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El patito feo

Yara   
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El patito feo
Página 2
Mami :

Llegué a Madrid con la emoción intacta. Desde que salí de Cuba tú ya sabes que venía con el corazón en un puño. Nada más bajar del avión el aire me pareció diferente, me entró un  frío seco así por dentro; yo creo que era el miedo enmascarado de no saber dónde había caído. Lo único que me reconfortaba era pensar que el abuelo salió de aquí un día con menos de lo que yo traigo y en un barco de vapor, mi viaje tardó ocho horas y el de ellos tres meses y una semana.

En el aeropuerto, mami, yo era la de peor vestimenta. Acá la gente va muy bien vestida, imagínate que todos parecían que iban de fiesta y yo con mi ropa malita me sentí inferior. Te juro que no sabía dónde diablos meterme. Al pasar el control en Cuba me preguntaron lo mismito que me dijo Abelito, que si los planes que tenía, como había conseguido el contrato de trabajo, si no me iba en el período señalado quedaría ilegal y eso supondría lo último... pero la policía de aduana ya en España con una educación que tú ni te imaginas, me dijeron todo por favor, y con tremenda amabilidad, yo no pude imaginarme un policía cubano metido en aquel cubículo dando esa información con tanta diplomacia. Y para serte franca, no me gusta ser vulgar, pero esto a ti si te lo puedo contar: yo creo que les hubiese gustado saber hasta de que color traía el blumer,  por educación no lo hicieron y porque acá la gente no está para perder el tiempo. Mami, en definitiva esto es Europa y hay mucho que comparar, fíjate lo que te digo y eso que no he pisado nada más que el aeropuerto

Acá la gente camina y camina, como si tuvieran prisa para ir a los lugares de destino; nadie ve a nadie, miran hacia el suelo. ¿Pero no decían que España y su gente eran parecidas a Cuba?¿Cómo serán entonces países como Suecia, Noruega o Alemania?

Conecté con  el otro avión que me llevaría a Galicia, un vuelo de Iberia en el que tenías que pagar la comida y bebida; fueron casi tres horas en eso, hasta la salida del vuelo y otro tanto más de trayecto. Del frío ni te quiero contar, la chaqueta tuya que llevaba puesta era como no tener abrigo. Sentía el cuerpo helado como quien vive permanente dentro de un aparato de aire acondicionado, o arriba del pico Turquino en cueros.

Salí de aquel aeropuerto, cargada de bultos. Yo no se ni por qué te hice caso, ¿a dónde voy con tanta bobería a cuestas? En la calle los carros iban y venían a gran velocidad, la sensación que concebí fue estar en una jungla. El olor que salía de las cafeterías era como el olorcito a comida calentica que tu haces en la casa, pero ni pensar en sentarme a comer algo; metí la mano en el bolsillo como buscando lo que no tenía. Cuánto hubiera dado por descansar en una de aquellas cafeterías a tomar tan solo un café.

En el bolso llevaba la dirección de nuestros parientes. Pregunté a una señora de limpieza y ella me dijo que Salvaterra de Miño estaba a unas tres  horas de carro, coche como dicen ellos. Los taxis están en la puerta, casi como queriendo meterse pa`dentro y en fila igual que en el aeropuerto de Cuba, pero acá nadie los dirige, ellos tienen su propia disciplina y saben bien a quien le corresponde el turno. Me acerqué a un chofer de unos cuarenta años, le pregunté por el lugar y el precio, y lo que te puedo decir es que con lo poco que yo traía, al cambio en euros, no daba ni para empezar. Desistí, y me fui debilitada para la parada de la guagua. Imagínate, se hacían las dos de la tarde  y yo sin echar nada a la boca y sin salir del aeropuerto. Por fin pude subirme a una guagua, mami, una de verdad, con aire acondicionado, grandota, con sillones igualitos a los sofás que hace Mayito pero en versión original; cada dos metros había un timbre para pedir la parada y otras cosas que no te cuento para que no te de rabia mañana al subirte al camello pa`l trabajo.

En la guagua sentí que todos me miraban. No era cierto, era ese jodido complejo que yo traigo de pensar que soy inferior, por venir de donde vengo. No han pasado sino pocas horas y ya los extraño con la vida, me siento como el patito feo del cuento.

(En el futuro, Claudia, se daría cuenta de que ella no era tal patito feo y que los demás estaban lejos de ser cisnes, eran seres tan iguales y tan desgraciados como ella, o más...)

Mami, aquí lo que se habla es gallego, nada de español, yo no entiendo nada, es como estar en otro país dentro de la misma España. Si no es porque llegué a Madrid, hubiera dicho que aterricé en otro lugar menos España. Mira que una viene desinformada, coño si hubiera hecho caso a Minerva y hubiera leído aquel libro de gallegos hoy no estaría tan perdíaa...

Tuve que hacer dos cambios de guaguas, pero eso no me cansó, más bien me dormí a ratos y soñé con ustedes. Pasé por pueblos y ciudades donde las calles estaban limpias, limpios los propios latones de basura, y mami, las carreteras sin baches; parecía que íbamos derecho a la gloria, ni un solo hueco, una maravilla para los riñones maltratados. ¿Te acuerdas de la Fuente Luminosa de la Ciudad Deportiva? Acá es a lo grande, una pila de carriles más y todo los carros incluida mi guagua van por su sitio, y da la sensación de ir en vez de sobre ruedas, por la vía de un tren con la mayor de las disciplinas.

El pueblo de los parientes no era muy grande - sí lo era la ciudad de Pontevedra - pero aún siendo chico daba buena impresión. Lo más lindo, la iglesia en el centro del pueblo, cerca de un puente que cruza el río Miño. Al otro lado ya es Portugal. Había una lanchita como la de Regla que llevaba a la gente de un lado a otro. Las casas amplias, pintadas y uniformes, aunque para mi gusto vestidas en demasía de colores grises; daban sensación de desánimo. Algunas se veían húmedas, cobijadas bajo unos tejados negros que recordaban los cuentos de brujas. Bordeando el río, una avenida grande con árboles en línea recta, parecía un cuadro lindo de esas postales que uno veía de la Unión Soviética. En una cafetería había cuatro o cinco ancianos echando la partida de dominó y  me acordé de papá, con su pulóver rojo de los domingos y la gorra de los Marlins que le regaló Luisito. Algunos me miraban y me sonreían; eso me llenó mucho de satisfacción y me fortalecí creyendo que acababa con  toda esa cantidad de complejos y manías que yo traía. Pero al ratico ya estaba pensando otra vez y con la duda, ¿aquellas sonrisas gratuitas serían de lástima?



Sábado, 19 de Noviembre del 2005
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