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Página 1 de 5 Los anarquistas cubanos a fines del siglo XIX:
Los Libertarios y la guerra
"...Yo confío en que los socialistas libertarios
que luchan contra el actual régimen no van a colocar uno nuevo en su lugar; ha
sido y debe ser comprendido este sentimiento de oposición contra todos los
gobiernos que durante la guerra de independencia se encarnó en cada socialista
libertario, hacer imposible la opresión del pueblo de Cuba por esas misma leyes
como las españolas, por cuya supresión entregaron sus vidas mártires como Martí,
Crecci, Maceo y miles de otros cubanos...."
(De una carta dirigida a sus camaradas cubanos por el
célebre anarquista italiano Errico Malatesta; 2ª, pag54)
Dos posiciones de los anarquistas ante la guerra del 95.
No es de extrañar que entre las alternativas
viables a fines del pasado siglo en el escenario político cubano, la de la
reforma autonomista o la del levantamiento armado independentista, la segunda
ganara para su causa el corazón de muchos socialistas libertarios. El acuerdo
del congreso obrero de 1892 apoyando la lucha contra el colonialismo impulsa la
convergencia entre proletarios y separatistas. Sin embargo, no puede hablarse de
consenso con respecto a la nueva guerra por parte de los anarquistas de Cuba.
Muchos ácratas no apoyaban al independentismo, por oposición a una calamitosa
guerra entendida como de carácter civil, en tanto Cuba formaba parte de España,
una conflagración promovida por una ideología liberal nacionalista como la que
sustentaba José Martí, en la que la solución al problema obrero no quedaba
suficientemente esclarecida a la luz de la doctrina del socialismo libertario.
Pensaban, que la república prometida por los independentistas no se
diferenciaría de las del resto del continente donde los anarquistas eran tan
perseguidos como en el reino de España. El espíritu anti-belicista de muchos
ácratas, fundamentalmente los de la Habana se sublevaba de antemano contra la
idea de una guerra bárbara que ha de destruir la economía de un país,
arrebatando 300 000 vidas y cuyo colofón resultaría la entrega de la isla a los
Estados Unidos. España, rendida, castigó a su hija rebelde Cuba, tratando la paz
con el enemigo anglosajón, a espaldas de los mambises. Según el escritor Carlos
Alberto Montaner, en diálogo sostenido con el autor de estas notas, al entregar
Madrid la soberanía de la isla a Estados Unidos, en lugar de hacerlo al
movimiento independentista, la vieja metrópolis intentaba preservar las
integridad de sus colaboradores, resguardándolos de posibles represalias por
parte de un ejercito mambí triunfante. Así, la famosa enmienda Platt, que coartó
la soberanía de la República durante sus primeros treinta años, nació
precisamente a causa de las condiciones establecidas por España para su
capitulación ante los Estados Unidos, el país llamado a intervenir cuando fuera
necesario, no solo para proteger sus intereses sino también en defensa de las
propiedades españolas en la ex-colonia. En cierto sentido la historia daría la
razón a los anarquistas que asumieron una posición neutral ante el proceso
bélico. Si en algo pueden asemejarse las tres grandes revoluciones sufridas por
Cuba en su devenir histórico, la prolongada revolución independentista, la
democrático-nacionalista del 33, y la del 59 (originalmente democrática pero
devenida en marxista-leninista) es que en cada una las expectativas del
movimiento anarquista quedaban insatisfechas. Por otra parte conviene recordar
la culpa histórica de España, a cierto nacionalismo español, que salvando
distancias ideológicas, se fascina hoy en día con la figura de Fidel Castro, a
quien contempla como el reivindicador de la "Generación del Desastre" aunque no
se diga públicamente. La "españolidad" se perdió en Cuba no sólo por la torpeza
de los políticos de la Metrópolis, o por la superioridad militar norteamericana;
sino también porque la soberbia le impidió a España tener la visión política
necesaria para tratar la paz con honor (entiéndase la independencia)
directamente con cubanos. De haberlo hecho aunque Martí ya había muerto quizás
"otro gallo cantaría y Cuba seria feliz". Al entregar la isla de Cuba al
tutelaje de Estados Unidos el gobierno español facilito lo que quiso impedir
José Martí al costo de su propia vida: "que se extiendan por las Antillas los
Estados Unidos y caigan con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América"
(1-pag. 327).
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