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Página 1 de 4 La pintura , el dibujo y el grabado cubano, marcados por su enorme
pujanza, riqueza y singularidad, han trazado una línea creciente en su
devenir.
Los primeros testimonios históricos
Las
primeras señales fueron emitidas por la pintura rupestre aborigen,
luego por las cartografías de la Isla salidas de manos europeas, unidas
a las impresiones y mitos desarrollados por los cronistas. En su largo
historiar, resulta imprescindible apuntar la realización de pinturas
murales en interiores y exteriores de las casas coloniales, catalogadas
de populares por sus características y calidad artesanal, anónimas en
su mayoría. Se emplearon pigmentos naturales y algunos colorantes de
poca calidad, y mientras más antiguas fueron, mayor elaboración y
complejidad presentaron en su técnica.
Los siglos XV y XVI
Durante
los siglos XV y XVI la Isla se halla, en contraste con otras colonias
latinoamericanas, en extrema pobreza económica y abandono, y por
consiguiente endeble culturalmente. A la "Llave del Nuevo Mundo"
afluyen artistas extranjeros; abundantes cuadros son traídos de España
para ambientar capillas de iglesias. Cuando se encuentran los nombres
de los pintores de retablos, Juan Camargo y Juan de Salas y Argüillo,
la imaginería no había sido sustituida aún por la pintura. En el siglo
siguiente, la Isla comienza a prosperar con las escalas de las flotas
encargadas de llevar los tesoros de México a España. La fuerza militar
comparte poderes de dominación con el clero que, preocupado por la
erección y la decoración de los templos, promueve la realización de
copias de los modelos religiosos importados de la Metrópoli, sin
interesarles la obra de creación. El arte entonces, antes de ser
expresión de la cultura propiamente, estuvo en función del culto. Al
presente no ha llegado trabajo alguno correspondiente a estos años,
sólo alusiones documentales muy vagas, de manera que existe hoy una
gran cantidad de obra anónima y simultáneamente una numerosa lista de
pintores desconocidos.

La época colonial (específicamente los siglos XVIII y XIX)
Aunque
históricamente la época colonial abarca cuatro siglos, sólo resultan
importantes para dichas manifestaciones el siglo XVIII y sobre todo el
XIX. Francisco Javier Báez es el primer grabador cubano cultivador de
temas religiosos, quien realiza también diseños para marquillas de
cigarros y tabacos en xilografía (técnica introducida en Cuba en 1723).
Grabadores y dibujantes extranjeros, fundamentalmente franceses, vienen
a la Isla y recrean a modo de álbum paisaje, costumbres y lugares. El
grabado, además de sus valores artísticos, se presenta como el único
modo de recoger testimonialmente los hechos y sus consecuencias,
incluyendo signos de lo popular. El primer documento gráfico vinculado
a la Toma de La Habana por los ingleses lo realiza Dominique Serres en
1762. Su edición litográfica es efectuada en Francia al año siguiente.
Las seis vistas de la ciudad hechas por el norteamericano Elías
Durnford en 1764 - 1765 constituyen el antecedente en las Escenas de
Cuba de los grabados extranjeros del siglo XIX. A finales del XVIII
cambia el panorama cultural cubano, reflejo del desarrollo económico
alcanzado, debido principalmente al azúcar que decide la incorporación
del país al capital industrial. Corren los tiempos de la Ilustración...
Se crea la Sociedad Económica de Amigos del País, se multiplican las
escuelas y universidades, se amplía la Biblioteca Pública y comienzan a
aparecer en la prensa anuncios de profesores de dibujo y pintores
retratistas. La pintura en sus orígenes empieza siendo mística y
religiosa antes que aristocrática y popular. Es concebida como una
actividad utilitaria, un oficio. Sus artífices, mulatos y negros
autodidactas que intercambian lecciones entre sí, son considerados
artesanos. Se plantea que José Nicolás de la Escalera y Domínguez es el
primer cubano que lleva la imagen del negro esclavo a la pintura en los
murales de la Iglesia de Santa María del Rosario, con la excepción del
santiaguero Tadeo Chirino, diecisiete años más joven que él, quien
desarrolla una obra con mayores incorrecciones y primitivismo. Los
pintores criollos preacadémicos Juan del Río y Vicente Escobar y de
Flores, cultivan la pintura religiosa y la retratística (capitanes
generales, aristocracia), imitadora de esquemas europeos, especialmente
españoles, con algunas imperfecciones y una gran frialdad y rigidez
protocolar. Escobar, aquel mulato que compró su título de blanco y fue
declarado por la Reina de España Pintor de la Real Cámara, marca el
tránsito del XVIII al XIX.
