Inventando

Tengo embaucá a una mexicana

"Tengo 'embaucá' a una mexicana de Tapachula. Viene a Cuba a casarse conmigo. Quiero largarme de aquí pa' tener mi carro"

Porque cada vez advierto que en el diálogo debe primar la aceptación de cualquier punto de vista, y además la tolerancia, es que consigo la mayoría de las veces que mis interpelados acepten conversar. Después viene lo otro, cuando los dispuestos hacen exigencias de anonimato. Confieso que tales requerimientos me mortifican un poco. Siempre supongo que si el “sujeto” es falso alguien podría dudar también del “predicado”…

Esta vez sucedió lo mismo: “Respondo a todas tus preguntas si prometes no descubrirme”. Así habló mi entrevistado para exigir que no usara su verdadero nombre. “Tampoco te dejo hacer fotos… y no me grabes. Coge un papelito y apunta rápido.” Y yo acepté. Entonces le consulté si aceptaría nombrarse Walter por un rato y se encogió de hombros, con cierta indiferencia pareció asentir.

Escogí ese nombre porque recordé a Walter Scott, y también el interés que tenía Enrique IV en saber si era aquel escocés el verdadero autor de Waverley. Mucho se especuló sobre las razones que tuvo Scott para decidirse por el secreto cuando se publicó aquel libro, pero es conocido que ninguna de ellas tenía que ver con ese rey que había quedado prendado de aquellas páginas escocesas.

Como no sé si este muchacho cubano de treinta años correrá la misma suerte, lo complací, para que no temiera de algún Enrique IV. Para que hablara con soltura, para que no temiera a alguna represalia. Como Divine, mi anterior entrevistada, Walter nació en Oriente, pero a diferencia de ella llegó a La Habana con cierta protección. Walter vivía junto a sus dos hermanas al amparo de la abuela materna, una anciana pobre que le dio todo lo que pudo, aunque no consiguió entusiasmarlo con los estudios. El muchacho odiaba la escuela, sentía mucha vergüenza cuando llegaba al aula descalzo. “Primero estaban los zapatos de mis hermanas. Mama (así llamaba a su abuela) creía que una niña no podía andar arrastrando los calcañales por la tierra, pero un macho sí”.

Dice que sus pies son parecidos a los cascos de un caballo, y aunque insistí mucho para que los mostrara, se negó. Dijo que si seguía insistiendo se largaba. Según refiere nunca fue un buen alumno, aunque no era bruto. Cuando aprobó el décimo grado dejó de estudiar y se puso a mataperrear en Palmarito del Cauto. Fue su amigo Rasiel quien le metió la idea de largarse. La primera vez fueron a Santiago de Cuba con ropas prestadas y regresaron peor, pero su amigo insistió una y otra vez, y volvieron una y otra vez. En uno de esos viajes conocieron a Carlos en el parque Céspedes, y los invitó a tomar cerveza. “Aceptamos”.

Unos minutos después supieron que Carlos se interesaba más en Walter que en Rasiel. El primero pensó en marcharse pero el segundo lo impidió con un puntapié en una “canilla”, los tres se rieron a carcajadas y las cartas quedaron sobre la mesa. Walter dijo que no dejaría a su amigo en el parque y los tres fueron al hotel en el que se hospedaba el habanero que trabajaba para una empresa de proyectos en la Industria Eléctrica. Todos montaron en el Peugeot, y para Walter fue la gloria. Ese brevísimo trayecto que recorrieron desde el centro hasta el hotel no lo olvidó jamás.

Desde entonces supo que lo suyo eran los carros, y lo dejó saber a sus compañeros de viaje. Rasiel se atrevió a contradecirlo: “Confórmate con una carreta y dos bueyes”. Jamás había montado en un auto moderno. Todavía es capaz de emocionarse cuando recuerda esa primera vez. “Me saltaba el corazón, parecía que se me iba a salir del pecho”. Recuerda el olor, el sonido ligero de las puertas al cerrarse. “Corría muchísimo, pero no te dabas cuenta. Yo había nacido para andar en un carro como ese”. Walter se emborrachó esa noche y se dejó toquetear por el habanero, con él pasó tres días. “Los mejores que había vivido”, y rectifica, “los más cómodos”.

Un par de meses después ya estaba en La Habana, en 23 entre O y P. “Al principio me costó un poco de trabajo acostumbrarme”, pero Carlos fue paciente y esperó a que el muchacho estuviera listo. De vez en cuando pensaba en su casita miserable, pero la comparaba con aquel apartamento de 23 entre O y P y se quedaba tranquilo, hasta dejó de extrañar a su abuela. “Pero Carlos era muy celoso y no quería que yo saliera de la casa”. Le compraba ropas “elegantes” pero no podía lucirlas con ninguna “jevita”.

Comenzó a escaparse cuando su amante se iba al trabajo. Rasiel vino a La Habana y lo llamó. Un mediodía se encontraron en el Parque Central. Su amigo estaba acompañado por dos italianos. “El más viejo manejaba el Hyundai y se puso pa’ mí”. Aceptó cada requiebro del “veterano”, y antes de que Carlos volviera del trabajo sacó hasta el último “trapo” que le había comprado. Los dos italianos y Rasiel lo esperaban a un costado del Bin Bon. Ese mismo día se fueron a Varadero y estuvieron una semana “completica”.

