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- Querida, no sé cómo decírtelo. Lo nuestro ya no tiene
razón, la chispa no existe, se ha ido muriendo como las estaciones. Yo no puedo
vivir como una percha en tu armario, no puedo seguir siendo un cero en tu vida.
Quiero el divorcio. - Quisiera decirte tantas cosas, dice ella pero sólo acierto
a decir una: si te vas es por que no me amas y yo no puedo retenerte. Lo que
comenzó siendo una maravilla es ya una rutina completamente olvidada, así que
ve, márchate, no olvidaré fácil, pero también
tengo mi orgullo y no pediré que te quedes.
A los tres días,
recogió su ropa y de lo demás se encargó el abogado.
- Adiós Nuria.
- Adiós Julián.
Tres años más tarde:
Nuria trabaja en una tienda de ropa infantil. La cadena es
muy conocida a nivel nacional, pero ella solo es una dependienta más.
Hacía unas semanas se había enterado de su suerte, de su
poca suerte. Finalizaba su contrato y no
había renovación, aquello olía a cierre de empresa. Su compañera de trabajo
Inés y su hermana se iban de vacaciones a Cuba. A decir verdad, ellas tenían una idea frívola de aquel viaje,
llevaban un mes pensando en qué ropa llevar y donde alojarse, y no le convencía
mucho la idea de compartir viaje con muchachas tan incompatibles con ella. La
pérdida de su trabajo no la había entristecido, al contrario, sentía perder un
peso de encima, la rutina de vestir a mujeres embarazadas y unos bebés
igualitos a ellas. Nuria, a pesar de no comulgar con el carácter e ideas de sus
amigas con el carácter y las ideas de su amigas decidió sumarse al viaje,
gracias a carecer de problemas económicos y respaldada por la cuenta que la
había dejado su acuerdo de divorcio. En dos días se lió la manta a la cabeza.
Las prioridades eran
distintas, a ella le daba igual qué ropa llevar, el hotel y la temperatura que hiciera en La
Habana. Digamos que era un éxodo a ninguna parte, un vacío por llenar, esa
cuenta pendiente que les queda a algunas
mujeres divorciadas: el aprovechar el tiempo y vivir lo que no vivieron de
casadas. Ella había sido la típica en su condición de mujer divorciada, aunque
no todas “usamos el mismo medicamento”.
Al llegar a La Habana fue como una bocanada de lucidez. Inés
y Gloria, lejos de controlar su equipaje en la aduana, les bailaban
literalmente a los morenazos que pasaban por delante, como dos escapadas de
psiquiátrico que se desbocan, igual. Ello fue suficiente, - presintiendo la
bacanal de desenfreno que le querían contagiar -, para que nuestra Nuria
pusiera pies en polvorosa. Al salir comentó
a sus amigas que ella se iba por su lado, que no le apetecía conocer la
Cuba turística y que se planteaba conocer un poco más la verdadera existencia
del cubano de a pie.
Después de haber soportado las recriminaciones de sus
acompañantes, las vio partir y esperó su turno para el taxi. El encargado del
transporte le peguntó:
- ¿ Y usted para dónde va?
Sin pensar dijo:
- Realmente no lo se.
El encargado la miró a los ojos y le preguntó si se
encontraba bien, si tenía algún problema en el que él la pudiera ayudar.
- Sí, me puede usted ayudar en algo. Lléveme a un lugar
donde dormir, pero no quiero hoteles, ni lujos.
- Mire señora - dijo él asustado -, si usted no se siente
bien, vuelva a la terminal del aeropuerto, que el médico de guardia la
atenderá. ¿Usted quiere que yo la lleve?
- No, no hace falta , estoy muy bien.
Tras explicarle al señor sus intenciones y asegurarle que no
estaba loca ni era un peligro andante como su rostro le hacía expresar, el
hombre la entendió bien, llamó al taxista y le dijo:
- Llévala a la calle 33, a casa de Ana y Máximo, dile que
vas de mi parte y que la hospede esta noche allí , que mañana yo los llamo.
Allí estaba en el lugar más típico de La Habana, el más
fotografiado. Llevaba tres días viniendo al malecón, se quitaba los zapatos y andaba
largo rato hasta que desaparecía la tarde. Después se sentaba mirando hacia el mar, esa agua que miran tanto los
cubanos, buscando respuestas.
- ¿Por qué has dejado morir tu matrimonio Nuria? ¿En qué has
fallado? Ella amó profundamente a su marido, lo quiso como a nadie, y lo perdió
también como a nadie, sin ruido, en amistosa retirada ¿.Quizás sea, Nuria, que
no supiste darle lo que él necesitaba?, cariño, comprensión, sexo, ¿quizá no
supiste estar la altura de un amor así?
A sorbos se iba tomando la malta que comprara en el Rumbo de enfrente.
Para un agrio momento la malta era ideal, le bajaba por la garganta como si
fuera un caudal de caricias.
- ¿ Donde dejaste tu autoestima ?¿En qué apartado lugar la
perdiste?
Los carros que circulaban por la calle del malecón le
pitaban al verla descalza. Ella, de espaldas, levantaba los brazos en alto con la sandalias en la mano,
en señal de victoria, en señal de superación. Un hombre de azul se le acercaba
cada tarde para pedirle identificación y
ella enseñaba su pasaporte:
- Ah,
extranjera, española ¿ Señora, y usted
qué hace descalza de esta manera? ¿se da cuenta que altera el orden público?
- Mire usted, yo no soy
capaz ni de alterar la rabia
incontenida que tengo, no se ni cómo
encauzar mi vida, que más será alterar a los demás! Pero si andar sin calzado
es un motivo para que se afecten, haga lo que crea conveniente.
- Visado, enséñemelo.
- No lo llevo encima, con mis propias limitaciones y mis
fracasos ya tengo bastantes fechas, no me pida usted que lleve arriba, un
visado para acortar más mi tiempo y mi espacio, - y terminaba sacando desde muy
adentro una simpática sonrisa al policía y éste se daba por vencido.
En esos días, Nuria se mezcló entre los cubanos como si lo
hubiese hecho toda una vida. Se lavó echándose agua con un jarro, comió congrí y tamales, sudó la gota
gorda en un camello, compró en el agro,
esperó la guagua tres horas, caminó más de la cuenta, bebió chispaetren con
Tucola y jugó dominó. En fin, vivió en la piel de otra mujer, pero como un
sueño todo tenía su final y llegaba la
última etapa del viaje. No tenía grandes
respuestas a sus incógnitas, aunque se sentía fuerte para comenzar su nuevo
andar. El mar cubano había sido su más ameno interlocutor. Se habían confiado
mutuamente los secretos, los errores y los proyectos futuros. Ya eran amigos
íntimos. La brisa del océano y el salitre fueron fieles espectadores.
El último día fue a despedirse, se descalzó y caminó, los
pies le ardían sobre el cemento, los
carros chiflaron una vez más... quizá deseándole buen viaje. Ella les seguía
dando la espalda. |