Principios del siglo XX
No
es hasta 1916 con el Salón de Bellas Artes que el arte empieza a
comercializarse. Antes, el retrato suponía una relación bilateral, la
historia estaba más vinculada a lo estatal, y lo alegórico remitía a la
educación. El egresado no tenía sitios reales de exposición, pues sólo
existían como canales de difusión la propia Academia y ferias que se
celebraban en el Pabellón de Educación de la Quinta de Molinos. Los
centros regionales españoles: asturianos, canarios, gallegos eran
espacios de exposición de pintores españoles, y sólo en el siglo XX con
el advenimiento de la República y la participación de los catalanes
estos centros alzan sus símbolos de poder. Es entonces cuando aparecen
instituciones culturales como el Ateneo, de patrocinio privado y la
Academia de Artes y Letras (1910). La Asociación de Pintores y
Escultores cubanos surge para defender la obra de los artistas
nacionales frente a los extranjeros y se encarga de organizar el Salón
de Bellas Artes anualmente. Mientras el sector peninsular consume
pintura española, la oligarquía dominante principalmente invierte en
modelos foráneos, en aquella producción consagrada para su
representación en términos de cultura. El nuevo rico, deudor del auge
del azúcar, producto de la II Guerra Mundial, se acerca a las obras de
representación guiándose por las dimensiones del cuadro y su marco y no
por su maestría. Son justamente los intelectuales y profesionales los
que se inclinan hacia la producción cubana. A inicios de los años 20
una nueva generación de intelectuales surge al calor del conflictivo
panorama político social de esos años. La Revista de Avance (1927) es
el espacio fundamental para abrigar estas nuevas ideas y lenguajes
plásticos. Posteriormente estarán las publicaciones: Verbum (1930),
Espuela de Plata (1940) y Orígenes (también en los '40). En el año 1937
los propios artistas de avanzada crean el Estudio Libre de Pintura y
Escultura que promueve manifestaciones desatendidas por la Academia
como la talla en madera y la pintura mural, y se celebra el Primer
Salón de Arte Moderno. Como todo movimiento de vanguardia el artista
pretende transformar la sociedad desde la cultura. La revolución
plástica que en Europa emprendieron Cezanne, Gauguin, Van Gogh y otros
a través de los "ismos" modernos tarda en aparecer en Cuba dos décadas.
Los que serían maestros de la pintura cubana moderna entonces, beberían
de esas fuentes y también del muralismo mexicano hasta crear una obra
personal y profundamente cubana.
Se trata de un
arte nacional, de renovación y de soluciones antiacadémicas. Los temas
del retrato y el paisaje reivindican su significado y se trabajan otras
técnicas pictóricas, además del óleo sobre lienzo. Rafael Blanco, con
sus aguadas y dibujos ("caricaturas pintadas" que no eran consideradas
"pintura") se presenta como el pionero en la búsqueda de nuevas formas
expresivas y el antecedente de la vanguardia pictórica cubana. Los
discursos paralelos al académico pero no dominantes son aquellos que se
insertan con mayor facilidad en la modernidad; en la prensa, a través
de la caricatura (de los que Torriente y Massaguer son sus principales
exponentes) y en el diseño gráfico en portadas de revistas (hacia la
década del 20 resalta la Revista Social). Debe anotarse también que
desde las primeras décadas de este siglo comienza a practicarse en Cuba
la serigrafía, pero con carácter esporádico. Este sistema de impresión
contemporáneo tiene su origen con fines fundamentalmente gráfico -
publicitarios e industriales y su introducción en La Habana es de las
primeras del mundo (alrededor de 1910). Entre los precursores de la
vanguardia cubana se destaca Víctor Manuel, quien desde su
figurativismo ensaya nuevas formas y deja para la historia de la
pintura cubana un símbolo de cubanía "La Gitana Tropical". A la altura
de la tercera década tiene lugar definitivamente la consolidación del
arte moderno en Cuba. Este es el primer momento de viraje de la pintura
cubana que agrupa: el intimismo de Antonio Gattorno, los guajiros de
Eduardo Abela, la sensualidad de Carlos Enríquez, la crítica político
social de Marcelo Pogolotti, el drama de un mundo artístico, la
desesperación y agonía de Fidelio Ponce, las raíces africanas de
nuestra cultura extraídas por Wifredo Lam y las naturalezas muertas
rodeadas en la composición de elementos de la arquitectura cubana de
Amelia Peláez. También figuran Arístides Fernández, más aislado de la
corriente general pero con iguales inquietudes, Jorge Arche con la
personalización de los retratados, además de Mariano Rodríguez que se
distingue por la expresión cromática de sus obras, René Portocarrero y
los interiores coloniales, y otros nombres como: Mirta Cerra, Roberto
Diago y José Mijares.

