Inventando

Quioscos y bodegas

Nada más semejante y a la vez menos parecido a la tradicional bodega que los actuales quioscos recaudadores de divisas o "quioscos en fulas", como suele nombrarlos la población.

La semejanza reside en el aspecto funcional, lo cual hace que estos quioscos cumplan la encomienda que siempre estuvo reservada a las bodegas. Es decir, aquel comercio donde la familia realiza sus compras rutinarias destinadas al diario consumo, compuestas, en lo esencial, de productos alimenticios.

La diferencia estriba en la forma y apariencia, ya que el quiosco es una estructura metálica en forma de cajón, idéntico a la forma de un contenedor para carga y almacenamiento. Surgidos como imperioso reclamo del período especial, adolecen de los inconvenientes propios de la improvisación: pequeños, estrechos, calurosos, entre otros.

A ellos acude el ciudadano común y el no tan común en pos de la botella de aceite comestible, de la pastilla de jabón de olor o de baño, de la mantequilla, del paquete de salchichas y de la de otros tantos artículos indispensables para la cocina doméstica y para el aseo personal.

Ocasionalmente acuden tomadores para disfrutar de unas cervezas de latica. Suelen ser esos bebedores ambulantes y a cielo abierto que gustan de lucir una combinación de bermudas y camiseta de dibujos chillones, apropiadas para exhibir las axilas abundantes en vellosidades, con lo cual proclaman y creen reafirmar su condición de machos caribeños. La gruesa cadena de oro al cuello y el Rolex que centellea cuando alza la latica de cerveza y empina la cabeza dice, además, que estamos en presencia de un tipo duro y solvente. El mensaje va dirigido a las muchachas que con sus pantalones bien por debajo del ombligo yacen paradas en la cola.

Así pues estos comercios (quioscos por la forma y bodegas por la función y contenido), forman parte de nuestra vida habitual y se unen, como una lámina más, al abanico de nuestras costumbres. No obstante, atraen a suficiente personal como para que frente a ellos se formen colas a veces largas y siempre tediosas. El volumen de clientela y marchantería depende, en buena medida, del lugar de ubicación del quiosco y del grado de competencia.

La asiduidad con la cual a ellos se acude depende del grado de invento o de la cantidad y potencialidad de FE (familiares en el extranjero) con que se cuenta. La mayoría de los cubanos concurre a ellos aunque sea una vez al mes. No podía ser de otra forma frente a la realidad de una libreta de racionamiento, cuyas racionen tienden a disminuir con el decursar del tiempo, como contagio con el paso del cangrejo.

Al quiosco van algunos para comprar un simple sobre de refresco instantáneo de 10 centavos y otros para adquirir un buen número de ellos, a fin de elaborar refrescos que luego venden en su casa o fuera de ella a un peso el vaso, o los emplean en la elaboración del "durofrío", que también venden en los mismos lugares a igual precio que el refresco.

También va la pobre casera en pos de una tableta de caldo de pollo para con ella darle algo de sabor a los spaguettis recién llegados a la bodega; porque así, pelados, no hay quien se los coma.

Va además la abuelita, una vez a la semana, luego de haber reunido unos pocos centavos, para comprarle al nieto una de esas chambelonas de ahora tan llenas de colores y tan pintorreteadas, que hasta los viejos se ven tentados a probarlas. Ella, cuando mira a los nietos, no deja de sentir una profunda lástima. "Los pobres -piensa- sólo han conocido de privaciones y al parecer el futuro que les espera está amenazado por mayores miserias".

En los momentos actuales los quioscos están visiblemente desabastecidos. Cuando indago con los dependientes, se lamentan por la insuficiente entrada de mercancías. A veces no se encuentra en ellos la mantequilla; otras veces falta la tableta de caldo de pollo y ocasionalmente sucede lo mismo con el aceite comestible.

