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Día sí y otro también la familia de Alicia no cesa de
llamarme por teléfono. Sus correos electrónicos abarrotan mi bandeja de
entrada; desesperados me piden respuestas que no tengo. Conocí a Alicia en Cuba a finales
del año 1999. Me la presentó Ernesto Valle, un amigo del barrio. Ella sin duda
era una artista, nada más ver su obra se apreciaba una técnica basada en la
expresión del color. Destacaban unos cuadros pequeños que algunos hubieran
denominado monstruosos pero para mi eran espléndidos. Compartimos mucho, y
después conocí también a sus hijos Jorge y Virginia. El esposo y los suegros
estaban en Miami. 
Con el tiempo y de regreso a
España recibí una carta suya. Me pedía ayuda para conseguir un contrato de
trabajo y exponer fuera de Cuba. No podía llevarse su amplia obra, pero en poco
tiempo fuera pretendía pintar y exponer; la ayuda que me solicitaba abarcaría
todo ello.
Los amores de Alicia eran su
familia y la pintura. Quizás se fueran a convertir en incompatibles por un
tiempo, eso creyó ella y eso creyeron los demás.
Accedí, fueron muchos meses de papeleo, de doblegarse ante
una agenda burocrática y un bolsillo, el mío, no muy abultado. No fue fácil;
cualquiera de los que han emigrado me puede comprender. No obstante, seguí
hasta el final y pude por fin traer a Alicia a España.
Hoy en día todos sus cuadros
pintados aquí están esperando una decisión que nadie quiere tomar, apilados en
mi garaje. Alicia no quiso saber nada más de ellos ni del arte en general.
Mientras tanto, su familia de
Miami - que soñaba con verla pronto por allá, pues había solicitado la ciudadanía española -
tuvo que conformarse con una sencilla postalita por navidad.
Al principio ella vivió en mi casa, ni que decir tengo que
cayó bien. Alicia era una persona
agradable, alguien muy prudente, y digo
esto porque fue lo que me transmitió en ese año que vivió con nosotros.
En una charla conoció a dos
muchachos del barrio cuya misión era evangelizar y buscar nuevos hermanos de
plegarias. Supe más tarde que iba los domingos a su iglesia a oír misa, y
digamos que en ese tiempo creó vínculos estrechos entre su fe y su nueva fe.
Muchas veces, sentadas comiendo,
ella me preguntaba sobre mis orientaciones religiosas y yo siempre decía lo
mismo:
- Creo en muy pocas cosas, pero
respeto la creencia de todo el mundo.
Alicia y al día siguiente ya no vino a dormir.
Encima de su cama hallé una larga y cariñosa carta donde me dejaba su
dirección, por lo que se veía tenía una nueva casa y trabajo. Me dio la
sensación de que ella, igual que esos grandes aviones, quería despegar sin
hacer el mínimo ruido.
Cuando iba a visitarla abría la puerta con una sonrisa y
me invitaba a sentar, escuchaba en silencio mis recados, los de su familia, las
inumerables peticiones de que les escribiera o los llamara. Ella me daba las
gracias pero no respondía, seguidamente
tomaba en sus manos una especie de catecismo, y comenzaba a relatarme
pasajes bíblicos. Escuché sin condicionamiento ninguno, porque lo que escuchaba
era la voz de mi vieja amiga. Puse todo mi corazón en entender por qué pero al
final siempre salía pensando que no hay un por qué, no debe ni siquiera existir
la pregunta, es así y se respeta.
Admiré todas sus proclamaciones
porque las decía con fe y eso era suficiente, pero a los tres meses dejé de
verla porque lo que yo nunca entenderé es el alejamiento cruel hacia los suyos, gente que sólo sabía amarla
por encima de todo.
Ahora mi problema era una familia
desesperada, sin recursos, que me pedía explicaciones entre comillas, era como
estar entre la espada y la pared y con
una soga al cuello.
Me di cuenta de lo caprichoso que
es el destino, viene y nos cambia la ruta en un pis pas.
La familia de Alicia llega
mañana, voy a recogerlos al aeropuerto. No se qué podrá pasar, imagino que en
el reencuentro con Alicia habrá de todo
un poco, pero prefiero no ser
espectadora, quiero mantenerme al margen porque
entiendo que “la libertad no tiene nombre de un solo Dios.” |