Los años 40 y 50
Las
décadas del '40 y '50 marcan el segundo momento de la plástica cubana;
una nueva vanguardia tiene lugar en este proceso de continuación de la
modernización del arte, esta vez en sincronización con el arte
internacional, cuyo foco deja de ser Europa para pasar a Norteamérica.
El Abstraccionismo llega a nuestro país y provoca la Contrabienal de
1953. Las figuras anteriores ajustan su creación a estas nuevas
influencias. Raúl Martínez constituye el Grupo de los Once, de
abstractos informalistas y aparecen los concretos, es decir aquellas
figuras independientes que cultivan la abstracción geométrica como:
Sandú Darié, Salvador Corratgé, Luis Martínez Pedro, Loló Soldevilla y
Pedro de Oraá. Surgen también las figuras de los maestros Antonia Eiriz
y Servando Cabrera Moreno quienes poco a poco van asumiendo el
expresionismo del que también se hace partícipe Orlando Llanez. Angel
Acosta León se vuelve el cultivador de un nuevo surrealismo y juega un
importante papel a pesar de su prematura desaparición. En los años '40
también tiene lugar la primera y más generalizada explosión de la
serigrafía cubana en todos los tiempos, vinculada al cartel político.
La fusión del cartel con la serigrafía crea una cartelística de
especificidades propias, apreciables de modo particular a partir de
1943 con el cartel de cine (por el auge del cine mexicano y argentino);
vínculo serigráfico que se mantiene sin interrupción hasta el presente.
Paralelamente continúan las aplicaciones serigráficas en soportes
diversos: cartón, papel, tela, madera, etc., con fines publicitarios e
industriales, alcanzando así este método un notable desarrollo técnico
a finales de la década del '40 para arribar a la mayoría de edad en los
años '50, período en que se producen incursiones esporádicas de
relevancia cualitativa en la serigrafía artística.
El
arte cubano en las cuatro últimas décadas representa el período
revolucionario y la continuidad y superación de un proceso de madurez.
Los '60 fueron engendro de heterogeneidad y pluralidad, libertad formal
y expresiva, enaltecedores del optimismo y la confianza en el proceso
que se estaba sucediendo en el país. El legado serigráfico es asumido
por la Revolución desde los primeros meses de 1959, incorporando nuevos
contenidos, valores y proyecciones de orden ideológico y cultural. La
gráfica ve surgir un estrepitoso boom a través de la cartelística del
ICAIC, que en medio de la escasez material logra resultados de novedosa
significación en aspectos expresivos, estéticos, icónicos, formales,
cromáticos y tecnológicos. El dibujo humorístico basado en realidades
cotidianas reinicia una extensa y ampliada línea de desarrollo. La
actitud que dio fundamento al humorismo propio del cubano se remonta al
siglo pasado en el período anticolonial y en el período inaugurado
posteriormente en la República de 1902. Adigio Benítez y Carmelo
Sobrino sitúan al campesino y al obrero en los papeles protagónicos de
su pintura, Raúl Martínez a los héroes y otros tratan diferentes
asuntos, reflejo de los hechos que acontecen. Figuras de aquella bien
lograda generación de Servando Cabrera, Mariano Rodríguez, René
Portocarrero, Amelia Peláez, Wifredo Lam, etc., continúan sus caminos o
acusan en algunos casos ciertos matices en sus temas y estilos pero
siempre consumando su lugar cimero en la pintura cubana, la cual gira
en torno a la figuración a la par que el movimiento internacional.
Antonia Eiriz deja una huella imperecedera sobre muchos de los primeros
graduados de la Escuela Nacional de Arte, la mayoría de origen
campesino, quienes animan la creación artística de la década siguiente.