Este último siglo,
representado por el auge de la industria azucarera y el incremento de
la trata negrera, significa el resplandor de la burguesía criolla y por
lo tanto la búsqueda de la representatividad. Se incrementa entonces el
número de encargo de retratos que desplazan los retratos aristocráticos
anteriores. El obispo Juan José Díaz de Espada y Landa, mecenas de la
ciencia y el arte, le encomienda hacia 1805 los frescos de la Catedral
de La Habana al italiano José Perovani, uno de los artistas extranjeros
que influye en la actividad pictórica cubana. Este obispo y el
intendente Alejandro Ramírez son los protagonistas del mayor
acontecimiento cultural de la época; crean la Academia Nacional de
Bellas Artes en 1818 para rescatar la pintura de las manos de los
negros y mulatos. Esta, la segunda academia de América después de San
Carlos de México, tiene como primer director al francés Juan Bautista
Vermay, discípulo del maestro David, quien arriba al país para
continuar la obra de Perovani y que como obra cumbre realiza los
murales del Templete que representan la primera misa celebrada en aquel
lugar, el primer cabildo y la inauguración de este pequeño templo. Son
las tendencias pictóricas europeas las que se enseñan en nuestra isla
que arriban al país con décadas de retraso. La academia propone una
metodología para la representación un determinado ideal de belleza, una
escala temática; aboga por el sentido hedonista del arte, el mimetismo,
la atemporalidad y responde a la cultura oficial, estatal y de
proyecciones sociales. Sus realizaciones se hallan alejadas de las
contingencias epocales, las que sólo en los discursos no dominantes
como la caricatura y la ilustración pueden expresarse. El
neoclasicismo, el primero de los lenguajes incorporados, añade los
cuadros de asunto histórico, mitológico y alegórico. El óleo, de entre
todas las técnicas pictóricas la más tradicional, es justamente la
cultivada. A la muerte de Juan Bautista Vermay le suceden en la
dirección de la academia por un período efímero el cubano Camilo Cuyás,
los extranjeros Guillermo Francisco Colson, Juan Bautista Leclerc de
Baume, Pierre - Frederic Mialhe Toussaint, Hércules Morelli, Augusto
Ferrán, Francisco Cisneros Guerrero y luego el cubano Miguel Melero
Rodríguez. El núcleo es fundamentalmente franco - italiano hasta la
presencia sostenible de Melero, primer cubano, director durante el
último lustro de siglo, precisamente en el momento de mayor realce de
la academia en Cuba. A partir de él la dirección no cesará de estar en
manos cubanas. Es este el punto de inicio para la línea de continuidad
de la producción pictórica nacional. Nuevas iniciativas y cambios, como
la posibilidad de la entrada de la mujer a la academia cuando aún no
había sucedido en ninguna otra, tienen lugar en el período de dirección
de este maestro. Además de sus muchos lienzos realiza el mural del
altar mayor de la capilla del Cementerio de Colón. En este siglo el
grabado es representado por Leonardo Barañano, Hipolito Garneray,
Eduardo Lapalante, además de Federico Mialhe, cuyos tres álbumes: Paseo
pintoresco, Isla de Cuba pintoresca e Isla de Cuba constituyen el
reportaje gráfico completo. Pequeñas ediciones litográficas vinculadas
al comercio y los anuncios, comienzan a realizarse a partir de la
constitución del taller en 1822. A través de la litografía se editan
con gran despliegue figurativo las marquillas de cigarros y tabacos,
causa fundamental de la promoción, crecimiento y auge de esta técnica.
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