expectación cruza la sala, se acerca a otros, les saluda en un abrazo hombro con hombro y de la forma más confidencial les dicta un mensaje quedo al oído... que al instante demuda el rostro de quien lo recibe.

La tía de este joven, una señora entrada en años, jura y perjura cuando le pregunto que su sobrino no habla lucumí, y que esta lengua ancestral que trajeron los negros esclavos a Cuba está siendo inspirada en ese momento por los orishas.

Para hacer más fácil la comprensión de los mensajes, el muchachón oráculo introduce en su discurso palabras castellanas o de la jerga cubana. Pero más de un caso ha habido en que la interpretación del mensaje se ha retrasado meses mientras se buscaba por toda La Habana un traductor de lenguas yorubas antiguas.

La fiesta se disgrega a ritmo lento.

En la habitación del fondo, convertida en improvisado guardamuebles, el negro enorme regresa de su trance aliviado con los abanicazos de unos cuentos de sus familiares. Los dueños de la casa tienen ganas de despedirse, y para que no quede duda se ponen a baldear con agua el porche donde se aglutinan los rezagados.

El problema viene ahora, pues a la complicación de encontrar un taxi a estas horas en este lugar perdido de La Habana, está la preocupación de afrontar el encargo del Orisha. Y más pronto que tarde...

De momento, a Denís, mi buen amigo caricaturista, Yemayá le ha encomendado un trabajito si quiere obtener sin más complicaciones los papeles que necesita para regularizar su trabajo callejero junto a la Catedral.

Denís tendrá que hacer un amarre con las indicaciones dictadas por el muerto. Parece que consiste en espolvorearse el cuerpo con los fragmentos de un pescado seco mezclado con cáscara de huevo machacada con un fragmento de piedra de un altar yoruba. Todo ello bajo la supervisión de su madrina o iniciadora santera.

Bueno. Pues que sea para bien...

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Comentarios   

0 #1 InterésJuan José Rico Bravo 28-11-2016 17:20
Acabo de regresar de visitar Cuba y después de haber asistido a dos toques, tengo interés en profundizar en el conocimiento y la comprensión de la santería. Gracias, Juanjo
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