Tal realidad no tiene explicación a la luz de razonamiento económico ni a los efectos de la experiencia práctica. Los únicos bodegueros cuyos negocios vi quebrar en mi niñez, fueron aquéllos que no vendían (lo cual no era recuente); un comerciante con clientela era, con toda seguridad, una persona próspera. Pero como bien se ha dicho muchas veces por los máximos dirigentes del castrismo, hay cosas que sólo son posibles bajo el socialismo.

Al lado o al frente de un quiosco abarrotado de productos, en el que apenas puede dar un paso el dependiente, suele estar el local de la bodega de siempre.

Con su mostrador de caoba sexagenario, ileso y vencedor en la contienda con el comején, sigue ahí, de pie, la bodega de siempre. Con sus estantes ociosos, algunos sacos a medio llenar en el piso, la trastienda totalmente vacía y el bodeguero sentado entre bostezos y pestañazos, se yergue la bodega; sobreviviendo al tiempo "revolucionario" con todos sus errores y horrores. Las paredes desconchadas, el piso ahuecado y con grietas en el techo. Ahí está ella o lo que queda de ella, que a su vez es una de las que ha quedado entre ellas.

Por lo general, los productos que se venden racionados una vez al mes son recogidos por la población en los primeros cinco días. No es mucho lo que "dan" por la libreta de "abastecimiento" (según el Gobierno); de "racionamiento" (según la realidad). Por lo general se reducen a tres renglones alimenticios: arroz, frijoles y azúcar. Los cigarrillos y el café van apareciendo a lo largo del mes. Quizás con algunas onzas de sal y algún artículo de impredecible arribo: jabón o pasta dentífrica.

En esos primeros cinco días del mes, justo es decirlo, el bodeguero trabaja arduamente. Los restantes 26 días bodega se convierte en un desierto, adonde sólo acuden los clientes de confianza, para ver si por la "trastienda" pueden "resolver" con el bodeguero un poco de leche en polvo de la "amarillita" (entera), que se disuelve mejor y es más sabrosa que la blanca (descremada), aunque la primera vale cinco pesos más, o sea, 25 la libra.

Por lo demás, todo pasa a ser paz y armonía en medio de una tranquilidad de estómagos estragados por el poco ejercicio, y a veces quebrados por algún poquito de spaguettis o de galleticas de sal que son más conocidas por "rompe dientes".

Todo lo demás, que es casi la totalidad, hay que guapearlo, inventarlo, lucharlo, resolverlo. Lo otro es ir al quiosco en fulas y pedírselo al dependiente que, como dice el viejo cha cha cha, complaciente te servirá. Claro, con la consiguiente acreditación en dólares.

El quiosco, como lo más parecido a la habitual bodega, no sólo ha ganado documento acreditativo en nuestra sociedad, sino que ha introducido al dependiente del quiosco como nuevo personaje de influencia en el vecindario. Su importancia en el barrio parece haber sobrepasado a la del bodeguero, quien ha pasado a un segundo plano. Porque el dólar o fula es como uno de esos perfumes chillones y penetrantes que impregnan al que lo trasiega, confiriéndole cierto aire de distinción.

El bodeguero mira al dependiente del quiosco con cierto desdén por haberle quitado éste la supremacía del barrio. Pero se acerca a sus ramas para que lo cobije la buena sombra. Al fin y al cabo, y por razones de similitud de funciones, se siente hermanado con el dependiente. Este, sin embargo, lo mira como a un pariente cercano pero ilegítimo, como a un hermano bastardo.

Mayo de 2004

0
0
0
s2sdefault

Escribir un comentario

NOTA IMPORTANTE SOBRE EL USO DE LOS COMENTARIOS:
Por favor, recuerde que los comentarios son comentarios no un consultorio, es decir, si usted tiene algún tipo de consulta que realizar, hágalo en nuestros foros, (http://www.conexioncubana.net/foro) allí siempre hay personas dispuestas a ayudar.
Gracias.


Código de seguridad
Refescar