La mala semilla

Por NICOLAS PEREZ DIEZ ARGÜELLES

Vi una película hace años sobre una niñita encantadora, dulce, que todo el mundo adoraba, pero profundamente perversa. Por donde cruzaba dejaba un rastro de sangre y muerte. Un problema hereditario. A mí aquella niñita me recuerda a la revolución cubana, porque ¿qué segmentos tendríamos enfermos y torcidos en nuestra nacionalidad para que, con facilidad, un régimen comunista se apoderara de una nación con tanto espíritu de rebeldía?

Arañar con seriedad el tema no es fácil. Por lo pronto la tesis castrista sobre que la pobreza y los abusos fueron los detonantes de la revolución cubana carece de sentido. En diciembre de 1958 la isla estaba entre los 2 o 3 países con un mayor per cápita en América Latina. Sobre abusos de poder, la dictadura de Batista era abominable, pero menos férrea y sangrienta que otras del continente.

Tampoco ayer nos destacábamos por una actitud antiyanqui. Al estar tan sólo a 90 millas de las costas de la Florida recibíamos una influencia enorme del American Way of Life, que pretendíamos imitar.

Creo que hay que buscar en otras fuentes por qué un país culto y formado dentro de la civilización occidental y cristiana, con un grupo empresarial sólido y una clase política donde todos no eran santos, pero tampoco demonios, hubiese caído en las garras de un sistema inviable y perverso.

Creo todo no puede explicarse con la capacidad de destrucción de Fidel Castro. Si él no hubiese tenido a su favor condiciones objetivas y subjetivas para tomar al infierno por asalto, la revolución hubiese fracasado.

El anticastrismo inicial fue funesto. Los políticos tradicionales, con las excepciones de visionarios que optaron por seguir la vía electoral en 1958, o los que como demócratacristianos y Aureliano Sánchez Arango, iniciaron inmediatamente sus críticas al sistema, se comportaron con Castro como rameras respetuosas. Los empresarios, en vez de utilizar su poder para oponerse al régimen, adoptaron el síndrome de Estocolmo y comenzaron a donar reses a la reforma agraria, comprando soga para su propio pescuezo. Salvo excepciones, que me enorgullecen, la clase empresarial tomó un avión hacia Miami y ninguno dijo como Guillermo Zuloaga, el venezolano presidente de Globovisión: “Aquí están mi familia, mis amigos, no tengo nada que buscar en otra parte. Aquí me quedo”. Y los sindicatos y estudiantes, en vez de dialogar y unirnos frente al enemigo que nos quería arrebatar la libertad sindical y la autonomía universitaria, nos dividimos y terminamos exiliados, presos o fusilados.

Impugnar estas verdades es no querer responsabilizarnos con nuestro fracaso. Pero hablo de otra cosa: ¿cuáles son las razones históricas que nos hicieron desembocar en esta crisis? Puedo estar radicalmente equivocado, pero mi tesis es que fueron tres.

  • José Martí fue un poeta extraordinario. El más grande de los oradores. Como político sirvió de puente entre los mambises de Yara y Baire. Era modesto y frugal. Su valor lo demostró en Dos Ríos. Pero Martí dijo cosas tan hermosas como contradictorias, lo que provocó que su doctrina fuera manipulada y tergiversada por figuras tan lamentables como Gerardo Machado, Carlos Prío Socarrás, Fulgencio Batista y Fidel Castro.
  • En enero de 1959 Castro no tuvo problemas para institucionalizar la violencia. Ya estaba presente. Mi generación creció inmersa en un culto a la ira y a la fuerza. Nuestros héroes eran el indio Hatuey, Antonio Maceo, Ignacio Agramonte y sus cargas al machete. Admirábamos en el grupo no al más inteligente ni el de mayores condiciones morales, sino al más guapo y al más pícaro.
  • Un tercer revés ha sido la fascinación irracional que siempre hemos sentido por la palabra revolución. A un punto tal que, cuando nos opusimos al castrismo con las armas en la mano, lo hicimos a través de organizaciones tales como Movimiento Revolucionario del Pueblo, Directorio Revolucionario Estudiantil, Movimiento de Recuperación Revolucionaria. Y me pregunto: los miembros de aquellos grupos, entre ellos yo, ¿qué revolución queríamos recuperar en 1960? Y es que nunca hemos entendido que no hay tal revolución traicionada, que Fidel es la revolución y nosotros la democracia, y punto.

Por todo lo anterior, lo más inteligente y agudo que ha hecho Barack Obama sobre el tema cubano desde que ganó la presidencia de los Estados Unidos ha sido contemplar de lejos a la heroica pero poco efectiva disidencia clásica de la isla, ignorar a las organizaciones del exilio de Miami y entender, respondiendo a sus preguntas y señalando una hoja política de ruta sobre el caso cubano, que la real oposición a la gerontocracia castrista es, hoy por hoy, Yoani Sánchez y su Generación Y. Porque Claudia Cadelo, Reinaldo Escobar y el resto de los blogueros no tuvieron responsabilidad ni colaboración con un pasado que naufragó, carecen de traumas históricos, no reclaman nada material, no saben odiar ni obedecen ni dependen de Washington ni de su sección de intereses. Sin encomendarse a Dios ni al diablo piden el levantamiento del embargo y apoyan los viajes de turistas de norteamericanos a la isla. Por eso son el presente, y serán el futuro de Cuba.

Fuente: El Nuevo Herald

Comparta y disfrute:
  • Google Bookmarks
  • Yahoo! Bookmarks
  • Bitacoras.com
  • Twitter
  • BarraPunto
  • Technorati
  • Digg
  • del.icio.us
  • Facebook
  • Live
  • Blogplay
  • Sphinn
  • Meneame
  • Mixx
  • Blogosphere News
  • Yahoo! Buzz
  • MySpace
  • Print
  • email
  • PDF
  • RSS

Opiniones relacionadas :


Envíe un comentario