En Varadero conoció lo que era una Estación de Policía; “de no ser por el dinero que ‘soltó’ el viejo italiano me hubieran dejado preso y con una carta de advertencia”. Cuando le pidieron la licencia de conducción y no pudo mostrarla el policía se exaltó, “gritó tanto que parecía que se iba acabar el mundo”. La suerte de Walter fue que intervino el viejo italiano “tartamudeando el español”, pero el policía entendió muy bien y aceptó los doscientos CUC que se metió de inmediato en el bolsillo. “Piérdanse de aquí y no le dé más el timón al ‘vejigo’ (muchacho)”. Eso dijo el policía al italiano de Walter.

Cuando le pregunté si se había sentido bien con el italiano me dijo que se contentaba con el dinero que le metía en el bolsillo, y que fue él quien costeó su primera licencia de conducción que costó 150 CUC. “Un socio me consiguió el contacto. Yo sabía que estaban a 80 pero el policía se dio cuenta que había un yuma por el medio y pidió más”. Porque notó que no le creía insistió. “La cosa es como te digo”, y me aseguró que una licencia para manejar una moto cuesta 30, y poco importa si sabes conducir o no. “Y ese cartoncito que te sirve pa’ manejar camión cuesta 150 CUC, y el de rastra 200”. Según dice, a pesar de los altos precios da resultado el negocio. Un chofer de rastra puede ganar hasta 500 pesos por día vendiendo un poco del petróleo que le asignan. Con ese petróleo se mueven los almendrones (autos de alquiler) en la ciudad.

Walter habla con mucha seguridad de esos negocios, “que no son ilícitos, ¡porque to’ el mundo lo sabe!”. Si trabajas para Suchel te cargan por encima de lo que dicen los papeles y el extra es “pa tu bolsillo”. Según me contó, conoce conductores de ómnibus que pagaron 100 CUC por la licencia de conducción, “y no van a pagar por gusto”. Este muchacho que vino de Oriente y que sueña con marcharse del país, parece saber un mundo de cosas. Asegura que ningún “almendrón” rueda con su motor original, y que lo cambian por “motores petroleros” de Hyundai H 100, de Mitsubishi LD 20 0 LD 23, que están descontinuados porque ya corrieron más de 100 mil kilómetros, y que los chóferes particulares pagan por ellos, de 2 mil 500 a 3 mil CUC .

Walter sueña con largarse de Cuba como sea, “me da lo mismo que me saque un viejo italiano o una loca de Miami. En balsa sí que no, le tengo miedo al mar”. Ese muchacho que llegó a la ciudad haciendo el viaje desde Palmarito del Cauto, se enteró por la “antena” que para tener un Toyota CAMRY, y me advirtió que lo escribiera con mayúsculas, solo tendría que pagar 269 dólares al mes y que en treinta y seis meses es suyo. También asegura que no quiere un VW Jetta ni un Hyundai, preferiría un Ford Fusion, un ASTOR MARTIN. “no creas que son los mejores, pero pa’ empezar no están mal”.

Después de estar sentado más de dos horas con Walter en un banco del Parque de la Fraternidad, no me quedaron dudas de que era un tramposo, y él lo percibió… “¿Y qué iba a hacer? ¿Tú fuiste descalzo alguna vez a la escuela? ¿Te acostaste con un fongo, y nada más, en el estómago? Seguro que no sabes que fue un abogado el que preñó a mi madre, y ese mismo ‘desgraciao’ que nunca se ocupó de mí, anda en un carro moderno y tiene chofer. Ese ‘desgraciao’ manda a la cárcel a cualquiera pero nunca se ocupó de mí. ¡Ni unas chancletas me compró!”.

Lo más insólito vino después. Era tanta su molestia que hasta creí que podría agredirme. “Hace un tiempo me encontré con ese abogado de mierda. Yo me estaba acostando con un viejo, otro ladrón que era un jefazo en el Ministerio de la Construcción y que se hizo rico robando, vendiendo materiales; arena, gravilla. Si querías te vendía una rastra de cemento, lo que fuera. Lo cogieron y tuvo que ‘espantar’ (huir). Se fue de Cuba, no sé a qué lugar fue a dar ni cómo… Una vez acompañé al ladrón cuando fue a encontrarse con su abogado… ¿Y tú sabes quién era ese abogado? Era el tipo que preñó a mi madre. Tuve ganas de romperle la cara, pero me fui. No quería darle el gusto de que me gritara maricón. ¿Tú sabes que ese tipo, el que preñó a mi madre, es militante del Partido? Y también el otro, el viejo ladrón que se acostaba conmigo… Por eso también quiero largarme de aquí, y pa’ tener mi carro. Eso es lo que más quiero. Ahora tengo ‘embaucá’ a una mexicana de Tapachula. Viene a Cuba a casarse conmigo. ¡Y allá tu si no me crees!”

Jorge Ángel Pérez - CubaNet

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